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Asunto:[encuentrohumboldt] 20/07 - LA SUSTENTABILIDAD DEL TURISMO EN ANTARTIDA
Fecha:Martes, 6 de Febrero, 2007  08:04:24 (-0300)
Autor:Encuentro Humboldt <encuentrohumboldt @..................ar>

 

    LA SUSTENTABILIDAD DEL TURISMO EN ANTARTIDA

IS THE ANTARCTIC TOURISM FRIENDLY TO ANTARCTICA?

 

ANDRÉS PEÑA*

*Biólogo. Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires. Av. Angel Gallardo 470. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 

 

 

ABSTRACT

 

This work aims at offering information on tourism in the Antarctic continent and its adjacent islands, as well as proposing both preventive measures and remedies for unfavorable situations for the environment resulting from tourism.

 

 

 

El objetivo de este trabajo, es aportar información sobre la actividad del turismo en el continente antártico y sus islas próximas y proponer medidas preventivas y remediativas, para las situaciones desfavorables para el ambiente, que aquel pueda generar en un continente que, como el antártico, está siendo golpeado, incesantemente, desde el siglo XVIII hasta el presente. Inicialmente fueron los foqueros, después los balleneros, cuando las focas, exiguas en número por la caza salvaje, eran un pobre botín que no  justificaba una expedición predadora, luego fueron las  bases, algunas de dimensiones  gigantescas, innecesarias en número y hasta arracimadas irracionalmente, tal como ocurre en la isla 25 de Mayo( =Rey Jorge=King George).Actualmente, cuando la caza de ballenas continúa, prosiguen los asentamientos humanos y las convenciones para la “conservación de las focas” y de los “recursos vivos”, exponen  al ecosistema antártico al vaciamiento, tal como está ocurriendo con los caladeros de merluza, langostino y calamar, en el Atlántico Sur, un nuevo peligro se agiganta sobre Antártica: el turismo insustentable, que afecta, claramente, a la cobertura vegetal, mayoritariamente endémica, a la singular fauna del suelo y a los asentamientos de vertebrados,  siendo manifestación  de ello, el disbalance entre el  incremento del número  de turistas y  el número de sitios visitados, datos  que el autor,  que tiene a Antártica como geografía de investigación, elaboró partiendo de  la información que publica la Secretaría de Turismo de Tierra del Fuego. Durante el desarrollo del trabajo, se analizan, comparativamente,  cuatro sitios de ese continente, de alta afluencia turística, en los que el autor ha desembarcado  y recorrido más de una vez. En las conclusiones, se manifiesta que el turismo racional,  enriquecedor del viajero y respetuoso del ambiente natural, sería el mejor recurso protector del continente antártico, ya que al  satisfacer la curiosidad intelectual y la apetencia de valores estéticos de numerosas personas y ser un negocio muy rentable para  empresas de distintos rubros, se convertiría en la alternativa más amigable del ambiente antártico, si se la compara con otras actividades que, ineludiblemente, por sus características intrínsecas,  alteran severísima e irreversiblemente al ecosistema y sostiene  que si la ecología ( del griego oikos: casa y logos: tratado ) es la ciencia que investiga las leyes que rigen la casa ( nuestro planeta ) y si la economía, voz proveniente de la palabra oikonomos ( del griego oikos: casa y nomos: norma ) creada por Jenofonte, es la ciencia de la administración de la casa, es una verdad evidente que cuanto más conformes sean las prácticas económicas con la ecología, se minimizará la alteración de la casa. Sin duda un doble buen negocio.

 

 

 

                                                            

  INTRODUCCION

                                         GENERALIDADES BIOGEOGRÁFICAS

Debe este  continente su nombre –formado mediante raíces griegas- a que se encuentra en las antípodas de la región ártica;  aunque por este mismo motivo debería llamarse Antártica, en Argentina se emplea la versión afrancesada, Antártida.   

La extensión del continente  es de unos catorce  millones de kilómetros cuadrados, lo que lo posiciona en el cuarto más extenso, después de Africa, con una superficie, mayor que la de Oceanía y Europa, 30.00 % superior a la de los Estados Unidos de América y 43.00 % superior a la de Australia. Las distancias oceánicas que separan a Antártida de Sur América, Australia, Nueva Zelanda y Africa, son 1000 km, 2200 km, 2250 km y 3600 km, respectivamente. Antártida es el más elevado de todos los continentes, alcanzando un promedio de 2000 m snm, debido al espesor de la masa de hielo que lo cubre, estando las restantes masas continentales por debajo de los 1000m snm. Durante el invierno,  el océano circundante se congela y la helada costra  marina puede llegar a tener una extensión superior a la de la superficie continental. En cuanto a las masas glaciarias, se originan en las precipitaciones nivales continentales; este hielo forma en la costa las llamadas barreras, las que dan origen, al fracturarse, a los témpanos o icebergs; también, de origen continental, son los llamados “bandejones”, bloques de hielo de porte muy inferior al de los témpanos. Es Antártida, el continente más ventoso, más seco y más frío (1). En su casi totalidad se halla al sur del Círculo Polar Antártico (66° 33´ S) y el 98 % de su superficie está cubierta por una gruesa costra de hielo,  de un espesor promedio de 2000 m, con sectores de más de 4000 m, similar a las grandes masas glaciarias que cubrieron a Europa y a América del Norte, durante la última Edad Glacial; esta capa de hielo eterno  constituye el 90 % de todo el hielo terrestre y el 70 % del agua dulce mundial y desde la misma sobresalen los picos rocosos de algunas montañas –la de mayor altura es el Monte Vinson, de 4897 m snm, el que forma parte de las Montañas Ellsworth, a menos de 1000 km del Polo Sur- llamados nunataks, donde existen una flora y fauna endémicas. Bajo la costra de hielo eterno se encuentran, al este, un escudo rocoso de forma arriñonada y al oeste, los Antartandes o Andes Antárticos, prolongación de la Cordillera Andina Sur-Americana; si desapareciese la capa de hielo, este sector de Antártida sería un archipiélago. La existencia de actividad volcánica –son ejemplos de volcanes el Erebus y el Scotia- al igual que las aguas cálida marinas, vecinas a las  arenas calientes de la Isla Decepción, del Archipiélago de la Shetland del Sur, indican que en profundidad existe roca fundida. Los depósitos carboníferos y fósiles, son prueba de que en el pasado el clima fue lo bastante caluroso, como para que prosperasen una mucho más diversificada y abundante flora y fauna. El continente antártico, sus islas vecinas y el océano circundante, forman una región biogeográfica propia, la que se encuentra al sur de la llamada Convergencia Antártica, una franja oceánica donde confluyen las frías aguas circumpolares, con masas oceánicas norteñas de mayor temperatura; las especies marinas al sur de la Convergencia, son acentuadamente endémicas. Desde el Océano Antártico se originan corrientes frías que se desplazan hacia el norte, transportando gases y nutrientes en alta concentración, generando zonas de elevada productividad biológica frente a las costas patagónicas y peruana. Es muy alta, también, la participación  de Antártica en el flujo de calor a nivel planetario y en el mantenimiento del equilibrio térmico mundial. Este continente, que  tiene la peculiaridad de no tener población humana aborigen y de ser el único, aún, sin límites políticos reconocidos por la ONU, es también el más despoblado de vida terrestre, entre todas las masas continentales, dependiendo aquella, si de fauna se trata, enteramente, del océano circundante para su alimentación, el que a diferencia del continente, es exuberante en vida, siendo, también, actualmente, el de mayor densidad de biomasa, cuya abundancia se debe a la gran concentración de gases disueltos, tales como oxígeno y dióxido de carbono –imprescindibles para la respiración y la fotosíntesis- y a los abundantísimos nutrientes, ya  que la baja temperatura del agua –aún durante el verano– aumenta la solubilidad de los gases y previene la rápida mineralización de la materia orgánica. La cadena trófica o alimenticia, se inicia, particularmente, con las algas diatomeas, fotosintetizadoras principales –aunque son también abundantes las clorófitas, feófitas, rodófitas y dinoflageladas- y prosigue, particularmente, con los miembros del género Euphasia (kril), un crustáceo que integra la exuberante fuente de alimento de los siguientes eslabones de la pirámide trófica, tales como peces –algunos de ellos curiosos como el pez de hielo, de la Fam. Chaenictidae, que carece de hemoglobina - ballenas y aves, por lo que junto a Euphasia vamos a encontrar las grandes concentraciones de la fauna marina y lamentablemente, también, a los pesqueros y balleneros.    

En cuanto a los minerales, se han encontrado unos 170, aunque, afortunadamente para la vida en esas tierras, aún no se ha iniciado su explotación. 

En Antártica, la precipitación nival predomina por sobre la pluvial y pese a ser este continente el más abundante en agua, es el más seco, ya que se encuentra aquella bajo la forma de hielo,  por lo que su disponibilidad  para la flora y la fauna es escasa, a lo largo de todo el año, a excepción de algunos pocos sectores costeros –los ice free patches, de la literatura anglosajona-  donde, juntamente con la nieve, el hielo funde durante la primavera y el verano, bajo la influencia del benigno clima marítimo, generándose numerosos chorrillos, esto es, cursos de agua de longitud y caudal variados, que se extienden desde lo alto de los glaciares hasta la costa. En estos oasis, que se encuentran dispersos  en la periferia de Antártica, a modo de un cinturón interrupto, de un ancho variable, pero no superior a un puñado de centenares de metros, durante los meses cálidos se desarrollan  la fauna del suelo, tal como ácaros e insectos ápteros como los colémbolos -todos artrópodos, con gran influencia en la edafogénesis– y una flora terrestre constituida por algas, hongos, líquenes, musgos de colores diversos -que pueden cubrir extensas superficies, como si fueran un césped-   y escasas gramíneas -plantas vasculares de pequeño porte– tales como  Deschampsia antarctica y Colobanthus chitensis. Contribuye a la formación del suelo de los oasis –además de los invertebrados y la vegetación pionera precitada– la disponibilidad de agua líquida generada por la fusión del hielo y la nieve, la precipitación pluvial, la reducida  evaporación -debida a la baja temperatura de la atmósfera estival- y el aporte de materia orgánica proveniente de las deyecciones de las aves que anidan en  esos mismos oasis –particularmente los pingüinos(2), que, de entre todas, son las más numerosas– generándose, así, los suelos ornitogénicos. Donde el perfil edáfico ha alcanzado un desarrollo importante, el mismo consiste en un horizonte A, muy trabado, de alto contenido orgánico, que puede separase entero, como una almohadilla, de una roca madre poco alterada. Sirva como ejemplo de la dificultad con la que prospera la vida en Antártida, que para la formación sobre la roca  de una capa de materia orgánica de tan solamente 2 cm de espesor, puede ser necesario el transcurso de  mil años de proceso edafogenético. Sobre la nieve y el hielo prosperan, durante el verano,  algas de color verde y también rojo. En los oasis  se asientan, además  de aves como las gaviotas, las palomas antárticas, los skúas, los petreles, los cormoranes y los ya citados pingüinos, colonias de mamíferos tales como  focas, elefantes y lobos marinos, ya que su inmediatez con el océano circundante les permite un rápido acceso a esa rica fuente de alimentos, por lo que la fauna precitada merece el adjetivo de anfibia, ya que reparte sus ciclos vitales entre dos medios bien distintos(3). La superficie total de los oasis es inferior a la de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, ya que  no supera el 2 % del área  toda del continente, aunque no se encuentran colonizados en su totalidad, ya que buena parte de los mismos es aún roca  yerma –aunque sobre  ella  pueden observarse, en ocasiones, manchones de líquenes- por lo que el continente  antártico es, por mucho, en atención a su superficie, cubierta casi enteramente por el hielo, el  más pobre, en vida silvestre, del planeta, vida sobre la que pesa una desigual competencia con los humanos, ya que los asentamientos que los gobiernos han levantado -algunos de ellos de muy gran tamaño, tal como la Base estadounidense Mac Murdo- han reducido y hasta extinguido, localmente, la vida vegetal y animal.

 

 

                                                                     II                                                                 

                                                          EL TURISMO

En algunos ecosistemas el hombre está incluido como un eslabón de la cadena alimentaria, en otros, su intervención no es trófica, no se apropia de materia y energía, sino que se vincula al ecosistema por su apetencia por los valores estéticos de aquel y este es el caso del turismo en Antártida, el que es frecuentemente calificado, por los operadores  turísticos, como ecoturismo, con el objetivo de exaltarlo, diferenciándolo del turismo convencional. ¿Cual es la diferencia entre uno y otro? Si bien los ecoturistas y los turistas convencionales pueden tener aprecio por un mismo destino, sus intereses son distintos y por ello sus actividades y actitudes pueden diferir acentuadamente. El turista convencional –también el más numeroso– se vincula al hábitat silvestre mediante actividades para las que el ecosistema es un medio y no un fin. Ejemplos elocuentes al respecto, hubo y habrá. Durante los primeros años del siglo 20, todavía el turista convencional que disfrutaba de una navegación en el Mar Artico, podía, si lo deseaba, practicar tiro al blanco con armas de fuego, desde la cubierta del barco, usando a los osos polares como blanco. Si el turista no tenía arma propia, la empresa de turismo se la facilitaba. Este era uno de los atractivos de esas navegaciones, que los operadores turísticos de la época publicitaban. Actualmente, por ejemplo, la organización Club Mediterranée, promociona turismo convencional exhibiendo filmaciones y fotografías de turistas practicando gimnasia, bailando en salones nocturnos, etc. y todo ello en edificios amplios y lujosos, que fueron levantados en un medio silvestre, elogiado como paradisíaco por los promotores, pero impactando contra el ambiente natural. El ecoturista, en cambio, se siente atraído –unicamente– por el ecosistema prístino y su principal interés  no es -a diferencia del turista convencional-  hacer lo mismo que en la ciudad, aunque con mar y bosque a la vista, sino observar y admirar el paisaje natural y por ello sus instrumentos favoritos son los binoculares y las cámaras fotográficas y si tiene que pasar la noche en el  lugar que está visitando, se sentirá feliz, aunque las habitaciones sean  pequeñas y no tengan aire acondicionado. Para un ecoturista, disfrutar del ambiente es más importante que una buena fotografía del mismo; para un turista convencional, el afán de la  foto puede llegar a ser más poderoso que la  importancia de conservar  aquello que pretende fotografiar y esta diferente actitud hacia la vida silvestre se descubre, por ejemplo, cuando de fotografiar a un pichón   que,  en su nido, está siendo alimentado por su progenitor. Hay personas que no titubearán en acercarse, imprudentemente, con el ánimo de obtener, a su juicio, la mejor foto, aunque hacer esto implique perturbar a las aves y hasta perder, así, la oportunidad de lograr lo que se pretendía. El ecoturista, entonces, por tener como objetivo principal disfrutar de la belleza paisajística, evita someterla a antropización y por eso el ecoturismo, si bien es una explotación económica del paisaje por parte de las empresas, tiene una modalidad conservacionista, no destructiva del paisaje.

Por otra parte, el mismo paisaje tiene componentes que se distinguen por un grado propio de inalterabilidad, siendo el componente geológico más permanente que el biológico, cuya fragilidad puede ser distinta según la especie, siendo, entonces,  una verdad evidente que las poblaciones animales y vegetales, empujadas por la actividad  humana, están sufriendo un gravísimo  retroceso -a escala planetaria– en los bosques y las llanuras ferales, ante el avance de las fronteras agropecuaria y urbana(4), mientras que en Antártida, en particular, prosigue la destrucción incesante de la biota, generada por la caza, la pesca y la construcción ininterrumpida de asentamientos humanos en sectores costeros, principalísimo asiento de la biodiversidad terrestre. En cada ecosistema, sea éste acuático o terrestre, existe un equilibrio temporal, de extensión variable, al que la intervención humana puede alterar y de acuerdo a la magnitud del impacto,  las especies pre-existentes a aquel pueden perdurar –aunque con otros números– o bien desaparecer y así, los contingentes de turistas, que en todo el mundo están en constante incremento, pueden llegar con su presencia, en los lugares de destino, a aumentar el peligro de deterioro de los valores estéticos del paisaje, valores que, en el caso del ecoturismo, insuflan esencia a la actividad. Es la combinación de la magnitud constante que tiene la superficie en la que se encuentra el atractivo turístico y su fragilidad, con la presión  que se ejerce sobre el mismo por la afluencia creciente de visitantes (Ver Tablas 1 y 2) lo que impone la necesidad -si se pretende conservar el valor paisajístico– de planificar y  administrar, apropiadamente, la actividad turística en los espacios naturales; del grado de acierto de aquellas, dependerá la representación que, en la actividad turística, tengan la depredación y el ecologismo. Los gobiernos, conjuntamente con las empresas privadas, las organizaciones conservacionistas y las instituciones internacionales como el PNUMA y la UNESCO, deben preparar eficientes planes de gestión de las zonas de interés turístico, los que, necesariamente, tienen que incluir regulaciones precisas para controlar la actividad en cada área natural en particular, ya que los ecosistemas tienen no solamente una capacidad limitada para absorber las presiones generadas desde el exterior –capacidad de amortiguación que es variable con el transcurso del tiempo– sino, también, una que es distintiva para cada bioma. Es evidente, al respecto, que el impacto de la actividad turística sobre el ecosistema dependerá no solamente del número de visitantes sino,  también,  de la modalidad de su visita y de la eficiencia del personal que tiene a su cargo la responsabilidad del grupo y la administración del área. El turismo puede ser una efectiva fuerza conservadora de la naturaleza, al constituir una alternativa a otras actividades no amigables con el ambiente feral, pero si éste es dañado por aquel, no solamente se verá perjudicado el turismo -debido a que ha sido removida su  base- sino que simultánea y desafortunadamente, se habrá perdido una fuerza preservadora del paisaje prístino: el turismo.  

Antes de desarrollar un proyecto turístico, debe realizarse una evaluación de su impacto ambiental, en la que se fundamentará o no su realización; al respecto deben formularse, al menos, dos preguntas:

1-      ¿Cual es el estado del ambiente natural, al momento de concebir al proyecto?

2-      ¿Cuál será el efecto del proyecto sobre ese medio?

De acuerdo a cuales sean las respuestas, al proyecto se le dará curso, se lo modificará con el fin de darle una alternativa más satisfactoriamente amigable con el ambiente silvestre o se lo abandonará definitivamente. Con relación a lo expuesto, surgió la noción de capacidad de carga turística, ya que así como un eslabón trófico colapsa si la extracción de materia que experimenta desde un eslabón superior, supera cierto límite ( Ejemplo reciente de esta capacidad de carga trófica desbordada, en nuestro país, lo son la pesca de la merluza y el calamar ), un área natural comienza a sufrir degradación, si el número de visitantes o la modalidad del turismo que se practica, desborda su capacidad de absorción de la presión antrópica. No todas las áreas naturales tienen la misma capacidad de carga ecológica, sostenible en el tiempo, por lo que aquella no es una magnitud rígida, sino que difiere de un lugar a otro y  de estación en estación.  Una vez conocida la capacidad de carga de un área natural -su máxima utilización turística-  esta no debe ser superada.

 

 

        OBSERVACIONES DE CAMPO,  SOBRE EL TURISMO EN ANTARTIDA

El autor seleccionó cuatro sitios de entre los más visitados: Port Lockroy ( 64° 49  S; 63° 10 W ), en la Isla Wiencke; Pendulum Cove ( 62° 56 S; 60° 36 W )  y Bahía de los Balleneros ( 62° 59 S; 60° 34 W )en la Isla Decepción; Hannah Point ( 62° 39 S; 60° 37 W), en la Isla Livingston e Isla Paulet, al noreste de la Península Antártica, sitios que fueron visitados, durante la temporada 2001-2002, por 4764, 9538 (Pendulum Cove y Bahía de los Balleneros), 2015 y 2901 turistas, respectivamente, los que sobre un total de 13465 visitantes, representan el 35,38%, el 70,83%, el 14,96% y el 21,54%, también respectivamente. La visita a cualquiera de los cuatro sitios precitados, no es excluyente de la visita a los otros tres, ni a ningún otro sitio de Antártida.

 

Isla Paulet

Es un cono volcánico. Se encuentra en el Mar de Weddell

Está habitada por pingüinos adelia, cormoranes de ojos azules, skúas y palomas antárticas.

 

Hanna Point. Isla Livingston.

Forma parte del Archipiélago de las Islas Shetland del Sur.

La habitan numerosas especies de aves y mamíferos: distintintas especies de pingüinos, cormoranes de ojos azules, petreles gigantes, petreles de Wilson, petreles dameros, skúas, lobos, elefantes. En el suelo abundan algas y plantas vasculares; estas últimas,  son una rareza en Antártida.

 

Port Lockroy; Isla Wiencke

Forma parte del Archipiélago de Palmer. Se encuentra al oeste de la Península Antártica.

Está habitada por pingüinos papúa, cormoranes de ojos azules y skúas.

 

Pendulum Cove y Bahía de los Balleneros. Isla Decepción.

La isla, que es un volcán en actividad, forma parte del Archipiélago de las Shetland del Sur, al oeste de la Península Antártica.

 

La Isla Paulet y Hannah Point, son visitados por sus asentamientos de fauna; la Isla Decepción, por la calidez vulcanológica del agua oceánica que baña sus costas de arena obscura, más que por su valía biológica, ya que este fenómeno geotermal la convierte en un curioso lugar y Port Lockroy, por el pequeño asentamiento inglés, en el que los turistas pueden comprar souvenirs bajo la forma de sobres, estampillas, escudos, certificados de presencia en el lugar, etc., lo que hace del sitio un shopping poco común en el mundo. Si en Port Lockroy y en la Isla Decepción los turistas se despreocupan del paisaje, movidos por la avidez de compra de curiosidades y la posibilidad de fotografiarse bañándose y nadando como si estuvieran en una playa tropical, respectivamente, en Hannah Point y en la Isla Paulet, el atractivo lo constituye la numerosa y variada fauna. En estos dos lugares, la superficie desprovista de nidos o de vegetación, es muy escasa. En Paulet, sobre  la costa, la presencia de pingüinos y cormoranes anidando y los movimientos de los pingüinos hacia y desde el mar, restringe grandemente el desplazamiento de los visitantes, si estos han de ser cuidadosos y no pretenden perturbar a las aves; una cría de pingüino atemorizada puede abandonar su nido, encontrándose, así, expuesta a ser cazada por skúas y gaviotas, al hallarse sin la protección de sus progenitores, los que se desplazan, por trofismo, en gran número, hacia y desde el mar, siendo extremadamente perturbador interceptarlos, ya que se pone en riesgo la normal alimentación de las crías; respecto de los cormoranes, se encuentran en la misma situación crítica que los pingüinos. En cuanto a Hannah Point, un lugar de muy reducida superficie, si bien el acceso costero al visitante es más amplio que en Paulet, a muy  poco de andar, el viajero  encuentra, ante sí, los asentamientos reproductivos de la fauna y entre ellos a una rica flora que incluye plantas vasculares –infrecuentes en Antártida– lo que restringe grandemente, si no ha de dañarse al ambiente, el número y el desplazamiento de los visitantes. Tanto en Paulet como en Hannah Point, si un reducido número de naturalistas, que pretenda desplazarse en el lugar, debe hacerlo con sensible cuidado para no disturbar al ambiente, para los turistas que llegan a sus costas,  en número, habitualmente, de cincuenta por desembarco, moverse  acicateados por la curiosidad y la avidez fotográfica, sin dañar al ambiente, resulta imposible, siendo la flora el primer componente del paisaje que resulta afectado.

 

RESUMEN, CONCLUSIONES Y SUGERENCIAS, DESTINADAS A PREVENIR Y REMEDIAR LOS   EFECTOS NO DESEADOS DEL TURISMO SOBRE ANTARTIDA.

Antártida es el continente con la más pequeña superficie colonizada por la vida, de todos cuantos existen, superficie que es sensiblemente inferior a la potencialmente colonizable, la que aún hoy se encuentra como roca desnuda. Esta exigua área, con una extensión que no supera a la de la Provincia de Buenos Aires, Argentina y que se distribuye a modo de un cinturón discontinuo en la periferia del continente e islas vecinas, se encuentra, durante la mayor parte del año, cubierta por  nieve, de modo que si de la proliferación de la vida vegetal se trata, esta queda restringida a no más de un puñado de meses, relativamente cálidos, siendo un  proceso  de muy lento desarrollo, ya que pese al aporte de guano –particularmente desde las pingüineras a la temperatura relativamente benigna -por la influencia oceánica- y a la abundante provisión de agua, generada en la fusión del hielo y la nieve, el clima es lo bastante riguroso como para imponer un lento reciclado a la materia y como consecuencia, un bajo ritmo de crecimiento a la comunidad del suelo y así, en Antártida, el desarrollo de una capa de humus de no más de 2 cm de espesor, puede, estimadamente, necesitar del lapso de 1000 años. Se concluye,  de lo anteriormente expuesto, que la precitada comunidad es muy vulnerable a la actividad antrópica, encontrándose expuesta a la degradación total, aún en el lapso de un verano, tal como se ha observado, más de una vez, como consecuencia de la actividad de los asentamientos humanos y así, tan solamente el pisoteo, puede facilmente trocar a una prolífica cobertura vegetal en un lodazal, ya que como consecuencia de las lluvias y la fusión del hielo y la nieve, el agua se acumula por efecto de la reducida evaporación, consecuencia, a su vez, de las relativamente bajas temperaturas y de la destrucción  de vegetación absorbente. Respecto de la fauna, la perturbación que pueda ejercer la actividad humana en los asentamientos reproductivos, dependerá del número de personas, de su tiempo de permanencia en el lugar considerado y de su comportamiento, pero en Paulet y Hannah Point, aún el ecoturista respetuoso del ambiente, impactará desfavorablemente sobre el mismo, como consecuencia de la combinación de la fragilidad de la comunidad terrestre y su ocupación casi total de la superficie existente,  lo que no permite, si se pretende conservar el carácter prístino del paisaje, el desplazamiento de  grandes números de visitantes, sino tan solo y cuidadosamente, el de unos pocos naturalistas. Al respecto, entonces, de poco valen las recomendaciones que se hacen a los turistas, consistentes en no pisotear la cobertura vegetal y en mantenerse lejos de los asentamientos de la fauna, ya que   una de las características de numerosos  biótopos antárticos, estimados por el turismo, es su reducida superficie y su cobertura, casi plena, por la comunidad biótica. Respecto de la información que se sugiere brindar a los turistas, por parte de los responsables de los  cruceros, sobre, por ejemplo, los cambios que pueda haber en el comportamiento de las aves anidando, ante una presencia disturbadora por parte de aquellos, de modo que cuando los visitantes perciban ese cambio de conducta, se alejen, el autor piensa que: 1°-: No todos los turistas pueden percibir, a tiempo, la situación disturbadora generada por ellos; 2°-: Aunque los turistas puedan percibir la perturbación por ellos generada y decidan alejarse, son incesantes las visitas a los mismos sitios, a lo largo del verano, por lo que podrían sumarse pequeños efectos adversos, que  generasen, a su vez,  un disturbio permanente en la colonia de aves; 3°: La mayoría de los turistas que visitan Antártida, lo hacen por primera  y única vez, que tal es el resultado de las encuestas realizadas, por lo que más de un  visitante no querrá perder la oportunidad de fotografiar una escena que, muy probablemente, no volverá a observar, aún al costo de perturbar a las aves en nidación. Por  lo anteriormente expuesto, el autor piensa que la instrucción dada al pasajero respecto de este asunto, aunque bien intencionada, es de baja efectividad. Respecto de la coordinación entre naves, que coinciden ante un  mismo sitio de desembarco, con el fin de que el descenso de los pasajeros se haga de a un barco por vez, coordinación que en ocasiones es citada como ejemplo de acción respetuosa hacia el biótopo antártico, el autor duda de que esa práctica tenga tal intención, ya que debido a las características de los sitios de desembarco y a la pequeñez de los lugares que a menudo se visitan, resulta casi imposible que los turistas provenientes de dos o más  naves, puedan desembarcar y visitar un mismo lugar simultáneamente, por lo que la práctica precitada sería  más un imperativo pragmático, antes que una norma destinada  a reducir el impacto antrópico sobre el ambiente terrestre y lo que no le genera duda alguna al autor, es el impacto desfavorable y acumulativo, generado por miles de turistas que, incesantemente, verano tras verano, transitan en biótopos de muy alta fragilidad. Al respecto es interesante citar que, según la Licenciada María Buchinger, en su obra “TURISMO, RECREACION Y MEDIOAMBIENTE. PROBLEMAS Y SOLUCIONES” Ed. UNIVERSO 1996, Argentina, para regiones boscosas -sin duda menos frágiles que los ecosistemas antárticos terrestres- se sugiere una densidad turística de no más de 15 visitantes por día y por hectárea, valor este, que es largamente superado en  Antártida. Es opinión del autor, que Antártida debe ser categorizada como parque natural mundial y que el turístico es un servicio que ese parque puede y hasta es conveniente que preste, pero el autor también cree que la misión principal de un parque natural es preservar la naturaleza prístina, por lo que el turismo es un servicio accesorio que, tan solamente, debería brindarse de manera controlada, de modo que la naturaleza quede protegida.

En no pocos lugares, la presencia de turistas en gran número, impelidos, saludablemente, por el afán de conocimiento y por la valía estética de los sitios visitados, generó importantes daños en los mismos; la Catedral de Notre Dame, la Abadía de Westminster, el Partenón, las cuevas habitadas por el hombre del paleolítico superior en Europa y las islas sub-antárticas, son algunos ejemplos de ello. Distintas fueron las medidas adoptadas para resolver los problemas surgidos por la presencia de muy numerosos visitantes, durante largos años: en el caso del Partenón, se prohibió a los turistas caminar en su interior, con el fin de detener la erosión; en el caso de las cuevas habitadas por los cromagnones, se impuso un cupo al número de visitantes, confeccionándose listas de espera para los que excedían la cuota; en el caso de las islas sub-antárticas, se impusieron avistajes desde el mar. Cupos, listas de espera, prohibición de caminatas y avistajes desde el océano -cuando las visitas terrestres constituyan un peligro para la flora y la fauna- son razonables medidas, si se pretende proteger al bioma antártico y darle, de esta manera, una oportunidad al ecoturismo en la región. Otra medida complementaria -si se la juzgase apropiada por las características del lugar- podría ser la construcción de puestos de observación en tierra, consistentes en una plataforma dispuesta a apropiada altura sobre el suelo; estos puestos no deberían ser de grandes dimensiones, con el fin de que interfieran mínimamente con el ambiente y no desluzcan al área, permitiendo a los visitantes tener una buena visión del lugar y realizar buenas tomas fotográficas y filmaciones, sin riesgo de daño para la comunidad silvestre, sea por pisoteo de la vegetación, sea por una interacción perturbadora con la fauna, pero si los valores paisajísticos no resultaran dañados, sin duda que el recorrido del lugar por los visitante, sería muy bien venido, aunque debería realizarse a lo largo de sendas planificadas; al respecto el autor juzga que debe practicarse una evaluación rigurosa del impacto ambiental, antes de realizar maratones y campamentos, actividades estas, que se practican en Antártida. Con respecto a los vuelos en helicópteros y a las escaladas, estas actividades se prestan a polémica; en el caso de los ascensos, pueden destruirse, durante los mismos, los nidos de los petreles de las tormentas y de los gaviotines, que anidan en las oquedades, entre las rocas, resultando bastante difícil asegurar que la ruta elegida no será peligrosa para las aves anidantes y en el caso de los vuelos de helicópteros, además de ser causa potencial de perturbación de la fauna y muerte de aves,  sin duda  que deteriora la valía del paisaje. Por otra parte, el autor  juzga que la relación numérica entre guías naturalistas y turistas, debería ser 1 a 10 y no 1 a 25 o a 50, tal como se observa actualmente. Sería también muy conveniente un acuerdo internacional, mediante el que se conviniera en no emplear grandes buques para el traslado de los visitantes,  ya que se  genera un severísimo impacto sobre el ambiente terrestre cuando sus numerosos pasajeros descienden y es que  los  barcos de gran porte pueden transportar a un promedio de 614 pasajeros, mientras que  los pequeños y medianos no superan los 95 (5).El autor también juzga apropiada la presencia de al menos un observador, miembro de una ONG ambientalista,  por travesía turística.

Desde el S.18 y hasta el presente, Antártida ha sido golpeada por foqueros-inicialmente- balleneros y grandes bases, después, estando actualmente bajo la presión adicional de una intensa y creciente actividad turística. Ahora bien, el autor juzga que el turismo, enriquecedor del viajero y respetuoso del ambiente natural, es, actualmente, el mejor recurso protector del continente antártico, ya que al satisfacer la curiosidad intelectual y la apetencia de valores estéticos de numerosas personas y ser un negocio muy rentable para  empresas de distintos rubros, se convierte en la alternativa más amigable del ambiente antártico, si se la compara con otras actividades que, ineludiblemente, por sus características intrínsecas, alteran severísima e irreversiblemente al ecosistema.

Si la ecología (del griego oikos: casa y logos: tratado) es la ciencia que investiga las leyes que rigen la casa (nuestro planeta) y si la economía, voz proveniente de la palabra griega oikonomos (oikos: casa y nomos: norma) creada por Jenofonte, es la ciencia de la administración de la casa, es una verdad evidente que cuanto más conformes sean las prácticas económicas con la ecología, se minimizará la alteración de la casa. Sin duda un doble buen negocio.

 

If ecology (from Greek oikos: home and logos: treaty) is the science that investigates the laws ruling our  home (our planet) and economy, the term deriving from the Greek oikonomos (oikos: home, and nomos: norm) created by Xenophon, is the science that studies the administration of our home, it is then  obvious  that the more the practices of the economy conform to ecology, then complications  will be reduced. Undoubtedly a double good business.

 

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NOTAS

1- Debido a la baja temperatura de la Región Antártica,  la densidad de su atmósfera es muy alta y en consecuencia escaso  su desarrollo vertical, por lo que no hay  condiciones favorables para la generación de rayos  y truenos, los que si son característicos de las regiones templadas y ecuatoriales.  

2-Es curioso el origen de la palabra pingüino. Se presume que proviene de la voz pingüe, esto es, abundante y mediante ella se designaba a un ave no voladora del hemisferio norte, el Alca impennis, provista de abundante reservas de lípidos; esta ave, de un perfil muy parecido al  de los actuales  pingüinos,  fue extinta por la cacería que sobre ella se practicó y cuando los primeros navegantes europeos  incursionaron en Antártida, al observar a unas aves tan semejantes al Alca impennis, las designaron con el mismo nombre popular que aquella tenía.

3-Una excepción la constituye el leopardo marino, mamífero que rara vez frecuenta la costa, ya que preponderantemente se lo encuentra sobre bloques de hielo flotantes.

4- “... antes  que los humanos comenzaran a modificar los ecosistemas naturales para dedicarse a la agricultura y la ganadería, hace unos 10 000 años, los bosques del mundo habían cubierto el doble de la superficie actual...”Del informe “LIVING PLANET REPORT 2000”, de la UICN, sobre  la situación mundial de la naturaleza.

5-NORDNORGE: 400 pasajeros; AEGIAN I: 630 pasajeros OCEAN EXPLORER y MARCO POLO: 850 pasajeros; CHRYSTAL SYMPHONY: 940 pasajeros; THE WORLD: 1090; AMSTERDAM, ROYAL PRINCESS y RYNDAM: 1200 pasajeros; EUGENIO COSTA: 1300 pasajeros.

TABLAS 1 Y 2

 

TABLA I

 

 

 

 

EL TURISMO EN ANTARTIDA

 

 

 

 

TEMPORADA

PASAJEROS

TEMPORADA

PASAJEROS

1984-1985

544

1995-1996

9212

1985-1986

631

1996-1997

7322

1986-1987

1797

1997-1998

9380

1987-1988

2782

 1998-1999

9850

1988-1989

3146

 1999-2000

13650

1989-1990

2460

 2000-2001

12260

1990-1991

4968

 2001-2002

13465

1991-1992

6317

 2002-2003

15454

1992-1993

6458

 2003-2004

25406

1993-1994

7597

 2004-2005

27324

1994-1995

8274

 2005-2006

28440

 

 

 

 

 

El  número de turistas, desde la temporada 1984-1985,  se multiplicó 52.27 veces.

 

 

TABLA 2

 

                                            TEMPORADA        SITIOS           PASAJEROS

                                                                       VISITADOS    

   1995-1996

   1996-1997

   1997-1998

   1998-1999

   1999-2000

  2000-2001

  2001-2002

   2002-2003

   2003-2004

   2004-2005

   2005-2006

       110

         99

  93

104

122

127

113

        117

        148

        177

        181

   9212

   7322

   9380

   9850

  13650

  12260

  13465

          15454

          25406

          27324

          28440

 

La información precedente hace evidente el incremento de la presión turística sobre los ecosistemas lugareños y la necesidad de concebir propuestas remediativas, ya que entre los años 1995 y 2006, el número de sitios visitados se multiplicó 1.64 veces, mientras que el números de visitantes se multiplicó 52.27 veces y particularmente ante el hecho de que el grueso de la actividad turística –de acuerdo a la información de la Oficina Antártica de la Secretaría de Turismo de Tierra del Fuego- se realizó en la Islas Shetland del Sur y la Península Antártica: no menos del 95%


 Ponencia presentada en el Simposio Geografía y Turismo. Octavo Encuentro Internacional Humboldt. Colón, Entre Ríos, Argentina. Viernes 29 de setiembre de 2006.