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Asunto:[encuentrohumboldt] 414/05 - Argentina y Brasil en los ochenta: el camino a la integración.
Fecha:Martes, 11 de Octubre, 2005  12:07:21 (-0300)
Autor:Centro Humboldt <humboldt @...........ar>

Argentina y Brasil en los ochenta: el camino a la integración

 

Prof. María Faiella[1]

Prof. Javier Luchetti[2]

 

1. Introducción.

El último régimen militar argentino de 1982, buscó mejorar la relación con sus vecinos latinoamericanos, especialmente Brasil, luego de la derrota de Malvinas, donde Estados Unidos apoyó a los ingleses. Pero en Brasil, ganaron peso los sectores financieros y económicos relacionados con los Estados Unidos y los países más industrializados que constituían el principal mercado para las exportaciones brasileñas. Asimismo gracias a su política de restricciones a las importaciones y su agresiva política exportadora, intentaban cumplir puntualmente con los pagos al FMI. No mostraban mayor interés por el intercambio con el resto de los países latinoamericanos, porque consideraban que el comercio con ellos no otorgaba ninguna ganancia.

Los sectores que propiciaban el acercamiento con los países latinoamericanos apoyaban la idea de realizar acuerdos bilaterales, con créditos recíprocos para no utilizar moneda extranjera. Ante esta disyuntiva, las Fuerzas Armadas, el establishment y la dirigencia económica, llevaron adelante un esquema de reinserción en la economía mundial como una potencia no dependiente, que buscaba a través de las exportaciones, incrementar sus divisas para abastecerse de alimentos. En este sentido, Argentina era un proveedor cercano natural, que podía incrementar su producción ante picos de abastecimiento. Con la asunción de José Sarney se produjo un cambio en las relaciones con Argentina en donde había asumido democráticamente Raúl Alfonsín, puesto que las limitaciones a las importaciones argentinas habían llevado a la reducción del volumen de intercambio, y en una nueva concepción de la política exterior ahora se buscaba nivelar el intercambio en un mayor volumen[3].

La agenda bilateral entre ambos países ocupaba distintos temas: “a) alcanzar una expansión de las relaciones comerciales, de manera tal que permita un intercambio equilibrado y cooperar en un amplio espectro de sectores industriales para incrementar las posibilidades de mutuo desarrollo y crecimiento económico; b) alcanzar una política concertada con respecto a la deuda externa; c) coordinar el apoyo brasileño para Malvinas y la articulación de políticas que conduzcan a un Atlántico Sur libre de la presencia de potencias externas; d) la actuación conjunta en los foros económicos internacionales; e) la defensa de intereses coincidentes para preservar una política nuclear independiente; f) el afianzamiento de los procesos democráticos en ambos países y la eliminación de viejas tensiones de carácter geopolítico. También se halla incluida en esta agenda, la coordinación de políticas en los foros regionales e interamericanos (posiciones frente a los Estados Unidos, América Central, etc.)”[4].

Gracias a la recuperación democrática en ambos países, se dio paso a un nuevo procedimiento de concertación política bilateral que inició el proceso de integración: “En primer término, el balance de poder se inclinó definitivamente a favor de Brasil, por lo tanto, ya no tenía sentido que Argentina realizara grandes esfuerzos en pos del equilibrio. En segundo lugar, estimamos que el impacto de la crisis de la deuda y todas sus secuelas posteriores, pusieron en el tapete la cuestión de la viabilidad del desarrollo, basado en un proyecto exclusivamente nacional. También, como único tema de negociación potencialmente conflictivo, aparecía el crónico déficit que sufría Argentina en la balanza comercial con Brasil. Una solución de fondo de ese problema, bien podía encararse mediante un esquema de integración que corrigiera las asimetrías existentes”[5].

En el siguiente trabajo se analizará la situación económica y política en que se encontraban Argentina y Brasil, al momento de la firma del Programa de Integración y Cooperación Argentina-Brasil, que permitió un mejoramiento en las relaciones políticas y económicas entre ambos países. Es decir, se estudiará el contexto que motivó el acercamiento de ambos países que en el pasado habían mantenido diferencias políticas y económicas considerables.

2. La situación argentina.

2.1 Las políticas económicas.

Con la entrada del régimen militar, se aprecian dos períodos en donde el sector industrial estuvo sujeto a grandes sobresaltos: el primero entre 1976 y 1978 se distinguió por la apertura gradual de la economía mediante rebajas en los aranceles y modificaciones en los regímenes cambiario y comercial, mientras que el segundo período entre 1978 y 1981 liberalizó las importaciones y se estableció un ajuste proyectado del tipo de cambio. La reducción de los aranceles de importación, y una política de devaluación del tipo de cambio decreciente en el tiempo, para lograr la concordancia de las tasas de interés y de inflación interna con las internacionales, llevó a la entrada de productos importados en forma masiva. Se debía soportar la escasez de divisas indispensables para las importaciones industriales, lo que obligaba a recurrir a devaluaciones y recesiones para continuar con el crecimiento[6].

La industria fue afectada por la eliminación de los subsidios, las regulaciones, y por los resultados de los programas antiinflacionarios. Hacia 1981 con las nuevas autoridades militares, se buscó la adopción de medidas de corto plazo, aunque continuó el estancamiento del sector industrial, perjudicado además por las altas tasas de intereses. El régimen militar persiguió la mayor apertura de la economía, junto con la defensa del libre comercio, el libre cambio, el aprovechamiento de las ventajas comparativas, y el achicamiento del estado. Los mecanismos cambiarios y financieros lograron no solamente incrementar en forma alarmante la deuda externa de empresas públicas y privadas a partir de acciones especulativas, sino también dedicar gran parte de las divisas, a la compra de bienes de consumo y productos suntuarios. Por otra parte, la industria de bienes de capital bajó su producción, y el sector metalmecánico, que era el más maduro, sufrió la competencia externa bajando la demanda, la tasa de inversión y el nivel tecnológico de sus productos. Las grandes compañías nacionales ganaron en importancia a costa de las pequeñas y medianas empresas y de las firmas estatales. La industria liderada por las empresas transnacionales, nunca alcanzó un alto nivel de competitividad internacional debido a su orientación al mercado interno y su dependencia del sector externo para la obtención de insumos y bienes de capital. Esto quedó demostrado cuando a principios de los ochenta, la desregulación y la apertura económica mostraron que nuestro país había quedado lejos de la frontera tecnológica, y no solamente era evidente la saturación del mercado interno, sino también las dificultades para penetrar en los mercados externos, aunque algunas agroindustrias (aceites vegetales, leche en polvo), y ciertas ramas industriales (productos petroquímicos, acero), a partir de la vinculación de grupos empresariales con el poder mediante beneficios fiscales, pudieron expandirse a través de la apertura de nuevas plantas industriales más actualizadas tecnológicamente. Paralelamente, la inversión extranjera se dirigió a la explotación de gas, petróleo y, al sector financiero y bancario, aunque una pequeña parte fue al sector automotor[7].

El estancamiento de la producción, los desequilibrios externos y fiscales, la inflación y los cambios estructurales en la industria provocaron la pérdida de la capacidad industrial como generadora de empleo, la utilización de nuevos recursos naturales como el gas, la incorporación de nuevos cultivos como la soja, la pérdida de importancia de las ramas metalmecánicas y los textiles a manos de los productos químicos, petroquímicos y de algunos alimentos, y la consolidación de grupos económicos nacionales en ramas dinámicas de la economía. Debido a la guerra de Malvinas, se produjeron grandes fugas de capitales, al mismo tiempo en que aumentaban los servicios de la deuda y el gasto público. Esto marcó casi toda la década puesto que la alta inflación sumado a las altas tasas de interés, la ausencia de financiamiento externo, el pago de la deuda externa mediante la compra de divisas, y la emisión o la colocación de deuda pública interna, aumentaron las dificultades fiscales. En abril de 1982, se estableció un sistema de licencias y autorizaciones previas que regulaba el ingreso de todos los bienes, al mismo tiempo que se incrementaron los aranceles para recaudar dinero, sin embargo, existían numerosas excepciones que amparaban a empresas o sectores[8].

Con el nuevo gobierno democrático, tomaron más fuerza las ideas sobre el agotamiento del modelo sustitutivo de importaciones, y la necesidad de ampliar la competitividad para lograr una mejor inserción internacional: "El enfoque de las autoridades era ajustar gradualmente las variables económicas, con el fin de conciliar las reclamaciones, no siempre compatibles, de distintos sectores sociales, y armonizarlas con los objetivos de saldar la llamada 'deuda social' y lograr, simultáneamente, la estabilidad de los precios. Las medidas (...) incluyeron un aumento de salarios de suma fija, en diciembre de 1983, y de las tarifas de los servicios públicos, la fijación de pautas para el incremento futuro de precios, salarios y tarifas públicas y la determinación del tipo de cambio para el mes de enero, el establecimiento de un sistema de control de los precios industriales y la reducción de las tasas de interés reguladas"[9].

Sin embargo, el gobierno se enfrentó pronto con las presiones monopólicas, los planteos sindicales, la baja de la recaudación impositiva, el déficit fiscal y la renegociación de la deuda externa: "Los tres núcleos centrales del nuevo poder económico local (los grandes grupos económicos, con vinculaciones con el sector financiero, el sector agroexportador, también ligado a aquellos holdings y las empresas extranjeras), al igual que la banca acreedora, no tuvieron las actitudes esperadas respecto de la democracia naciente. Por el contrario, cada uno operó exclusivamente en función de sus intereses concretos e inmediatos"[10].

De ahí que comenzara a pensarse en un nuevo plan de ajuste más severo implementado por un nuevo equipo económico. Hasta 1985 aproximadamente, la conducción económica estableció regímenes de importación especiales y exención de aranceles a la importación de bienes de capital para buscar la estabilidad de los precios a partir del nacimiento del plan Austral. El cambio en la política económica comenzó con el equipo económico conducido por Juan Sourrouille, que contaba con el apoyo de Washington y los organismos multilaterales de crédito y la banca privada. El plan Austral nació para estabilizar la economía en un contexto de fuerte caída de la inversión que se produjo en 1985, y para afrontar los compromisos externos tratando de eliminar la aprensión de los acreedores internacionales. Sus características principales eran: “1) el congelamiento de precios y salarios por un tiempo indefinido; 2) el lanzamiento de una nueva moneda, el austral, en reemplazo del peso, con un valor igual a 1,25 dólar por un austral que sería equivalente a 1000 pesos argentinos; 3) aumentos de impuestos y servicios públicos, así como una mejora en la recaudación impositiva para reducir el déficit fiscal; 4) el compromiso del Banco Central de no imprimir dinero para financiar el déficit fiscal que se reduciría de 10% a 5% del PBI (…). Además el gobierno prometió alentar la inversión extranjera y reducir los aranceles proteccionistas”[11]. Si bien el plan redujo considerablemente la inflación, bajó el déficit fiscal y, logró el aumento de las reservas del Banco Central, no se consiguió un aumento de los salarios y el empleo, y el programa no tenía objetivos de reactivación[12].

En 1988, estando ya en plena implementación el Programa de Integración y Cooperación Argentina-Brasil (PICAB), se produjo una reforma arancelaria que modificó el régimen de consulta previa para las importaciones limitándolas a 1000 posiciones arancelarias, en lugar de las 3000 que existían anteriormente. Nuestro país aceptó un paquete de créditos del FMI y el Banco Mundial destinado a la rebaja arancelaria. Los empresarios expresaron su descontento enviando al Palacio de Hacienda un informe reservado donde se consignaba que los países más desarrollados tenían un nivel de protección arancelaria y paraarancelaria que oscilaba entre el 56 y el 72%, pero con barreras para algunos productos determinados que llegaban al 120%, mientras que la reforma proyectada en nuestro país llevaría a los aranceles a un promedio del 30%. Pensaban que la apertura sería utilizada por la secretaría de Comercio como un elemento de presión para evitar cualquier escalada de los precios durante la marcha del plan Primavera. Inclusive, se acusaba al equipo económico de prometer cualquier cosa al Banco Mundial, con tal de contar con fondos para afrontar la campaña electoral sin sobresaltos, aunque desde el ministerio de Economía se respondía con promesas de que no habría una importación indiscriminada[13].

Existieron bienes cuya importación requería la autorización de la secretaría de Industria y Comercio Exterior. La política arancelaria que se lanzó junto con el plan Primavera -que bajó la inflación de agosto de 1988 a febrero de 1989- eliminó posiciones que requerían consulta previa con intervención de las cámaras industriales respectivas para su autorización. Entre los sectores en los que debían consultar a los industriales nacionales, se encontraban el azúcar, bebidas alcohólicas, prendas de vestir, tejidos, autopartes, electrodomésticos, muebles y automotores. Además, la nueva estructura arancelaria mostraba aranceles entre un 5 y un 40% (anteriormente se encontraban entre un 46 y un 60%), con algunas excepciones, a la vez que se modificaron las nomenclaturas. Esta reforma arancelaria unilateral, realizada sobre la base de exigencias externas, perforaba el margen de profundización del proceso de integración bilateral. Es decir, atentaba contra la esencia misma del PICAB, puesto que no se consultaba a Brasil sobre el tema, y significaba abrir el mercado interno a la competencia extranjera. Cuando en febrero, las autoridades monetarias no tenían los dólares suficientes para respaldar el mercado cambiario, se produjo la fuga de capitales, el alza del dólar libre y, el aumento descontrolado de los precios. El fracaso del plan Primavera incrementó el déficit del sector público, aumentó la cantidad de bonos emitidos por el gobierno, provocó la caída de los salarios, el aumento en la tasa de desocupación y, la reducción de las importaciones[14].

2.2 La deuda externa.

La necesidad de generar superávits comerciales para cubrir el servicio de la deuda externa, agravó el déficit fiscal. El endeudamiento externo dejado por el régimen militar requería un inmenso superávit comercial para pagar los intereses atrasados de la deuda. Uno de los principales objetivos del nuevo gobierno radical fue la gestión de la deuda, tarea difícil debido a la falta de acuerdo con el FMI, las dificultades para lograr nuevos financiamientos de organismos mundiales y, los atrasos con la banca privada internacional.

La administración radical basó su acción con respecto a la deuda en una serie de principios: “El carácter irresoluble de la cuestión en los términos convencionales en que venía siendo manejada por los acreedores privados, los organismos multilaterales y los gobiernos de los países acreedores, y la consiguiente inevitabilidad de implementación de un nuevo enfoque; la inexistencia de condiciones internacionales, y fundamentalmente domésticas, que permitieran encarar una negociación no convencional que incluyera, necesariamente, una dosis de confrontación; la conveniencia de posicionarse favorablemente ante la eventual emergencia de un nuevo enfoque promovido por los acreedores, a través de una actitud que evitara la hostilidad y el conflicto abierto; y finalmente, la concepción de que la normalización de las condiciones internas de funcionamiento de la economía mejorarían la capacidad de negociación externa y que el apoyo del exterior podría ser usado, a su turno, para profundizar las reformas internas identificadas como necesarias, para cuya implementación el gobierno contaba con bases domésticas poco sólidas”[15].

El nuevo gobierno democrático esperaba recibir un mejor tratamiento de los acreedores externos en el tema de la deuda, y señalaba que el ajuste ya se había realizado puesto que durante el régimen militar, los salarios habían caído y no se habían recuperado, las importaciones se habían reducido a la mitad y, se había generado un superávit fiscal cuya mayor parte iba destinada al pago de servicios de la deuda. Además, se hablaba de la ilegitimidad de la deuda debido a que había sido tomada bajo condiciones especulativas, lo cuál no era cierto en la mayoría de los casos, puesto que al margen de algunas maniobras ilegítimas, “la deuda se contrajo bajo normas precisas y concretas; lo ilegítimo era el gobierno que las firmó, pero se trataba de una distinción que los acreedores no aceptarían”[16]. Asimismo, se mencionaba que la deuda se había incrementado por el endeudamiento del régimen militar, las alzas de las tasas internacionales de interés y. la paralización de las corrientes de divisas provenientes de la banca privada, afectando al proceso democrático.

El equipo económico con Bernardo Grinspun a la cabeza, convencido que la ‘radicalización’ de un deudor con legitimidad internacional podía unir a otros países latinoamericanos afectados por la deuda, buscó en primera instancia, verificar los montos de la deuda y preparar las propuestas de pago, para ganar tiempo y escapar a la posibilidad de la firma de un acuerdo con el FMI y sus integrantes mediante un contacto directo con los bancos acreedores y el Club de París. Los gobiernos europeos -de acuerdo en este punto con el norteamericano-, si bien reconocieron el carácter político del endeudamiento, condicionaron las inversiones a un acuerdo previo con el FMI. Los acreedores actuaron con cautela e indicaron a las autoridades económicas argentinas que el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional era imprescindible. Finalmente, las negociaciones con la banca privada acreedora llegaron a buen término a fines de 1984, pero en el segundo trimestre de 1986 se suspendieron los giros de fondos al exterior. La negociación argentina se vio ayudada por la decisión brasileña de suspender el pago de intereses a la banca privada extranjera, y por la ayuda del gobierno norteamericano, logrando la reprogramación total de la deuda a mediano y largo plazo con comisiones convenidas inferiores a las de los préstamos otorgados anteriormente por los bancos privados norteamericanos. También en ese año se firmó el acuerdo con el Club de París refinanciando todos los vencimientos por capital[17].

La gestión de Sourrouille percibió las limitaciones de una política confrontacionista y flexibilizó los márgenes de negociación, realizando un ajuste que permitió que una alta proporción de las divisas por exportaciones se dirigiera al pago de los intereses y servicios de la deuda. A pesar que dentro de la propia banca privada existían divergencias entre los bancos europeos, japoneses y regionales norteamericanos que no querían entregar más fondos, y los grandes bancos norteamericanos que no querían bajar las tasas de intereses, entre 1984 y 1988, los distintos equipos económicos debieron enfrentar: “a) la inflexibilidad de los parámetros convencionales de negociación impulsados por los acreedores externos; b) los decepcionantes resultados en materia de restablecimiento de indicadores más razonables de solvencia externa; y c) la creciente insustentabilidad del supuesto de que era posible servir el stock de deuda acumulado a las tasas de interés de mercado en el contexto económico internacional prevaleciente, en un marco de crecimiento”[18]. La gestión de Sourrouille no solamente no logró una flexibilización progresiva de los parámetros de la negociación, sino que la deuda externa continuó siendo una pesada carga para el presupuesto nacional.

2.3 La política exterior.

El Proceso de Reorganización Nacional durante el gobierno de Carter había tenido frecuentes encontronazos por el tema de los derechos humanos. Bajo la administración Reagan, y especialmente en el régimen de Galtieri, se produjo un alineamiento a los planes norteamericanos de lucha contra el comunismo en cualquier lugar del mundo, por ej. mediante el envío de asesores militares a Centroamérica. Luego de la derrota en Malvinas, los militares cambiaron su política exterior buscando apoyo en América Latina y el Tercer Mundo, pero la imagen de país poco confiable e impredecible marcó la última etapa del régimen militar, puesto que se pensaba que invocaban los principios latinoamericanos y de no-alineamiento por simple conveniencia[19]. Las relaciones del régimen militar con el resto de América Latina se distinguieron por una posición comercialista y "por las estrategias geopolíticas que planteaban la subordinación de las fronteras nacionales a las exigencias que planteaban la defensa de las fronteras ideológicas"[20]. Por ejemplo, en el caso de Brasil nuestro país debía enfrentar la insurgencia interna, por lo que se buscó dejar de lado rivalidades políticas, y reemplazarlas por la cooperación entre regímenes que sostenían una coincidencia ideológica (Plan Cóndor).

Para el nuevo gobierno democrático, los socios privilegiados serían Estados Unidos, América Latina, Europa occidental y los países del Tercer Mundo. Argentina buscó vincularse más profundamente con Latinoamérica para lograr acordar posiciones comunes y alcanzar una mayor democratización económica y política del sistema internacional. Se quería lograr un desarrollo que no podía conseguirse en forma individual y aislada, para lo cuál era imprescindible discutir los modos de refinanciamiento de la deuda externa. Gracias al nuevo interés diplomático mostrado para relacionarse más profundamente con América Latina, nuestro país desarticuló las dos hipótesis de conflicto con Chile y con Brasil, que blandían los regímenes militares del Cono Sur. En el primer caso, se firmó un tratado de paz sobre el canal del Beagle, avalado por un plebiscito nacional, y en el segundo caso, se llegó a un acuerdo de integración con los brasileños. Además, los países de la región compartían el sentimiento de solidaridad regional a raíz del conflicto del Atlántico Sur y, la crisis de la deuda externa[21].

El partido radical partió de la base de que nuestro país era occidental desde el punto de vista geográfico, político y cultural, en vías de desarrollo y no alineado[22]. Las nuevas líneas maestras de la diplomacia argentina eran la demanda de autonomía, la búsqueda de la paz regional y mundial rechazando el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, el mantenimiento de relaciones amistosas con todos los países, y la defensa de los derechos humanos. Aprovechando la legitimidad que le otorgaba la flamante democracia, nuestro país perseguía "una política exterior independiente basada en los siguientes principios: defensa de la soberanía argentina, integridad territorial, igualdad soberana de los Estados, no intervención, respeto a la libre determinación de los pueblos, oposición a los imperialismos de cualquier signo, al colonialismo y neocolonialismo, repudio al racismo, afirmación del pluralismo ideológico, apoyo al derecho de los pueblos al desarrollo, vigencia universal de los derechos humanos y sociales, y no alineamiento"[23].

Se buscaba reconstruir la imagen argentina luego de la represión contra la subversión, el conflicto con Chile por el canal del Beagle y la derrota militar de las Malvinas. Sin embargo, el apoyo europeo fue bastante evasivo, porque la esperada ayuda europea estaba supeditada al pago de la deuda, y además, no se pudo vencer el proteccionismo europeo, especialmente en los productos agrícolas. Con Estados Unidos, las relaciones fueron complicadas ante la política de confrontación del gobierno, especialmente en dos temas: el considerar a la deuda desde un plano político, y la injerencia argentina en el conflicto centroamericano. En 1984, con respecto a la deuda, debido a la presión norteamericana, nuestro país adopta un giro en la política exterior con Sourrouille, puesto que la gestión de Grinspun solo generó desconfianza en el país del norte, en los bancos y en los organismos multilaterales. Se admitió la superioridad norteamericana y ante el temor de que se pudiera desestabilizar la democracia, se aceptó que la deuda externa fuese tratada dentro de los límites convencionales, sin un tratamiento político de la misma: "Con la puesta en marcha del plan Austral, en junio de 1985, se decidió afrontar los compromisos externos del país aceptando las reglas de juego existentes y encarando las reformas estructurales de manera de aventar los temores de los acreedores internacionales. A partir de entonces, el gobierno norteamericano y los organismos financieros internacionales apoyaron la gestión económica del ministro Sourrouille"[24]. Por ajuste estructural se entendía, privatización de empresas públicas, aumento de tarifas, reducción del gasto público, y lograr una mayor recaudación para poder pagar los compromisos externos. Si bien el plan apuntaba a detener la inflación, también se pretendía cumplir con los organismos internacionales[25].

3. Brasil.

3.1 Las políticas económicas.

Brasil entre 1960 y 1980 desarrolló una política de inserción internacional merced a la combinación de las relaciones financieras y comerciales y de las inversiones externas, endeudándose para dar continuidad a la sustitución de importaciones y poder expandir y diversificar sus exportaciones, a partir del crecimiento del parque industrial, lo que atendía los requerimientos de sectores militares, la tecnocracia y el empresariado financiero e industrial asociado en determinados sectores con capitales internacionales. A fines de la década del ’70, Brasil contaba con un estado que intervenía en sectores de punta, mediante financiamiento otorgado por el Banco Nacional de Desarrollo Económico, las inversiones públicas en distintos sectores, y los Programas Nacionales de Desarrollo, logrando el país, un sector desarrollado de bienes de capital caracterizado por: “1) su alta integración vertical; 2) los estímulos y la orientación al mercado externo; 3) la profundización de la sustitución de importaciones en los sectores de bienes de capital intermedios; 4) la disponibilidad de una infraestructura adecuada de energía y petróleo y 5) la constitución y defensa de sectores con tecnología de punta, como informática, telecomunicaciones, aeronáutica y energía nuclear”[26].

A partir de la década de los setenta, aumentan las exportaciones de manufacturas gracias al acceso a tecnologías cercanas a los estándares internacionales y, los incentivos fiscales otorgados por el estado a través de excepciones tributarias y créditos subsidiados, lo que permitió al país no solamente aumentar las cuotas de su producción dedicadas al mercado externo, sino también ampliar el número de socios comerciales en países desarrollados, Africa, América Latina y Medio Oriente. Luego de la crisis petrolera de 1973, el gobierno brasileño tomó medidas para realizar un programa de desarrollo económico gracias a la gran cantidad de préstamos extranjeros a tasas de interés muy bajas destinados a industrias de sustitución de importaciones que requerían gran cantidad de capital, y que serviría para incrementar la competitividad industrial brasileña en el mundo[27]. Es decir, Brasil alentó en forma enérgica la sustitución de importaciones de productos de industria pesada y de bienes de capital, logrando una integración intersectorial diversificada en su producción, y con poca competencia externa gracias a la política proteccionista: "A esto se agregaba una política agroexportadora que había logrado acceder a los mercados internacionales sobre la base de bienes intermedios, aún cuando el sector industrial presentaba todavía un cierto grado de ineficiencia y atraso tecnológico y continuaba dependiendo de la importación de equipos y bienes de capital"[28].

Pero a principios de los ochenta, el gobierno militar ante las restricciones financieras externas, aplicó recetas económicas recesivas que afectaron a las importaciones. La crisis económica fue un claro indicio de que la vieja estrategia de desarrollo económico estaba agotada, y que el estado ya no podía intervenir en la sociedad de la forma en que lo hacía porque se había producido la concentración del ingreso, creando una fuente importante de conflicto social. Se buscó generar grandes superávits comerciales a través de la diversificación y el aumento de las exportaciones, especialmente de productos industriales en desmedro de los agrícolas. Estados Unidos se transformó en el principal país importador de productos brasileños, disminuyendo las ventas a América Latina y al mundo en desarrollo. Lo que pretendían los brasileños era aumentar las exportaciones de productos industriales para expandir la capacidad productiva, lo que imponía una mayor importación de bienes de capital y tecnología de punta, con el obstáculo del servicio de la deuda externa en el medio. Brasil se convirtió en un país cerrado a las importaciones puesto que el proteccionismo es una lejana orientación de la política exterior brasileña de reserva de mercados para beneficiar a sectores industriales nacionales. El sector privado transnacional o nacional ha demostrado ser adaptable a las oscilaciones económicas, logrando aumentar la productividad a partir de menores costos y automatización, y a pesar de una menor inversión. De todas maneras, existieron diferencias entre sectores como el de bienes de consumo durable o agroindustriales que recuperaron posiciones, y sectores como el de bienes de capital que debido a la carrera tecnológica quedó un poco más rezagado. En la década del ochenta, el crecimiento industrial fue lento y sufrió varias crisis por el endeudamiento externo, la falta de mecanismos de financiación debido a las dificultades financieras estatales y a la interrupción de los flujos de capitales extranjeros, y el agotamiento del modelo de industrialización vigente hasta entonces[29].

3.2 La deuda externa.

En los ochenta, los acuerdos con los bancos comerciales supervisados por el FMI significaron una menor entrada de divisas externas y de préstamos, al mismo tiempo que se producía un desajuste financiero público, debido a las devaluaciones del tipo de cambio que redujeron la capacidad de servir la deuda. La inflación y el deterioro de las cuentas públicas sirvieron como subvención de los sectores exportadores, debido a los favores fiscales a las exportaciones, lo que marcó que el crecimiento de la economía estuviera sujeto al crecimiento de las exportaciones. Al asumir el nuevo gobierno democrático de José Sarney en 1985, la política económica que se intentó seguir era contener la demanda interna a través del control del gasto público, para reducir la inflación y promover las exportaciones realizando simultáneamente los ajustes interno y externo, pero, rápidamente se perdió el control del déficit público. El fracaso de las negociaciones con el FMI, se debió a la falta de apoyo interno hacia la nueva estrategia económica[30].

A partir de la asunción de Dilson Funaro como ministro de Hacienda, lo primero que se hizo fue tranquilizar a los acreedores externos en el sentido de que los términos acordados por el anterior ministro serían respetados. Pero el nuevo ministro, a partir de una posición crítica de las estrategias tradicionales de ajuste, sostenía el crecimiento para defender una política económica autónoma, lo que le valió el respaldo político de sectores parlamentarios progresistas. Al intentar negociar sin la supervisión del FMI, los brasileños se encontraron que el Club de París no aceptaba un acuerdo sin la supervisión del organismo, al mismo tiempo que las negociaciones con los acreedores privados se estancaron[31].

Con el nacimiento del plan Cruzado en 1985, se hizo más patente la necesidad de inversiones estructurales en servicios de infraestructura y en las industrias productoras de materias primas industriales que no podían satisfacer la demanda creada por el nuevo plan económico. Una vez implementado el mismo se hizo necesario tomar algunas medidas de carácter estructural, para lo cuál por un lado, se sostuvo que el crecimiento sostenido requería una menor transferencia de recursos al exterior, y por otra parte, se produce un acercamiento a los acreedores oficiales del Club de París, retomándose unilateralmente el pago de los intereses atrasados. Sin embargo, a mediados de 1986, ya existían datos ciertos de que el país no iba a poder seguir obteniendo superávits de 11000 millones de dólares debido al deterioro de los precios y el volumen exportado de café, soja, productos manufacturados, y al crecimiento de la demanda interna. La menor cantidad de reservas se debió no solamente al retroceso de las exportaciones, sino también a una menor inversión extranjera, y a un leve aumento de las importaciones. A principios de 1987, las autoridades económicas brasileñas llegaron a un acuerdo con el Club de París, bajo el auspicio del presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, por el cuál se reprogramaron las deudas a vencer en el primer semestre de 1987. Asimismo, el gobierno norteamericano intervino en la negociación –lo que le valió críticas de sus socios europeos y japoneses- debido a que no se aceptó la supervisión del FMI, aunque Brasil aceptó establecer contactos informales con el organismo[32].

Pero el deterioro de la situación económica en 1987, la baja consideración pública del equipo económico, las presiones políticas y el endurecimiento del frente externo llevó a la suspensión del pago de los intereses por un plazo indeterminado, es decir, se declaró una moratoria unilateral, adoptando una firme postura ante los acreedores, aunque se anunció que se mantendrían los pagos en cruzados. El gobierno sostuvo que durante seis meses el Tesoro no gastaría más recursos de los que recaudara, que las inversiones de las empresas estatales deberían ser con recursos propios, y que se haría una revisión de los subsidios. El gobierno norteamericano repudió la actitud brasileña porque no había sido consultado, al igual que el FMI. Al mismo tiempo, los norteamericanos presionaron a los bancos para que redujesen sus exigencias a México, Filipinas y Chile, países que estaban renegociando sus deudas, puesto que no se quería un enlace entre los deudores, y el desplome del sistema financiero internacional[33]. Brasil no consultó a nuestro país para declarar esta moratoria, lo que iba en contra de la pretendida integración y cooperación latinoamericana.

Con la asunción de Luis Bresser Pereira como ministro de Hacienda–aceptado por la comunidad financiera internacional-, se intentó calmar los ánimos de los acreedores, para lo cuál se declaró dispuesto a entrar en conversaciones con el FMI. Pero en el marco interno se hablaba de que el FMI tendría poca injerencia en la política económica interna, porque se utilizarían ciertos ‘tecnicismos del Fondo’ para formular un programa propio. El nuevo ministro mantuvo la idea de que era necesario sostener el crecimiento por lo que se debía remitir al exterior recursos menores a lo que pretendían los acreedores, a pesar que la situación de la balanza comercial mejoró por la caída de los salarios que dejó más excedentes exportables. Igualmente, los acreedores presionaron al ministro para que retomara aunque sea parcialmente el pago de los intereses, levantando la moratoria y llegando a un acuerdo con el FMI. Brasil insistía en que se debían refinanciar los intereses en un plazo más largo, se incluyeran cláusulas de salvaguardia en caso de deterioro económico internacional, y se firmara un acuerdo primero con los bancos privados, y luego con el FMI, para evitar el costo político interno, y porque la experiencia mexicana había demostrado que las negociaciones con los bancos eran prolongadas[34].

Pero la inflación y el déficit fiscal continuaron siendo un grave problema. Esta situación motivó que el valor de los títulos de la deuda cayeran en los mercados. Algunos sectores privados brasileños aprovecharon además la conversión de la deuda como una alternativa al endeudamiento y captación de recursos en el mercado de capitales doméstico, aunque este mecanismo se interrumpió cuando se lanzó el plan Verano en 1989[35]. El plan anuncia la reducción del déficit fiscal basado en la poda de organismos del estado, la gradual privatización de las empresas públicas y la reducción de empleados del gobierno. Se acentuaron el control de cambios y el congelamiento de precios, salarios y tarifas con control popular, igual que en el plan Cruzado. El programa antiinflacionario del Brasil al igual que el plan Primavera en Argentina no fueron en última instancia más que proyectos de corto plazo, destinados a lograr un objetivo político[36].

3.3 La política exterior.

En 1974, Brasil abandonó el ‘alineamiento automático’ con los Estados Unidos, y lanzó un esquema de universalización de su política exterior a través del llamado ‘pragmatismo responsable’, manteniendo vínculos externos con características diferentes en el marco regional y en el internacional. Se promovieron tres líneas de acción que perduraron en el tiempo: “1) una redefinición de las relaciones con Estados Unidos, que se tradujo en una agenda bilateral cada vez más compleja y difícil; 2) la búsqueda de una neutralidad ideológica y; 3) una aproximación creciente al tercer mundo”[37]. En Latinoamérica, mantuvo una efectiva presencia en países como Uruguay, Paraguay, Bolivia, e incluso Chile, con quien Argentina mantenía hipótesis de conflicto, mientras que en el ámbito internacional, el pragmatismo brasileño se orientó a la conquista de una presencia en todas las regiones más allá de las contradicciones ideológicas y políticas que pudieran existir, puesto que lo que se deseaba era satisfacer sus necesidades y romper su situación de país dependiente. En el plano político, sus posturas sobre la deuda externa, la política nuclear, la política comercial y financiera internacional, la reserva de mercados nacionales por ej. en el área de informática, la posición adoptada frente a la guerra de Malvinas, la postura ante el conflicto centroamericano, y la reafirmación del eje Este-Oeste por parte de Estados Unidos, alejaron a Brasil de los estadounidenses[38].

Bajo el mandato del general Figuereido, que coincidió con la atenuación y declinación del milagro económico, Brasil comenzó a relativizar la aspiración anterior de constituirse en la octava potencia mundial, y se produjo una aproximación política con los países de la región, a partir de la aceptación de que el desarrollo brasileño no podía ser independiente de los países latinoamericanos. En el nuevo accionar externo brasileño, a partir de los ochenta debe hacerse mención a su participación activa en foros regionales de coordinación política, económica y de integración como la ALADI o la Cuenca del Plata, que si bien fueron creados en décadas anteriores, no lograban alcanzar los objetivos que llevaron a su creación, por rivalidades políticas o ideológicas, o las diferentes opiniones sobre la forma de la integración regional. El país estaba muy bien instalado en el ámbito internacional gracias al apoyo estatal, empresarial y de las fuerzas armadas[39].

Luego de la muerte de Tancredo Neves, con la asunción de José Sarney en 1985 el gobierno brasileño comenzó a desarrollar una más activa política de acercamiento con respecto a América Latina. Los países de América Latina fueron un importante mercado para las exportaciones de manufacturas, puesto que los brasileños se enfrentaban al proteccionismo europeo, a las crisis económicas y políticas africanas y a crecientes dificultades con Estados Unidos. Por ejemplo, en el caso de la informática, hacia mayo de 1986, Estados Unidos preparaba represalias contra Brasil por la negativa de este país a la entrada en sus mercados de productos electrónicos y computadoras norteamericanas, debido a las barreras arancelarias. Brasil prohibió las importaciones de computadoras pequeñas y la tecnología correspondiente hasta el fin de la década para proteger su propia industria electrónica. En el espacio regional, el propio presidente reforzó la política exterior de acercamiento a Latinoamérica. Además, Brasil propuso en las Naciones Unidas que el Atlántico Sur, entre Africa occidental y América del Sur, fuese declarada una zona de paz y cooperación, desmilitarizada y desnuclearizada[40].

4. Síntesis.

El régimen militar favoreció una mayor apertura unilateral de la economía, pero esta mayor conexión con el exterior no significó que se alcanzara un nivel alto de competitividad internacional debido a la orientación de las empresas transnacionales y nacionales hacia el mercado interno. Además, se seguía dependiendo del exterior para los insumos y bienes de capital, quedando demostrado el retraso tecnológico. La industria de bienes de capital y las pequeñas y medianas empresas en general, sufrieron la competencia externa.

Con la llegada del radicalismo al poder, se hizo patente la necesidad de incrementar la competitividad para lograr una mayor inserción internacional, para lo cuál la nueva conducción económica estableció regímenes de importación especiales y exención de aranceles a la importación de bienes de capital. Esto debía servir además, para estabilizar los precios dentro del plan Austral. Hacia 1988, se bajaron  los niveles arancelarios, lo que motivó el descontento de los empresarios que se sentían desprotegidos con barreras arancelarias y paraarancelarias inferiores a las de los países desarrollados. Nuevamente a fines de ese año, se bajaron los aranceles, lo que no ayudó al funcionamiento del PICAB, puesto que no se pudo lograr un acuerdo con Brasil respecto a los aranceles externos comunes.

Otro tema que complicaba al gobierno fue la deuda externa. La falta de acuerdo con el FMI, haría que el organismo presionara para la realización de un plan de ajuste, mientras que el gobierno esperaba que la situación interna mejorara, para aumentar la capacidad de negociación externa. Nuestro país esperaba un mejor trato por la deuda externa, al asumir un gobierno democrático, además, señalaba que el ajuste lo habían realizado los militares puesto que habían reducido los salarios, bajado los aranceles y achicado al estado. Los negociadores argentinos de la deuda se encontraron con que los acreedores presionaban para que se firmara un acuerdo con el FMI, siguiendo los parámetros convencionales de negociación, por lo que la deuda externa continuó significando una fuerte erogación de recursos del presupuesto nacional hacia el exterior.

La política exterior, por su parte, cambió de orientación respecto a la desarrollada por el régimen militar. Mientras que éste se alineó con los norteamericanos en su lucha contra el comunismo, y por relaciones latinoamericanas marcadas por rivalidades geopolíticas de poder, el nuevo gobierno aclaró apenas asumió, que los países latinoamericanos ocuparían una importante posición en la nueva política exterior. Se buscaba la integración física, económica y cultural latinoamericana, desanimando cualquier carrera armamentista con los países vecinos, y solucionando las hipótesis de conflicto con Brasil y Chile, ya sea por medio de un tratado de integración, o mediante un tratado de paz. El gobierno reconocía que no se estaba en condiciones de destinar recursos económicos a la confrontación Este-Oeste, no solo por motivos económicos, sino también políticos, puesto que una de las líneas argumentales de la política exterior era la demanda de autonomía respecto a la lucha por los objetivos estratégicos del conflicto entre las superpotencias.

En tanto Brasil, desarrolló hasta la década del ochenta una política de inserción internacional basándose en el endeudamiento externo para lograr una mayor sustitución de importaciones y poder diversificar y aumentar sus exportaciones, logrando intensificar las exportaciones de manufacturas. Pero la situación se complicó a principios de los ochenta debido a la aplicación de políticas económicas recesivas que perjudicaron las importaciones. Además, sufrió varias crisis por el endeudamiento externo al igual que nuestro país, y la interrupción de flujos de capitales extranjeros. Paulatinamente se fue demostrando que el viejo modelo de sustitución de importaciones se encontraba en su fase final. Brasil se convirtió en un país cerrado a las importaciones, pero igualmente permitía la entrada del exterior de bienes de capital y tecnología que necesitaban los sectores industriales nacionales.

La deuda externa también significó un dolor de cabeza para los sucesivos equipos económicos, puesto que para ellos, la política de crecimiento sostenido autónomo requería una menor transferencia de recursos al exterior, lo que llevó a sucesivos enfrentamientos con organismos internacionales y el resto de los acreedores externos. Esto se produjo tanto por destinar pocos fondos a los pagos externos, como por declarar la moratoria unilateral de pago y, no aceptar la supervisión del FMI. La política exterior brasileña también entraba en colisión con los Estados Unidos ya que se mantuvo una política pragmática con presencia en todas las regiones más allá de las cuestiones ideológicas y políticas. También gradualmente se produjo una aproximación política hacia el resto de los países latinoamericanos, puesto que se sostenía que el desarrollo del país no podía alcanzarse si no se estrechaban lazos con estos países, especialmente por las dificultades que existían para colocar las exportaciones de manufacturas en el viejo continente, los problemas con los norteamericanos, y las crisis económicas de los africanos.

La aproximación de ambos países había comenzado ya en la década del setenta con distintas formas de cooperación bilateral, aunque las empresas brasileñas eran por lo general, más grandes que las argentinas. Con la asunción de Sarney, el acercamiento fue mayor debido a la voluntad política de ambos países y también al hecho que nuestro país podía servir como un proveedor cercano de alimentos, al mismo tiempo que se buscaba equilibrar el nivel del intercambio comercial. Por otra parte, ya a fines de los ochenta, se habían producido acercamientos políticos y económicos entre ambos países, debidos en parte al aprovechamiento de la cuenca del Plata.

Ambas naciones cambiaron la intensidad de las relaciones, a partir de la necesidad de incrementar los lazos económicos y políticos, para alcanzar por ejemplo, una política común respecto a la deuda externa, y para afianzar los procesos democráticos en ambos países: "No obstante, las relaciones comerciales entre ambas no pueden ser comprendidas como fenómenos disociados de cuestiones como la deuda externa o las prioridades de sus políticas externas, ligadas al momento económico de retracción internacional. En este contexto de crisis económica y financiera, la Argentina y el Brasil fueron abandonando paulatinamente sus regímenes autoritarios, permitiendo gestar un proceso de redemocratización en los dos países, y canalizar sus necesidades mutuas para responder conjuntamente a la crítica coyuntura de la década de 1980"[41].

Por último, para nuestro país, significó reconocer la supremacía brasileña, tratar de disminuir el déficit comercial bilateral con Brasil, y por otro lado, buscar la posibilidad de negociar en forma conjunta ante los organismos internacionales mejores condiciones de pago de la deuda, y de insertarse más fuertemente en el comercio internacional. Para los brasileños, una aproximación con Argentina significaba anular un centro de tirantez en el sur de la frontera y, permitía progresar en la configuración de un espacio de autonomía internacional: "El agotamiento del modelo brasileño de desarrollo autocentrado, en el cual el Estado desempeñaba un papel clave como principal actor económico, sumado a la crisis provocada por el endeudamiento externo durante la década de los ochenta, en el marco de una economía internacional en la que se manifestaban tendencias hacia la globalización de los mercados financieros y la acentuación de procesos de integración en grandes bloques económicos regionales, determinaron que Brasil trazara nuevas estrategias de desarrollo y por lo tanto nuevos objetivos de política exterior. (...) Se reconoció el carácter obsoleto de su modelo económico y, al mismo tiempo, se puso de relevancia la importancia de poder contar con una estructura industrial compleja y diversificada". Es decir, "el objetivo fue aumentar el poder de negociación, incrementando la competitividad industrial a través de la innovación tecnológica y la extensión de los mercados, ambos objetivos por vía de la integración"[42].



[1]Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Humanas, Carrera de Relaciones Internacionales, Tandil.

[2]Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Humanas, Carrera de Relaciones Internacionales, Tandil.

[3]Hirst, Mónica; El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial. Buenos Aires, FLACSO, 1989, Documentos e Informes de Investigación n° 81.Lavagna, Roberto: Integración Argentina-Brasil: origen, resultados y perspectivas, en, Bekerman, Marta (comp.); Mercosur. La oportunidad y el desafío. Buenos Aires, Legasa, 1992. Sierra, Pablo, El proceso de integración entre Argentina y Brasil, en; Integración Latinoamericana. Informe Base. Buenos Aires, Consejo Federal de Inversiones, 1991. Rapoport, Mario; Historia económica, política y social de la Argentina (1880-2000). Buenos Aires, Ediciones Macchi, 2000.

[4]Moneta, Carlos: El acercamiento Argentina-Brasil: de la tensión y el conflicto a la competencia cooperativa, en; Capítulos del SELA. Caracas, Arte, enero-marzo 1988, n° 18, p. 52.

[5]Mendoza, Oscar: DEL PICAB AL MERCOSUR. Continuidad, cambios y proyección subregional del Programa de Integración Argentina-Brasil, en, Bernal-Meza, Raúl y Mendoza, Oscar (comp.); Orden mundial y escenarios regionales. San Juan, Universidad de San Juan, 1991, p. 69.

[6]Hirst, Mónica; El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial, op., cit.. Kosacoff, Bernardo; La industria argentina. Un proceso de reestructuración desarticulada. Buenos Aires, CEPAL, 1994, Documento de Trabajo n° 53.

[7]Chudnovsky, Daniel: Inversiones extranjeras, en, A.A.V.V.; El comercio exterior argentino en la década de 1990. Buenos Aires, Manantial, 1991. Hirst, Mónica, El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial, op. cit.. Katz, Jorge y Bercovich, Nestor: Ciencia, tecnología y reestructuración industrial, en A.A.V.V.; El comercio exterior argentino en la década de 1990. Buenos Aires, Manantial, 1991. Russell, Roberto: Argentina y la política exterior del régimen autoritario (1976-1983): una evaluación preliminar, en, Perina, Rubén y Russell, Roberto (comp.); Argentina en el mundo (1973-1987). Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988.

[8]Avila, Jorge: El tipo de cambio real durante las décadas de 1970 y 1980, en, A.A.V.V.; El comercio exterior argentino en la década de 1990. Buenos Aires, Manantial, 1991. Bisang, Roberto y Kosacoff, Bernardo: Tres etapas en la búsqueda de una especialización sustentable. Exportaciones industriales argentinas 1974-1993, en, Kosacoff, Bernardo (ed.); Hacia una nueva estrategia exportadora. Buenos Aires, Universidad de Quilmes, 1995.

[9]Rapoport, Mario, op. cit., p. 906.

[10]Ibídem, p. 909.

[11]Mc Adam, Andrew, Sukup, Viktor y Katiz, Claudio; Raúl Alfonsín. La democracia ante todo. Buenos Aires, Corregidor, 1999, p. 121.

[12]Alá Rué, Pablo y Lavergne, Nestor; Integración Argentina-Brasil. Buenos Aires, Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración, 1991. Camilión, Oscar: Integración Argentina-Brasil: realidades y proyecciones, en; Revista Integración Latinoamericana. Buenos Aires, INTAL, abril 1987, n° 122. Perina, Rubén: Nueva presencia argentina en el sistema internacional, en, Perina, Rubén y Russell, Roberto (comp.); Argentina en el mundo (1973-1987). Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988.

[13]Clarín, 2-10-1988.

[14]Los factores que llevaron a la hiperinflación fueron varios: "Entre ellos, tuvieron especial relevancia la crítica situación del balance de pagos, la exacerbación de la puja por la distribución del ingreso, el comportamiento especulativo de importantes sectores económicos y el encadenamiento de aceleraciones crecientes de la inflación y períodos de estabilización cada vez más cortos y limitados en el pasado inmediato". Rapoport, Mario, op. cit., p. 925. Chudnovsky, Daniel: La integración económica entre Argentina y Brasil: balance preliminar y perspectivas, en, Hirst, Mónica (comp.); Argentina-Brasil. Perspectivas comparativas y ejes de integración. Buenos Aires, Tesis, 1990.

[15]Russell, Roberto: La crisis de la deuda, la vulnerabilidad externa y el programa de integración y cooperación Argentina-Brasil, en, Hirst, Mónica (comp.); Argentina-Brasil. Perspectivas comparativas y ejes de integración. Buenos Aires, Tesis, 1990, p. 34.

[16]Schvarzer, Jorge: De la deuda externa al Plan Austral, en, A.A.V.V.; Crisis y regulación estatal: dilemas de política en América Latina y Europa. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, p. 37.

[17]Bouzas, Roberto y Keifman, Saúl: Las negociaciones financieras externas de Argentina en el periodo 1982-1987, en, Bouzas, Roberto y Keifman, Saúl (comp.); Entre la heterodoxia y el ajuste. Negociaciones financieras externas de América Latina (1982-1987). Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988. Schvarzer, Jorge, op. cit..

[18]Bouzas, Roberto; La crisis de la deuda, la vulnerabilidad externa y el programa de integración y cooperación Argentina-Brasil, en, Hirst, Mónica (comp.); Argentina-Brasil. Perspectivas comparativas y ejes de integración. Buenos Aires, Tesis, 1990, pp. 34-35.

[19]Russell, Roberto, Argentina y la política exterior del régimen autoritario (1976-1983): una evaluación preliminar, op. cit., pp. 112-120.

[20]Rapoport, Mario, op. cit., p. 776.

[21]Alconada Sempé, Raúl: Democracia y política exterior 1983-1989, en, Jalabe, Silvia (comp.); La política exterior argentina y sus protagonistas 1880-1995. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1996. Moneta, Carlos, El acercamiento Argentina-Brasil: de la tensión y el conflicto a la competencia cooperativa, op. cit.. Peña, Félix: Argentina y la cooperación latinoamericana, en, Perina, Rubén y Russell, Roberto (comp.); Argentina en el mundo (1973-1987). Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988. Plataforma Electoral Nacional de la Unión Cívica Radical. Buenos Aires, 30 de julio de 1983. Russell, Roberto: Un año de política exterior: las relaciones con Estados Unidos, América Latina y Europa occidental, en, Perina, Rubén y Russell, Roberto (comp.); Argentina en el mundo (1973-1987). Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988.

[22]Se promovía la participación de la Organización de Estados Americanos para la defensa de los intereses regionales, especialmente en cuanto a los derechos humanos y la cooperación para el desarrollo económico y social. También se quería impulsar el Parlamento Latinoamericano y el funcionamiento de foros de partidos políticos democráticos, para fomentar la democratización de todo el continente. Al mismo tiempo se ratificaba la participación en el Movimiento de Países No alineados. Plataforma Electoral Nacional de la Unión Cívica Radical, op. cit., p. 7.

[23]Ibídem, p. 7.

[24]Rapoport, Mario, op. cit., p. 895.

[25]Mendoza, Oscar: El programa de integración y cooperación Argentino-Brasileño. Algunos criterios para su evaluación, en, Bernal-Meza, Raúl; Política, integración y comercio internacional en el Cono Sur Latinoamericano. San Juan, Universidad de San Juan, 1991. Mestre de Sánchez, Teresa y Mendoza, Oscar: El proceso de cooperación e integración, Argentino-Brasileño desde la perspectiva histórica de las relaciones bilaterales, en; Cuaderno de la Facultad de Ciencias Sociales. San Juan, Universidad de San Juan, 1988.

[26]Hirst, Mónica, El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial, op. cit., pp. 30-31.

[27]Bresser Pereira, Luis: La intervención del Estado en Brasil: un enfoque pragmático, en; Revista de la Cepal. Santiago, agosto 1990, n° 41. Hirst, Mónica, El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial, op. cit..

[28]Rapoport, Mario, op. cit., p. 1068.

[29]Bresser Pereira, Luis, La intervención del Estado en Brasil: un enfoque pragmático, op. cit.. Hirst, Mónica, El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial, op. cit.. Sierra, Pablo: Países del Cono Sur. Ajuste económico 1980/1990 y procesos de integración, en; Integración Latinoamericana. Informe base II. Buenos Aires, Consejo Federal de Inversiones, 1992..

[30]Baer, Mónica: La deuda externa brasileña: estrategias de negociación e impactos internos (1983-1987), en, Bouzas, Roberto (comp.); Entre la heterodoxia y el ajuste. Negociaciones financieras externas de América Latina (1982-1987). Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1988. Mello Belluzo, Luiz: Ayuda externa y desequilibrio fiscal en Brasil, en, Hirst, Mónica (comp.); Argentina-Brasil. Perspectivas comparativas y ejes de integración. Buenos Aires, Tesis, 1990.

[31]Baer, Mónica, op. cit., pp. 95-99.

[32]Baer, Mónica, op. cit., pp. 99-111. Camilión, Oscar, op. cit., pp. 9-12.

[33]Baer, Mónica, op. cit., pp. 99-111.

[34]Ibídem, pp. 99-111.

[35]La Nación, 27-1-1989.

[36]Pires de Souza, Francisco: Conversión de la deuda externa en inversión directa: una evaluación de la experiencia brasileña reciente, en, Bouzas, Roberto y Ffrench-Davis, Ricardo (comp.); Conversión de la deuda externa y financiación del desarrollo en América Latina. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1990. Sierra, Pablo, Países del Cono Sur. Ajuste económico 1980/1990 y procesos de integración, op. cit..

[37]Mendoza, Oscar, El programa de integración y cooperación Argentino-Brasileño. Algunos criterios para su evaluación, op. cit., p. 280.

[38]Dallanegra Pedraza, Luis: A acordo de integracão Brasil-Argentina da perspectiva da política internacional, en; Revista Política e Estratégica. San Pablo, Centro de Estudios Estratégicos, enero-marzo 1988, volumen VI, n° 1. La Nación, 16-5-1986. Mendoza, Oscar, El programa de integración y cooperación Argentino-Brasileño. Algunos criterios para su evaluación, op. cit..

[39]Alá Rué, Pablo y Lavergne, Nestor, op. cit.. Hirst, Mónica, El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial, op. cit.. Hirst, Mónica y Segre, Magdalena: La política exterior de Brasil en tiempos de crisis, en; Revista América Latina/Internacional. Buenos Aires, FLACSO, enero-marzo, 1988, n° 15. Moneta, Carlos, El acercamiento Argentina-Brasil: de la tensión y el conflicto a la competencia cooperativa, op. cit..

[40]Alá Rué, Pablo y Lavergne, Nestor, op. cit.. Hirst, Mónica, El programa de integración y cooperación Argentina-Brasil. Los nuevos horizontes de vinculación económica y complementación industrial, op. cit.. Hirst, Mónica y Segre, Magdalena, op. cit.. Mendoza El programa de integración y cooperación Argentino-Brasileño. Algunos criterios para su evaluación,, Oscar, op. cit..

[41]Rapoport, Mario, op. cit., p. 1079.

[42]Bernal-Meza, Raúl; Sistema mundial y Mercosur. Globalización, regionalismo y políticas exteriores comparadas. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 2000, pp. 342-343.


Ponencia presentada en el Simposio Procesos de Integración Regional. Séptimo Encuentro Internacional Humboldt. Villa de Merlo, San Luis - Argentina. Lunes 19 de setiembre de 2005.