Inicio > Mis eListas > encuentrohumboldt > Mensajes

 Índice de Mensajes 
 Mensajes 141 al 160 
AsuntoAutor
136/02 - Página Ce Humboldt
137/02 - Quinto En Humboldt
138/02 - Quinto En Humboldt
139/02 - Muchas Gr Humboldt
190/02 - Enciclope Humboldt
191/02 - Quinto En Humboldt
192/02 - Quinto En Humboldt
193/02 - Los inici Humboldt
195/02 - Estimados Humboldt
196/02 - Enviar sa Humboldt
197/02 - La Escale Humboldt
198/02 - El Compor Humboldt
199/02 - Ponencias Humboldt
194/02 - MERCOSUR Humboldt
140/02 - Los Límit Humboldt
141/02 - Los sin t Humboldt
142/02 - Fronteira Humboldt
143/02 - Notas pre Humboldt
144/02 - Resolució Humboldt
145/02 - Migracion Humboldt
 << 20 ant. | 20 sig. >>
 
ENCUENTRO HUMBOLDT
Página principal    Mensajes | Enviar Mensaje | Ficheros | Datos | Encuestas | Eventos | Mis Preferencias

Mostrando mensaje 183     < Anterior | Siguiente >
Responder a este mensaje
Asunto:[encuentrohumboldt] 145/02 - Migraciones: entre la sociedad y la cultura
Fecha:Jueves, 10 de Octubre, 2002  17:50:57 (-0300)
Autor:Humboldt <humboldt @............ar>

Migraciones: entre la sociedad y la cultura

 

Ana María Gorosito Kramer[1]

 

 

 

Las migraciones en perspectiva

 

Optaré por partir de una evidencia, un tópico para el que no es necesaria mayor discusión: estamos en el cierre de un siglo que se caracterizó por los movimientos migratorios como una marca característica de los países que se vieron afectados por esas mareas de población humana en movimiento, tanto porque perdían rápidamente contingentes importantes que partían hacia nuevos rumbos, como porque los recibían de una forma tan masiva que, más temprano o más tarde, debieron instrumentar políticas públicas precisas para contener y orientar el problema.

Sólo por este hecho, esos países, los que ganaban y los que perdían población, vieron transformadas profundamente sus estructuras sociales. Ni qué decirlo, fueron muchos de esos traslados masivos los que asimismo resolvieron problemas en estructuras sociales y económicas previamente perturbadas, para lo cual esas migraciones resultaron en la posibilidad efectiva de la transformación hacia el progreso, cualquiera fuere la forma en que dicho valor era comprendido por las elites de las naciones-estados respectivos.[2]

Por otro lado, todo apunta a confirmar que, en el siglo que empezamos, la movilización de poblaciones seguirá siendo una constante progresivamente problemática y dificultosa en varios planos que nos corresponderá analizar en mayor profundidad. Es también altamente probable que actualmente muchos de los miembros de nuestra generación -segunda o tercera en el caso de América latina que es descendiente a su vez de una generación de migrantes-, ya haya practicado –a causa de los más diversos motivos- por lo menos alguna experiencia de migración. Todo indica que, en la generación que nos suceda, ningún miembro del cuerpo social deje de experimentar, una o varias de esas experiencias de traslado.

En el trabajo docente y al menos para la Argentina, es frecuente que el tema “migraciones” se relacione exclusivamente con las etapas fundacionales de nuestras respectivas naciones. Acentuando con mayor destaque a aquellos procesos que transcurrieran en los cuarenta o cincuenta años que van desde fines del siglo XIX a comienzos del XX, dichas migraciones son consideradas como la base de nuestra nacionalidad actual –de manera más importante como construcción ideológica que otros procesos de conformación de la nación-, de una supuesta “fisonomía” física y una orientación psíquica colectiva, y hasta explicativa para celebrar una presunta orientación democrática e intercultural en sus ciudadanos. Así, el concepto de “crisol de razas” o “melting pot”, consolida una imagen social, reforzada en los procesos educativos, que simultáneamente afirma el carácter pro-europeo de su población (“los argentinos descendemos de los barcos”), el carácter plural de su cultura hecha de retazos armoniosamente sintetizados, y finalmente el carácter pluralista de su organización política y social. De esta manera, las migraciones de aquél período contribuyeron a formar una nación nueva, en el sentido de inexistente hacia entonces, metáfora que a su vez presenta múltiples aperturas hacia otras agradables y bucólicas, referidas a su juventud, su vigor y toda clase de asociaciones positivas por el estilo (para las cuales la Venus de Botticelli, emergiendo como una joven perfecta y bella de entre las aguas, es la mejor representación plástica de este conjunto de ideas).

Este tipo de ideas, respecto a los pueblos nuevos, nos remite necesariamente a aquél trabajo fundamental de Darcy Ribeiro, “Las Américas y la Civilización” (1969, Tomo 2), en el que distinguía, en las matrices históricas de las actuales naciones latinoamericanas, tres grandes categorías: los “pueblos nuevos” (Chile, Argentina, Uruguay), los “pueblos testimonio” (con importante presencia de poblaciones indígenas originarias) y los “pueblos transplantados” en los que el componente social tenía su origen en ese otro masivo proceso de migración forzada desde Africa a América, y que tan potente incidencia ha tenido en muchos de nuestros países.

Por lo tanto, hasta aquí tenemos al menos dos órdenes de consideraciones en relación al impacto que las migraciones han jugado en nuestra historia social y política, desde la ocupación colonial y hasta nuestros días: las que surgen de las consideraciones de Darcy Ribeiro, respecto a la diversa presencia de pueblos que debieron conformarse y contribuyeron a crear las actuales condiciones en nuestros respectivos países, a partir de la desigualdad profunda que esta tipología expone respecto al modo como cada uno de estos componentes iniciaron el camino hacia las formas actuales: migraciones forzadas con supresión de la condición de sujetos, subordinadas a un carácter de mercancía esclavista; migraciones por expulsión de sus localidades de origen (por obstáculos al acceso a las posibilidades de subsistencia, por guerras o conflictos y persecuciones religiosas o étnicas) o, en fin, producto de una creciente ola de proyecciones de futuro, progreso y bienestar alentadas por las propagandas de los países receptores de migración o por las variadas vías de la comunicación personal, en mundos cotidianos afectados de alguna manera por la penuria o simplemente la falta de esperanzas. Por otro lado, los “pueblos testimonio”, dotados por obra de la ideología oficial y de las prácticas educativas de una inmovilidad inmemorial –la falta de memoria y de movimiento son, por esencia, no humanas sino minerales, y no por casualidad esta asociación metafórica encuentra en tantas expresiones una suerte de evidencia que no necesita de la comprobación, tan arraigada está en el imaginario oficial y sus múltiples irreflexivas reproducciones. Y sin embargo, también ellos afectados por los desgarramientos históricos de la constitución de nuestras sociedades, sujetos a migraciones alentadas por la esperanza o determinadas por las agobiantes condiciones de vida en sus localidades de origen o bien, finalmente, transportados como mano de obra servil u otras formas similares, desarraigados como efecto de políticas de pacificación y apropiación territorial, relocalizados en aplicación de políticas indigenistas aparentemente paternalistas aunque, la mayoría de las veces, mal han podido ocultar la codicia sobre los territorios que habían ocupado desde muchos siglos atrás.

En cuanto al segundo orden de consideraciones, la inevitable perspectiva de las migraciones como un proceso que, en algún punto de su recorrido, está afectado por el conflicto, el sufrimiento humano, dimensión que los mensajes del estado-nación suele ocultar, así como selecciona algunos y oculta otros, y que la atención a los sujetos de los actos de migración, sus historias y estrategias de reacomodamiento permiten reconstruir y evaluar en toda su intensidad.

Se ha trabajado abundantemente en el aspecto masivo e intercontinental o aún regional, de estos procesos. Su relevancia hacia el futuro seguramente producirá nuevos y mejores instrumentos analíticos para considerarlos desde esta misma óptica: Sin embargo, será necesario incorporar progresivamente metodologías de análisis más cercanas a la localidad y a la experiencia individual para aportar cada vez mejores perspectivas sobre nuestro conocimiento de las migraciones, sus obstáculos y, de manera fundamental, para la apreciación de los nuevos fenómenos sociales que estos desarraigos y reacomodamientos habrán de producir.

La experiencia europea reciente, con los enfrentamientos en la península balcánica, las luchas y odios interraciales en vecindarios donde, antes de la eclosión de los conflictos, la convivencia era relativamente pacífica, nos obliga a considerar los procesos migratorios bajo una faz que no estábamos habituados a considerar. El racismo, la xenofobia y el odio al extranjero, particularmente incrementados en condiciones de crisis social, vulnerabilidad en las condiciones de reproducción de la vida y retracción del mercado de empleos, podían explicarse por remisión mutua cuando estallaban concentrando su virulencia en los migrantes recientes. Pero los hechos de Yugoeslavia exponen una situación desconcertante: viejas, centenarias migraciones que a lo largo del tiempo permitieron la convivencia de grupos sociales distintivos, que generaron intercasamientos y múltiples formas de asociación humana, ahora son el disparador de nuevos conflictos en nombre de la presunta invasión, la impureza y tantas otras cuestiones invocadas como justificativo de la violencia colectiva.

Estos hechos indican la urgencia en la reconsideración de los procesos migratorios bajo aspectos que no se consideraban determinantes por no aportar –conforme se estimaba- información relevante para entender las transformaciones a nivel de estructuras sociales y espaciales. Tales aspectos tienen que ver particularmente con la producción y la exacerbación de diferencias, llevándolas al extremo del antagonismo y la desautorización de la condición humana para aquellos a quienes se las adjudican.

 

 

La Región guaranítica

 

En mi trabajo en esta región –a la que llegué como migrante en busca de oportunidades laborales hace ya un cuarto de siglo- vinculada durante mucho tiempo a la etnografía guaraní en el área, la cuestión de los límites y las fronteras fue en algunas oportunidades un tema urticante y en otras un impulso para la búsqueda de nuevas líneas de investigación. Por una parte, la migración como aspecto de un proceso de fisión y formación de nuevos asentamientos, aspecto estructural de la organización nativa que en tiempos precoloniales había producido la extraordinaria expansión de ese grupo étnico, con tantas subdivisiones y modalidades como se han presentado a lo largo del tiempo en gran parte de las tierras bajas americanas, terminología que en la etnografía y arqueología clásicas norteamericana se aplicaba a esta región platina, hoy conformando el Mercosur.

Hasta hace 25 años y en momentos previos a la expansión de la implantación de bosques para la industria celulósica, todavía podía apreciarse esa dinámica expansiva con múltiples ingredientes de naturaleza económica y política en la organización social indígena. Para la época, un proceso con efectos similares se producía en la ocupación de las zonas nordorientales de la provincia de Misiones –expansión de colonos de tercera o cuarta generación que instalaban sus propias chacras en las tierras fiscales a lo largo de la Sierra del Imán y hacia las riberas del río Uruguay. Por procesos que nos son parcialmente conocidos de este lado de las fronteras académicas, a su vez se advertía la avanzada migratoria de población de origen brasileño que posiblemente respondiera, entre otros factores, a la presencia de una dinámica similar a las mencionadas: la fisión de las unidades familiares y la búsqueda de nuevas tierras para el establecimiento de las unidades productivas y reproductivas de los grupos de población más joven.

Tiempos felices, en los que aparentemente la disponibilidad de tierras libres no iba a acabar nunca, y donde la frontera demográfica avanzaba gradualmente produciendo situaciones de contacto e interrelación ricas y de variada gama de posibilidades.

Pero eran también los tiempos de la doctrina de la seguridad nacional y, particularmente en la Argentina, de las fronteras “calientes”. Vistos desde las instituciones nacionales bajo el cariz de la sospecha, todos estos migrantes debían expresar contundentemente su condición de ciudadanos de la nación para tener derecho a “un lugar bajo el sol”. Eran los tiempos en que las elites políticas locales oscilaban entre las declamaciones discursivas del Día de la Raza o del Día del Indio y el control de la nacionalidad de los indios concretos los restantes 343 días del año. Si los indios son los antiguos dueños de la tierra ¿podían olvidar esas elites que había indios nacidos en Paraguay o en Brasil? Y dado que esa era el caso, ¿qué nacionalidad tenían? Junto al temor de que los beneficios concedidos a los indios argentinos fueran usufructuados asimismo por indios nacidos en Paraguay o Brasil -¿es necesario destacar el eufemismo de la construcción “beneficios concedidos a los indios”?- que intentaba vanamente poner coto a los estafadores (“¿Por qué tendríamos nosotros que preocuparnos por los indios brasileños? ¡Que vayan a reclamar a su país!” ) la dinámica social, como la vida, se abría paso por sobre esas restricciones. Todo un complejo mundo de relaciones, traspasos de jefaturas, alianzas matrimoniales, seguía estableciéndose entre los diversos asentamientos nativos a despecho de las fronteras, que en nada obstaculizaban esa organización, vital por otro lado para la prolongación de un estilo de vida sustentado en su vigencia.

Merced a las comunicaciones entre antropólogos interesados en este tema, se registraban como puntos de contacto entre familias que habían iniciado migraciones en esta época, localidades de los estados de San Pablo, Río de Janeiro y Espíritu Santo. Hacia el sur, sorprendentemente hace diez años, las cercanías de la ciudad de Montevideo. En Paraguay, hacia Caazapá y otras localidades, para la búsqueda de esposa, reuniones de liderazgos indígenas o el reforzamiento de técnicas tradicionales para las más diversas actividades.

Poniendo en foco la dinámica indígena, la cuestión de la frontera trinacional (o cuatrinacional, si atendemos a la migración hacia Uruguay ya mencionada), se convertía en un entramado institucional sobre el cual estas poblaciones podían recrear y hasta innovar con nuevas estrategias de reforzamiento cultural: las variaciones de valor entre monedas locales y su capacidad de compra, por ejemplo, o bien las variaciones en las políticas indigenistas de cesión de tierras y programas sociales especiales, o bien las persecuciones emprendidas contra esos mismos dirigentes o la quema de aldeas impulsaba a movimientos en el marco de una concepción del espacio que se proyectaba en un mapa de obstáculos y posibilidades cambiantes, como ejercicio activo de una política de identidad y preservación de la autonomía cultural.

 

 

Procesos de poblamiento

Mientras esos procesos se daban, particularmente en el norte de la provincia involucrando a la región –y sería necesario que concertáramos y cruzáramos información para ilustrar hasta qué punto estos macroprocesos, expuestos para la población indígena, no encontraban su réplica en los otros sectores de población campesina o de trabajadores rurales con planos de interpretación que asimismo y en claves propias expresarían aspectos de la vida social, económica, política y simbólica de esas poblaciones- simultáneamente se daban otros, en parte empujados por la saturación de espacios de trabajo en las regiones urbanas del sur: de esta manera, una nueva pleamar traía hasta estas zonas a técnicos y profesionales con chances para insertarse en las nuevas estructuras institucionales del Estado o generadas por la iniciativa privada: sistemas de comunicación, de relevamiento e información, la apertura y expansión de la Universidad nacional, constituían otros tantos lugares abiertos para una población calificada, en tanto haca el sur partían con diverso destino misioneros que iban a insertarse en las empresas de la construcción, el transporte o la industria, pero también en el servicio doméstico de la región metropolitana y las ciudades intermedias.

Antes de que este último flujo se invirtiera, hacia la década del 90, con el regreso a la provincia de los trabajadores desalentados por el cierre de las fuentes de trabajo o el empequeñecimiento de los ingresos, reuniéndose en las ciudades cabeceras de departamento o en la capital con el caudal de nuevos expulsos del agro y dando origen a la preocupante explosión de áreas urbanas mal servidas y al colapso de los sistemas de salud y educación, en síntesis: antes que el nuevo paisaje social atribuido a la globalización modificara drásticamente las perspectivas e indujera a repensar estos movimientos poblacionales, había florecido un concepto que contenía y expresaba a los recién llegados a Misiones.

Ese concepto era el de pionero[3]. Acuñado con las migraciones europeas a Misiones desde fines del siglo XIX, pero aplicado extensamente a toda la gran región[4] ser pionero equivalía a ser una suerte de conquistador e innovador avanzando en las oscuridades de una tierra desconocida. Había una connotación de placer algo masoquista en el término: ser el primero, con el riesgo de equivocarse; observar el fruto del esfuerzo como resultado de las propias potencialidades, sin deudas reconocidas hacia atrás. Ser pionero, en fin, era ser un creador de reglas y muy a menudo el pragmatismo de la acción era su propio justificativo. Y se era pionero en la explotación del bosque, en la instalación de empresas, pero también en el campo de la creación intelectual y artística. Hasta los 90, la fantasía del pionero se complementaba con el lugar común según el cual, “este es un lugar en el que todo está todavía por hacerse”.

En la segunda mitad del siglo cualquiera podía ser pionero en el campo que quisiera. A diferencia de la restricción a este calificativo que imperara a comienzos de siglo, cuando ser pionero era estrictamente vencer al bosque y cultivar el suelo, de suerte que no era pionero el que se dedicara al comercio o a los servicios, por ejemplo. Adicionalmente, ser pionero a partir de los años 50 permitía establecer una línea de continuidad en una cadena de desarraigos: los neo-misioneros llegados recientemente continuaban así una tradición inaugurada por los pobladores de cien años atrás, y esto proveía un sentido de continuidad y tradición que reparaba la fragmentación de la experiencia personal, la ruptura biográfica producida por el traslado, y sostenía el hilo que ligaba una historiografía local aquejada de rupturas y novedades continuas[5].

 

 

Inmigrantes europeos, inmigrantes argentinos

 

Nos acercamos así a una perspectiva más cercana a la experiencia del migrante, en la que creo que podremos encontrar el nexo interpretativo que enriquezca nuestros enfoques sobre las migraciones y vincule fenómenos que están produciéndose en otros espacios del orbe.

Puesto que la imaginación colectiva asimila figuras que se expresaron en épocas muy distintas, construyendo personajes con similar constitución psíquica y orientación ética, tales como el “pionero”, extrayendo de ella un modelo de acción y un referente identificatorio, ¿qué hay en ese modelo de referente real?

Los testimonios orales y los diarios y cartas personales nos permiten indagar en esta cuestión.

La primera cita que voy a utilizar proviene de una fuente indirecta: se trata de las memorias de Tutz Culmey, hija de Carlos Culmey, organizador de una gran cantidad de colonias de origen alemán en Brasil y en Misiones, Argentina, por cuenta de empresas de colonización y explotación maderera y yerbatera. Se trataba de un sujeto proveniente de una clase media con vinculaciones aristocráticas- según su hija- y con una importante formación educativa. A falta de transcripciones de sus propios discursos o relatos [6], atendamos a las especulaciones de la hija, muchos años después de la muerte de Culmey en un accidente:

 

Cuántas veces me pregunté, ¿por qué emigraron mis padres de su patria, donde tenían condiciones de vida tan favorables? Será que al comienzo sólo fue una idea, seguida de la palabra y después de la acción, e inmediatamente comenzaron los efectos de tales ideas. ¿Habrían querido ponerse a prueba, demostrarse a sí mismos las propias fuerzas que residían en ellos?“ (1998: 14).

(...)

Nunca entendí por qué mi padre emigró al Brasil, por qué en primer lugar siguió hacia el interior del país con su joven esposa en vez de preferir a Porto Alegre como residencia. ¿Habrá sido solamente por el placer de la aventura o tenía otro ideal, ya que amaba una vida en libertad? Ambos eran orgullosos, de firmes decisiones y no querían ayuda de padres, parientes ni amigos de su patria. Así, tuvieron que iniciarse por un camino lleno de espinas; sin embargo, escasamente lo sentían debido a su recíproco amor y sana juventud” (Ob.cit.: 18).

 

Estos breves rasgos pueden ajustarse a la semblanza del “pionero”[7], pero también al sujeto que surge con la modernidad[8]. El hombre con vocación empresarial o gerencial, construido como “self made man”, sobre la base del propio esfuerzo, énfasis en valores tales como el de la tenacidad y el trabajo intenso y dotado del sentido de la oportunidad. El sujeto capaz de rehacer desde la nada su propia biografía (“forjarse un nombre”), manifestando a la vez confianza en sí mismo y desapego a las tradiciones del pasado. Una concepción semejante se ajusta a las condiciones del capitalismo en su etapa expansiva, que encuentra en los continentes abiertos a Europa, sea en América o en las regiones coloniales, el escenario favorito de su manifestación. Pero también se ajusta a la adecuación de los sectores dominantes del pasado a las nuevas condiciones de ascenso social, reconvirtiendo el capital social y cultural del que disponen en capital económico, bajo la perspectiva del progreso como un horizonte de posibilidades ilimitadas para la acción individual. La Primera Guerra Mundial potencia aún más estas ideas, junto a la evidencias de una “vieja Europa” en proceso de descomposición social y económica. De este modo, en el texto de Tutz Culmey la referencia a los pioneros en general, a partir de una visita conmemorativa a la localidad de Montecarlo, fundada por su padre:

 

El inicio en la tierra virgen: todo se representa nuevamente ante mis ojos. Una niña, una soñadora, ve el cerro (Monte Carlo) en medio del Alto Paraná. Una zona de colonización que conlleva muchos trabajos, muchas preocupaciones y sufrimientos. Pese a todo resultó un gran éxito, gracias al sacrificio de la energía de su fundador (su padre, Carlos Culmey) y su colaboradores que veían en la tierra su futuro. Esos, principalmente, eran inmigrantes venidos de Alemania que habían dejado todo, patria, amigos y actividad, detrás de ellos, para crearse un lugar donde trabajar. Con ayuda del fundador y sus colaboradores lo lograron. Eran todas personas que luego de la destrucción que en su patria la gran guerra (la Primera Guerra Mundial) había dejado atrás, buscaban una nueva patria. Seguramente era una misión riesgosa, especialmente para los mayores que venían, que no sólo tenían que luchar con sus problemas externos, sino también espirituales. La nostalgia atacaba a todos, algunas veces sorpresiva e imprevistamente” (Ob.cit: 87).

 

Fundar una nueva patria, según la autora. Lo que se deja atrás puede no ser sólo destrucción, sino también agotamiento o abuso, un esquema institucional agobiante en contraste con el espacio libre donde el sujeto de la modernidad florece con todas sus potencialidades. Este contrapunto entre el agobio institucional que no deja resquicio al sujeto y el nuevo espacio, donde hasta el trabajo se alivia como consecuencia de una tierra pródiga, se encuentra en el siguiente testimonio. Se trata de una larga carta en la que su autor refiere a la esposa e hijos que han quedado en Alemania las alternativas del viaje marítimo y el largo recorrido hasta la nueva propiedad.

¿Qué lugar puede ser aquél donde no hay leyes ni poderes, donde lo que se planta germina al segundo día, donde caballos y burros no necesitan ser herrados, donde abundan bosques, caza –es decir, alimento disponible- cristalinas aguas y cielos límpidos? ¿Qué lugar podría ser aquél donde nadie controla el trabajo humano ni es necesario tampoco extenuarse para vivir?. Sin duda, un lugar así responde muy ajustadamente a una descripción del paraíso. Así escribe este migrante desde Misiones:

 

También hoy, 29 de abril /de 1924/ , todavía no llegó nuestro equipaje, por eso nuestro lecho de noche no es envidiable precisamente. Una colcha para los cuatro (se refiere a él mismo y sus tres hijos mayores) y mantas, todo sobre varas redondas de bambú, 20 cm sobre el piso desnudo, las paredes no son compactas, de noche fresco, así campamos aquí, y sin embargo aquí es mucho más lindo que con vosotros. No cambiaríamos nada con vosotros. Ningún alguacil, ningún recaudador de impuestos, ningún inquilino para discutir, ninguna autoridad, ningún gendarme o inspector de rentas, ningún control de fuegos o de limpieza de calles, todo esto no conocemos. Señor libre sobre tierra virginal libre, inmensamente fértil y no explotada, sobre la que semillas de avena, rábanos y otras plantas ya germinaron dos días después de sembrar. Arboles de 25 o 30 metros de altura en una distancia de 5 metros, el cielo casi siempre azul y sin nubes, de noche mucha niebla que a la mañana baja a la tierra, en el bosque cae cual lluvia fina, refrescando la tierra cada mañana con humedad. Aquí tenemos una seguridad personal grande, ningún ladrón vagabundo, en todo soy señor propio, no hay inquietud por la comida, hay abundancia de leña, no hay gastos de calefacción ni de construcción o de muebles. No existen aquí chimeneas, tampoco estufas o caños para el conducto del humo. (...) Caballos y mulos andan todos sin herrar, porque el suelo es blando (...) La caza es libre para todos, hay jabalíes, venados, loros y otros animales. (...) Cuellos duros no existen aquí (...) Uno está sano y alegre, deja pasar el día y noche como quieren, mostrándole a nuestro Dios que uno es un hombre bueno, vive alegre y contento. (...) Cada uno levanta su casa en su finca donde quiere, reglamentos no hay; así los vecinos se encuentran lejos uno del otro, viéndose rara vez. Quien ama la soledad, que venga con nosotros, pero quien no tiene dinero, no quiere trabajar y gusta de entretenimientos, quisiera tener ropas finas, pieles y sombreros, ese mejor que se quede en casa, para él no hay lugar aquí. (...) Quien vivió y trabajó durante un tiempo, quiere quedarse para siempre, para él Alemania no es más deseable. (...) Ahora, querida madre y queridos hijos: la opinión mía y de los hijos restantes es: a nosotros nos gusta mucho aquí, queremos tener aquí a nuestra familia entera, también Alfred y Robert, hay para comer y beber para todos; queremos establecer una patria nueva, y con la ayuda de Dios ser y permanecer felices y contentos, alemanes del extranjero” (Müller, 1995: 67 a 71).

 

“Queremos establecer una patria nueva”, dice el pater familias, “buscaban una nueva patria”, refiere Tutz Culmey: así, Estado y patria se diferencian, como se diferencian los órdenes del control y los de la identidad con un sentido espiritual, siendo la patria nueva una condición del espíritu que se realiza en un lugar nuevo, virginal, utópico. Las versiones acerca de la abundancia de alimentos, el acceso al bienestar y a una tierra que produce sin esfuerzo, “tierra de la leche y la miel”, temas de una propaganda desplegada por los gobiernos y las propias empresas colonizadoras en periódicos europeos, revivía el antiguo mito de varios siglos atrás, según el cual bastaba hurgar el suelo con la punta del pie para encontrar oro, y se actualizaba en las ingenuas creencias de los recién llegados al Hotel de Inmigrantes en Buenos Aires, desencantados porque todavía no se había hecho realidad aquello en lo que firmemente creían, puesto que los migrantes anteriores lo contaban en sus cartas a los parientes europeos: ”La calle está sembrada de monedas de oro”.

Debe recordarse, sin embargo, que la credulidad con que estas versiones son incorporadas y retransmitidas no obedece a ingenuidades personales, exclusivamente; hacen pie en un horizonte de supuestos subjetivos que ya está previamente dispuesto a otorgarles credibilidad: son eficaces porque operan en una significación disponible en la conciencia social. Dicho de otro modo: la subjetividad de la creencia reposa en una conciencia social objetiva en la que se refuerzan, confirman y orientan a la producción de conductas. De este modo, hay coincidencia en creer que la patria deseada no será ya la que se deja atrás sino otra, utópica pero realizable en los nuevos espacios a los que se lanza la migración. Esta es la característica de las que Arjun Appadurai (2001) ha denominado “diásporas de la esperanza” a las que volveremos más adelante.

Para un migrante del interior del país, maestro catamarqueño que para los años 40 se traslada a Misiones con su flamante nombramiento en una escuela pública de la localidad de Eldorado, la visión es la misma, aunque su versión de la patria se proyectará en sentido inverso al que experimentan los casos anteriores. Debe recordarse que para esa fecha una importante corriente de migración interna partía desde Catamarca hacia las zonas en crecimiento de Córdoba y Buenos Aires, pero también a engrosar los contingentes de trabajadores de la explotación petrolera y carbonífera en la Patagonia.

Consciente de su condición de provinciano en Buenos Aires y de las desazones de un sujeto sencillo en la gran ciudad, escribe:

 

Buenos Aires no me agrada para vivir. Hay que andar pisando algodones, hablando en secreto, sonriendo a los que conoces o desconociendo a tu más próximo vecino y... ¡ojo! La puerta cerrada con doble llave. Buenos Aires es chico y hay mucha gente, de modo que el sol y el aire se dan por pequeñas porciones. En el campo no se vive tan bien, pero oxígeno y sol se reparten por porciones muy grandes” (1994:76).

 

Las relaciones viciadas por el escepticismo y la hipocresía: los tópicos de la “vieja Europa” se aplican también a Buenos Aires; en contraste con ello, la pureza del paisaje abierto y el aire puro, metáforas consistentes con la pureza de las relaciones sociales virginales, que en este contexto quieren decir, auténticas.

Pero aquí el migrante interno tropieza con una patria en la que no se lo reconoce adecuadamente. Y de manera inversa a la que se expresaba Müller en la cita anterior, acerca de la fundación de la patria en el extranjero, este catamarqueño siente que los argentinos, por el contrario, son extranjeros en esta porción del país.

 

Misiones la hermosa, Misiones es siempre primavera. Frases con que se quiere significar el estupendo paisaje que ofrece la provincia, o su clima benigno. Estas frases pretenden por otra parte un despegue turístico, bastante atrasado y bastante incierto. En 1940 hombres venidos de todas partes el  mundo, habitaban y trabajaban el suelo de Misiones, creando riqueza, soportando calores y plagas. Pocos misioneros, algunos correntinos y, contados, otros del resto del país. Para los argentinos, Misiones era tierra de misterio, abundaban las víboras, los tigres, leones e indios que están detrás de cada árbol, apuntando con sus flechas a los cristianos. Era pues razonable que los contados habitantes del interior que llegáramos hasta aquí, fuéramos extranjeros en nuestra propia tierra” (Ob.cit.: 85).

 

De esta manera, sutilmente, comienzan a instalarse los temas de una tensión cuyas contingencias históricas dependerán de las situaciones críticas a la que la sociedad resultante de tan diferentes historias personales, atraviese en el futuro.

Sin embargo, no todo está en el sentimiento o la imaginación personales y su vinculación con un modo social de pensar en el que toman cuerpo y adquieren explicación. Otros elementos, muchos de los cuales abrevarán en los mismos temas, se incorporarán con el avance del siglo XX y el progresivo trabajo simbólico e ideológico de los medios de comunicación, la propaganda gubernamental y los posicionamientos del gran sistema internacional.

 

 

El proceso de migración masiva en la actualidad ¿qué tan actual es?

 

Eric Wolf en “Europa y los pueblos sin historia” (1987), afirma que en el desarrollo del capitalismo se destacan tres oleadas de migración: la primera, asociada con el período inicial de la industrialización europea, es básicamente rural-urbana, cubre distancias relativamente cortas y alimentará el creciente mercado de trabajo urbano-industrial. La segunda, que ha quedado parcialmente identificada en los testimonios citados más arriba, envió a una gran masa de europeos a las regiones de ultramar. La tercera, finalmente, “llevó trabajadores bajo contrato a las pujantes minas y plantaciones de los trópicos (...). Estos movimientos pusieron las bases de un gran aumento de la producción de los trópicos y también desempeñaron un gran papel en la creación de una infraestructura de transporte y comunicación, que son requisitos de la aceleración posterior del desarrollo capitalista” (Ob. cit.: 438 y 439).[9]

David Harvey (1998), al referirse a las condiciones actuales del desarrollo capitalista, al que denomina “de la producción flexible”, analiza la composición del mercado de trabajo mundial y demuestra cómo los segmentos mejor remunerados de éste están sujetos a una alta movilidad espacial, en consonancia con la naturaleza internacional de los grandes proyectos de inversión (grandes obras de infraestructura, generalmente asociadas a consorcios empresariales multinacionales); pero cuando se atiende a otros segmentos de menor remuneración, se advierte asimismo la movilidad espacial en la búsqueda de diferentes ofertas de empleo, lo que agrega al desplazamiento espacial el de la rotatividad en diferentes tipos de actividades a lo largo de la historia laboral de los sujetos.

Si pudiéramos comparar las perspectivas de futuro de estos últimos trabajadores, migrantes del capitalismo flexible, con lo que los testimonios relatados antes nos permiten inferir, advertiremos que en el momento contemporáneo las ideas sobre la supuesta fundación de una identidad definitiva, “nueva” en consonancia con la creación de una sociedad liberada de las excesivas ataduras propias de la que se dejaba atrás, son totalmente anacrónicas en el estado actual de cosas. Antes bien, un movimiento migratorio, cualquiera sea la distancia que recorra, puede ser sólo un punto en una biografía que estará marcada por innúmeros puntos, sin que en cada uno de ellos el sujeto pueda aspirar a fundar nada definitivo, sino provisorio y sujeto a una gran vulnerabilidad. Así, la metáfora tomada de un texto de Karl Marx que utiliza Berman en el título de su obra “Todo lo sólido se desvanece en el aire[10], pasa a ser también una dura condición de la cotidianeidad y la biografía personal en las condiciones actuales.

 

De lo que se trata, pues, en la perspectiva de Eric Wolf, es de la migración como de un gigantesco -e inacabado- proceso de constitución de trabajadores, en otros términos, de organización de un mercado de trabajo a escala mundial. “Es evidente que la posición del emigrante está determinada no tanto por él mismo o su cultura como por la estructura de la situación en que se encuentra. Bajo el modo de producción capitalista, dicha estructura es creada por la relación del capital con el trabajo en su operación espacial y temporal particular, es decir, en la estructura del mercado de trabajo. La gente se puede mudar por razones religiosas, políticas, económicas ecológicas o de otra índole; pero las migraciones de los siglos XIX y XX se debieron en gran medida a razones de trabajo; fueron los movimientos de los portadores de la fuerza de trabajo” (Ob.cit.: 437-438, mi subrayado AMGK).

Consideradas las cosas desde esta misma perspectiva, hay al menos dos conclusiones provisorias a extraer: en primer lugar, que no hay razones para establecer cortes temporales sino gradaciones en la consideración de los grandes movimientos actuales de población cuya dramaticidad explosiva comienza a verificarse particularmente desde los años 60 y de manera creciente hasta nuestros días.

En todo caso, las rupturas podrán ser sustentadas desde una concepción que suponga que los procesos económicos y sociales de la contemporaneidad establecen una ruptura total con las condiciones del pasado. En buena medida, muchas de las teorías acerca de la globalización y la postmodernidad en el plano social parten de esta perspectiva.

Pero si se considera, siguiendo las argumentaciones de Wolf y Harvey citadas más arriba, que son procesos inscriptos en la forma de organización capitalista desplegándose sucesivamente en virtud de su propia dinámica expansiva, la primera de nuestras conclusiones provisorias es que los fenómenos migratorios, cualquiera sea su escala, componen el cuadro complejo de ampliación progresiva de una forma de organización económica –con consecuencias sociales y políticas- cuyo crecimiento depende de estas formas de expansión. Siendo así, las distinciones operativas características de los análisis de estos fenómenos no deberían obstruir su comprensión integral ni ocultar sus mecanismos de articulación interna.

La segunda conclusión provisoria refiere a las cuestiones de la identidad que los sujetos de esos contingentes pueden elaborar en condiciones de movilidad geográfica y ocupacional. Como hemos visto, Eric Wolf indica que en medio de esos cambios, algo permanece estructurando las referencias de los sujetos: su condición de trabajadores.

Sin embargo, en condiciones de alta rotatividad y flexibilidad laboral ¿no es esta condición excesivamente ambigua, cuando debe agregarse que dicha condición no es sostenida a lo largo del tiempo sino interrumpida por períodos de paro forzoso, entre dos momentos de ocupación?

De allí que sea pertinente indagar acerca de las formas en que la experiencia del sujeto migrante puede afirmarse a partir de algunas premisas sintéticas básicas que le provean algún sentido de continuidad y permanencia.

 

 

Diásporas, mercados de trabajo globalizados, guerras y persecuciones

 

Lins Ribeiro (1998) discípulo de Eric Wolf, en su análisis de los segmentos de trabajo especializados y jerarquizados en la construcción de la represa hidroeléctrica binacional Yaciretá (emprendimiento argentino-paraguayo), analizaba los procesos identitarios más significativos que se expresaban especialmente entre los cuadros de dirección instalados en el área durante el proceso de construcción. Predominaban los de origen italiano y francés. A su vez, establecían una suerte de triángulo con los sectores representados por argentinos. Cuanto mayor era el rango que ocupaban en las empresas que representaban en el consorcio de la construcción, mayor era su experiencia migratoria. La vida activa de estos sujetos se organizaba en una secuencia de localizaciones en los más variados lugares. En la imaginación de los sujetos, el lugar de origen –antes que el país de origen- constituía el destino último de una vida de trabajos geográficamente dispersos: esas localizaciones representaban su “lugar en el mundo” ideal. En la gran obra, en cambio, sus identidades, gustos y necesidades –ampliamente satisfechos por los almacenes proveedores de cada empresa- y hasta estilos de trabajo eran identificados por otros como típicamente “nacionales”, vinculados a estereotipos relativos a su origen nacional, que una vez más la experiencia confirmaba para los ojos ajenos (se atribuían estilos de resolución de problemas “típicamente” italianos, franceses o argentinos, según los restantes).

Entre la localidad –punto de partida de sus trayectorias y eventualmente soñado punto de destino final- y la nación, estos sujetos vivían en la obra como en una suerte de “burbuja” libre de problemas cotidianos hasta que las contingencias los ponían súbitamente en contacto con la realidad: un período más largo que lo usual de paro forzoso, el regreso al país de origen de los hijos adolescentes para proseguir estudios, les revelaba que ni la localidad ni el país era ya aquello con lo que soñaban: ellos y esas localizaciones habían cambiado, a veces muy drásticamente.

Así se acuñaba una nueva fórmula de autodefinición: para quienes la localidad ya no constituía el referente identitario con el que soñaban, y que simultáneamente experimentaban la incomodidad del trabajador en espera entre dos oportunidades laborales, la “auténtica vida” comenzaba a ser reconocida en los marcos de la gran obra, independientemente del objetivo o la localización. Así, en Yaciretá, surgía la autodenominación “bicho de obra”, especie natural-cultural de la obra, es decir, especie que se generaba en el ambiente del gran emprendimiento, en cuyo contexto el sujeto se sentía completo e integrado.

Es en la combinación de este autor –que para la etapa contemporánea del capitalismo y en esos contextos específicos del capital concentrado, tan itinerante como los sujetos que crea, anuncia la insuficiencia de una identificación por origen nacional o aún por origen local-, y lo que afirma Wolf para la segunda gran etapa de emigración europea arriba mencionada –conforme al cual en ese mismo intervalo los discursos sobre la nacionalidad y la unificación política y lingüística todavía están en gestación, tanto en Europa como en América, por lo cual los migrantes se identifican antes por la lengua o la región de origen que por la nacionalidad- es que el problema de las identificaciones se recorta con mayor nitidez.

Origen local, nacional, identificación religiosa, capacidades laborales –ejercidas o en suspenso- o el color de la piel, constituyen focos alternativos de los escurridizos vínculos que los sujetos pueden establecer con otros atendiendo a reorganizar su sociabilidad en condiciones de desarraigo. Están disponibles en la conciencia de los sujetos, y en consecuencia pueden ser articulados cuando las contingencias lo requieren, sin que esa articulación no ingrese, en algunas situaciones, en contradicciones flagrantes y por lo tanto en crisis de identidad.

Pero es preciso comprender que se vive en un mundo de Otros, a su vez agentes activos de definiciones. Y puesto que esas diferencias que sustentan las identidades alternativas no están libres de jerarquización, son fuente asimismo de eventuales reconocimientos de prestigio, pero mucho más frecuentemente de discriminación, persecución y violencia.

Este potencial, que se activa por razones complejas que mencionaremos más adelante, impregna a las migraciones de un carácter problemático, tanto para los sujetos que las experimentan como para la ciencia social en nuestros días. Appadurai, a quien ya hemos citado, se refiere a las migraciones como “diásporas”, confirmando que en su perspectiva el fenómeno no es nuevo en carácter, aunque ha aumentado notablemente en las distancias que cubre y las dimensiones demográficas con que se presenta. Distingue entre las “diásporas de la esperanza”, en gran medida representadas en los fenómenos vinculados al trabajo o a la “tierra nueva” a los que ya nos hemos referido, las “diásporas del terror” y las “diásporas de la desesperación”.

Diáspora, en sentido estricto emigración forzada de un pueblo, asocia a la migración con un concepto al que no hemos hecho gran referencia aquí, porque suele contaminar la comprensión de los estudios migratorios al punto de opacar la importancia de otros factores que hemos tratado de poner en foco: se trata de la casi automática identificación de los migrantes con un bagaje cultural que supuestamente han de instalar, articulado y completo, en otro lugar.

Pero hemos querido presentar ejemplos donde lo que se pone en duda, o se examina críticamente, es justamente la posibilidad de la cultura propia como un orientador absoluto de la existencia en los trances de migración. En realidad se trata de un conjunto de proposiciones, asunciones acerca de la excelencia de la vida, valores y estilos, destilados en la experiencia de cada individuo que también incluyen el apartamiento crítico, la ironía y el sarcasmo en relación con la tradición. No es posible olvidar que en cada migrante la partida es el resultado de una serie de imposibilidades para permanecer: una apuesta al futuro en otro lugar. Por lo tanto, lo que lleva el sujeto en el equipaje de su memoria y sus afectos es el producto de esa selección y de ningún modo una réplica del estilo local del cual se aparta.

Pero diáspora es también coerción a partir, aspecto que es más inmediatamente comprensible cuando se trata de las diásporas del terror (las innumerables persecuciones y masacres en nombre de la raza, la fe, la ideología política u otras justificaciones que marcaron el siglo XX) o las de la desesperación (territorios diezmados por la guerra, el ecocidio, también ampliamente ilustradas por la historia reciente). No deberíamos considerar sin embargo menos forzadas a las diásporas de la esperanza, porque el impulso sólo aparentemente es gestado por la iniciativa de los individuos, cuando no deberían ignorarse las condiciones que conducen al cierre de los mercados de trabajo, a los salarios de hambre o a la desigualdad creciente en la distribución de la riqueza social, y que están en el origen de la decisión de partir.

Lo que me interesa destacar aquí, a manera de argumento más específico de toda esta presentación, es que en gran medida las organizaciones diaspóricas no se instalan en los nuevos espacios como una prolongación del mapa social y cultural del cual partieran.

Inventan, crean tanto como conservan y reproducen. De la misma manera, serán reinventadas por aquellos con los que conviven en el nuevo espacio, todos ellos empeñados en situar lo ambiguo, fijar lo provisorio y encuadrarlo en un marco seguro de significación.

 

 

Imaginación y manipulación

 

Atender a la singularidad de lo individual, rescatar la experiencia personal, situarla en el contexto más abarcativo en el cual se produce, en fin, reconstruir lo social desde la perspectiva del sujeto: es el camino que falta recorrer con mayor énfasis para conocer más a fondo los procesos migratorios. Los sujetos son portadores de cultura, sujetos de la ideología, integrantes de un sistema económico. Son todo eso pero no solamente eso: no hay sujetos sin sistemas, pero tampoco sistemas sin sujetos.

Esta cuestión, de rango epistemológico sobre la relación entre individuo y sociedad, también se hace presente en el estudio de los fenómenos que abordamos.

Por otro lado, el acontecimiento en relación con el sistema o la estructura: lo único, temporalmente situado, en relación con las configuraciones más establecidas.

Los conflictos que suelen emerger con violencia y convertir a los migrantes, integrantes de una diáspora previa, en víctimas de una nueva persecución requieren de interpretaciones de gran alcance, pero serán más adecuadas si se las combina con la mirada microscópica a la experiencia individual y su narración. La experiencia narrada permite un abordaje a la estructura en lo que de ésta suele desperdiciarse: justamente los modelos de interpretación y sus variaciones. Y puesto que los sujetos no son automátas o replicantes de grandes cuadros estructurales que los contienen, es a través de lo que ellos dicen o creen que esa estructura muestra a sus aspectos menos analizados. No todas las épocas ni todas las regiones producen pioneros, pero tampoco son todos pioneros a la vez en un mismo lugar. Hay muchas formas de reclutamiento laboral en las grandes obras del capitalismo concentrado internacional, pero no todos los trabajadores se conciben como bichos de obra. Hay muchas variedades de extranjeros en el Gran Buenos Aires, pero han sido los chacareros bolivianos los que sufrieron los más violentos ataques en los últimos 24 meses según la crónica policial.

Quizás porque es un campo dificultoso de observación y objetivación, el análisis de las perspectivas individuales y el trabajo de la imaginación han ingresado tardíamente a la consideración de las ciencias sociales. Lo ha hecho de la mano de muy virtuosos científicos (Pierre Bourdieu, Norbert Elias, Carlo Ginsburg). La consideración de los pequeños sucesos de la vida cotidiana también es atendida ahora como una fuente fructífera de conocimiento (además de las grandes compilaciones históricas organizadas por Georges Duby y Phillipe Ariés, los trabajos de Michel Certeau y colaboradores de P. Bourdieu).

Debe advertirse, sin embargo, que la experiencia individual así como la comprensión en esa misma escala de los hechos sociales con sus consecuentes respuestas para la acción, aspectos que se exponen en las rutinas de la vida cotidiana o en las ocasiones extraordinarias, no se nutren solamente de los grandes referentes de significación producidos por las culturas o de la combinación de estos con las demandas específicas de la situación.

Las organizaciones, el poder y sus instituciones, en la actualidad los medios de comunicación masiva y sus variados tipos de mensajes, trabajan también con aspectos que extraen de esos mismos referentes. Poco hay de neutral en sus discursos, y mucho de tecnología de formación de opinión. Sus mensajes son creíbles porque operan sobre otras creencias sedimentadas, especialmente cuando se refieren al que habíamos definido más arriba como “escurridizo” campo de enunciación de identidades. Ese es el aspecto tecnológico que los define como poderosos y centradores de la experiencia colectiva. Se instalan en la comprobación de lo conocido y despliegan una nueva lectura sobre lo desconocido. Y puesto que la cotidianeidad de la vida está cada vez mas afectada por provisionalidades y resquicios de seguridad y permanencia, al menos durante un tiempo podrán articular significados nuevos y programas de acción a despecho de las afirmaciones de sentido común.

De este modo, la Triple Frontera en el centro del Mercosur se volvió repentinamente, desde hace doce meses, el lugar de un Otro temible, que trece meses atrás podría haber sido tan sólo un simple vecino con costumbres distintas. Las guerras o conflictos internacionales se desplazaron a este territorio por obra de la comunicación eficaz. Prácticas cotidianas tan poco sorprendentes para un poblador de la frontera, como cruzar un puente internacional, se vieron transformadas en situación de peligro, blancos presuntos de ataques aéreos o fantasías aún más apocalípticas.

Las migraciones, o diásporas si se prefiere, son procesos activos de producción de Otros. Pero se trata de Otros en disponibilidad para el trabajo de la imaginación o la manipulación. Esta es una cara de la problemática moneda que nos toca analizar, cuando de migraciones se trata. Queda la otra cara: simultáneamente son procesos de creación de sí, de producción de nuevas formas de colectividad, de generación de patrimonios a los que algunos autores denominan “híbridos”[11], celebrados de las más variadas maneras[12], en los episodios pacíficos de interrelación. La variedad es también fuente de lo lúdico, de lo nostálgico, y por lo tanto placentera en la experiencia. Las organizaciones teatrales comunitarias, volcadas a celebrar la diversa procedencia de barrios y pueblos, aluden a los estereotipos en una confesión que, siendo pública, mueve a risa, conmueve, emociona. Proporciona una experiencia de lo propio y lo ajeno amigable y humorada[13]. ¿Serían posibles esas actividades comunitarias sin una celebración previa de la migración junto con la valoración colectiva de esa experiencia? Desprovistas de dramatismo, apelando al ridículo de algunas distinciones jerárquicas y prejuicios, estas creaciones de la imaginación diaspórica elaborada por la convergencia de muchos puntos de vista, puede ser tan potente como los mensajes apocalípticos de los medios o de los intereses internacionales.

Es en la profundización de estos aspectos y de muchos otros que hemos mencionado aquí, que los estudios sobre procesos migratorios ofrecerán muchas más estimulantes novedades en el futuro.

 

 

BIBLIOGRAFIA CITADA

 

Agüero, Julio A.: De las cumbres a la floresta. Memorias de un maestro catamarqueño en Misiones. Posadas, Editorial Universitaria, 1994.

Appadurai, Arjun: La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Buenos Aires y Montevideo, FCE-Trilce, 2001.

Berman, Marshal: Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.

Cardoso de Oliveira, Roberto: Sociologia do Brasil indígena. Rio de Janeiro, Tempo Brasileiro e Editora UnB, 1978.

Culmey, Tutz: La hija del pionero. Memorias. Posadas, Editorial Universitaria, 1998.

García Canclini, Néstor: Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. México, Grijalbo, 1990.

Harvey, David: La condición de la postmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires, Amorrortu, 1998.

Jacquet, Héctor: Las luchas por la Historia. Tesis de Maestría. Maestría en Antropología Social, Programa de Investigación y Postgrado, UnaM,

Lins Ribeiro, Gustavo: La represa de Yaciretá. Capitalismo transnacional y política en la Argentina. Posadas, Editorial Universitaria, 1998.

Müller, Germán R. G.: Memorias de Heiner Müller, pionero de Montecarlo. Posadas, Editorial Universitaria, 1995.

Ribeiro, Darcy: Las Américas y la Civilización. Buenos Aires, Centro editor de América latina, 1969 (tres tomos).

Shumway, Nicolás: La invención de la Argentina. Buenos Aires, Sudamericana, 1993.

Wolf, Eric: Europa y los pueblos sin historia. México, FCE, 1987.

 

Posadas, septiembre de 2002



[1] Antropóloga, Docente e Investigadora de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Misiones. Directora del departamento de Antropología Social en dicha Facultad. /anagorosito@arnet.com.ar/

[2] Alcira Argumedo, en una conferencia el 4 de agosto del 2000, en el Microcine de la Biblioteca del Congreso de la Nación (Seminario “Pobreza y desigualdad social en el Mercosur”, organizado por el Centro de Estudios y Capacitación) afirmaba: “con la tecnología de la revolución industrial en Europa (..) en los cien años en que se lleva adelante esa reconversión tecnológica (...), el continente europeo, antes de alcanzar los niveles de equilibrio con los estados de bienestar, con la socialdemocracia y demás, es decir entre 1830/40 y 1930/40, expulsó cien millones de personas como emigrantes: nuestros abuelitos blancos. Murieron veinticinco millones en la Primera Guerra, cincuenta millones en la Segunda Guerra y quince millones en las guerras coloniales intereuropeas. En cien años hubo tres generaciones. Como los soldados y los migrantes eran población activa y en edad de tener hijos, si no se hubieran muerto o no hubieran partido, tendríamos que triplicar o por los menos duplicar esa población. Estamos hablando de que antes de lograr el equilibrio, luego de una etapa de reconversión salvaje, Europa se sacó de encima entre cuatrocientos o quinientos millones de personas en cien años. (Fuente: Argenpress, informativo electrónico)

[3] Era más usual que pionero fuera una categoría –o una experiencia subjetiva- antes que una atribución colectiva; por el contrario, la cultura local generaba una categoría de sospecha hacia el foráneo: el “paracaidista”, sujeto que venía a explotar las riquezas locales a costa de la ingenuidad y pureza de los locales.

[4] Nos referimos, particularmente para Brasil, a la expresión tal como fuera trabajada por Leo Waibel, As zonas pioneiras do Brasil, Revista Brasileira de Geografía, 4 (outubro-dezembro), 1955, Rio de Janeiro, IBGE, ano XVII; en R. Cardoso de Oliveira, 1978).

[5] En la vecindad de Corrientes, fundada por las primeras avanzadas españolas desde el Paraguay y por ello con una larga tradición histórica, y necesitados de instrumentos ideológicos alternativos a los que se generaban desde esa provincia y de la capital del país, los artistas e historiadores misioneros han estado particularmente preocupados, desde los años 40, en la producción de ficciones orientadoras que sustenten una “misioneridad” distintiva y de larga data. (Sobre el particular, N. Shumway para el concepto de “ficción orientadora”; H. Jacquet para un análisis de las inquietudes de los historiadores locales).

[6] Al final de la obra que vamos a citar se reproduce un discurso de Culmey en oportunidad del aniversario de una de esas colonias, pero que no da referencias significativas para el tema que estamos abordando.

[7] En Waibel, la siguiente definición: “El concepto de pionero, para mí significa más que el concepto de “frontierman”, esto es, del individuo que vive en una frontera espacial. El pionero procura no sólo expandir el poblamiento espacialmente, sino también intensificarlo y crear nuevos y más elevados padrones de vida” (cfr. Cardoso de Oliveira, 1978: 97, mi traducción, AMGK).

[8] En el sentido que utiliza Marshall Berman en “Todo lo sólido se desvanece en el aire” (1988).

[9] La muy analizada novela de Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas”, es justamente una extraordinaria recreación crítica de esta última oleada migratoria caracterizada por E. Wolf.

[10]Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas la anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas pensadas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado y los hombres al fin se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”, Carlos Marx en “El Manifiesto Comunista, citado por M. Berman, ob.cit.:89-90.

[11] Véase sobre el particular el notable trabajo de Néstor García Canclini: Culturas Híbridas”, 1990.

[12] Las Fiestas del inmigrante, en diferentes localidades de nuestros países, dedicadas a exaltar las particularidades de los antiguos migrantes, especialmente en la culinaria, el vestido y las expresiones musicales.

[13] Me estoy refiriendo a experiencias vecinales como “La Murga de Catalinas Sur”, en el barrio porteño de La Boca, la “Murga de la Estación” en la ciudad de Posadas y la “Murga de Oberá”, en la ciudad misionera del mismo nombre.


Exposición realizada en el Panel Procesos Migratorios, durante el Cuarto Encuentro Internacional Humboldt "Geografía de la Integración". Puerto Iguazú, 16 al 20 de setiembre de 2002.