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Asunto:[elmistico] RV: UN PADRE, UNA HIJA, UN PERRO............vale la pena leerlo
Fecha:Sabado, 7 de Enero, 2012  13:55:00 (-0300)
Autor:susana podnosoff <flossy @..........ar>

 

 

 

De: susana podnosoff [mailto:flossy@ciudad.com.ar]
Enviado el: sábado, 07 de enero de 2012 13:46
Para: susana podnosoff
Asunto: RV: UN PADRE, UNA HIJA, UN PERRO............vale la pena leerlo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como lo recibí, lo leí y pensé que te pudiese interesar también a ti su lectura.

 

 


 UN PADRE, UNA HIJA, UN PERRO............vale la pena leerlo

> To:
>
> ¡Cuidado! ¡Casi tocaste ese auto de costado!
> Me gritó mi padre. "¿Es que no puedes hacer nada bien?"
> Esas palabras me dolieron más que un golpe. Volví mi cabeza hacia el
> anciano sentado en el asiento junto a mí, desafiándome a contestarle. Se me
> hizo un nudo en la garganta, y aparté los ojos. No estaba preparada por
> otra pelea.
> "Yo vi el auto, papá. Por favor, no me grites cuando manejo."
> Mi voz fue medida y firme, que sonaba mucho más calmada de lo que
> realmente me sentía.
> Mi padre me miró furioso, después volvió su cabeza y se mantuvo callado.
> En casa lo dejé enfrente del televisor y fui afuera para componer mis
> pensamientos. Había oscuras y pesadas nubes en el cielo, prometiendo una
> lluvia. Un trueno distante retumbó como si fuera el eco de mi agitación
> interna. ¿Qué puedo hacer con él?
> Mi padre había sido leñador en el estado de Washington y en Oregon. Había
> disfrutado de vivir al aire libre y le gustaba medir su fuerza contra el
> poder de la naturaleza. Había entrado en agotadoras competiciones de
> leñadores, y a menudo ganaba. Los estantes de su casa estaban llenos de
> trofeos que probaban su habilidad.
> Pero los años pasaron implacables. La primera vez que no pudo levantar un
> pesado tronco, hizo una broma sobre eso; pero luego el mismo día lo vi
> afuera solo, tratando de levantarlo. Se volvió irritable cada vez que
> alguien le hacía bromas sobre estar envejeciendo, o cuando no podía hacer
> algo que hacía cuando era joven.
> Cuatro días antes de cumplir sesenta y siete años, tuvo un ataque al
> corazón. Una ambulancia lo llevó al hospital mientras el paramédico le
> hacía resucitación para mantener la sangre y el oxígeno circulando.
> En el hospital, lo llevaron corriendo al cuarto de operaciones. Tuvo
> suerte, sobrevivió. Pero algo en el interior de papá, murió. El gusto por
> la vida desapareció. Obstinadamente se negaba a seguir las órdenes del
> doctor. Las sugerencias y los ofrecimientos de ayuda eran rechazados con
> sarcasmo e insultos. El número de visitantes disminuyó, y finalmente
> cesaron. Papá quedó solo.
> Mi esposo Dick y yo le pedimos que venga a vivir con nosotros a nuestra
> pequeña granja. Esperábamos que el aire libre y la atmósfera de granja le
> ayudaran a ajustar su vida.
> Una semana después de venir, ya me arrepentí de la invitación. Nada le
> parecía satisfactorio. Criticaba todo lo que yo hacía. Me sentí frustrada y
> deprimida. Pronto me di cuenta que estaba desahogando mi rabia con Dick.
> Empezamos a discutir y pelear.
> Alarmado, Dick buscó al pastor y le explicó la situación. El pastor nos
> dió citas de consejería para nosotros. Al final de cada sesión, él oraba,
> pidiendo a Dios que calmara la turbada mente de papá.
> Pero los meses pasaban y Dios guardaba silencio. Había que hacer algo y
> era yo la que lo tenía que hacer.
> Al día siguiente me senté con la guía telefónica y llamé a cada una de las
> clínicas mentales que había en el libro. Expliqué mi problema a cada una de
> las voces llenas de simpatía que me contestaron. Justo cuando estaba
> perdiendo la esperanza, una de esas amables voces de repente exclamó,
> "¡Recién leí algo que podría ayudarla! Déjeme ir a buscar el artículo..."
> Escuché mientras ella leía. El artículo describía el sorprendente estudio
> hecho en una clínica geriátrica. Todos los ancianos pacientes estaban con
> tratamiento por depresión crónica. En todos ellos sus actitudes mejoraron
> en forma excepcional cuando se les dio la responsabilidad de cuidar un
> perro.
> Fui a la municipalidad a ver los perros ofrecidos en adopción. Después que
> llené un formulario, un oficial uniformado me llevó a los corrales de los
> perros. El olor a los desinfectantes inundó mi nariz cuando entré a las
> filas de jaulas. Cada una contenía de cinco a siete perros. Los había de
> pelo largo, enrulado, unos negros y otros con manchas que saltaban,
> tratando de alcanzarme. Los fui estudiando uno por uno pero los rechacé a
> todos por distintas razones, demasiado grande, o demasiado chico, o
> demasiado pelo, etc. Cuando llegué al último corral, un perro desde la
> esquina más alejada se paró con dificultad, caminó hacia el frente de la
> jaula y se sentó. Era un pointer, una de las razas aristócratas del mundo
> de los perros. Pero éste era una caricatura de la raza.
> Los años habían puesto en su cara y hocico un poco de gris. Los huesos de
> sus caderas sobresalían en triángulos desiguales. Pero fueron sus ojos que
> atraparon mi atención. Calmados y límpidos, me observaban fijamente.
> Apuntando al perro, pregunté, ¿Qué me dice de éste? El oficial miró, y
> sacudió su cabeza, intrigado. "El es un poco raro. Apareció no se sabe de
> dónde, y se sentó en el portón del frente. Lo entramos, pensando que quizá
> alguien viniera a reclamarlo. Eso fue hace dos semanas y nadie ha venido.
> Su tiempo termina mañana". Hizo un gesto, como que no se puede hacer nada.
> Mientras las palabras entraban a mi mente, me volví al hombre con
> horror... "¿Quiere decir que lo van a matar?"
> "Señora", dijo dulcemente, "Es el reglamento. No hay lugar para todos los
> perros que nadie reclama."
> Miré al pointer otra vez. Sus calmados ojos marrones esperaban mi
> decisión. "Lo tomaré", dije. Y manejé hasta casa con el perro sentado en el
> asiento delantero a mi lado. Cuando llegué a casa, toqué la bocina dos
> veces. Lo estaba ayudando a bajar del auto cuando papá apareció en el
> porche del frente... “¡Mira lo que te traje, papá!” dije entusiasmada.
> Papá miró, y puso una cara de disgusto. “Si yo quisiera un perro lo
> hubiera buscado. Y hubiera elegido uno mejor que esta bolsa de huesos.
> Quédate con él, yo no lo quiero.” Agitó su brazo despectivamente y empezó a
> caminar hacia la casa.
> El enojo creció dentro de mí. Me apretaba los músculos de la garganta y
> sentía latidos en las sienes. “¡Es mejor que te acostumbres a él, papá,
> porque se queda con nosotros!”
> Papá me ignoró... “¿Me escuchaste, papá?” Grité. A estas palabras papá se
> volvió enojado, con sus manos apretadas a sus costados, con sus ojos
> entornados con odio.
> Estábamos parados mirándonos fijamente como duelistas, cuando de repente,
> el pointer se soltó de mi mano. Fue cojeando despacio hasta mi padre y se
> sentó frente a él. Entonces muy despacio, cuidadosamente, levantó la pata
> delantera.
> La quijada de mi padre tembló mientras se quedó mirando la pata levantada.
> La confusión reemplazó la ira de sus ojos. El pointer esperaba
> pacientemente. De pronto, papá estaba arrodillado, abrazando el animal.
> Fue el principio de una cálida e íntima amistad. Papá lo llamó Cheyenne.
> Juntos, él y Cheyenne exploraron el vecindario. Pasaron largas horas
> caminando por polvorientos caminos. Iban a las orillas de los rápidos ríos,
> a pescar sabrosas truchas, pasando largos momentos de reflexión. Incluso
> comenzaron a ir juntos a la iglesia los domingos, mi padre sentado en un
> banco y Cheyenne echado silencioso a sus pies.
> Papá y Cheyenne fueron inseparables a través de los tres años siguientes.
> La amargura de mi padre se desvaneció, y él y Cheyenne hicieron muchos
> amigos.
> Entonces, una noche, muy tarde, me extrañó sentir la fría nariz de
> Cheyenne revolviendo nuestras frazadas. Nunca antes había entrado a nuestro
> dormitorio en la noche. Desperté a Dick, me puse el salto de cama y corrí
> al cuarto de mi padre. Papá estaba en su cama, con una faz serena. Pero su
> espíritu se había ido silenciosamente en algún momento durante la noche.
> Dos días más tarde, mi dolor se hizo todavía más profundo cuando descubrí
> a Cheyenne tendido muerto junto a la cama de papá. Envolví su cuerpo en la
> alfombra sobre la cual siempre había dormido. Mientras Dick y yo lo
> enterrábamos cerca de su lugar favorito de pesca, le agradecí
> silenciosamente por la ayuda que me había dado para devolver a mi padre la
> paz y tranquilidad.
> La mañana de funeral de papá amaneció nublada y sombría. Este día se ve de
> la misma manera que yo me siento, pensé, mientras caminaba hacia la línea
> de bancos de la iglesia reservados por familia. Estaba sorprendida de ver
> la cantidad de amigos que papá y Cheyenne habían hecho, que llenaban la
> iglesia. El pastor comenzó su elogio del difunto. Fue un tributo para papá
> y para el perro que había cambiado su vida.
> Entonces el pastor citó Hebreos 13:2. “No dejes de dar hospitalidad a
> forasteros, porque haciéndolo, algunos han recibido ángeles sin saberlo.”
> “Muchas veces he agradecido a Dios por haberme enviado un ángel,” dijo.
> Entonces me di cuenta, y el pasado cayó todo en su lugar, completando un
> rompecabezas que no había visto antes: aquella amable y simpática voz que
> me leyó aquel artículo sobre el estudio en la clínica geriátrica. La
> inesperada aparición de Cheyenne en el lugar de los perros para adopción.
> Su calmada aceptación y completa devoción a mi padre y la proximidad de sus
> muertes.
> Y de repente, comprendí. Me di cuenta que, ciertamente, Dios había
> contestado mis plegarias en busca de su ayuda.
>
> La vida es muy corta para hacerse dramas por cosas sin importancia, así
> que:
> RIE CON FUERZA,
> AMA CON SINCERIDAD Y PERDONA RAPIDAMENTE.
> VIVE MIENTRAS ESTES VIVO.
> PERDONA AHORA A AQUELLOS QUE TE HACEN LLORAR.
> QUIEN SABE SI TENDRAS UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD.
>
> Comparte este correo con alguien. Puede que sea de ayuda a alguien que
> sufre. El tiempo perdido nunca se puede recuperar.
> Dios contesta nuestras plegarias a Su manera... no a la nuestra...
>
>

 

>
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