igue lloviendo.
A veces me pregunto cuándo llegará el momento en que esos
golpecitos constantes dejen de tamborilear sobre el
cristal.
Al principio, me
entretenía escuchándolos, pues me sugerían el eco de un cantar
pretérito y cierta musicalidad divertida que avivaba mis
recuerdos e imaginación; pero ya hace casi un mes de que el
repiqueteo dejó de alentarme. Se introdujo en mis oídos de tal
manera que, en el día de hoy, conociendo todas sus posibles
partituras, ese son monótonamente aburrido ha llegado a
hastiarme y despertar en mí el sentimiento de un verdadero
tedio hacia las cuatro paredes de mi cuarto.
Me
entretengo mirando por la ventana, pero tan sólo me empapo de
vívidas imágenes fugaces, como la de un paraguas negro
corriendo de una esquina a otra de la plaza. Cuando llego por
la tarde, el kiosco ha cerrado, y, como una vieja caja
empapada dentro de un charco, palidece al atardecer, solo,
arrojado contra un árbol. No hay siquiera una ínfima chispa de
vida que oxigene mis pulmones; el paso del otoño barrió el
rastro de las pequeñas aves y la entrada del invierno se pinta
de gris y negro. Montones de hojas húmedas se arremolinan y
estampan por todas partes.
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"Mirando por la ventana"
Óleo
sobre liezo.
Edward Hopper (1882-1967) |
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A
veces, elevo mis pensamientos y puedo ver cómo el sol quema
los campos y se derrama al atardecer, colándose por entre los
huecos y hendiduras de unos montes lejanos. Sueño con un rojo
anaranjado, un rojo fulgurante, de fragua antigua de amor de
lumbre y herrador de clavos largos, de andadores ejes de
grandes ruedas, de viejos carros. Me acaricia la piel el
fragor de una memoria, de un grito de niños, de la infancia
abochornada y un olor a primavera, en la calle o al pasear por
la alameda junto al río, y, entonces, al volver mis ojos hacia
la ventana, desaparece la inspiración pasajera, dejándome
frente a la imagen desconsoladora de un estrecho paisaje
conocido, de un retrato mudo encuadrado por el cristal rayado
de lluvia que se presenta como mi única salida al
mundo.
Estos
días no logro concentrarme demasiado. Los libros, encima de la
mesa, parecen desafiar al tiempo mientras yo me limito a
pasearlos. Todo huele a extraño, a momentos eternamente
cansados y ajenos, mientras la pintura con la famosa foto del
puerto y la ciudad en el fondo contemplan mudanzas año tras
año.
Recuerdo
que a un amigo mío no le gustan demasiado ―las ciudades, se
entiende―. Se queja del ruido, de la estrechez y el humo, de
muchas inconveniencias que, a mi parecer, pueden resultar un
tanto exageradas fuera de contexto. Mi amigo es un verdadero
nostálgico de la calle Antonio Machado, y de la cuesta de la
Plaza Chica ―la plaza de ladrillo visto y de arcos de
herradura― de la verbena de San Antonio y de las charlas en la
Casa Paco, ¿o era Pepe? A veces me gustaría ser como él,
satisfecho de sí mismo, seguro de todas sus andanzas,
enarbolando banderas de rectitud y firmeza, siempre fiel al
empedrado que acunó sus primeros pasos.
Pero
yo no soy así. Soy un ave de paso y, sin embargo... De nuevo
me veo envuelta en las marañas de nítidos mañanas emulando un
ayer ya vivido: la misma habitación, la misma ciudad, el mismo
billete al coger el tren, deseando volver a casa y sintiendo
no haberme ido antes. Y la lluvia, y la soledad conmovedoras
charlando con la misma compañera, diciendo lo mismo y
fingiendo escuchar, añadiendo de vez en cuando un ligero
movimiento de cabeza, haciendo así notoria mi conformidad o
disconformidad cada no sé cuántos segundos como un
autómata.
Me
gusta el color de la pared, no me imaginaba que la
empapelarían tras mi llegada. Es azul salpicado con unas
florecillas blancas, y, cuando al caer la tarde enciendo la lamparita
junto al escritorio, con su pantalla también azulona, es como
si me encontrara en el fondo de un estanque atravesado por el
brillo de las estrellas. En el cuadro de luz recortado en la
pared sobre la cama, antes de quedarme dormida, dibujo sombras
con el movimiento de mis manos representando espíritus de
palomas blancas, o aquel conejo al que todos saben dar vida.
Miro fijamente al techo boca arriba con un libro abierto sobre
el pecho, y cuento mariposas transparentes, sus gélidas alas
tocando el cristal, atravesando la ventana, siguiendo el claro
haz de luz que dibuja una de las farolas de la plaza.
Temblorosas bailarinas, melosas almas sibilantes, como ninfas
desnudas, susurrando nanas eternas, muy pegadas al oído
aterido, se delatan como el constante aleteo de la lluvia en
la ventana.
Quizás
no soportara otro mes más este aspecto frío y húmedo como el
que presenta el conglomerado de ladrillos en un día como el de
hoy... Pero no, ni siquiera con el buen tiempo, en el albor de
la primavera, la desazón abandonará el claustro de mi ser
adormilado. No se pueden pedir veranos sumergidos entre las
sombras, no se puede levantar una persiana sin que la luz
intensa descubra cruelmente los rincones que ocultaban el
misterio de diciembre, de las pasadas Navidades, del frío de
enero, que no es más que el mismo misterio de junio o agosto
con papeles por el suelo o un almanaque pasado de fecha. Es
inútil engañarse, pensar que pueda cambiar una actitud si la
nostalgia habita muy adentro. Y, entonces, pensar de nuevo, al
atravesar el callejón o de pie rodeada de palomas en medio de
la plaza soleada con un helado en la mano, bajo la mirada
atenta, pero remota, de aquel gran obelisco rememorando días
de gloria en la memoria de los hombres o poca fortuna para los
que no pudieron volver.
No.
Aun cuando el sol y la brisa vuelvan a deslizarse por las
pulidas paredes de los edificios, la lluvia no cejará en su
infatigable castigo a la memoria, entre espejismos temblorosos
vibrando a las cinco de la tarde. Arañando las pupilas,
brillos de metal y opacidad absoluta hendida en el corazón de
piedra, se mezclarán entre olores y ruido, mas no podré
marcharme: cuando llegue el invierno, se confundirán como
siempre el frío intenso y el marrón invadiendo las calles, y
yo estaré otra vez frente a frente, ante la postal acartonada
del marco de la ventana, salpicada de añejos
recuerdos.
Hoy
he vuelto a leer las cartas que me mandó Cristina. He vuelto a
acumular sobre la mesa todos los recortes de periódicos, de
revistas, con las fotografías de esos actores y actrices que
me gustan tanto, mezclándolas con los ojos chispeantes de
alguien que no conozco, el recorte de un anuncio de pasta
dentífrica. Me resulta relajante sacarlos de vez en cuando.
Allí, desordenados, años, lugares y gente de todas partes, se
encuentran en un momento, un eclipse instantáneo. Voy tejiendo
así las horas con mi puzle bajo la sombra de las lágrimas que
recorren el cristal. Y por un momento me siento como Ariadna
ilusionada, el laberinto en la mente, sin saber que, tras la
huida, me veré abandonada en la misma isla de lagunas azules y
florecillas blancas.
Estos
días tan sólo me atrae el pensar que, quizás, en la posible
viveza de este lugar sitiado, acabará despertando, como un ser
vivo, un corazón potente. Se me antoja latiendo en todas
partes, dentro de la absurda esperanza que se levanta en los
sueños de los inocentes.
Inmenso
palpitador de historias, mi corazón llenará ecos de silencio
con el pregón de otros tantos que, como yo, se asoman hoy a
ventanas y claraboyas bajo la lluvia. Bagdad quedará en la
mesita de noche, y Roma... Y esta golondrina que perdió el
rumbo escuchará atentamente el susurro inquietante de un nuevo
cuento. Serán mis ciudades, mis palacios mágicos, viejos muros
cuentacuentos y mi pequeña habitación templada. Me llamarán
narradores de la historia de un pasado a dibujar sobre un
papel las sugerentes líneas de una palabra inspirada en la
plaza o el quiosco desnudo, a respirar el encuentro de días
fugaces, de dulces besos sobre mejillas sonrosadas, de abrazos
tiernos en miradas compartidas. Me gritarán al aire en la
acuarela perpetua de mi triste paisaje, la siempre ―para los
ingenuos― nueva historia de viejos cuentos, de cuentos
presentes en la memoria centenaria del ser
humano.