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hora
que vivimos en una sociedad en la que la publicidad está
a la orden del día y donde el consumo es parte esencial
de la maquinaria comercial, no nos asombramos al conocer
los recursos que las distintas compañías publicitarias
utilizan para decirnos cuáles deben ser nuestros gustos
ni qué determinado producto es fundamental en nuestras
vidas. Pero ¿ha sido siempre así? Quizá sí, pero las
vías de comunicación e información de que se disponía en
los años 20, 30, 40... del pasado siglo no eran tan
universales. Ahora bien, esto no significa que se
careciera de publicidad. En esos años que nos parecen
muy lejanos en el tiempo, la falta de recursos se suplía
con un alarde de increíble ingenio.
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El
otro día, mientras dormitaba un rato después de una
copiosa comida, mi abuela se enfadó porque una de sus
películas favoritas se había visto interrumpida por la
interminable serie de anuncios con que nos dispensan las
grandes cadenas televisivas. “¡Esto es insoportable!”,
decía la pobre. Pero no paró ahí su fastidio: “No hay
quien lo aguante, han dado 10 minutos de película y
llevan ya 15 de anuncios”. Yo, con toda la paciencia del
mundo, le dije que de algún sitio tenían que sacar la
financiación de las películas que se programan... y los
beneficios, claro. Viendo que seguía con sus protestas,
le pregunté (en plan algo jocoso) que si en sus tiempos
no había anuncios. “Claro que sí, pero con otra gracia”.
¿Gracia?
Comenzó,
como hace a veces, un largo monólogo y me sentí cada vez
inmersa en otro tiempo. Mi curiosidad por el tema fue
creciendo a medida que la oía. Según me contó, había un
lugar donde habitualmente las empresas anunciadoras
colocaban estratégicamente su publicidad por tratarse de
un paso obligado de los malagueños que elegían su paseo
dominical por el centro de la ciudad. Además de ser un
muestrario de información de los comercios de la zona,
“Publicitaria Diana” (que era la empresa que se
encargaba de cambiar dichos paneles) captaba la atención
del viandante con el chascarrillo del día: “Antolín, un
minero, / dejó la mina y se metió a usurero, / y sigue
con las mañas / de sacarle al que puede las entrañas”.
Así, con rima y todo. Sin la más mínima duda, lo
recordarán los mayores; estaba en la Plaza de la
Constitución, justo en la balconada de “Marmolejo”
(famosa tienda malagueña ya desaparecida).
No
existían tubos de neón, luminarias intermitentes, ni
gigantescos carteles; sin embargo, en esos años, todo se
suplía con ingenio. Había que captar la atención de los
clientes, había que informar de los artículos que
ofrecían los comerciantes del centro urbano y había que
hacer que se pararan a leer los anuncios, y qué mejor
forma de pararles que con humor.
Después
de su larga exposición, mi abuela se fue a la cama algo
enojada al ver que continuaban los anuncios. Han pasado
varias semanas desde aquello, pero ayer cayó en mis
manos un pequeño libro de 1924, y, mientras lo leía,
recordaba la conversación con mi abuela.
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Estuve
riendo a carcajadas algo más de dos horas (tiempo que
tardé en leer el libro). Me llamó la atención la
descripción que los autores hacían de la Plaza de la
Constitución y de la remodelación llevada a cabo en ella
después de la Primera República: “Cuando el 75, era más
bonita todavía, porque en lugar del “sonajero” que hoy
le da luz, había una señora de calamina que representaba
la Justicia. Tenía la espada en una mano y un peso en la
otra, pero lo que pasa, la “calaminaron”, cayó la
República, que era el pedestal ideológico en que se
apoyaba, y la derrocada estatua se avecindó en los
almacenes municipales con varios trastos viejos, y trozo
a trozo, se fueron llevando la Justicia algunos que
tenían cuentas con ella. La espada se la llevó un
Bernardo, y el peso algún vendedor ambulante a quien se
lo decomisó la comisión de Abastos por estar falto, pues
eso de no dar el peso cabal viene de los romanos, que,
con la romana, hacían atrocidades: total, que
desapareció la estatua como desapareció la República y
pusieron la fuente monumental que Pepe García Guerrero,
siendo alcalde, trasladó a la Plaza de Figueroa y
después la llevaron al Parque, en donde sigue echando la
menor cantidad de agua, algunas veces con cuenta
gotas…”. El malagueño se ríe hasta de su sombra y, en
este caso, hasta de la luz que le daba la gran farola a
la plaza.
Pero
centrándonos en el tema, los anuncios a través de los
cuales intentaban vender sus artículos en aquellos años
no tienen desperdicio. Encontré anuncios de tiendas que
aún continúan su labor en la actualidad y otros de
empresas ya desaparecidas. Citaré sólo unas
pocas:
Páez
y Cía. Abaniquería:
“La mayor cantidad y la más amena en dibujos y
calidades”.
Planchado
Larios:
“El mejor para cuellos y puños”.
Domínguez
y Quevedo.
Perfumería: “Sigue esta Casa pujante / y la prefiere la
gente / por vestirse interiormente / la sociedad
elegante”.
La
Paz. Zapatería
(se puntualiza que la fachada es amarilla): “En esta
zapatería, / todo, todo es alegría, / pues quien se
compra un zapato / se arranca por bulería”.
La
Ideal. Zapatería:
“¡FORASTEROS! En “LA IDEAL”, encontraréis un 20 por 100
de economía cuando menos”.
También
he encontrado otras que, por su frescura e ingenio,
merece la pena citar. Por ejemplo, ésta: “En Morganti
Bayettini / hay exposición de cuadros / y se parece al
Museo / de Madrid, aquel del Prado./ Allí Martín y
Moragues / venden bonito y barato / y el que la sangre
torera / siente latir en los vasos, / se compra allí la
camisa / y los calzoncillos blancos [...]”. Y esta otra:
“Si en “La Sultana” te metes, / aquello es el sultanato
/ más grande que se conoce; / pues hay bebés, hay
caballos…/ y todo lo que en juguetes / tus chicos hayan
soñado".
Realmente,
el libro daba honor a su nombre (“Málaga en broma”), y,
si además es leído en una época en la que cada vez
utilizamos menos el humor, resulta gratificante
comprobar la buena herencia escrita dejada por nuestros
antepasados publicistas.
Los
autores, con buen criterio, y sobre todo debido a la
falta de hábito de lectura de la época (por lo menos
espero que fuera menor que en la actualidad), incluyen
en su escrito, además de un itinerario humorístico que
arrancaría la sonrisa al más serio, el programa de
festejos de la feria de Málaga del año 1924. Curiosidad
añadida es el coste que le supuso al Ayuntamiento de
Málaga los festejos de aquel año, veinte mil duros, y
cómo no, la aportación de los distintos comercios del
centro, que ascendía a varios miles de
pesetas.
No
es que añore a los que vivieron en aquellos años, pero
estos días he conocido un trocito de una Málaga que muy
pocos conocen. He vivido, a través de palabras y letras,
los chascarrillos, los dichos, los chistes sin malicia
y, sobre todo, anuncios que, de una forma ingeniosa,
intentaban “enganchar” a la gente a comprar, sin más
recursos que el buen humor y su ingenio.

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