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Asunto:[ESUBA] LA CUESTION AGRARIA: Donde reinan la ignorancia y los prejuicios
Fecha:Lunes, 28 de Abril, 2008  20:36:48 (-0300)
Autor:Ideadel <ideadel @............ar>

COOPERATIVAS Y PYMES AGROPECUARIAS

COOPERATIVAS Y PYMES AGROPECUARIAS

Gustavo Ernesto Demarchi

 

 

Reconociéndole validez a la expresión popular que dice que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”,  habría que agregar que dentro de la especie humana los argentinos somos capaces de llevarnos el mismo obstáculo por delante no sólo dos sino unas cuantas veces más. Digo esto en función de haber comprobado que, al calor del reciente conflicto entablado entre el agro y el gobierno, por millonésima vez se ha puesto de manifiesto que amplísimos sectores de la comunidad  -incluidos periodistas, educadores y cientistas sociales-  ignoran el rol que juega el campo en la economía argentina.

 

Más preocupante es constatar la gran miopía que sobre tan estratégico tema exhibe la postura asumida por los principales representantes y voceros gubernamentales. Peor y más grave aún es verificar que la política fiscal implementada para el sector agropecuario, es fruto de una gran dosis de desconocimiento de la naturaleza específica de esta actividad productiva, de su proceso de evolución histórica y del singular entramado social que la misma contiene.   

 

Además, en el debate mediático y público entablado con motivo de la  inédita rebelión agraria, protagonizada por los pueblos del interior de la Nación, se reiteran de un modo dramático –y también patético- equívocos que en el país han sido enunciados miles de veces con anterioridad  (oligarcas versus chacareros; agro versus industria; tipo de cambio, retenciones e inflación; etc.) y que, no obstante ello, vuelven a ponerse sobre el tapete como si nada hubiera cambiado ni aquí ni en el resto del mundo en el último medio siglo.

 

Cuando se desató la resistencia popular a las exacciones tributarias que pretenden imponer a los productores, se pudo comprobar que tanto en materia de conocimiento como en cuanto a la visión que se tiene de la cuestión agraria desde el poder político, el estado de desinformación existente no ha cambiado durante la última década y convive con atávicos prejuicios ideológicos que falsean la realidad. Por caso, habría que aclarar que la soja es un poroto y no “un yuyo” como se dijo despectivamente; además, esta vapuleada semilla oleaginosa -adelantos biogenéticos mediante- contiene casi tanta tecnología como un chip informático; mientras que la producción en gran escala de este fenomenal nutriente hoy permite que cientos de millones de personas superen el hambre y la indigencia extrema en la que se encontraban sumergidos.    

 

Por ello, me pareció que podría ser de utilidad volver a editar algunos párrafos seleccionados del librillo de mi autoría titulado “COOPERATIVAS Y PYMES AGROPECUARIAS. AYER Y HOY” ,  publicado diez años atrás. El texto examina determinados aspectos económicos, históricos y sociológicos del medio rural, en general desconocidos. En buena medida, el ensayo es resultado de veinte años de vinculación laboral con el agro, la cual, entre otras fructíferas experiencias personales que reportó, me sirvió para conocer el vasto territorio nacional y su magnífica gente.     

 

Gustavo Ernesto Demarchi

Balvanera Sud, 25 de abril de 2008


 

SECTOR AGRARIO: ENTRE EL PASADO Y EL FUTURO

I) INTRODUCCION: DE QUÉ SE HABLA

  Buena parte de la actividad del sector agropecuario en la Argentina es desarrollada por pequeños productores propietarios de menos de 500 hectáreas de campo que emplean, en su mayoría, mano de obra familiar. Estas unidades económicas, numerosas y extendidas por todo el mapa agrario nacional tienen significativa relevancia al explotar la tercera parte de las tierras cultivadas, es decir, alrededor de 10 millones de hectáreas. Según el censo de 1988 hay en el país 378.000 productores agropecuarios (grandes, medianos y chicos) entre los cuales predominan numéricamente explotaciones de menor dimensión, cuyos titulares, en elevado porcentaje, se encuentran asociados a alguna cooperativa. Según se estima, son 120.000 los cooperativistas agrarios en la Argentina. Puede decirse, entonces, que del total nacional, el 37 % de los que participan del estrato que posee de 50 a 500 has. son miembros de cooperativas; invirtiendo la relación se observa que, dentro de la región pampeana (Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos) el 91 % de los socios de cooperativas agrarias tienen menos de 500 hectáreas. En el distrito bonaerense, en particular, el 29,5 % del total de productores está  adherido a una cooperativa. Puede deducirse, a partir de esta información estadística, que las cooperativas en cuanto núcleos de concentración productiva originante regional, de gestión técnica, comercial y financiera, son representativas de pequeños y medianos productores que participan en elevado porcentaje en este tipo de organizaciones.

 

Hay alrededor de 700  cooperativas primarias en funcionamiento actualmente, tanto agrícolas, como ganaderas, tamberas, etc, las que, salvo pocas excepciones, se encuentran agrupadas en unas doce centrales de segundo grado, es decir, federaciones de cooperativas. Todas juntas movilizan una producción cuyo valor es del orden de los 3.000 millones de dólares al año, algo así como el 15 % del producto total agrario nacional.

 

……………………………………………….

II) DE INMIGRANTE ARRENDATARIO A CIUDADANO PROPIETARIO

  Las cooperativas agrarias en la Argentina nacen con el siglo y se multiplican al compás de la vasta colonización rural impulsada por las diferentes olas inmigratorias que, desde 1870 hasta la segunda Guerra Mundial, van poblando el territorio nacional, en especial su región pampeana. Es así como durante las décadas de 1920 y 1930 se fundan algunas de las mayores  federaciones de cooperativas, hecho que evidencia la importancia numérica que, para entonces, va adquiriendo este movimiento de agrupaciones sociales. Pero será  a partir de la inmediata post-guerra que, al influjo de nuevas condiciones macroeconómicas, jurídicas y políticas, se genera un portentoso proceso de fundación y desarrollo de cooperativas de 1er. y 2do. grado; proceso que culminará  en los años '50 con la creación de CONINAGRO y la proyección de varias de las entidades más representativas hacia el comercio internacional y la actividad industrial.

 

Una pacífica reforma agraria

  Este auge del cooperativismo agrario es la expresión económica e institucional de una transformación profunda que por aquellos años se va operando en el seno mismo de la sociedad argentina. Así, como miles de hombres y mujeres del interior migran hacia los principales centros urbanos para emplearse en la incipiente actividad fabril, otros miles consolidan su situación al hacerse propietarios de la tierra que trabajan. En efecto, la inmensa mayoría de los pequeños productores eran, hasta entonces, meros arrendatarios, víctimas de contratos de alquiler con cláusulas leoninas y de corto plazo de duración que convertían al agricultor y su familia en trashumantes que periódicamente debían cambiar de asentamiento, por lo cual poco interés podrían tener en incorporar mejoras a la explotación o en asegurarse una vivienda digna y permanente. En realidad vivían en precarios ranchos y en pésimas condiciones, con limitado acceso a servicios esenciales (salud, educación), muchas veces esquilmando la tierra por falta de arraigo y a merced de toda clase de plagas y siniestros climáticos por el bajo nivel tecnológico de las explotaciones. El cambio vendría a partir del dictado de un conjunto de leyes sobre arrendamientos y colonización, apoyado por una activa política crediticia orientada a facilitar al productor la compra del predio en donde trabajaba, lo que permitió que miles de familias rurales se afincaran, que mejoraran ostensiblemente los métodos de laboreo y que florecieran centenares de pueblos en toda la geografía agropecuaria nacional. Esta silenciosa "reforma agraria" habría de modificar de un modo decisivo el contexto económico, social y cultural del campo argentino; fenómeno de "democratización" de la propiedad de la tierra de envergadura, con pocos símiles en el resto de América Latina, subcontinente secularmente sumergido en el atraso agrario a causa de la presencia de latifundios improductivos, por un lado, y de minifundios paupérrimos, por el otro.

 

  Cuando el pequeño productor se convierte en propietario adquiere un domicilio y, en el caso de los inmigrantes más recientes, inicia su  asimilación a la sociedad nacional como un ciudadano argentino más. En este proceso, la motivación económica juega, a no dudarlo, un papel decisivo; una vez asegurada la tierra, la problemática de los agricultores pasa a focalizarse en tres necesidades de importancia crucial:

 

a) Contar con un lugar confiable donde almacenar y vender la cosecha;

b) Asegurarse los insumos vitales para desarrollar su actividad;

c) Vincularse con otros productores y mantenerse informado.

 

El productor atrapado en un embudo

  Hasta entonces el pequeño y mediano productor había padecido en forma inveterada la dependencia de circuitos de comercialización concentrados en pocas manos, que ejercían un poder relevante. El chacarero debía vender su producción en las proximidades de su predio, esto es, en el pueblo más próximo, donde actuaban intermediarios que, a su vez, le proveían las semillas, enseres y alimentos que necesitaba para subsistir con su familia y reiniciar una y otra vez el ciclo operativo. Contaba con escasas opciones para hacer valer el producido de su cosecha y el magro volumen que generaba era insuficiente para enfrentar al acopiador que centralizaba, con pocas alternativas, las compras de toda una región determinada. La debilidad del productor se exacerbaba en la medida en que, como muchas veces era el mismo acopiador (o el dueño del almacén de ramos generales) quien le vendía los insumos y bienes de consumo indispensables, se encontraba casi siempre endeudado con él, lo que menoscababa aún más su capacidad negociadora. Además, los productores con granos para vender eran muchísimos en un lugar y momento determinado; los compradores apenas uno o dos, es decir, constituían un típico mercado oligopsónico. De este modo, cuando llegaba el momento de cobrar la cosecha, resultado del esfuerzo de toda una campaña agrícola, el colono se encontraba con que la "libreta" donde se anotaba el fiado durante el año, tenía un abultado saldo en rojo; era habitual, también, que año tras año, el producido de su trabajo, no alcanzara para liberarlo de sus acreedores. Poco podía hacer el chacarero para defender el precio de sus granos y menos todavía para pagar el valor justo de los insumos que utilizaba; se encontraba a merced del comerciante, su acreedor sempiterno. Es así que el productor vivía compelido a recurrir al proveedor pueblerino, atado como estaba al entorno rural donde se afincaba; las comunicaciones eran precarias y costosas  en la década de 1940. A través del ferrocarril, exclusivo medio de transporte de cargas, el almacén de ramos generales y la planta de acopio establecían el vínculo comercial y financiero de cada localidad rural y su hinterland con la ciudad más próxima y con el puerto. La suma de decenas de pequeños lotes de producción granaria, aportados por los agricultores, daban al comerciante de cereales cierta escala, la que, de todos modos, era insuficiente para lidiar con la casas corredoras radicadas en las ciudades, proveedoras mayoristas, además, de aquellos insumos necesarios para el campo. Finalmente, el último eslabón de la cadena de comercialización estaba formado por cuatro o cinco grandes firmas exportadoras que han dominado, con pocas excepciones, el comercio mundial de granos desde siempre. Es decir, que el circuito comercial granario durante la primera mitad del siglo XX era una suerte de embudo cuyo diámetro mayor estaba compuesto por miles y miles de agricultores diseminados en toda la región pampeana, con  nula capacidad de almacenaje en chacra y por ello obligados, apenas obtenida, a mandar la cosecha al cuadro de la estación ferroviaria donde, en general, se encontraban los galpones de acopio. En la otra punta de este imaginario embudo, el tubo más estrecho, se encontraban unos pocos empresarios mayoristas, corredores y agentes de compañías internacionales poderosísimas. En una estructura estratificada como ésta, donde en cada etapa convergen menor número de operadores y mayor volumen de mercadería, el productor primario, inmovilizado en una punta de la serie, poco podía hacer por defender el valor de su producción; no sólo no influía para nada en el precio final a percibir por su producto, sino que tampoco lo hacía sobre la estructura de costos de su propia explotación, ni siquiera sobre el modesto presupuesto de gastos de su núcleo familiar; su dependencia era rígida y, poco menos que insoslayable. Además, con una vinculación comercial compulsiva como la descripta, estaba sometido a una asfixiante sujeción financiera ejercida por quien se ubicaba en el estamento superior, es decir, el acopiador y/o el "ramero". Como deudor crónico de su único comprador y abastecedor, el colono utilizaba el dinero muy de vez en cuando si solicitaba algún anticipo a cuenta; en pocas palabras: lo suyo era esencialmente trueque y, para peor, en proporciones que no manejaba. Si bien disponía de un modesto patrimonio, la modalidad y el giro de su actividad no eran los más adecuados para operar con bancos en forma habitual; hasta mediados del presente siglo, el productor tenía poco acceso a la asistencia crediticia institucional, lo que condicionaba aún más su limitado horizonte productivo.

 

  En este contexto, los pequeños y medianos productores rurales (en especial agricultores, pero también tamberos, ganaderos, etc.) se empiezan a organizar para neutralizar el cepo comercial y financiero que los asfixiaba y, asociándose, lograr potenciar su capacidad económica. Así es como se agrupan, en radios de 20 a 80 kms., entre 50 y 200 chacareros alrededor del cuadro de la estación de trenes o cerca de algún poblado. El espíritu asociativo y la conveniencia económica plasmarán, de un modo incontenible y en pocos años, una miríada de entidades dirigidas a mejorar la escala de comercialización de unidades de producción con volúmenes individualmente  insignificantes. 

 

III) CLASE MEDIA RURAL Y COOPERATIVISMO

  Las decenas de cooperativas agrarias que se abren en los años '40 son el más palpable resultado del proceso de consolidación de este numeroso estamento de  agricultores que acaban de convertirse en propietarios de la tierra que trabajan. Así como la gestión oficial los benefició normativa y crediticiamente, la formación de cooperativas se vio favorecida con el préstamo o la cesión, por parte del Estado, de galpones ferroviarios en muchísimas localidades agrícolas, instalaciones con que se iniciaron las actividades de acopio de granos, distribución de insumos y apoyo técnico, los tres pilares que dieron fundamento económico a estas entidades. Queda claro, entonces, que la presencia de una política activa hacia el agro por parte del gobierno de la época, jugó un rol determinante en el extraordinario empuje que adquirió el movimiento cooperativo durante aquellos años. Esta comprobación debería tenerse en cuenta cuando se examina la estrategia oficial del período 1945-55, ya que predomina la idea de que durante ese gobierno se impuso una fuerte actitud anti-agraria, concentrando sus esfuerzos, de modo exclusivo, en derivar buena parte de los excedentes en divisas que aportaba el campo a financiar el agresivo impulso dado a la industrialización del país, con el Estado como protagonista principal. Tal reduccionismo, que se constata en casi toda la literatura especializada, surge, precisamente, de ignorar los trascendentes cambios promovidos en el sector agropecuario por la política económica vigente durante aquella época.

 

Cooperativas: núcleos económico-sociales regionales

  A partir de dicha inflexión en las condiciones de tenencia de la tierra y de la consiguiente difusión de formas de economía social, chacareros y cooperativas agrarias transitarán por unos veinte años de desarrollo y bienestar. Durante la década del 50 habrán de incorporarse masivamente las cosechadoras mecánicas, lo que liberará  a miles de peones rurales que antes recogían las mieses manualmente y ahora se mudan a los cordones industriales en expansión. Durante los años '60 se generaliza la elevación de cereales a granel, lo que revoluciona los sistemas de almacenamiento e impulsa a las cooperativas  pampeanas a construir plantas de silos (los "tachos" crecieron como hongos cambiando la fisonomía rural) para recibir la producción que originan sus asociados. Al principio de los '70 una ley facilita a muchas de estas entidades a acceder a la propiedad del terreno ferroviario que venían ocupando, en muchos casos precariamente, desde hacía años. (Conviene recordar que, por entonces, se dicta una nueva ley de cooperativas, normativa moderna y adecuada a los requerimientos de la época).

 

  El productor cuenta con un mejor pasar, se eleva el nivel de vida de su grupo familiar y florecen  pueblos y comarcas alrededor de la cooperativa, la que se ha constituido en el centro comercial, t‚cnico-agronómico, financiero e, incluso, cultural de cada zona. Poco a poco las cooperativas primarias se transformaron en el medio más idóneo de mantener bien informado al hombre de campo, acercándole la marcha de las cotizaciones en los mercados locales e internacionales. Además, por intermedio de profesionales contratados al efecto, se hizo habitual dar asesoramiento agron{omico a las explotaciones; la "Revolución verde" (implementación de nuevas variedades y generalización del uso de fertilizantes) que, por la década de 1960, tenía auge universal, llegó a nuestros productores de la mano de la cooperativa. Actualmente, el espectro de servicios es extenso: se atienden consultas impositivas y previsionales, y se promueve la contratación de seguros. En definitiva, la cooperativa agropecuaria se ha ido transformando en una institución indispensable al intervenir de un modo integral en la vida económica de cientos de poblaciones del interior del país, rompiendo el aislamiento geo-económico al agruparse en federaciones de grado superior, con las que el pequeño productor, por su intermedio, termina participando del ciclo agrario en todas sus etapas: originación, elevación, comercialización, financiación, industrialización y exportación. La presencia del cooperativismo agrario, multiplicada -como se ha visto- desde la segunda mitad de siglo, ha provocado cambios significativos en el funcionamiento de los mercados sectoriales, otrora tabicados, oligopólicos y oligopsónicos, agregando transparencia y fluidez a la gestión económica. Las condiciones y valores con que se negocia la producción agraria en el sector cooperativizado son un referente obligado e insoslayable para todos los operadores vinculados al quehacer rural. Incluso el acopiador "privado", antes primer eslabón de la cadena de despojos que sometía al chacarero, ha debido moderar sus márgenes, abandonar determinadas arbitrariedades y ofrecer mejores servicios a sus clientes ya que ellos fueron encontrando en la cooperativa un parámetro de comparación próximo y confiable.         

 

La coherencia de los principios

  Para los dirigentes y consejeros de estas asociaciones, los tradicionales principios del Movimiento Cooperativo, aquéllos que fueron pergeñados a mediados del siglo XIX en la histórica Rochdale (Inglaterra), representaban,  en el terreno de los ideales, y de un modo coherente y efectivo, la realidad concreta que les tocaba protagonizar; podía detectarse una gran correspondencia entre prédica y acción, entre objetivos y resultados. La idea cooperativista de que, aunando esfuerzos, apoyándose recíprocamente con solidaridad, los débiles y pequeños se fortalecen y progresan, estaba en plena aplicación y sus frutos eran palpables. La doctrina era entonces, en el plano de lo ideológico, orgánicamente representativa de una objetiva situación económica, la que se encontraba asentada en un sistema de gran vertebración social y funcionando con eficiencia.            

IV) CEREALES, DIVISAS, DEVALUACION Y CAOS

  El agro, desde los orígenes de la organización económica nacional (fines del siglo XIX, concluida la Campaña del Desierto) ha sido el sector que ha proveído al resto de la sociedad los imprescindibles excedentes en divisas que se obtienen del comercio exterior, del que es sempiterno protagonista. Así, con el fruto de la producción agropecuaria se financió la etapa de bonanza que vivió la Argentina unos noventa años atrás, cuando el país se convirtió en "el granero del mundo". Algo parecido ocurrió con el equipamiento y expansión industrial (1940/60) que completó el diseño de nuestra compleja economía; proceso que consolidó un solvente y diversificado mercado interno, tributario de una sociedad con buen standard de vida y calificada dotación de recursos humanos; modelo que, como sabemos, se agotó en los 30 años siguientes. En efecto, fue también del sector agropecuario de donde salieron, preferentemente, los recursos con que se alimentó la "hoguera fiscal" que sumió al país en el desquiciamiento inflacionario a partir de los años '60 y que acabó con el colapso híper de 1989.

 

  "Varias generaciones de argentinos crecieron envueltos en este patológico proceso -inflación crónica, galopante y creciente- que fue trasegando y socavando los principales institutos de una economía moderna: el Mercado, el Crédito, la Moneda, el Estado, etc. Precisamente, la moneda, que es el pacto financiero básico entablado entre la sociedad civil y el Estado, se fue evaporando en forma progresiva, lo que le quitaba viabilidad, no ya a tal o cual negocio, proyecto de inversión o programa de gobierno, sino a la propia estructura económica de la Nación. A todo esto, durante muchos años se pretendió contener la vorágine inflacionaria interviniendo en los mercados, fijando y controlando precios, en un inútil esfuerzo por frenar lo que en realidad se promovía: no se detiene el curso de un alud con normas de tránsito. Mientras tanto, el Estado se aproximaba a su propia "cesación de pagos" derramando cantidades crecientes de dinero espurio, con el que alimentaba su inminente bancarrota. Y la gravedad de esta hecatombe se patentiza en la permanente crisis del poder político (sucesión de gobiernos proscriptivos, dictaduras militares y democracias débiles y condicionadas), cuya legitimidad se erosionaba al compás del desbocamiento del sistema económico."  

 

El "pato de la boda" del modelo

  El modelo cepaliano de sustitución de importaciones, de crecimiento hacia adentro, con fuertes protecciones arancelarias y gran protagonismo regulador y empresario estatal, encontró su techo promediando los años '70; había perdido compatibilidad con lo que pasaba en el mundo, donde se  iniciaba un proceso de transformación de enorme intensidad, cuyas consecuencias llegan a nuestros días. La política económica que había sido la locomotora del desarrollo treinta años antes (industrialización inducida con economía cerrada, en un ambiente de comercio internacional poco fluido y tabicado), por reiterada y anacrónica, terminó siendo el principal freno para el progreso nacional. El agro, por culpa de esta contumaz pertinacia "pagaba los platos rotos" por partida triple:

a) Las políticas de estabilización castigaban al sector congelando los precios de los productos de primera necesidad, es decir, los alimentos, en un esfuerzo cada vez más inútil por contener la espiral inflacionaria, pretendiendo evitar que ésta perjudicara a los sectores de menores recursos y con ingresos fijos.

b) Los costos de producción agropecuarios eran muy elevados y poco competitivos al conformase en un mercado doméstico caro y hermético, y porque las importaciones (maquinaria, fertilizantes, etc.) estaban recargadas con derechos aduaneros inusitadamente altos.

c) Desde la década del '60 se aplicaron sucesivas políticas cambiarias con las que la producción agraria exportable recibía un dólar menor (comercial) al que se cotizaba en plaza (libre, financiero o paralelo). Las retenciones a la exportación -impuesto absurdo como pocos- mantenían deprimidos los valores internos, agudizando la pérdida de ingresos que provocaba el bajo nivel de precios agrícolas vigentes en los mercados mundiales.

 

  Cuando la escalada inflacionaria se encontraba en su etapa generativa y moderada, el productor agropecuario consideraba que las limitaciones emergentes de este tipo de política económica, con las que se constreñía la rentabilidad sectorial, se compensaban periódicamente con la devaluación del dólar estadounidense, medida que aplicaron de manera harto frecuente los gobiernos en este conflictivo período. Es que la dinámica interna de los precios desactualizaba cada tanto el tipo de cambio; la devaluación permitía comerciar la producción (cereales y carnes) recibiendo más moneda local por cada "verde" que ingresaba del exterior. Las políticas devaluatorias, se decía por entonces, servían para encarecer las importaciones, contener la demanda efectiva y recomponer la capacidad exportadora; tal es así que muchos consideraban que la verdadera causal de la inflación era la presión que se atribuía a los grupos agropecuarios para obtener la depreciación de la moneda, confundiendo, ni más ni menos, que causa con efecto. Era cierto, en todo caso que, en una economía inflacionaria "estable", el sector agrícola exportador se cubría de la erosión depreciativa del signo monetario doméstico por contar con un producto que cotiza en dólares; es la etapa en que la carrera de precios la gana, por varios cuerpos, la divisa. Pero a medida que la vorágine inflacionaria se hacía más intensa (años '70 y '80), este supuesto beneficio sectorial se transformó en su contrario: en efecto, la devaluación cambiaria movilizaba hacia arriba con tal velocidad e intensidad toda la estructura de precios de la economía que, rápidamente el tipo de cambio (el que recibía el agro con los recortes mencionados) quedaba rezagado; es decir, que los costos y los gastos del sector rural pasaron a indexarse a un ritmo mayor que sus ingresos. Tal es así que, salvo cuando se produce la crisis de la deuda externa y la masiva fuga de capitales (1980-84), el tipo de cambio real (el dólar deflacionado) no hizo otra cosa que descender, a pesar de que se devaluaba cada vez con mayor frecuencia. En otras palabras: en condiciones de inflación acelerada, la devaluación nominal del tipo de cambio dispara de tal manera los precios internos que la divisa, promotora del empuje inicial, queda rápidamente retrasada; desajuste que resultaba aún mayor si, como fue costumbre repetida, se congelaba el tipo de cambio por períodos más o menos prolongados. Así, esta paroxística secuencia de devaluaciones y congelamientos retroalimentaba, sin solución de continuidad, el circuito inflacionario que se pretendía contener.

……………………….

V) COOPERATIVAS A MERCED DE UN ESPEJISMO

  Como queda dicho, las cooperativas agrarias habían logrado expandirse de un modo notable durante las décadas de 1950 y 1960, tanto aquéllas de reciente fundación como las que tenían más años de existencia; las asentadas en la región pampeana progresaron a gran velocidad. La cooperativa, a medida que el pequeño productor elevaba su horizonte socio-económico, además de atender los tres servicios que eran su básica razón de ser (comercialización agraria, distribución de insumos y centro informativo), fue incorporando otras prestaciones orientadas a satisfacer necesidades de su entorno familiar; así fue como se agregaron locales destinados a autoservicio, tienda, carnicería, bazar, ferretería, estación de servicio, gomería, etc. En este aspecto, puede afirmarse que, en la inmensa mayoría de pueblos agropecuarios, fueron las cooperativas las que introdujeron el autoservicio como nueva y revolucionaria modalidad de negocio minorista de consumo; el tradicional almacén de ramos generales fue desapareciendo sepultado por estos novedosos enclaves comerciales que transformaron la dinámica comarcal. Se había constituido un "circuito integrado" del cual el asociado no tenía necesidad de salir para obtener todo lo que deseara, tanto para su explotación como para su familia. Circuito que se amplificaba entre la cooperativa primaria y la secundaria (federación) a la que estaba adherida aquélla, dado que, ante la creciente y diversificada demanda de consumo que generaba la población rural, se montaron vastos sistemas de distribución a gran escala que abarcaban amplísimas regiones del país y que proveían, desde fideos y galletitas hasta lavarropas, televisores e incluso automóviles. Por su parte, en el rubro insumos, la cooperativa de 1er. grado amplificó aún más su espectro: junto a las estratégicas semillas y las tradicionales bolsas vacías, se incorporaron con habitualidad rollos de alambre, postes, herramientas, gran variedad de agroquímicos, gasoil, rejas, motores, repuestos, incursionando en la promoción de planes de ahorro para la compra de maquinaria agrícola y tractores.

 

La inflación, una lente deformante

  Mientras la economía nacional evolucionaba dentro de cierta estabilidad (digamos: menos del 50 % anual de inflación) el cada vez más complejo y múltiple negocio cooperativo funcionó bien. La fuente principal de ingresos de chacareros y cooperativas se indexaba cada vez que el dólar subía y, si bien una porción significativa de la rentabilidad agraria se derivaba a la sociedad urbana (industria, servicios, Estado), el contar con un producto (granos) que cotiza en dólares era un respaldo contra posibles desfasajes. Pero, tal como se plantea en el capítulo precedente, al "enloquecerse" progresivamente la rueda dólar-precios-tarifas-salarios y al entrar a tallar un costo para el dinero muy positivo, la estructura funcional y comercial de estas entidades comenzó a evidenciar elevados niveles de vulnerabilidad. La bonanza había facilitado la formación de organismos grandes, sobredimensionados, con muchos empleados y jefes, secciones y sucursales; la inflación era un velo que impedía medir de un modo fehaciente la verdadera situación económico-operativa de las empresas, entre ellas, las cooperativas. La constante indexación del precio de los cereales creaba un espejismo que ocultaba, de una manera cada vez más peligrosa, profundos desequilibrios funcionales internos y gravísimas limitaciones en materia de gerenciamiento.

 

  La crisis financiera que va envolviendo al país a partir de la segunda mitad de los '70 complica severamente la administración de los stocks de mercaderías de baja rotación que habían constituido las entidades para atender la demanda del productor. Este, en su propia unidad productiva empieza a tener problemas: la brecha entre ingresos nominales y reales es creciente y la devaluación del tipo de cambio que podía, en todo caso, beneficiar a aquellas explotaciones agrícolas de mayor dimensión, se transformaba, poco a poco, en una tortura para el pequeño. Apurado por acuciantes necesidades de contar con dinero vendía la cosecha en un momento determinado y debía afrontar los incrementos de precios de la canasta familiar y de sus costos de producción, sin revancha, hasta la campaña agrícola subsiguiente. La cuenta corriente en la cooperativa donde se registraban todas las operaciones (débitos y créditos) que generaba la multifacética vinculación socio-entidad, de eficaz medio contable y financiero, fue pasando a constituírse en el principal foco de la crisis en cierne; efectivamente, por un lado, el productor, convencido de que sus recursos eran "de goma" (se actualizaban en forma automática), no percibió que la rentabilidad de su explotación descendía hasta desaparecer y que había incrementado sus erogaciones más allá  de su verdadera capacidad. Es la época en que miles de agricultores trasladan su vivienda al pueblo y abandonan determinadas prácticas de autosubsistencia (huerta, cría de gallinas, etc.) que habían redondeado, durante años, un presupuesto familiar factible. La cuenta corriente cooperativa reflejaba este proceso de desequilibramiento, el que se abultaba impiadosamente con los intereses que se cargaban y que evidenciaban que el país había salido del "estado de inocencia" financiera (tasas negativas) en el que había vivido muchísimos a¤os. Como lógica contrapartida, la cooperativa empezó a tener dificultades de cobranza de estas cuentas que no se cancelaban nunca, y que tampoco convenía cerrar, dado que, exigiendo el pago de contado se desplomarían las ventas de las numerosas secciones que abastecían al asociado.

 

  Por carácter transitivo, lo mismo comenzó a ocurrir entre la cooperativa primaria y su asociación o federación, con inmovilizaciones crediticias crecientes, fruto de un endeudamiento acumulativo que ya excedía el giro económico de estas organizaciones, superaba en muchos casos el respaldo patrimonial disponible y amenazaba con poner en serias dificultades a todo el complejo. A este circuito perverso se agregaron otros desajustes perturbadores de similar origen, por ejemplo, ante la ausencia de asistencia crediticia destinada a recomponer capital de trabajo, los gerentes comenzaron a financiarse en el corto plazo con operaciones anticipadas de venta de cereales que, con mercados en suba nominal permanente, generaban grandes quebrantos al momento de concretar la recompra de la mercadería involucrada. También influyó de manera negativa la realización de inversiones (edificios, plantas, depósitos, flota de camiones, etc.) cuya tasa de retorno terminaba siendo mucho más modesta que el costo efectivo de la financiación que debió tomarse para afrontarlas (La circular 1050 y similares hicieron estragos entre empresas cooperativas de 1er. y 2do. grado). La inflación, ya desbocada, completaba su siniestra labor "enredando todos los números", impidiendo el cálculo econ¢mico racional; nadie podía saber a ciencia cierta si estaba ganando plata, si salía hecho o si perdía a raudales. La perplejidad era aún mayor porque el fenómeno inflacionario no hacía otra cosa que amplificar algo que es característico del comercio de cereales: una actividad que moviliza cifras descomunales (el acopio normal de una cooperativa puede valer unos 10 millones de dólares; ACA, AFA y FACA intermedian entre U$S 400 a 800 millones anuales) pero con márgenes de ganancia ínfimos, a veces inexistentes. Cuestión que lleva a confundir lo bruto con lo neto, ingresos con resultados, valores nominales con reales, y que hemos denominado "espejismo granario" por conformar una realidad económica virtual engañosa, que ha sido la tumba de  productores agrícolas, de cooperativas primarias y de organizaciones superiores. Mientras el escenario cooperativo se complicaba competidores y adversarios se restregaban las manos satisfechos; como dijo Napoleón: "Nunca interrumpa a un enemigo cuando está  equivocándose".

 

  Desde fines de los años '70 y, con más intensidad, promediando los ochenta, los negocios agrícolas (nos referimos a cereales porque la ganadería, el algodón y otros cultivos regionales habían involucionado mucho antes) acusaban similares deformaciones que las demás actividades (industria, construcción, comercio) de la Argentina . La gestión económica, en el plano productivo, carecía de atractivo; los resultados de explotación eran, en general, deficitarios. El balance se podía "dar vuelta" si la operatoria en cuestión facilitaba o habilitaba a realizar algún "firulete" financiero. Los exportadores, por ejemplo, ingresaban fondos del exterior a tasa internacional, los convertían a moneda doméstica y depositaban a plazo fijo; cuando llegaba el momento de embarcar retiraban el dinero del banco, compraban la mercadería y embolsaban los jugosos y desopilantes intereses que pagaba el sistema financiero cebado con el despeñamiento imparable del sector público que se apropiaba -a cualquier tasa- de cuanto dinero hubiera en plaza.

 

Barranca abajo

  En el camino, miles de agricultores pequeños y medianos se fundieron, muchos migraron a las ciudades; se agudizó la concentración de la propiedad rural en menos manos; cerraron cientos de cooperativas y varias centrales de 2do grado quedaron heridas de gravedad. Esta debacle afectó con severidad a todo el sector y promovió conductas entre los protagonistas del entorno cooperativo agrario que, si bien eran minoritarias, adquirían enorme repercusión erosionando la imagen del sistema en su conjunto. Así, el inventario de situaciones alentadas por la crisis se nutría con: entidades que se insolventaban dejando en la zona de influencia un tendal de damnificados; asociados que, incapaces de afrontar su deuda con la cooperativa, desviaban su producción hacia otros circuitos para eludir sus compromisos; gerentes que se esfumaban abandonando la empresa desquiciada;  dirigentes que, encaramados en el Consejo de Administración para obtener ventajas personales, dejaban abultadas cuentas sin  pagar; etcétera. Estas situaciones negativas, a las que, no obstante, buena parte del cooperativismo se mantuvo ajeno, al multiplicarse y amplificarse generaron una nociva corriente de desprestigio. Los nobles y tradicionales principios cooperativos perdían consistencia frente a una realidad circundante cruda y divergente; se evidenciaba el divorcio entre la prédica doctrinaria y los hechos y resultados concretos. Ruptura ideológica que operaba a dos puntas: por un lado, las secuelas sociales y humanas de tantas cooperativas quebradas, algunas con escándalo, explicitaban una indeseable subversión de los lineamientos morales del Cooperativismo, de vigencia universal y permanente; por otro lado, las graves falencias de conducción y gerenciales, junto a la crónica ineficiencia económica que denotaban muchas de las entidades colapsadas, ponían al desnudo un elevado distanciamiento entre ideales de cooperación y solidaridad y los racionales criterios de administración empresaria, imprescindibles para asegurar la viabilidad temporal de estas organizaciones. Además, el desconcierto reinante fue aprovechado por los inescrupulosos que nunca faltan; a río revuelto...

 

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Boom agroalimentario a escala planetaria

  Más allá  de los dilemas -dramáticos y fascinantes a la vez- que la actual encrucijada plantea al hombre contemporáneo, se presentan, en el estricto terreno económico, algunas cuestiones que deberán ser sopesadas por los argentinos, en general, y por los cooperativistas, en particular. En primer lugar, se observa un significativo aumento en la demanda internacional de productos agrícolas, en dirección inversa a la tendencia predominante en los años que siguieron a la última posguerra, tiempo en el que la producción agro-alimentaria estuvo casi siempre por encima de los requerimientos globales, por lo que los niveles de precios se mantuvieron crónicamente deprimidos. Esto, que bien podría calificarse de "boom" presenta, a nuestro entender, dos aspectos, uno cuantitativo y otro cualitativo. En el primero, debe destacarse que, en cuanto a los mercados de cereales y oleaginosos tradicionales, la demanda mundial se comporta con firmeza ante la creciente actividad compradora de los emergentes países del Sudeste asiático. Es que la virulenta modificación en las pautas de consumo, junto a un mejor poder adquisitivo de estos pueblos, actúan de modo positivo en el cambio de la dieta alimentaria de millones de seres que requieren ahora agregar carnes rojas y blancas, nuevos cereales (trigo por arroz), fast food, etc. El aumento en la utilización de granos forrajeros para alimentar los planteles de hacienda está  tonificando la solicitud de estos commodities agrícolas, justamente, cuando la propia dinámica de desarrollo industrial que opera en estas naciones (en particular en China) genera el desplazamiento de multitudes del campo a la ciudad, cada año. Es decir, mientras las necesidades de consumo se multiplican la producción rural regional se estanca obligándolos a asumir un rol cada vez m s activo en los mercados internacionales. Por su parte, en la otra punta del mapamundi, la crisis fiscal en los países de Europa y Norteamérica, ha obligado a realizar un replanteo de los subsidios agrícolas que se distribuían generosamente, lo cual mantuvo durante décadas precios deprimidos y stocks desproporcionados. La lenta, traumática, pero inexorable reducción o, incluso, desaparición de estos regímenes de protección, está  devolviendo transparencia a los mercados granarios, que exhiben cotizaciones que tienden a ubicarse, en general, en una franja superior al nivel predominante durante los cuarenta últimos años. Es más, del mundo de las finanzas llega otra señal interesante: la elevadísima liquidez empuja a las tasas de interés a la baja permanente; los planes de saneamiento fiscal en EEUU, Francia, Alemania, Canadá , España, etc. hacen presumir que, en el futuro inmediato, sus necesidades de fondos se estabilicen, por lo que se achican las oportunidades de especular con títulos públicos; todo lo cual actúa en dirección virtuosa a invertir en el estoqueo de commodities; es un dato histórico que, cuando el costo del dinero es bajo, los precios agrícolas son altos. Finalmente, la productividad de los cultivos (los rindes agrícolas)  amenaza desacelerarse en muchas zonas del planeta, en parte porque la técnica de agroquímicos habría alcanzado una meseta y, además, porque la producción viene acuciada por carencias estratégicas, en especial, de agua de riego; es probable, entonces, que la oferta mundial no pueda acompañar el ritmo de crecimiento de la demanda. Todos estos factores, cuyo origen es diferente, confluyen en la potenciación del valor de productos agrícolas convencionales, de los que la Argentina es tradicional exportador.

 

  Pero el boom agro-alimentario no se agota aquí. Formando parte de la revolución ecológica que mencionamos más arriba, se percibe una profunda conversión en la demanda de bienes de consumo directo. La gente, en especial en aquellas naciones con buen nivel de vida, reclama productos naturales de determinada calidad, obtenidos con métodos orgánicos, con denominación e identidad de origen. El consumo de alimentos se sofistica y los requerimientos del consumidor son cada vez más rigurosos; además, el abanico de deseos fragmenta la demanda. Los medios de comunicación y mejores sistemas de transporte permiten, incluso, hacer conocer y trasladar a grandes distancias productos de granja frescos: leche, huevos, legumbres, etc. La marca y el packaging constituyen un relevante factor enriquecedor del valor, cualquiera sea su naturaleza. El consumidor europeo, estadounidense o japonés, muestra un gran interés por conocer de dónde viene y cómo se elabora lo que come; la agroindustria y la industria alimenticia deben atenerse a  requerimientos de calidad y pureza que exigen aplicar tecnologías de proceso más cuidadosas. Este cambio cualitativo en los ámbitos de producción, elaboración, fraccionamiento y comercialización de alimentos e insumos vinculados viene a echar por tierra un viejo paradigma de la era moderna, aquél que consideraba las actividades agrarias como más primitivas, modelo de atraso y subdesarrollo frente a las industriales, representativas de progreso y desarrollo. El concepto mismo de valor agregado, tradicionalmente asociado a la elaboración fabril, adquiere ahora un significado más amplio al incluir la producción orgánica de alimentos con disciplinados métodos de cultivo o cría donde se privilegia el respeto a las virtudes intrínsecas y los componentes naturales. En los tiempos que corren, con graves problemas de contaminación ambiental y frente al agotamiento de recursos naturales, la aplicación de tecnología de punta y conocimientos alambicados deja de ser patrimonio exclusivo de la industria; la agricultura y la ganadería demandan una sofisticación similar. La antinomia que asignaba una calificación despectiva a los productos "primarios" va perdiendo entidad. Ser un país agropecuario -y para el resto de la Tierra lo somos- puede llegar a ser una buena oportunidad en las postrimerías del siglo XX.

CITAS Y NOTAS

Si bien hemos focalizado la atención en la evolución de las que operan con cereales y oleaginosos, en el país existen, además, centenares de cooperativas primarias que comercializan ganado vacuno, ovino y porcino, hortalizas, algodón, frutas, vid, yerba mate, té, tabaco, azúcar, legumbres, miel, maní,  leche, etcétera. Hay, además, varias centrales cooperativas de 2do. grado que desarrollan una importante tarea industrial (lácteos, aceites, harinas, pellets, conservas y preparados fruti-hortícolas, vitivinicultura, alimentos balanceados) y otras que han logrado presencia relevante en el comercio exterior de granos, carnes, oleaginosos, fibra, etc.

 

En 1912, acrisolados por "El Grito de Alcorta", gran huelga y movilización rural, los productores fundan Federación Agraria Argentina, la primera organización gremial de alcance nacional. A partir de entonces nace un sinnúmero de entidades cooperativas que se agrupan en diferentes estructuras federadas, a saber: ACA (1922); Fraternidad Agraria (1925); AFA (1932); UCAL y Federación Entrerriana (1934); SANCOR (1938); Federación de Misiones (1939).

 

"El avance más significativo en la creación de cooperativas se operó en los años inmediatos anteriores y posteriores a 1950....Se crearon centenares de cooperativas en toda la región cerealera y miles y miles de agricultores se enrolaron decididamente en este movimiento" (COSCIA, Adolfo: Comercialización de granos, Hemisferio sur, 1980). Efectivamente, en 1947 se funda la Federación Argentina de Cooperativas Agrarias (FACA); en 1950 la Asociación de Cooperativas Bonaerenses y el primer nucleamiento de cooperativas arroceras entrerrianas; luego vienen ROSAFE (1954) y UNCOGA (1963), mientras que las cooperativas de Río Negro y Neuquén se agrupan en 1946; finalmente, de 1953 es la junta promotora de CONINAGRO, cuya acta de nacimiento definitiva ser  de 1956. En el terreno comercial, además, por aquellos años, ACA y FACA se transforman en fuertes exportadores de granos, participando, desde entonces, de un  ámbito que fue dominado tradicionalmente por trusts transnacionales, similar derrotero tendrá  Agricultores Federados años después; SANCOR crece hasta convertirse en un emporio de la industria láctea.  

 

Federación Agraria tuvo una activa participación en la mutación de arrendatarios en propietarios y la subdivisión de la tierra que este proceso aparejaba (FAA: La voz de los campos en el XXXVI Congreso plenario; 1948).

 

"La Argentina cuenta con un 40 % de clase media entre la población urbana... en el campo existe prácticamente la misma proporción...Es el único pa¡s de América Latina...que tiene una composición social equilibrada en el campo y en la ciudad. El resto de los países latinoamericanos...acusa una extrema polarización social en el campo, donde el grueso de la gente corresponde a los estratos inferiores del nivel de vida, con condiciones frecuentemente infrahumanas." (GIBERTI, Horacio: El problema agrario argentino; Ed. Desarrollo, 1965).

 

"Desde 1953 la producción de granos...reinició un proceso de recuperación productiva, asentado en un creciente cambio teconológico. No sólo se restableció la utilización del tractor, sino que se expandió notablemente su número y potencia, así como se introdujeron masivamente cosechadoras de creciente capacidad. También se generalizó el uso de variedades mejoradas de trigo e híbridos de maíz, aparecieron con gran fuerza cultivos nuevos como el sorgo granífero en la década del 60...Este cambio tecnológico fue acompañado de alteraciones profundas en los sujetos sociales: emergieron... contratistas de servicios (y) productores capitalizados a través de políticas estatales de créditos subsidiados..." (BARSKY, Osvaldo y otros: El pensamiento agrario argentino; CEDAL, 1992). Debe destacarse, tambien, el inicio de actividades del INTA (1956), de extraordinaria importancia en materia de investigación y desarrollo.

 

"El movimiento cooperativo construye su capacidad política sobre los recursos económicos y organizacionales que moviliza. Esas estructuras son medios por los que los productores, en particular los pequeños y medianos, socializan servicios retrayéndose de transacciones en mercados en los que tendrían un reducido poder de negociación por su dimensión, por su escasa capacidad gerencial y por la reducida información de que disponen. En este caso, la capacidad de prestación de servicios es fundamental para la pertenencia y la adhesión" (MARTINEZ NOGUEIRA, Roberto y otros: La agricultura pampeana, FCE/IICA/CISEA,1988).

 

La historia del encuentro del pequeño productor con el cooperativismo puede esquematizarse en etapas, contando cada una con un determinado perfil dirigencial: a) hasta la década 1940, el escenario cooperativo transita de la marginación a la reivindicación y el arquetipo de dirigente es un predicador; b) años 1940/50, creación y expansión del sistema y el dirigente se asume como    organizador; c) años 1950/1980 tiempos de promoción y desarrollo, encontrando  un dirigente con perfil de administrador. (ALBANESI, Roberto: Programa de Reconversión Cooperativa FACA/INACyM. 1996)

 

" Uno de los desajustes principales del modelo es que...una proporción demasiado grande de los ahorros del país va al sector industrial consumidor de divisas y una demasiado pequeña a los sectores primarios proveedores de divisas...No fue el objetivo de industrialización el que planteó per se el desajuste, sino la forma en que fue perseguido. El modelo pudo ser viable en un principio...Esta política pudo haber sido conveniente si se hubiera limitado en el tiempo al apoyo de la industria incipiente, pero se prolongó alimentando los desequilibrios...Los regímenes de promoción industrial, comenzados en la década del 40, se prolongaron y renovaron sucesivamente durante cincuenta años..." (OBSCHATKO, Edith: Argentina: agricultura, integración y crecimiento; IICA, 1992).

 

“Distingo tres etapas en la historia inflacionaria argentina, fenómeno que, por su duración e intensidad no reconoce demasiados parangones en el resto del planeta: a)1945-1958: generativa (o gobernable) con índices de precios incrementándose por debajo del 20 % anual; b) 1959-1974: sistemática (o galopante) con índices entre el 30 y 60 % anual; c) 1975-1989: hiperinflacionaria, sin techo superior (hasta el 5000 %),  donde se pierde el control de las variables económicas y sobreviene el colapso. (DEMARCHI, Gustavo: Los argentinos y la inflación; Nueva Generación, 1995).

    

 

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Cuaderno de Investigación IPAC Nº 3

Edición a cargo de Ing. Claudia Bernazza

Director Editorial: Dr. Mario César Elgue

Instituto Provincial de Acción Cooperativa

Ministerio de la Producción y el Empleo

de la Provincia de Buenos Aires

- Enero de 1999 -

 

 

 

 

 




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