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Asunto:[doctrinasocial] Fwd: Discurso a los participantes en el Jubileo de los Gobernantes, Parlamentarios y
Fecha:Lunes, 21 de Octubre, 2002  00:29:32 (-0000)
Autor:Leopoldo Quezada <l_quezada @...net>

--- En doctrinasocial@y..., "Leopoldo Quezada \(Chilesat\)"  
<lquezada@c...> escribió: 
Discurso a los participantes en el Jubileo de los Gobernantes,  
Parlamentarios y Políticos 
              
          
                   
      
               
                       
               
          
      
     Discurso a los participantes en el Jubileo de los Gobernantes,  
Parlamentarios y Políticos   
     Discurso de S.S. Juan Pablo II a los participantes en el Jubileo  
de los Gobernantes, Parlamentarios y Políticos 
      4 de noviembre del 2000  
 
      1. Me alegra recibirles en esta audiencia especial, ilustres  
gobernantes, parlamentarios y administradores públicos, venidos a  
Roma para el jubileo. Les saludo con deferencia, a la vez que  
agradezco cordialmente a la presidenta del Senado de Polonia, señora  
Grzeskowiak, la felicitación que me ha expresado en nombre de la  
Asamblea; al presidente del Senado de la Argentina, Mario Losada y al  
presidente del Senado Italiano, senador Nicola Mancino que se han  
hecho intérpretes de los sentimientos comunes. Deseo expresar mi  
agradecimiento también al senador Francesco Cossiga, activo promotor  
de la proclamación de santo Tomás Moro como patrono de los  
gobernantes y los políticos. Así mismo, saludo a las otras  
personalidades, entre ellas, al señor Mijail Gorbachov, que han  
tomado la palabra. Doy la bienvenida de manera especial a los jefes  
de Estado presentes. 
 
      Este encuentro me ofrece la oportunidad de reflexionar con  
ustedes - teniendo en cuenta las mociones precedentemente  
presentadas - sobre la naturaleza y la responsabilidad que conlleva  
la misión a la que Dios, en su amorosa providencia, les ha llamado.  
En efecto, ésta puede considerarse ciertamente como una verdadera  
vocación a la acción política, concretamente, al gobierno de las  
naciones, el establecimiento de las leyes y la Administración pública  
en sus diversos ámbitos. Es necesario, pues, preguntarse por la  
naturaleza, las exigencias y los objetivos de la política, para  
vivirla como cristianos y como hombres conscientes de su nobleza y,  
al mismo tiempo, de las dificultades y riesgos que comporta.  
 
      2. La política es el uso del poder legítimo para la consecución  
del bien común de la sociedad. Bien común que, como afirma el  
Concilio Vaticano II, "abarca el conjunto de aquellas condiciones de  
la vida social con las que los hombres, familias y asociaciones  
pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia" (Gaudium  
et spes, 74). La actividad política, por tanto, debe realizarse con  
espíritu de servicio. Muy oportunamente, mi predecesor Pablo VI, ha  
afirmado que "La política es un aspecto [...] que exige vivir el  
compromiso cristiano al servicio de los demás" (Octogesima adveniens,  
46).  
 
      Por tanto, el cristiano que actúa en política -y quiere  
hacerlo "como cristiano"- ha de trabajar desinteresadamente, no  
buscando la propia utilidad, ni la de su propio grupo o partido, sino  
el bien de todos y de cada uno y, por lo tanto, y en primer lugar, el  
de los más desfavorecidos de la sociedad. En la lucha por la  
existencia, que a veces adquiere formas despiadadas y crueles, no  
escasean los "vencidos", que inexorablemente quedan marginados. Entre  
éstos no puedo olvidar a los reclusos en las cárceles: el pasado 19  
de julio he estado con ellos, con ocasión de su Jubileo. En aquella  
oportunidad, siguiendo la costumbre de los anteriores Años Jubilares,  
pedí a los responsables de los Estados "una señal de clemencia en  
favor de todos los presos", que fuera "una clara expresión de  
sensibilidad hacia su condición". Movido por las numerosas súplicas  
que me llegan de todas partes, renuevo también hoy aquel llamado,  
convencido de que un gesto así les animaría en el camino de revisión  
personal y les impulsaría a una adhesión más firme a los valores de  
la justicia  
 
      Ésta tiene que ser precisamente la preocupación esencial del  
hombre político, la justicia. Una justicia que no se contenta con dar  
a cada uno lo suyo sino que tienda a crear entre los ciudadanos  
condiciones de igualdad en las oportunidades y, por tanto, a  
favorecer a aquéllos que, por su condición social, cultura o salud  
corren el riesgo de quedar relegados o de ocupar siempre los últimos  
puestos en la sociedad, sin posibilidad de una recuperación personal.  
 
      Éste es el escándalo de las sociedades opulentas del mundo de  
hoy, en las que los ricos se hacen cada vez más ricos, porque la  
riqueza produce riqueza, y los pobres son cada vez más pobres, porque  
la pobreza tiende a crear nueva pobreza. Este escándalo no se produce  
solamente en cada una de las naciones, sino que sus dimensiones  
superan ampliamente sus confines. Sobre todo hoy, con el fenómeno de  
la globalización de los mercados, los países ricos y desarrollados  
tienden a mejorar ulteriormente su condición económica, mientras que  
los países pobres -exceptuando algunos en vías de un desarrollo  
prometedor- tienden a hundirse aun más en formas de pobreza cada vez  
más penosas.  
 
      3. Pienso con gran preocupación en aquellas regiones del mundo  
afligidas por guerras y guerrillas sin fin, por el hambre endémica y  
por terribles enfermedades. Muchos de ustedes están tan preocupados  
como yo por este estado de cosas que, desde un punto de vista  
cristiano y humano, representa el más grave pecado de injusticia del  
mundo moderno y, por tanto, ha de conmover profundamente la  
conciencia de los cristianos de hoy, comenzando por los que, al tener  
en sus manos los resortes de la política, la economía y los recursos  
financieros del mundo, pueden determinar -para bien o para mal- el  
destino de los pueblos.  
 
      En realidad, para vencer el egoísmo de las personas y las  
naciones, lo que debe crecer en el mundo es el espíritu de  
solidaridad. Sólo así se podrá poner freno a la búsqueda de poder  
político y riqueza económica por encima de cualquier referencia a  
otros valores. En un mundo globalizado, en que el mercado, que de por  
sí tiene un papel positivo para la libre creatividad humana en el  
sector de la economía (cf. Centesimus annus, 42), tiende sin embargo  
a desentenderse de toda consideración moral, asumiendo como única  
norma la ley del máximo beneficio, aquellos cristianos que se sienten  
llamados por Dios a la vida política tienen la tarea -ciertamente  
bastante difícil, pero necesaria- de doblegar las leyes del  
mercado "salvaje" a las de la justicia y la solidaridad. Ese es el  
único camino para asegurar a nuestro mundo un futuro pacífico,  
arrancando de raíz las causas de conflictos y guerras: la paz es  
fruto de la justicia.  
 
      4. Quisiera ahora, en particular, dirigir una palabra a  
aquellos de ustedes que tienen la delicada misión de formular y  
aprobar las leyes: una tarea que aproxima el hombre a Dios, supremo  
Legislador, de cuya Ley eterna toda ley recibe en ultima instancia su  
validez y su fuerza obligante. A esto se refiere precisamente la  
afirmación de que la ley positiva no puede contradecir la ley  
natural, al ser ésta una indicación de las normas primeras y  
esenciales que regulan la vida moral y, por tanto, expresión de las  
características, de las exigencias profundas y de los más elevados  
valores de la persona humana. Como he tenido ocasión de afirmar en el  
Encíclica Evangelium vitae, "en la base de estos valores no pueden  
estar provisionales y volubles 'mayorías' de opinión, sino sólo el  
reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto 'ley natural'  
inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa  
de la misma ley civil" (n. 70).  
 
      Esto significa que las leyes, sean cuales fueren los campos en  
que interviene o se ve obligado a intervenir el legislador, tienen  
que respetar y promover siempre a las personas humanas en sus  
diversas exigencias espirituales y materiales, individuales,  
familiares y sociales. Por tanto, una ley que no respete el derecho a  
la vida del ser humano -desde la concepción a la muerte natural, sea  
cual fuere la condición en que se encuentra, sano o enfermo, todavía  
en estado embrionario, anciano o en estadio terminal- no es una ley  
conforme al designio divino. Así pues, un legislador cristiano no  
puede contribuir a formularla ni aprobarla en sede parlamentaria, aun  
cuando, durante las discusiones parlamentarias allí dónde ya existe,  
le es lícito proponer enmiendas que atenúen su carácter nocivo. Lo  
mismo puede decirse de toda ley que perjudique a la familia y atente  
contra su unidad e indisolubilidad, o bien otorgue validez legal a  
uniones entre personas, incluso del mismo sexo, que pretendan  
suplantar, con los mismos derechos, a la familia basada en el  
matrimonio entre un hombre y una mujer.  
 
      En la actual sociedad pluralista, el legislador cristiano se  
encuentra ciertamente ante concepciones de vida, leyes y peticiones  
de legalización, que contrastan con la propia conciencia. En tales  
casos, será la prudencia cristiana, que es la virtud propia del  
político cristiano, la que le indique cómo comportarse para que, por  
un lado, no desoiga la voz de su conciencia rectamente formada y, por  
otra, no deje de cumplir su tarea de legislador. Para el cristiano de  
hoy, no se trata de huir del mundo en el que le ha puesto la llamada  
de Dios, sino más bien de dar testimonio de su propia fe y de ser  
coherente con los propios principios, en las circunstancias difíciles  
y siempre nuevas que caracterizan el ámbito político.  
 
      5. Ilustres Señores y Señoras, los tiempos que Dios nos ha  
concedido vivir son en buena parte obscuros y difíciles, puesto que  
son momentos en que se pone en juego el futuro mismo de la humanidad  
en el milenio que se abre ante nosotros. En muchos hombres de nuestro  
tiempo domina el miedo y la incertidumbre: ¿hacia dónde vamos? ¿cuál  
será el destino de la humanidad en el próximo siglo? ¿a dónde nos  
llevarán los extraordinarios descubrimientos científicos realizados  
en estos últimos años, sobre todo en campo biológico y genético? En  
efecto, somos conscientes de estar sólo al comienzo de un camino que  
no se sabe dónde desembocará y si será provechoso o dañino para los  
hombres del siglo XXl.  
 
      Nosotros, los cristianos de este tiempo formidable y  
maravilloso al mismo tiempo, aun participando en los miedos, las  
incertidumbres y los interrogantes de los hombres de hoy, no somos  
pesimistas sobre el futuro, puesto que tenemos la certeza de que  
Jesucristo es el Dios de la historia, y porque tenemos en el  
Evangelio la luz que ilumina nuestro camino, incluso en los momentos  
difíciles y oscuros.  
 
      El encuentro con Cristo transformó un día sus vidas y ustedes  
han querido renovar hoy su esplendor con esta peregrinación a los  
lugares que guardan la memoria de los apóstoles Pedro y Pablo. En la  
medida en que perseveren en esta estrecha unión con Él mediante la  
oración personal y la participación convencida en la vida de la  
Iglesia, Él, el Viviente, seguirá derramando sobre ustedes el  
Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad y el amor, la fuerza y la  
luz que todos nosotros necesitamos.  
 
      Con un acto de fe sincera y convencida, renueven su adhesión a  
Jesucristo, Salvador del mundo, y hagan de su Evangelio la guía de su  
pensamiento y de su vida. Así serán en la sociedad actual el fermento  
de vida nueva que necesita la humanidad para construir un futuro más  
justo y más solidario, un futuro abierto a la civilización del amor.  
      
         
       
 
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