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Asunto:didactifilosofica muerte y vida de los lectores
Fecha:Viernes, 9 de Mayo, 2008  10:44:53 (-0700)
Autor:fernando gutierrez <atalamantis @.........mx>

Dicen que estas palabras fueron extraidas de...bueno, no
importa...ojalá los profesores y los estudiantes puedan leerlas
algun dia...


"De tantos héroes anónimos que tiene el mundo, hay uno por el que
siento predilección, casi amor, sobre todo porque no le hace daño a
nadie y es silencioso. Es un hombre que ha sobrevivido a mil
batallas. Y también, a otras épocas. Es el lector.

Sé que cada día, en los lugares más inesperados de la Tierra, muere
un lector. Sobre todo en las escuelas, en los colegios, en
las universidades, sitios que por su misión deberían estar
consagrados como templos al oficio de leer.

Hay miles de estudiantes que abandonan el salón de clases con la
intención de no volver jamás a leer un libro. La culpa, muchas
veces, es de los profesores. Ellos, a su vez, son las primeras
víctimas anónimas de una máquina que ha asesinado miles de lectores,
desde la más temprana infancia. Tal vez por eso algunos dedican el
resto de sus vidas, a veces sin siquiera darse cuenta, a repetir el
crimen cometido contra ellos.

Con la ayuda de mi amigo Ángel Galeano, un hombre que ama los
libros, voy a tratar de hacer una lista de las mil muertes del
lector.

La primera sucede cuando todavía es niño. Los adultos le enseñan a
leer porque consideran la lectura, más que un acto de libertad o
un ejercicio de la imaginación, un instrumento para defenderse en
los combates de la vida. Por eso la lectura se enseña como la
esgrima. Como si fuera un arte marcial.

La segunda muerte ocurre cuando los adultos seleccionan los libros
que el niño debe leer. En este, como en otros casos, los adultos no
sugieren, ni seducen, sino que imponen. El niño lector acepta, casi
siempre en silencio, el libro que escoge su maestro. Imagina que los
que escogen los libros son personas cultas. Se demora muchos años
para comprender que algunos de sus profesores no leen.

La tercera muerte es la fecha límite. De ella son culpables, sobre
Las mil muertes del lector todo, los colegios. Hay que leer contra
reloj. Como en una carrera de relevos. El estudiante que excede los
plazos está perdido. Está prohibido disfrutar un libro.

La cuarta muerte es el resumen escrito. Además de leer, el
estudiante tiene que analizar y resumir. Debe escribir una sarta de
lugares comunes o, si prefiere, algo inteligente, suyo.

En este último caso, si el profesor no está de acuerdo, corre el
riego de perder la prueba. Muchos estudiantes tratan de sobrepasar
esta clase de obstáculos acudiendo a libros en los que ya están
hechos los resúmenes.

La quinta muerte del lector es el examen. El profesor anuncia que la
próxima semana habrá una evaluación. Y un examen es siempre un
interrogatorio. No hay lugar para expresar pensamientos propios. Se
debe citar. Repetir de memoria las cosas que otros han dicho sobre
el libro.

La sexta muerte es la calificación. Tres con cinco.

La penúltima muerte es la culminación del 'proceso'. Es la muerte
del desprecio. El profesor le dice al estudiante que ha perdido el
tiempo. Que más importante que leer poemas, cuentos o novelas es
estudiar matemáticas, física, química, biología.

Hay muchas muertes más. Son muertes de libros y por lo tanto de
lectores que jamás los leerán. Como la del libro que muere ante
nuestros ojos en las vitrinas de las librerías, sin siquiera abrir
sus páginas, porque no tenemos dinero con qué comprarlo. La del
libro que jamás nos prestarán. La del libro que prestamos y no nos
devolverán. Los libros que nos obligan a leer en los cursos de
lectura rápida. Pasamos sus páginas como cuando comemos de afán una
hamburguesa.

También están los libros que no comprendemos. Como la versión
original de El Mío Cid. Susanita, mi hija, tenía que leerlo para una
tarea de literatura. Como no entendía el castellano antiguo, me
pidió que le ayudara. Leí la obra repasando varios diccionarios.
Fue en vano. Yo tampoco la entendí.

Cada día mueren miles de lectores. Pero al mismo tiempo nacen miles
más. Lo veo y lo creo. Y me siento feliz por eso. Porque la
lectura nos permite hablar con los muertos, con el resto de los
hombres, con nuestra propia historia. El hombre que lee jamás se
siente solo. Leer, además, es un acto de libertad, de imaginación.
El acto de libertad más grande que puede tener un hombre.

Hace un tiempo, un jefe guerrillero que dejó las armas fue a
buscarme a la Universidad de Antioquia para contarme una historia. Él
era el jefe de una patrulla. Sus hombres llevaban varios días
recorriendo las selvas del sur de Bolívar y tenían la misión de
buscar un
campamento. Las instrucciones de los comandantes sobre el sitio
donde habían dejado las provisiones eran claras. Los guerrilleros
cavaron durante varias horas. Al final, encontraron comida y
pertrechos suficientes para varios días. Y un libro.

Estaba húmedo porque la bolsa plástica en la que lo habían envuelto
estaba rota. Lo pusieron a secar al sol durante varios días. Luego
volvieron a encuadernar sus hojas, una a una, con mucho cuidado. Lo
leyeron en voz alta en las horas de descanso
hasta la última página. Luego lo regalaron a otro frente.

Perla Escandón, una periodista de El País, de Cali, me contó que en
las selvas húmedas y frías que hay en las montañas que separan a
Cali de Buenaventura y la costa del Pacífico, una muchacha camina
todos los días de la semana en medio del bosque. Va con un morral a
sus espaldas. El morral está lleno de libros. Es una bibliotecaria
rural. Ella presta los libros a los campesinos. Vive en medio del
fuego cruzado de los frentes guerrilleros y los grupos de
autodefensas. A veces se encuentra en su camino con tropas del
Ejército Nacional o de la Policía Antinarcóticos. Ella camina en
medio de todos ellos cargando su morral lleno de libros, como si
fuera un ángel."

Saludos, Fernando Gutierrez




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