Página /12 - Suplemento SOY – Año 1, Nº 22, 08/08/08
Michel, ma belle
El legado de Foucault
según Esther Díaz, Carlos Figari,
Germán García, Rubén H.
Ríos, Javier Ugarte Pérez
sus palabras y sus cosas
A casi 25 años de
su muerte, el nombre de Michel Foucault se hace presente cuando se habla de la
condición gay, cuando se construye el pensamiento queer o cada vez que se piense en el sexo no es una
fatalidad. El 11 de agosto, la Comunidad Homosexual Argentina realizó el
seminario “Michel Foucault y la condición gay”. En esta ocasión, Carlos Figari
y Rubén H. Ríos reflexionan sobre sus aportes a los estudios sobre sexualidad,
Javier Ugarte Pérez pone en contexto la relación del filósofo con la
militancia, Esther Díaz y Germán García describen el impacto que tuvo en sus
propios trabajos.
A continuación transcribimos
el artículo de Germán García (Psicoanalista y escritor)
Foucault, un golpe de suerte
En 1967, cuando me encontré con la Historia de
la locura en la época clásica de Foucault, quedé más prendado de su
erudición y de su estilo que del objeto de su investigación.
En 1968 publiqué un artículo sobre la Justine de
Sade, en la revista Antropos que dirigía Horacio Gonzales
Trejo: El aforismo de Foucault sobre el discurso de la razón sobre el silencio
de la locura me orientó en la lectura.
Ese año apareció Las palabras y las cosas (hace
cuarenta años) y lo Mismo y lo Otro parecía ordenar el caos, mientras los
matices del estilo dibujaba figuras exquisitas que iban de un polo a otro. Es
difícil contar la felicidad, la alegría, de ese encuentro.
Además estaba el torrente de información
desconocida, la certeza que transmitía su estilo capaz de afirmar “El hombre es
una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de
nuestro pensamiento.”
Encontré las coordenadas en lo que llegaba
bajo el paraguas del “estructuralismo” y conocía los autores que eran clave
para entender la lingüística de Saussure, Jakobson, Benveniste y otros.
Gracias a Eliseo Verón y su Colección
Signos, que publicaba la Editorial Tiempo Contemporáneo, leía la
revista Comunicaciones.
Verón publicó un
“dossier” de casi trescientas páginas, Análisis de Michel Foucault, donde había
un trabajo de Georges Canguilhem cuyo título debía ser todo un dilema para un francés: “¿Muerte del
hombre o agotamiento del Cogito?”.
Algunos de nuestros mayores, formados en
Sartre y alguna versión de Marx, cuando encontraba a un joven abismado sobre el
Discurso
del método pensaba que se había vuelto no sólo estúpido, sino
también reaccionario.
Este juicio tenía algo de verdad: la
lección combinada de Marx y Freud – como le llama Lévi-Strauss – minaba tanto a
uno como a otro. Era el antimodernismo, según Antoine Compagnon. La crítica no
era pampeana, sino tan importada
de Francia como el mismo Foucault. Canguilhem lo dice bien: “Las palabras
y las cosas tienen su lugar de origen en textos de Borges, apelan a
Velázquez y a Cervantes para tomar de ellos las claves de lectura de los
filósofos clásicos, el mismo año en que la circular de invitación al cuarto
Congreso mundial de psiquiatría realizado en Madrid ostentaba la efigie de Don
Quijote, el mismo año en que la exposición Picasso, en París, nos recordaba el
enigma siempre actual del mensaje confiado al cuadro Las Meninas. Tomemos pues de
Henri Brulard el término “españolismo” para caracterizar el sesgo filosófico de
Foucault (...) Ahora bien, a juzgar por las reprobaciones moralizadoras, la
cólera y la indignación despertadas en distintos sectores por la obra de
Foucault, pareciera que esta obra apunta directamente – aunque no siempre
voluntariamente – a ciertos espíritus tan vivaces ahora como en la época de la
Restauración”.
Descartes y Cervantes juntos, Borges y
Velázquez: no teníamos nada que defender, nada que reprochar. Criticar la idea
de progreso, no aceptar el chantaje de una Ilustración que tiene que ser
juzgada por sus efectos no es un proyecto conservador aunque altere la
tranquilidad del “progresismo”.
Encontré un libro de Foucault en 1970,
cuando empecé a leer a Lacan en los grupos de estudio que realizaba Masotta era
El
nacimiento de la clínica: “Ya que no hay enfermo curado sino en
sociedad, es justo que el mal de los unos sea transformado en experiencia para
los otros.” Libro que habla del espacio, del lenguaje y de la muerte. Y de la
mirada. Próximo a las preocupaciones que no me abandonaron. Libro que enseña
clínica, historia, política y modos de pensar esas y otras cosas. La
arqueología del saber, publicado en parís en 1970, me interesó
menos: estaba demasiado inmerso en los planteos de Lacan, en las lecturas que
sugería, etcétera. Igual seguí, de manera oblicua, la expansión de Foucault. En
Barcelona descubrí que Foucault
era a los gay lo que Derrida a las feministas, ambos convertidos en
motivo de tesis. Al volver a la Argentina, en el primer número de mi revista Descartes publiqué
“Foucault y los derechos humanos” de Tomás Abraham. Conocí, también, los
trabajos de Enrique Marí y en su momento
compré el Vocabulario de Michel Foucault de Edgardo Castro (el mejor
homenaje producido en nuestro país).
Marcel Gauchet observa que Foucault, que
pregonaba la muerte del autor, es un autor deslumbrante que no puede compararse
con los “paper” que ha inspirado. Es difícil pasar de un autor a una obra
colectiva. Esto vale también para
Marx, Freud, Lacan y los que quieran.