Existió un león sediento que
no podía beber en el lago. Cada vez que lo intentaba, aparecía otra
fiera igual que avanzaba hacia él. Si lo miraba fijamente, el congénere también hacía
lo mismo con idéntica fiereza.
Cierto día la sed le provocó
una sensación demasiado dolorosa. El majestuoso rey de la selva se
dirigió entonces al lago dispuesto a lo peor, miró fijamente a su rival
en las aguas quietas y hundió decidido la cabeza.
El peligro
desapareció con la entrega, y la dolorosa sed,
con la
generosidad del agua.
El león nunca pudo saber que
estuvo peleando consigo mismo, que sufrió
inútilmente.
Por suerte, la sed suele ser
más fuerte que el miedo.
~ Enrique
Mariscal ~
(El arte de sufrir
inútilmente)