Cidalc al Día
Noticias
LA TELOGIA
COMO CARTA DE AMOR
Entrevista
exclusiva al padre de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, en su 80
aniversario
Redes Cristiana - CEB Continental - 15 Julio
2008 –
Ángel Darío Carrero, O.F.M.: El autor es
poeta, periodista y teólogo puertorriqueño. Custodio de los Franciscanos del
Caribe. Autor de Llama del agua (Trotta, Madrid 2001) y Perseguido por la luz
(Trotta, Madrid 2008). Esta entrevista fue publicada originalmente en La Revista del periódico El
Nuevo Día (Puerto Rico) el 22 de junio de 2008.
Pocos
son los creadores de una ruptura epistemológica. En el campo de la filosofía
occidental moderna fueron creadores Descartes, Kant, Hegel, Marx, Heidegger.
En teología destacaron Tomás de Aquino, Lutero, Bultmann,
Rahner. Gustavo Gutiérrez abrió un camino nuevo y prometedor para el
pensamiento teológico, descubrió una nueva manera de hacer teología’. Son
palabras certeras del teólogo Leonardo Boff.
La teología en América Latina y el Caribe se caracterizaba por repetir o
sintetizar pensamientos foráneos. Gutiérrez crea a finales de los años sesenta
un método teológico desde y para la América Latina pobre y oprimida. Dio a esta
reflexión de la fe desde el reverso de la historia el nombre de teología de la
liberación.
Su
radio de proyección ha sido verdaderamente impresionante: desde la teología
negra, india, asiática, feminista, ecológica y de las religiones hasta la
teología judía y palestina de la liberación. Gustavo
es el primer latinoamericano en situarse de tú a tú entre los grandes creadores dentro de la historia de la teología.
El
pasado 28 de mayo, la
Universidad Central de Bayamón que dirigen los Padres
Dominicos se unió a una pléyade de reconocimientos internacionales, entre ellos
el prestigioso Premio Príncipe de Asturias, otorgándole un Doctorado Honoris
Causa. El padre Gustavo Gutiérrez llegó así por primera vez a Puerto Rico en la
antesala de sus ochenta años de vida y del cuarenta aniversario del emblemático
documento eclesial latinoamericano, Medellín.
—¿Cuándo
comienza a asumir, como punto de partida de la teología, la realidad de la
violencia y de la pobreza en Latinoamérica y el Caribe? —Comencé
a trabajar en marzo del 64. Hubo una reunión convocada por Iván Illich. Lo conocí cuando estaba todavía en Puerto Rico en
el año 60. Fue Iván quien citó a una reunión muy informal en Petrópolis para
que dijéramos cómo veíamos el trabajo de la teología en América Latina.
—¿Y
cuál fue su aporte? —Hablé de teología
como una reflexión sobre la pastoral y sobre la vida cristiana. Eso que formulé
más tarde como reflexión crítica sobre la praxis a la luz de la fe.
—¿Lo
primero que surge es el establecimiento de un método que parte de la vida real
para iluminarla a la luz de la
Palabra y abrir caminos concretos de liberación? —Así
es. Yo me pasé prácticamente todos mis estudios de teología sumamente
preocupado en la cuestión del método. De ahí la frase: ’nuestra
metodología es nuestra espiritualidad’.
—El
tema de la cercanía a los pobres no es nuevo, pero sí la indagación en las causas
de la pobreza y la lucha contra la pobreza como parte de la identidad
cristiana. ¿Cuándo comienza esta transición? —Me
invitaron a hablar sobre la pobreza en Montreal en el año 67. Quería tomar
distancia de Voillaume, el autor de ’En el
corazón de las masas’, porque él evitaba cualquier perspectiva demasiado
social en torno a la pobreza; pero la verdad es que no se puede evitar el hecho
social. Hablé de tres nociones bíblicas sobre la pobreza: primero la pobreza
real o material, vista siempre como un mal.
La
segunda es la pobreza espiritual, como sinónimo de infancia espiritual. La
pobreza espiritual es poner mi vida en las manos de Dios. El desprendimiento de
los bienes es consecuencia de la pobreza espiritual. Y la tercera dimensión es
la solidaridad con los pobres contra la pobreza. Voillaume
hablaba de que había que ser pobre. Sí, muy bien, ¿pero para qué? ¿Qué sentido
tiene? No es únicamente para santificarme yo. Había que plantearse lo que
significa para el otro.
—¿Algún
otro elemento importante de esta arquitectónica inicial? —Una
preocupación: ¿cómo anunciar el evangelio hoy? La teología se hace para
anunciar el evangelio, al servicio de la Iglesia, de la comunidad. Tantas facultades
piensan en la teología como una metafísica religiosa, no como anuncio histórico
de liberación.
—¿Cuándo
comienza a llamarse ’teología de la liberación’ a este nuevo modo
de pensar la fe desde la perspectiva del pobre y del excluido? —Esto
será el 22 de julio de 1968 en Chimbote, Perú. Me pidieron hablar de
’teología del desarrollo’ y me negué. Les dije que hablaría de
teología de la liberación, que era más pertinente a nuestro contexto. Otra cosa
que estaba de moda era la ’teología de la revolución’, de la cual
también tomé distancia. El peligro de la misma era que pretendía cristianizar
un hecho político.
—A
diferencia de otros, usted nunca estuvo de acuerdo con partidos o grupos como la Democracia Cristiana
ni con Cristianos por el socialismo aunque acentuaba la dimensión política de
la fe. ¿Por qué? —Nunca me gustó que
se usara lo cristiano como adjetivo. Lo cristiano es un sustantivo. Siempre
dije: ’soy cristiano por Cristo, no por el socialismo’. Que como
cristiano alguien haga una opción por el socialismo, es otra cosa, pero no
puedo deducir el socialismo por el camino de la Biblia. Dela
Biblia deduzco la opción por la justicia, la opción por el pobre. La gente
cuando no entiende esto dice: ’oye, pero tú niegas la política, estás del
lado contrario’. Yo respondo que también creo en la autonomía de lo
social y lo político.
—¿Cuándo
comienza la idea de formar el libro que se convertirá en el texto fundacional
de la teología latinoamericana contemporánea: ’Teología de la liberación.
Perspectivas’? —En
realidad no pensé escribir un libro propiamente. Uno trabaja en los temas que
le interesan a uno y poco a poco va saliendo. Al comienzo de1969, poco después
de Medellín, una comisión ecuménica sobre temas de desarrollo me invitó a
Ginebra. Entonces retrabajé la ponencia que había
dado en Chimbote y así lo seguí ampliando.
—¿Tuvo
oferta de alguna editorial concreta? —No,
pero pasó Miguel d’Escoto, de Maryknoll, que acababa de fundar Orbis Books. Vio el libro
y me dijo: ’lo publico’. Fue el primer libro publicado por esta
editorial. Lo hizo traducir y lo publicó en 1973 y ha sido el libro más vendido
de esa editorial. Luego pasa el editor de Sígueme, de España, y lo mismo. Otro
que se interesó fue Gibellini. La edición italiana es
incluso anterior a la
española. Ya está traducido como a diez o doce lenguas,
también al vietnamés y al japonés.
—¿Cuál
es la oposición principal que recibe el libro? —Yo
diría que más que al libro, era ya a la teología de la liberación. Ya mucha
gente estaba escribiendo. Se criticaba el enfoque marxista del análisis de la
realidad, pero yo no me sentía aludido. Ahora bien, la oposición más fuerte que
hemos tenido no ha sido dentro de la
Iglesia, sino en algunos componentes de la sociedad civil, en
los poderes fácticos, económicos, militares, políticos.
—La
discusión abierta es signo de una teología que dice algo al hombre y a la mujer
de hoy, que genera diálogo crítico no sólo al interior de la iglesia sino con
la sociedad. —Buena parte de las
reacciones vienen de la acogida que tuvo. Si me hubiera quedado en un ambiente
de intelectuales no hubiera tenido ese impacto. Hubo una acogida de la base,
incluso con expresiones que a mí nunca me han convencido, pero que nacen de la
buena voluntad, que dicen: ’yo soy de la teología de la
liberación’. Pero la teología de la liberación no era ni es un club en el
que uno se inscribe, ni un partido. Se cantaban miembros y luego decían lo que
querían y no siempre correspondía con lo que uno pensaba. Son cosas
inevitables.
—Pero
también hay una necesidad de encontrar fallas a una teología que provenía del
Sur. —Un periodista norteamericano
me preguntó: ’¿qué piensa la teología dela liberación de este problema mundial?’. Le dije:
’usted cree que esto es un partido político y que yo soy el Secretario
General. Pues no’. También le dije: ’a que usted no le pregunta a Metz
(Juan Bautista): ¿qué piensa la teología política europea de este problema
mundial? A él no, pero a esta teología sí. Claro, porque aquello sí es
teología. Metz es alemán’. Alguna gente reaccionaba de este modo porque
piensan que algo que viene de América Latina tiene que tener fallos grandes.
Tienen que encontrarlas a como dé lugar. Si es latinoamericano tiene que haber
alguna posición rara. Lo que quieren es cosificar una teología.
—Si
uno se deja llevar sólo por lo que está escrito en la prensa tal parece que
usted ha sido condenado por la
Iglesia. Y no es cierto. —Es
curioso. En mi caso nunca hubo condena, ni siquiera hubo un proceso, sí hubo un
llamado diálogo, preguntas que siempre estuve dispuesto a contestar.
—¿Le
parece válido este tipo de diálogo? —Siempre
he creído que la teología se hace al interior de la Iglesia. En la Iglesia hay carismas
distintos. A uno que escribe teología le pueden preguntar que dé razón de su
fe, así como damos razón de nuestra esperanza. A ese nivel de preguntas no hay
que ofenderse.
—¿Cuánto
duró el diálogo? —Comenzó en 1983 y
concluyó de varias maneras, pero con papel oficial hace cinco años. Durante
mucho tiempo todo estuvo en silencio. No hubo nada conmigo.
—¿Qué dice el texto oficial? —La
expresión es que todo concluyó satisfactoriamente.
—¿Tuvo
varios encuentros cara a cara con el Cardenal Joseph Ratzinger? —Sí,
para gran parte de ellos no fui convocado, sino que yo mismo tomé la
iniciativa. Ratzinger es un hombre inteligente, educado y, dentro de su propia
mentalidad, ha evolucionado, ha entendido muchas cosas. En una ocasión en Roma
me dijo que había leído mi libro sobre Job. Yo mismo le enviaba mis libros.
Siempre he creído que la distancia crea fantasmas. Me dijo que le había gustado
y que los teólogos del Sur teníamos poesía, que la teología europea era más
fría.
—Su
modo de proceder ha sido siempre poco conflictivo, enormemente dialógico y carente de dramatismo. Algunos creen que
corresponde a su personalidad, pero creo que hay aquí algo profundamente eclesial.
—Exacto. Todo viene de que el
mundo que más dice a mi vida no es el mundo intelectual. No es la defensa de
mis ideas porque son mis ideas. Me interesa la vida de la Iglesia, el anuncio del
Evangelio y la vida de las Conferencias Episcopales.
—La
teología carga la huella de su tiempo. Estamos claramente entrando a otro
tiempo en el que no se siente la misma urgencia y se abren otras rutas a la fe.
—Hasta los 40 años nunca hablé
de la teología de la liberación y creo que era un cristiano de verdad. Así que
seré cristiano después de la teología de la liberación. Cuando me hablan de que
ya murió la teología de la liberación yo digo: ’pues mira, a mí no me
invitaron al entierro y creo que tenía algún derecho’. Luego les digo:
’pues fíjate, creo que un día sí va a morir’. Entiendo por morir el
hecho de que no tenga la misma urgencia que antes. Eso me parece normal, fue un
aporte a la Iglesia
en un determinado momento.
—Creo
que se cuida bien de no convertir a la teología en un ídolo, en una ideología a
la defensiva. —No hay que hacer
de una teología una nueva religión. Es la tendencia de la sociedad civil.
Algunos piensan que la teología de la liberación es una especie de cristianismo
distinto, el mío. Y hasta lo dicen elogiosamente, no por criticar. No creen en
el cristianismo, pero sí en la teología de la liberación. Pues lo siento, lo
importante es el cristianismo, no la teología de la liberación. La teología de
la liberación sólo se entiende al interior del cristianismo.
—¿No
cree que antes se hablaba de pluralismo teológico, pero era en realidad un
pluralismo limitado, es decir, dentro de una mentalidad casi exclusivamente
europea?
—Sí,
y todavía en la academia teológica se habla de nosotros como teología
contextual, un pensar que mantiene una estrecha relación con la realidad.
Cuando me dicen esto, yo les digo para molestar: ’ay, usted tiene una
idea muy mala de la teología europea. Me está diciendo que no son contextual
es. Me está diciendo que es una teología que no tiene relación con la realidad.
Una teología en el aire. Yo no creo eso’.
—¿Ha
tenido que luchar contra cierta pretensión de superioridad? —Muchísimo.
Llamar contextual a una y no contextual a la otra es un ejemplo. Todo pensar
corresponde a un contexto. Más que un rechazo a la teología de la liberación,
es una comunicación con un punto menor, como si fuéramos algo subalterno. Ha
habido muchas cosas en este estilo. Se aceptaban las ideas, pero se criticaba
la teología de la liberación. ¿Qué es eso?
—Estábamos
acostumbrados a que la teología sólo dialogara con la filosofía y no con las
ciencias sociales. Es una novedad que costó aceptar al principio. —Curioso,
porque hoy las ciencias sociales están de lleno dentro de la teología. Esa
crítica a la teología de la liberación ya prescribió. Y todo esto ocurre a
pesar de que nunca dijimos que las ciencias sociales reemplazaban a la
filosofía en la teología, sino que ampliábamos el abanico de luces y
disciplinas humanas para trabajar el misterio cristiano.
—Además
toda teología verdaderamente creadora genera resistencias. Es la prueba de
fuego de su valía. —Evidente. Mira la
reacción ante el diálogo de Teilhard de Chardin con
las ciencias naturales. Y el ejemplo clásico de Santo Tomás de Aquino. Hablo de
un gigante frente a esta teología tan enana como la teología de la liberación.
Tuvo resistencias enormes, fue condenado por la Universidad de París y
tomó siglos poder ser reconocido. Él incorporó una filosofía que provenía de un
pagano, la repensó, la retomó, la mezcló.
—¿Cree
que estamos ya en un nuevo y mejor momento? —La
cosa más dura y polémica ha quedado atrás. Debe quedar para los historiadores.
Y es muy bueno decir que ya pasó. Si algo ha muerto realmente es esta polémica.
Yo creo que ya es tiempo de bajar el tono.
—Hay
un texto en el que usted se mueve reflexivamente hacia el contexto actual de la
globalización y de la postmodernidad y hacia los retos que plantea a la
teología. Me refiero al ensayo ’¿Dónde dormirán
los pobres?’. Allí comienza a hacer una crítica a la tentación de hacer
de la teología misma un ídolo. —Cuando
hago de alguna cosa que no sea Dios un absoluto, caigo en la idolatría. He oído
decir: ’teología de la liberación o nada’. Nunca he dicho:
’si usted quiere comprender a Cristo lea la teología de la
liberación’. Ahora, si alguien me pregunta si creo que leyendo sobre
teología de la liberación va a comprender algo importante del cristianismo,
pues sí.
Es
provocador decirlo, pero también la justicia puede convertirse en un ídolo. He
visto maltratar a los pobres por personas que se creen mucho más claras
políticamente que ellos. Estoy muy marcado por una cosa que leí a los quince
años de Pascal: ’el abuso de la verdad es peor que la mentira’. Uno
puede tener la verdad y abusar de ella. La persona es siempre más importante.
—Su
reflexión más reciente ha advertido también sobre la tentación de hacer del
pobre mismo un ídolo. —Eso viene del
romanticismo de algunos. Hay gente que me dice: ’todo lo he aprendido del
pobre, el pobre es tan bueno’. A veces bromeando les digo: ’usted cree
que todos los pobres son buenos y generosos, pues yo no les aconsejo que vayan
a mi barrio a las dos de la mañana porque se quedarán como cuando nacieron,
sólo que más viejitos’.
Es
una manera de hacer entender que la opción no se hace porque el pobre sea
bueno, sino porque Dios es bueno. Si el pobre no es bueno, pues también. Mucha
gente se decepcionó del compromiso porque creían que el pobre era bueno. Si
hubiesen entrado porque Dios es bueno todavía estarían comprometidos.
—De
hecho, en un artículo suyo titulado ’San Juan de la Cruz en América Latina’
deja apuntado que lo que podría ayudarnos a evitar este camino idolátrico (que
aunque habla de liberación no libera) sería abrirnos a la dimensión más mística
de la fe. —Si algo tiene la mística es
la capacidad de ayudarnos a depurar la noción de Dios. Si vemos el dibujo de
San Juan de la Cruz,
hay un momento, a partir de la mitad de la falda del monte, en el que dice que
a partir de ahí no hay camino. Eso es la mística. Un caminar hacia el Señor.
Seguir haciendo de Él, conforme avanza nuestra vida, nuestro único absoluto.
Sin
esta dimensión mística no hay verdadero compromiso con los pobres. Ahora bien,
hay que cambiarla noción de mística. No es como se dice por ahí: salir de este
mundo. No se trata de transmitir un mensaje, sino de ’transmitir lo
contemplado’. A esto hay que añadir la intuición de Nadal: ser
’contemplativos en la acción’.
—Lo
que a veces se anuncia como mística, incluso en importantes teólogos o
estudiosos, todavía tiene excesivas reminiscencias neoplatónicas negadoras del
cuerpo de la historia. —La mística no es
un desinteresarse de este mundo. Todavía hay gente que encuentra muy místico a
alguien que no pisa tierra. Si no le importa el pobre no estoy seguro de que se
trate de una experiencia mística. Es interesante que una mística, Teresita de
Lisieux, sea patrona de las misiones.
—Progresivamente
parece que usted ha ido insistiendo en la poesía como el mejor lenguaje para
hablar de Dios. ¿Es así? —La poesía es el
mejor lenguaje del amor. Y Dios es amor. El mejor lenguaje para hablar de Dios
es la poesía. Un
lenguaje profundo que ve el mundo y ve la relación con el otro desde una
dimensión y una hondura que el concepto no ofrece. Aunque no escribamos poesía,
la teología misma debe ser siempre una carta de amor a Dios, a la Iglesia y al pueblo que
servimos.