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16/08/2004
Juan Carlos Catalano
Las relaciones entre fe, ética y ciencia
Con Yo robot en las pantallas, conviene recordar que el mito de los «robots»
que vencen a sus creadores es la metáfora técnica de un problema moral: el hombre
deshumanizado por una técnica sin control.
Sin embargo, no hay duda de que las corrientes de pensamiento relacionadas con
la postmodernidad merecen una adecuada atención. En efecto, según algunas de
ellas el tiempo de las certezas ha pasado irremediablemente; el hombre debería ya
aprender a vivir en una perspectiva de carencia total de sentido, caracterizada
por lo provisional y fugaz. Muchos autores, en su crítica demoledora de toda
certeza e ignorando las distinciones necesarias, contestan incluso la certeza de
la fe. Este nihilismo encuentra una cierta confirmación en la terrible
experiencia del mal que ha marcado nuestra época. Ante esta experiencia
dramática, el optimismo racionalista que veía en la historia el avance victorioso
de la razón, fuente de felicidad y de libertad, no ha podido mantenerse en pie,
hasta el punto de que una de las mayores amenazas en este fin de siglo es la
tentación de la desesperación." [1][1][1]
1. Acotando el tema:
Las complejas relaciones entre Fe, ética y ciencia son susceptibles de ser
abordadas desde múltiples perspectivas. Podríamos intentar un recorrido
histórico, buscando en la filología de las palabras implicadas sus diversos
significados y relaciones en el entramado temporal de nuestra cultura. Este
derrotero histórico tiene la eficacia de describir comprensivamente como llegamos
a la situación contemporánea, pero es imposible en una breve ponencia que tiene
por objeto suscitar las preguntas sobre el estado actual de la cuestión más que
brindar las respuestas.
Otra posibilidad sería analizar los conceptos y su significado objetivo hoy,
examinando las diversas perspectivas epistemológicas que se encuentran vigentes
en el debate. Los interrogantes deberían ser abordados desde la filosofía de la
ciencia para analizar los diversos paradigmas científicos en discusión y el
estatus de su legitimación entendida como “... el proceso por el cual un
“legislador” que se ocupa del discurso científico está autorizado a prescribir
las condiciones convenidas (en general, condiciones de consistencia interna y de
verificación experimental) para que un enunciado forme parte de ese discurso, y
pueda ser tenido en cuenta por la comunidad científica [2][2][2] El
problema aquí es la legitimación del legislador que como todas las instituciones
está en debate. Esto nos lleva al planteo sobre el derecho a decidir lo verdadero
que en nuestra cultura de Occidente no es independiente de decidir sobre lo
que es justo. Aquí nos encontramos en el centro del problema de los limites
éticos de la ciencia y la legitimidad ética y política de todo conocimiento
científico. La doble justificación de legitimidad del conocimiento por parte de
la ciencia y de la ética se ve potenciado por el valor que tiene actualmente
la inversión del saber de la tecnociencia[3][3][3] y su inocultable
poder de transformación y concentración económica. Hoy más que nunca la cuestión
del saber científico se traduce inmediatamente en clave de poder. Hoy reclaman
sin éxito su posesión y dominio los estados nacionales respecto a las potencias
económicas supranacionales.
También es posible plantearnos las complejas relaciones de Fe, ética y ciencia
desde la iluminación de la Revelación y la manifestación del poder ordenador de
la inteligencia divina que se manifiesta en el “Ordo naturae” Deberíamos exponer
una lectura de raigambre teológica para poder explicitar los términos implicados
en este modo de conocer analógico que supone la integración armónica del “dato
revelado” con los datos conocidos por el hombre. “Una catedral gótica es el fruto
de la fe y también de la geometría dirá Gilson. El “dato” revelado se ha
encontrado con los “ datos” de la naturaleza para producir esa especial forma de
cultura que llamamos católica y que se constituye con el patrimonio de la fe, de
la doctrina, de la liturgia y la materia de la cual viven y se sirven los
cristianos”[4][4][4] Es así como la ciencia en su desposorio con la Fe y
un modo habitual de cultivar los actos humanos de una comunidad producen una
respuesta cultural que vive en nosotros independientemente de nuestra condición
de creyentes o no. Sin embargo no quisiera detenerme en las sutiles relaciones
que guardan, para quienes aceptamos la autoridad del dato revelado, las
vinculaciones entre Sabiduría Divina, su manifestación en el hombre por medio de
la Fe y el reclamo coherente de una Fe que busca el intelecto y una inteligencia
que se plenifica en la Fe. [5][5][5]. Al respecto dice el Romano
Pontífice: “No hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe:
una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización. El
libro de los Proverbios nos sigue orientando en esta dirección al exclamar: “Es
gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de los reyes escrutarla” (25, 2). Dios
y el hombre, cada uno en su respectivo mundo, se encuentran así en una relación
única. En Dios está el origen de cada cosa, en Él se encuentra la plenitud del
misterio, y ésta es su gloria; al hombre le corresponde la misión de investigar
con su razón la verdad, y en esto consiste su grandeza.”[6][6][6]Misterio de Dios y por lo tanto objeto de la Fe personal La
grandeza del hombre reside en su poder inteligir (intus legere) , leer dentro las
huellas y vestigios de Dios en la naturaleza y captar el mensaje de la
Revelación salvífica a la que está convocado por ser una criatura “capax Dei”.
Sin embargo, dada la brevedad del tiempo de esta ponencia y en mérito de tan
calificado auditorio de Investigadores, Profesores y Directivos universitarios y
a mis colegas del panel, me centraré en los principales interrogantes que esta
relación objetiva tiene en el sujeto que cree, que tiene un compromiso ético ante
sí mismo, ante la sociedad y su tiempo histórico y que hace o enseña ciencia.
Trataré de insinuar estos interrogantes en el contexto contemporáneo, tratando de
escapar al clima de escepticismo y desesperanza que Juan Pablo II nos señalaba al
comienzo de esta exposición pero siendo fiel a la lectura de los escenarios en
los cuales se debate la investigación científica.
2 Los reclamos al científico por parte del mundo contemporáneo
El hombre que hace ciencia se encuentra hoy en una encrucijada compleja en un
intervalo histórico en el que es difícil dilucidar el sentido de su accionar
metódico y cotidiano. Pareciera ser que con el desmoronamiento de los saberes
liberales puestos sistemáticamente en duda por la ciencia moderna,
desprestigiados por el positivismo y los neopositivismos, y pulverizados por las
lógicas de la desconstrucción de los “discursos” y “relatos” que le daban
sentido al quehacer científico, han dejado a la intemperie al hombre que hace
ciencia hoy. Allí quedó aislado hablando una jerga ininteligible y rechazada por
un anticientificismo creciente. Debido a que no puede hacer de su esfuerzo algo
comunicable para el común de los humanos; el hombre de ciencia solo se vincula
con rituales complejos y paradigmas cambiantes e inestables con la comunidad
científica reducida que le reconoce a través de Internet o exclusivas revistas
que intentan rescatarlo del anonimato silencioso.
El científico ha cambiado la objetividad de la verdad y la verificación de los
marcos teóricos que lo hacían libre, por el éxito experimental de utilidad o
transferencia tecnológica. Hay un megacanje ético, donde un bien honesto en sí
como es el hábito dianoético de la ciencia, se resuelve en un bien útil o
aplicable que le da razón de fin. Esta razón de fin no es solo instrumental, en
cuanto tiene su propia lógica autosuficiente. Es un poder que vence n los
resultados fácticos, pero no convence porque su discurso no da razones sino
resultados.“En otras palabras, el carácter veritativo de los contenidos de la
razón científica viene en buena parte determinado por su operacionalidad técnica,
al lado o, quizás en detrimento, de su carácter clásico de correspondencia con el
objeto (en sus diferentes grados). Obsérvese bien, no se trata de que éste
último desaparezca, pues eso sería imposible tratándose de un conocimiento
«científico y válido», sino de que en el establecimiento de su dimensión
veritativa se atiende primariamente a su aplicabilidad instrumental como tal.
En este sentido, se podría hablar de una transformación de la razón
científica en una suerte de razón técnica como fase final de la evolución de la
razón en la Modernidad”[7][7][7]. Esto no ocurre sólo en las ciencias
Físico-,Matemáticas, esta lógica de resultados se expande en las ciencias humanas
que buscan mimetizarse a esta lógica para justificar su estatus epistemológico.
Hoy en día es cada vez más difícil hacer ciencia pura, desinteresada de sus
aplicaciones, con el solo cometido de buscar expresar una verdad presentida,
buscada en sus vestigios y expresada con lucidez teórica según un riguroso método
de adquisición cierta por las causas. Los grandes maestros de la especulación,
los grandes teoréticos, son una especie en extinción en los claustros académicos
que no pueden salir de su perplejidad. Las universidades se hallan prisioneras de
un nuevo orden que arrasa su pretendida autonomía en lo más profundo de su ser.
Al respecto valga este sutil análisis periodístico: “La actual "traición de los
intelectuales" presenta un aspecto específico. Se caracteriza por un cambio de
costumbres que erosiona las instituciones universitarias desde adentro, bajo el
doble efecto de las políticas social liberales impulsadas por los poderes
públicos desde comienzos de la década de 1980 y de una lógica de "servidumbre
voluntaria" que rige en el ámbito de los docentes‑investigadores... Inmersos en
un ambiente de sumisión a las “obligaciones económicas internacionales”, muchos
profesores han llegado a considerar, explícita o implícitamente, que su trabajo
consiste en dar, a “clientes” deseosos de una formación rápida, una calificación
profesional conforme al “perfil” exigido por un mercado de trabajo cada vez más
internacionalizado, dominado por las expectativas y necesidades de las empresas
de tal o cual sector, de manera que el diploma no es más que un sello de
conformidad puesto sobre el “producto” diplomado. Como corolario, en muchos casos
esos profesores que tienen una visión casi empresarial de la Universidad, han
terminado por asimilarse, a su vez, a managers cuyo negocio es preparar “para la
competencia” a “actores económicos eficientes, dinámicos, móviles y flexibles",
sin preocuparse por saber qué tipo de humano han contribuido a formar, más allá
del homo oeconomicus. Tampoco piensan en cuestionar esa evidencia del
economicismo contemporáneo según la cual la "apertura internacional" debería
estar asociada prioritariamente a "la competencia económica.”[8][8][8]
Con la transformación tecnocientífica de la ciencia, su lógica de
verificación se legitima en la operatividad, en la capacidad de producir algo que
tiene valor económico y por lo tanto es susceptible de transformar el
descubrimiento en un invento comercializable con indudable poder económico. Allí
ya no hay libertad para autodeterminar el objeto de la investigación científica
porque solo hay financiamiento para las transferencias tecnológicas que puedan
poner en marcha el aparato productivo y de consumo social.
Al respecto cabe señalar la interesante apreciación de Lyotard que señala que
los conocimientos son puestos en redes de circulación igual que la moneda, de
modo que la frontera no es ya el saber-ignorancia sino los conocimientos de pago-
conocimientos de inversión. Es decir conocimientos de consumo, aptos para ser
enseñados, comercializados y conocimientos estratégicos, aptos para quienes en
una economía de mercado cumplen la función de analistas simbólicos, al decir de
Robert Reich, y que deciden el rumbo del desarrollo, por capitalización acumulada
de conocimientos de inversión. Estos conocimientos generan créditos que sustentan
la concentración del poder económico y hace más visible la brecha la segmentación
por el necesario endeudamiento de quienes solicitan créditos para su
desarrollo.[9][9][9]
Sumada a esta lógica económica librada a la autorregulación de los mercados,
la tecnociencia contemporánea tiene implícita su propia contradicción. ..."El
mito de los «robots» que vencen a sus creadores -dice MillánPuelles- no es otra
cosa que la metáfora técnica de un problema moral. El verdadero “hombre-máquina”,
que puede sojuzgarnos, no hay que ponerlo fuera de nosotros, como el último
engendro de una técnica que se nos hubiera ido de las manos. Somos nosotros
mismos los que tenemos dentro la posibilidad de transformarnos en máquinas
humanas. Basta con que perdamos el sentido de nuestra efectiva libertad"[10][10][10]. Estas palabras -que ponen de relieve las luces y las
sombras de la exigencia tecnocientífica de la propia constitución del hombre-
invitan a repensar el hecho de que la modernidad haya absorbido muchas veces el
mundo humano en el mundo tecnológico. En esta tensión de dispersión
epistemológica de los paradigmas científicos y en esa lógica de un saber que es
poder y un poder que subordina lo político a lo económico se debaten los reclamos
y las traiciones del hombre que hace ciencia respecto al sistema que lo
sustenta y lo limita.
1. El problema de conciencia ante la ciencia:
La ciencia debe aliarse con la conciencia –ha vuelto a recordar el Sumo
Pontífice Juan Pablo II- en la convicción de la “prioridad de la ética sobre la
técnica, del primado de la persona sobre las cosas, de la superioridad del
espíritu sobre la materia”[11][11][11] Es desde este presupuesto que
intentamos abordar la parte final de nuestra exposición. La actividad científica,
como cualquier otra actividad humana está sometida a un juicio de valor, a una
valoración. El requerimiento ético se halla donde se hace la apelación a la
iniciativa del hombre. Juan Pablo II, ha recordado que la actividad científica no
puede colocarse en un terreno neutro. Este Juicio necesita una orientación desde
los valores; no puede ser dejado a la valoración subjetiva. Höffner (1983) ha
observado que “también la actividad científica se desarrolla según un ethos”; y
si hay un ethos de la ciencia, del hombre que se ocupa con la ciencia, debe haber
también una ética para la ciencia. El problema, entonces, consiste en saber
cuáles serán los valores de referencia.[12][12][12]
Es aquí donde el problema se sitúa en el centro de lo humano, es el mismo
sujeto el que cree y por lo tanto tiene fe, como el que investiga y construye el
hábito de la ciencia, como el que conoce lo que conoce y por lo tanto puede hacer
un juicio valorativo sobre la ordenación al bien de su conocimiento. Más allá de
toda discusión epistemológica y gnoseológica sobre la calidad del conocimiento
científico y su verificabilidad según el rigor de la disciplina cultivada, hay en
el hombre que tiene el hábito de la ciencia un reclamo interior. Mas allá de
todos los condicionantes que hemos tratado de señalar y que son extrínsecos y
objetivos, hay en el hombre un eco interior que juzga inexorablemente sus actos.
Y en lo profundo de su corazón, de su conciencia, en lo más recóndito de su ser
se abre la dimensión del Misterio que inhabita en el hombre y que con diafanidad
y autoridad interpela cada acto que procede de su voluntad deliberada.
Si bien hay una exigencia de objetividad, de rigor metodológico y de
honestidad intelectual que la ciencia contempla en su ideario ético, hay
también un reclamo interior del sujeto, que no es la pura subjetividad del
sentir que se hacen bien las cosas. Es un espacio interior en el cual se
examina hasta la propia subjetividad, la intencionalidad y legitimidad de cada
uno de nuestros actos y se los juzga a la luz del primer principio de la
moralidad, la sindéresis, que nos imperan a hacer el bien y evitar el mal. Es en
ese espacio donde la subjetividad del acto por el cual nos aplicamos a la
ciencia, es interpelado por la objetividad de los ojos del Espíritu que habita en
lo profundo del ser de todo hombre y de todos los hombres. Esta
objetivación de la subjetividad es la que le permite al hombre de ciencia ese
diálogo interior, la subjetividad se transfigura por esta interpelación ética y
religiosa de la conciencia en interioridad trascendente. A partir de allí conozco
lo que conozco con esa luz objetiva interior que nos deja en paz con la propia
conciencia, porque juzga los “datos” de su saber científico a la luz del
“dato” Revelado en el hombre que cree o a la sola luz de la razón natural en
el no creyente que no rehúsa un orden armónico del universo y religa su juicio a
una idea de perfección infinita.
Hay una comprobación existencial en el científico habituado a esta
interioridad trascendente que se manifiesta en su serenidad y paz espiritual.
Esta es fruto de las respuestas coherentes, aunque siempre provisorias a los
reclamos de su conciencia y al compromiso vital de una Fe que sustenta sus
convicciones. Llamaremos a este estadio objetividad interior, que no es sino
la manifestación de la certeza que da la unidad de la Fe, la mente y el corazón.
Esta se expresa en un acto de integridad y densidad vital, es un compromiso
irrenunciable por cohesionar y armonizar las verdades de la ciencia en la
Verdad de la Sabiduría Divina participada por la Gracia.
Casi como una imagen especular, el actual estadio del desarrollo científico
exige plantear en el escenario del diálogo posible entre ética y ciencia un
respeto por la objetividad y la autonomía de la ciencia. No debemos, so pretexto
de dar un marco ético, ponerle límites a la ciencia en su legítima búsqueda de la
verdad. Pero como esta búsqueda está sustentada en una verdad que nos hace libre
y no en una libertad que nos hace verdaderos, es posible exigir una objetividad
de la objetividad científica. Un nuevo escenario de objetividad en el cual no
solo cuente el objeto de la ciencia en sí, sino que comprenda al sujeto de en el
que la ciencia es y se sostiene: el hombre. Es la propia dignidad del habitar
humano en el mundo es la que exige desde el bien común un nuevo modo de objetivar
y autorregular los alcances y límites del quehacer científico-tecnológico “El
diálogo entre el hombre y su mundo en el nivel de la ciencia sólo alcanzará
objetividad en la medida en que se intente por vía epistemológica crítica
integrar la “lógica entis” con la “lógica mentis” Interpretar el “logos” de todo
fenómeno e integrarlo en una visión más amplia de la realidad con el concurso de
otras ciencias permitirá salvar la hipertrofia de lo empírico como de lo
conceptual para rescatar más allá del SER,, LA RAZÓN DE SER”[13][13][13]
Para finalizar esta breve ponencia quisiera hacer mías las palabras del Papa
con las que concluye su llamamiento a reconciliar la Fe con la razón:
“Al expresar mi admiración y mi aliento hacia estos valiosos pioneros de la
investigación científica, a los cuales la humanidad debe tanto de su desarrollo
actual, siento el deber de exhortarlos a continuar en sus esfuerzos permaneciendo
siempre en el horizonte sapiencial en el cual los logros científicos y
tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos y éticos, que son una
manifestación característica e imprescindible de la persona humana. El científico
es muy consciente de que la búsqueda de la verdad, incluso cuando atañe a una
realidad limitada del mundo o del hombre, no termina nunca, remite siempre a algo
que está por encima del objeto inmediato de los estudios, a los interrogantes que
abren el acceso al Misterio”[14][14][14] .
Francisco González
Puesto que en esta cuenta suelo recibir abundante
"correo basura" le ruego que, si me responde, lo haga a fgm@chavales21.net.
o bien incuya en el campo "Asunto" la palabra amigo. Gracias