Fuente:anecdonet
¡POR LOS PELOS! PERO VICTORIA
La historia se repite, pero el amor de
Dios puede más que todas nuestras miserias, y siempre hay alguien dispuesto a ser
instrumento de su Misericordia para hacernos llegar Su ayuda. Prueba de ello es
el siguiente relato, que basado en un hecho real, trascribo con el beneplácito de
la protagonista, una amiga mía europea. Ella, al enterarse de que también en
España habían aprobado la comercialización de la píldora del día después, pensó
que su historia nos podría ayudar:
Quiero relatar hoy una pincelada de mi
vida. Sólo busco una cosa: llegar al corazón de alguien que, como yo un día, se
sienta ahora angustiada ante esta tremenda disyuntiva: El desordenado afán de
quedar bien, el miedo a perder la fama, la afición a decir mentiras. En
definitiva, el cinismo y la hipocresía, frente a conciencia, sencillez, humildad,
responsabilidad, respeto a la vida y respeto a la verdad.
Cuando alguien se
decide a escribir —al menos así lo pienso yo— es porque algo bueno tiene que
contar. Porque al hacerlo piensa que ese retazo de su vida, ese algo tan suyo,
puede ayudar a los demás. Lo que yo voy a escribir no es algo fantástico, no, no
lo es. Es una parte de mi vida que fue vulgar, pero que pudo ser algo peor de no
haber intervenido la gracia que Dios, infinitamente bueno, derramó sobre mí, sin
yo nunca pensar en merecerlo.
Quiero también así poder agradecer al Señor, de
alguna manera, lo que hizo por mí y continúa haciendo... Deseo reparar el daño
que hice y darle las gracias por haberme frenado a tiempo.
Tengo 31 años, recién
cumplidos, trabajo en una empresa de construcción como delineante, soy soltera y
tengo una hija de seis meses. Nací en una familia católica, de las de verdad.
Desde pequeña aprendí, porque me lo enseñaron, todo el profundo sentido de la
religión llevada a la vida cotidiana: el estudio, el trabajo, las amistades, la
familia... Me enseñaron a valorar el tiempo, a rezar...
Desde que conocí el
sentido de la palabra lucha, para un católico consciente, conocí paralelamente la
palabra derrota. Aunque mi afán de quedar bien, mi ansia de ser valorada, me
impedía aceptar la derrota. Así que, enseguida emprendí el vertiginoso camino de
la trampa y de la mentira. Y me aficioné a escapar en el último minuto, y siempre
"por los pelos", de las situaciones comprometidas, en las que yo solita me
metía.
Era muy perezosa —para lo que me aburría—, con una imaginación y unos sentidos
sueltos y con una sensibilidad muy acusada. Buscaba una sensación de plenitud que
no encontraba donde la buscaba. El resultado era deprimente: sensación de
continuo fracaso, de ridículo, de derrota. Sensación que se acentuaba en la
medida que ponía más pasión en conseguir lo que más me apetecía: mi propia
estima.
En el colegio conseguí una aceptable reputación, pues al final si te haces la
simpática, y no armas demasiados líos, lo único que queda son las notas. Y yo las
tenía bastante buenas. No pienso que sea dueña de unas dotes deslumbrantes, pero
sí que tengo la cualidad de saber sacarle partido a lo que tengo. Estudiaba
mucho, pero sin orden ni constancia. Lo mío era el último momento, el "por los
pelos", y el haber comprendido a tiempo que en muchas ocasiones puedes vivir de
las rentas de haber sido bien etiquetada.
Soñaba con ser la mejor arquitecto del
mundo pero, cuando empecé la carrera, no dedicaba ni dos horas diarias al
estudio. Gastaba el tiempo en dar rienda suelta a mi gran imaginación, que me
exigía dibujar casas exóticas para famosos. Así que, después de aburrirme yo y
luego mis padres con mis cosechas de calabazas, me conformé con hacer un curso
por correspondencia de delineante. Estos cursos tenían la ventaja para mí de
funcionar a mi aire, lo que me encantaba; pues me hacía sentirme más libre.
Aunque había que entregar trabajos, poco a poco, y casi siempre "por los pelos",
fui superando las pruebas. Con lo que me convertí en una flamante
profesional.
Con estos detalles queda bien dibujado mi carácter blando, blando,
blando. Me disculpaba a mí misma diciendo: «A mí lo que me va es la práctica,
pero eso de la teoría... », y así me fue. Porque ahora comprendo, ahora veo muy
claro lo difícil que resulta lograr una buena práctica sin el fundamento de una
excelente teoría.
Pues bien, yo no era mala. Ni robé, ni maté, pero era algo
peor, era tibia. Ni sí, ni no. Ni frío ni caliente. Si algún domingo estaba con
los amigos y me lo estaba pasando muy bien con los piropos de fulanito, y ya eran
las ocho... y era la última Misa..., al principio sin previo aviso, salía
corriendo y llegaba "por los pelos", pero había cumplido..., luego —como eso no
era vida—, la satisfacción del deber cumplido empezó a cansarme... y comencé a
pensar de otro modo: la verdad, ¡por un domingo sin Misa!... Y aquella otra vez
con otro amigo... sólo fue un beso... total...
Mi vida era siempre una huida
hacia delante. Todo se resolvía en que no me pillen, en tener siempre preparada
una buena coartada. Si un día tenía un buen motivo, otro día era otra razón;
siempre las había.
La cochina soberbia me llevó a la ceguera. Necesitaba ser
estimada, llamar la atención. No estaba hecha para ser una chica buena, de las
del montón. Me espantaba convertirme en una marujona cargada de niños y siempre
sumisa a su maridito, con el único consuelo de ir diciendo por ahí que "en mi
casa mando yo". Lo de pasar oculta, seguro que no se había escrito por mí. Si no
podía ser una gran mujer, terminaría siendo... Sí, sentía orgullo de ser
apetecida y poder acostarme con quien me diera la gana, como si por eso fuera más
mujer, con más puntos que las demás y fuera más cotizada, más admirada.
Aunque creí que dominaba mis sentimientos y que estas aventuras no dejaban
huella en mi corazón, un día me enamoré... Yo sabía que aquel hombre no me
convenía. Y como ya tenía «motu proprio» mis malas inclinaciones, aquello fue
como atarme una gran bola de hierro a la muñeca y tirarme al mar. Mi acompañante
de aventuras, la soberbia, se encargó de poner un decorado adecuado. Y, por arte
de magia, mi nueva situación dejó de parecerme algo horroroso. Pensaba que más
valía estar mal acompañada que quedarme sola. La venda del orgullo me tapó los
ojos y quedé ciega.
Estaba convencida de que en mi familia nadie me podría
comprender; eran de otra época. Lo que son las cosas: la imaginación me convirtió
en la persona valiente y coherente, y atribuyó a mis conocidos el papel de
hipócritas y cobardes. ¡Qué sabían ellos de mi vida!, ni remotamente se lo
imaginaban.
Nada contaba para mí. Cuando se empieza a rodar cuesta abajo, es
dificilísimo parar. Ya, ni se ve, ni se oye, ni se entiende absolutamente nada
que no sea otra cosa que el yo: lo que yo quiero, lo que yo no quiero, mi vida es
sólo mía...
En mi familia no faltaban los problemas (y por cierto que los había,
y los hay), pero ¡a mi qué me importaban! Yo hacía lo que me daba la gana, ¿por
qué esos problemas tenían que estropear mis planes, mis diversiones? Siempre les
contestaba: ¿por qué no me dejáis en paz? Ya es hora de que disfrute de la vida,
y no pienso amargarme la vida porque en casa haya problemas, ¡faltaría más!
Como
tenía independencia económica estaba plenamente convencida de que no debía nada a
nadie; a ver, ¿a quién?
A pesar de ser experta en todo tipo de trampas, la pasión
y la curiosidad me hicieron cometer un gravísimo error. Yo, que era tan crítica
con mi familia, me había convertido en una crédula. A pesar de que tanta gente
empezó a rasgarse las vestiduras con la comercialización de "la píldora del día
después", a mí el invento me cautivó. Lo vi super seguro. Como mis pasiones me
habían convertido en una miedosa, pensé que era mi solución...
Una cita con él me
cogió sin recursos. Me tranquilicé al recordar que, si había lío, siempre me
quedaba la opción de la nueva píldora, que podría adquirir sin dificultad en una
farmacia, pues tenía contactos y me había conseguido varias recetas, que siempre
llevaba conmigo... Cuando desperté, él se había marchado al trabajo. Con horror
descubrí que había cambiado de bolso y que no tenía allí las recetas. Me arreglé,
desayuné y pedí un taxi. Ya en casa, con los nervios a flor de piel, empecé a
buscar las recetas, pero no di con ellas. Pensé en las horas que me quedaban.
Decidí serenarme. Me fui al trabajo y "por los pelos", aunque tarde, llegué antes
que mi jefe. El ahorrarme una nueva bronca me animó. Pensé que tenía encarrilada
la situación.
Me inventé una excusa para salir a la calle y fui a buscarle a su
trabajo. Cuando por fin le tuve delante, el miedo y los nervios me atragantaban
las palabras... Él le quitó importancia a todo. Me dijo que le esperase un
momento, que tenía a mano un amigo que podría ayudarnos. A los veinte minutos
apareció con una nueva receta. Miré el reloj. ¡Las nueve de la noche! Sin
despedirme, salí corriendo en busca de una farmacia. Al mostrar la receta y al
ver mis nervios me atendieron sin hacer preguntas. Aunque me fastidió interpretar
en el gesto del mancebo un cierto rictus de lástima hacia mí. Mientras salía de
nuevo corriendo hacia casa se me escapó un ¡Malditos! Mientras pensaba: siempre
aprovechándose de las pobres e indefensas mujeres.
Tomé la píldora... Y leí el
prospecto tantas veces que me lo aprendí de memoria. No quería cometer ningún
error fatal y quedar a los ojos de los demás, sobre todo de las demás, como una
tonta.
Aunque lo hice todo bien, el caso es que me tocó la excepción y quedé
embarazada, ¡¡yo!!, a los 29 años y sin ninguna posibilidad de rehacer mi vida
con él. Él me aconsejó abortar. Sí, eso era lo más fácil, eso era lo que debía
hacer. Pero no sólo él; también otras personas, que entonces consideraba amigas,
me animaron a dar ese paso. Para convencerme, para que no «sufriera», me hablaban
de la perfección de la técnica.
«Tu familia es muy conocida, muy considerada
aquí; no puedes darles ese disgusto», me decían. Y continuaban: «Debes evitar el
escándalo porque se te tiene por una "buena niña". ¿Te das cuenta de que la vas a
montar?». Cuando todo acabe, te alegrarás, total, nadie se entera, es cosa de
poco y se acabó.
Intuí que alguien debía seguir rezando por mí, no sé con qué
fundamento ni esperanza de lograr mi conversión. Al pensarlo, primero me sentí
ofendida; luego, avergonzada de mi desnudez. Era como si alguien me conociese
mejor que yo a mí misma y, que, sin haberme pedido permiso, se hubiera metido en
mi vida. El caso es que, gracias a esa persona, el Señor me agarró fuerte de la
mano. Aquella criatura, que ya estaba en mí, empezó a hacerme feliz desde sus
primeros días de vida.
Repuesta del susto, por fin, me decidí a contactar con una
amiga, una verdadera amiga que me aconsejó bien. No, yo no podía, no quería
matar, no mataría, no.
Decidí hablar con el sacerdote que conocí durante el curso
de acceso a la Universidad. Aunque era demasiado duro a veces, el recuerdo de su
claridad me atraían. Además al recordar, no sé por qué, cómo tantas veces nos
había sorprendido con su inocencia y su ternura, resolví que era el único hombre
que conocía distinto a los demás. El único que me podía ayudar. Pregunté por él a
mi amiga. Me dijo que le habían trasladado... Pero como, entre mis talentos está
la tozudez... Y una vez decidida a una cosa, no había quien me venciese
fácilmente... El caso es que di con él.
La verdad es que la cosa empezó mal. Al
buen hombre no se le ocurrió otra cosa que recibirme preguntándome por qué había
tardado tanto en volver... Después de lo que me costó encontrarlo, no tenía
fuerzas para pelearme; además había decidido cambiar de táctica e intentar
abandonar mi orgullo. Tras un minuto de silencio, que a mí se me hizo eterno y
que mi sacerdote sufrió sin más, le respondí que había tardado tanto porque el
orgullo es muy mal compañero de viaje. Una vez superado el primer momento, todo
fue más fácil. También gracias a él, lo reconozco. Puse mi alma en paz y le pedí
a Dios la fortaleza que a mí me faltaba para hablar con mis padres y contarles la
verdad.
Así lo hice. Sufrí, sufrí mucho. Mentiría si dijese que todo fue un
milagroso valle de rosas. Lloré, lloré muchos días y muchas noches, pero puedo
asegurar que mis lágrimas no eran amargas porque eran lágrimas de
arrepentimiento. ¡Perdón!, ¡perdón, Dios mío! Por cada minuto, por cada segundo
de mi vida pasada; de todo corazón, ¡perdón, Señor!
Y nació mi hija, y al
bautizarla le llamé VICTORIA. Hoy Mariví es lo mejor del mundo que puede haberme
dado Dios. Mis padres están «dichosos» con la nieta. Mis tres hermanos varones,
más si cabe; y mi hermana monja, que la conoce por foto, ¡cómo la quiere! Quizá
más que nadie, por ser la de la familia que está más cerca de Dios. Y yo... no sé
cómo expresar lo que ahora siento. ¡Dios mío si llego a matarla! Mariví se salvó
"por los pelos", y "por los pelos" mi aparente gran fracaso se convirtió en mi
mayor VICTORIA.
Sin comentarios, pero contenta, muy contenta, con la victoria de
mi amiga...
Por gentileza de Presen
Francisco González
Puesto que en esta cuenta suelo recibir abundante
"correo basura" le ruego que, si me responde, lo haga a fgm@chavales21.net.
o bien incuya en el campo "Asunto" la palabra amigo. Gracias