María Goretti: Una adolescente mártir por conservar la castidad
María nace el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo (Ancona, Italia), en el
seno de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes. Es la
tercera de los siete hijos de Luigi Goretti y Assunta Carlini. Al día siguiente
de su nacimiento es bautizada y consagrada a la Virgen. Recibirá el sacramento de
la Confirmación a los seis años. Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi
Goretti emigra con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos,
todavía insalubres en aquella época. Se estableció en Ferriere di Conca, al
servicio del conde Mazzoleni, donde María no tarda en revelar una inteligencia y
una madurez precoces. Es como el ángel de la familia: no hay en ella atisbo de
capricho, desobediencia o mentira.
Tras un año de trabajo agotador, Luigi
contrae el paludismo y fallece en diez días. Para Assunta y sus hijos empieza un
largo calvario. María llora a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier
ocasión para arrodillarse delante de la verja del cementerio. Quizás su padre se
encuentre en el purgatorio, y como ella no dispone de medios para encargar misas
por el reposo de su alma, se esfuerza en compensarlo con sus plegarias. Pero no
hay que pensar que la muchacha practica la bondad sin esfuerzo, ya que sus
sorprendentes progresos son fruto de la oración. Su madre contará que el rosario
le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la
muñeca. De la contemplación del crucifijo, María se nutre de un intenso amor a
Dios y de un profundo horror por el pecado.
María suspira por el día en que
recibirá la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar
hasta los once años, pero un día le pregunta a su madre: "Mamá, ¿cuándo tomaré la
Comunión?. Quiero a Jesús". "¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo?
Además, no sabes leer, ni tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y
el velo, y no tenemos ni un momento libre." "¡Pues nunca podré tomar la Comunión,
mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús!" "Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar
que vayas a comulgar como una pequeña ignorante." Finalmente, María encuentra un
medio de prepararse con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo acude
en su ayuda para proporcionarle ropa de comunión. Recibe la Eucaristía el 29 de
mayo de 1902.
La recepción de la Eucaristía aumenta su amor por la pureza y la
anima a tomar la resolución de conservar esa virtud a toda costa. Un día, tras
haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus
compañeras, le dice con indignación a su madre: "Mamá, ¡qué mal habla esa niña!".
"Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones". "No quiero ni pensarlo,
mamá; antes que hacerlo, preferiría...", y la palabra "morir" queda entre sus
labios. Un mes más tarde, la voz de su sangre terminará la frase.
Al entrar al
servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni
Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados,
pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con
Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de
discreción en sus palabras. Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos
habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli. María, que ha comprendido
la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo,
que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La
Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde la muerte de
su marido, Assunta siempre está en el campo y ni siquiera tiene tiempo de
ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños. María se
encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a
la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su
obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni,
cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa
para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y
vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer
libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el
peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había
repetido sin cesar a su esposa: -¡Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia
Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.
Al estar
en contacto con los Goretti, algunos sentimientos religiosos han hecho mella en
Alessandro. A veces se suma al rezo del rosario que realizan en familia, y los
días de fiesta asiste a Misa. Incluso se confiesa de vez en cuando. Pero todo
ello no impide que haga proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un
principio no las comprende. Más tarde, al adivinar las intenciones del muchacho,
la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas. Suplica a su
madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las
causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: "Si le cuentas algo a tu
madre, te mato". Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María
pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más
explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede importancia a aquella
súplica.
El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las
habas en la era. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar
una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la
tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:
"Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?". Sin
sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina,
remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras
vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado. "¡María!", grita
Alessandro. "¿Qué quieres?". "Quiero que me sigas". "¿Para qué?". "¡Sígueme!".
"Si no me dices lo que quieres, no te sigo". Ante semejante resistencia, el
muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina,
atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al
no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal.
María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia
arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita: "No hagas eso,
que es pecado... Irás al infierno." Poco cuidadoso del juicio de Dios, el
desgraciado levanta el arma: "Si no te dejas, te mato". Ante aquella resistencia,
la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar: "¡Dios mío! ¡Mamá!", y cae
al suelo. Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para
huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la
traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su
habitación.
María ha recibido catorce heridas graves y se ha desvanecido. Al
recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: "¡Giovanni! Alessandro me ha
matado... Venga." Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza
un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano:
"Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama". En aquel momento, Giovanni
Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta
ante sus ojos, exclama: "¡Assunta, y tú también, Mario, venid!". Mario Cimarelli,
un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega
también: "¡Mamá!", gime María. "¡Es Alessandro, que quería hacerme daño!". Llaman
al médico y a los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy
excitados, den muerte a Alessandro en el acto.
Después de un largo y penoso
viaje en ambulancia, hacia las ocho de la tarde, llegan al hospital. Los médicos
se sorprenden de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha
sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el
intestino. Al comprobar que no tiene cura, mandan llamar al capellán. María se
confiesa con toda lucidez. Después, los médicos le prodigan sus cuidados durante
dos horas, sin dormirla. María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus
sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consigue que
le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para
consolarla: "Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y
hermanas?".
A María la devora la sed: "Mamá, dame una gota de agua". "Mi pobre
María, el médico no quiere, porque sería peor para ti". Extrañada, María sigue
diciendo: "¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua?". Luego,
dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y
se resigna. El capellán del hospital la asiste paternalmente y, en el momento de
darle la sagrada Comunión, la interroga: "María, ¿perdonas de todo corazón a tu
asesino?". Ella, reprimiendo una instintiva repulsión, le responde: "Sí, lo
perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso.
Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado."
En medio de esos sentimientos, los mismos que tuvo Jesucristo en el Calvario,
María recibe la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el
heroísmo de su victoria. El final se acerca. Se le oye decir: "Papá". Finalmente,
después de una postrera llamada a María, entra en la gloria inmensa del paraíso.
Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde. No había cumplido los doce
años.
El juicio de Alessandro tiene lugar tres meses después del drama.
Aconsejado por su abogado, confiesa: "Me gustaba. La provoqué dos veces al mal,
pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar". Es
condenado a treinta años de trabajos forzados. Aparenta no sentir ningún
remordimiento del crimen. A veces se le oye gritar: "¡Anímate, Serenelli, dentro
de veintinueve años y seis meses serás un burgués!". Pero María desde el Cielo no
lo olvida. Unos años más tarde, monseñor Blandini, obispo de la diócesis donde
está la prisión, siente la inspiración de visitar al asesino para encaminarlo al
arrepentimiento. "Es muy terco, está usted perdiendo el tiempo, Monseñor", afirma
el carcelero. Alessandro recibe al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de
María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios,
se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el prelado, llora en la soledad
de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.
Una noche, María se le
aparece en sueños, vestida de blanco en los jardines del paraíso. Trastornado,
Alessandro escribe a monseñor Blandino: "Lamento sobre todo el crimen que cometí
porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que,
hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a
mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, ya la pobre familia, por
el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos
otros en la tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal
le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después,
ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una
conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco. Gracias
a su buena disposición, Alessandro es llamado como testigo en el proceso de
beatificación de María. Resulta algo muy delicado y penoso para él, pero
confiesa: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su
glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es
una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de
lo que tuvo que sufrir por mi causa".
En la Navidad de 1937, se dirige a
Corinaldo, lugar donde Assunta Goretti se había retirado con sus hijos. Lo hace
simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada
más llegar ante ella, le pregunta llorando. "Assunta, ¿puede perdonarme?". "Si
María te perdonó, ¿cómo no voy a perdonarte yo?". El mismo día de Navidad, los
habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la
mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.
La fama de
María Goretti se extendía cada vez más y fueron apareciendo numerosas muestras de
santidad. Después de largos estudios, la Santa Sede la canonizó el 24 de junio de
1950 en una ceremonia que se tuvo que realizar en la Plaza de San Pedro debido a
la gran cantidad de asistentes. En la ceremonia de canonización acompañaron a Pío
XII la madre, dos hermanas y un hermano de María. Durante esta ceremonia Su
Santidad Pío XII exaltó la virtud de la santa y sus estudiosos afirman que por la
vida que llevó aún cuando no hubiera sido mártir habría merecido ser declarada
santa. Sus restos mortales descansan en el santuario de Nettuno de los
pasionistas.
En la homilía pronunciada por el papa Pío XII en la canonización de
Santa María Goretti como mártir el 26 de junio de 1959, entresacamos unos
párrafos: «De todo el mundo es conocida la lucha con que tuvo que enfrentarse,
indefensa, esta virgen; una turbia y ciega tempestad se alzó de pronto contra
ella, pretendiendo manchar y violar su angélico candor. (...) Fortalecida por la
gracia del cielo, a la que respondió con una voluntad fuerte y generosa, entregó
su vida sin perder la gloria de la virginidad.
»En la vida de esta humilde
doncella, tal cual la hemos resumido en breves trazos, podemos contemplar un
espectáculo no sólo digno del cielo, sino digno también de que lo miren, llenos
de admiración y veneración, los hombres de nuestro tiempo. Aprendan los padres y
madres de familia cuán importante es el que eduquen a los hijos que Dios les ha
dado en la rectitud, la santidad y la fortaleza, en la obediencia a los preceptos
de la religión católica, para que, cuando su virtud se halle en peligro, salgan
de él victoriosos, íntegros y puros, con la ayuda de la gracia divina. Aprenda la
alegre niñez, aprenda la animosa juventud a no abandonarse lamentablemente a los
placeres efímeros y vanos, a no ceder ante la seducción del vicio, sino, por el
contrario, a luchar con firmeza, por muy arduo y difícil que sea el camino que
lleva a la perfección cristiana, perfección a la que todos podemos llegar tarde o
temprano con nuestra fuerza de voluntad, ayudada por la gracia de Dios,
esforzándonos, trabajando y orando.
»No todos estamos llamados a sufrir el
martirio, pero sí estamos todos llamados a la consecución de esta virtud
cristiana. Pero esta virtud requiere una fortaleza que, aunque no llegue a
igualar el grado cumbre de esta angelical doncella, exige, no obstante, un largo,
diligentísimo e ininterrumpido esfuerzo, que no terminará sino con nuestra vida.
Por esto, semejante esfuerzo puede equipararse a un lento y continuado martirio,
al que nos amonestan aquellas palabras de Jesucristo: El reino de los cielos se
abre paso a viva fuerza, y los que pugnan por entrar lo arrebatan.
»Animémonos
todos a esta lucha cotidiana, apoyados en la gracia del cielo; sírvanos de
estímulo la santa virgen y mártir María Goretti; que ella, desde el trono
celestial, donde goza de la felicidad eterna, nos alcance del Redentor divino,
con sus oraciones, que todos, cada cual según sus peculiares condiciones, sigamos
sus huellas ilustres con generosidad, con sincera voluntad y con auténtico
esfuerzo.»
La influencia de María Goretti continúa en nuestros días. El Papa
Juan Pablo II la presenta especialmente como modelo para los jóvenes: "Nuestra
vocación por la santidad, que es la vocación de todo bautizado, se ve alentada
por el ejemplo de esta joven mártir. Miradla sobre todo vosotros los
adolescentes, vosotros los jóvenes. Sed capaces, como ella, de defender la pureza
del corazón y del cuerpo; esforzaos por luchar contra el mal y el pecado,
alimentando vuestra comunión con el Señor mediante la oración, el ejercicio
cotidiano de la mortificación y la escrupulosa observancia de los mandamientos"
(29.IX.91). La realidad y el poder de la ayuda divina se manifiestan de una
manera particularmente tangible en los mártires. Elevándolos al honor de los
altares, "la Iglesia ha canonizado su testimonio y declara verdadero su juicio,
según el cual el amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos,
incluso en las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque
fuera con la intención de salvar la propia vida" (Veritatis splendor, n. 91).
Indudablemente, pocas personas son llamadas a padecer el martirio de la sangre.
Sin embargo, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias
más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando
con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le
sostiene la virtud de la fortaleza, que -como enseña san Gregorio Magno- le
capacita para amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno"
(id, 93).
Por eso el Papa no teme decir a los jóvenes: "No tengáis miedo de ir
contracorriente, de rechazar los ídolos del mundo". y explica: "Mediante el
pecado, damos la espalda a Dios, nuestro único bien, y elegimos ponernos del lado
de los ídolos que nos conducen a la muerte ya la condenación eterna, al
infierno". María Goretti "nos alienta a experimentar la alegría de los pobres que
saben renunciar a todo con tal de no perder lo único que es necesario: la amistad
de Dios... Queridos jóvenes, escuchad la voz de Cristo que os llama, también a
vosotros, al estrecho sendero de la santidad" (29.IX.91).
Santa María Goretti
nos recuerda que "el estrecho sendero de la santidad" pasa por la fidelidad a la
virtud de la castidad. "Para algunas personas que se hallan en ambientes donde se
ofende y se desacredita la castidad -escribe el cardenal López Trujillo-, vivir
castamente puede exigir una dura lucha, a veces heroica. De todas formas, con la
gracia de Cristo, que se desprende de su amor de Esposo por la Iglesia, todos
pueden vivir castamente, incluso si se hallan en circunstancias poco favorables a
ello."
"Que la alegre infancia y la ardiente juventud aprendan a no abandonarse
desesperadamente a los gozos efímeros y vanos de la voluptuosidad, ni a los
placeres de los vicios embriagadores que destruyen la apacible inocencia,
engendran sombría tristeza y debilitan más pronto o más tarde las fuerzas del
espíritu y del cuerpo", advertía el Papa Pío XII con motivo de la canonización de
Santa María Goretti. El Catecismo de la Iglesia católica recuerda lo siguiente:
"O el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas
y se hace desgraciado" (n. 2339).
Para poder crear un clima favorable a la
castidad, es importante practicar la modestia y el pudor en la manera de hablar,
de actuar y de vestir. Con esas virtudes, la persona es respetada y amada por sí
misma, en lugar de ser contemplada y tratada como objeto de placer. Siguiendo el
ejemplo de María Goretti, los jóvenes pueden descubrir "el valor de la verdad que
libera al hombre de la esclavitud de las realidades materiales", y podrán
"descubrir el gusto por la auténtica belleza y por el bien que vence al mal"
(Juan Pablo II, id).
Con ocasión del centenario de su muerte, el 30 de junio de
2002, el cardenal Sergio Sebastiani ilustró las virtudes de esta santa:
«Confianza en la providencia, amor hacia el prójimo, rechazo de la violencia y
respeto de la propia dignidad de mujer, oración y unión con Dios, heroísmo del
perdón por amor a Cristo, fe en la vida ultraterrena».
«El martirio de
"Marietta" -como era conocida por sus familiares y amigos- es el culmen de un
itinerario humano y espiritual que había llegado a la radicalidad evangélica en
la cotidianidad de su vida de preadolescente y por esto mantiene todavía hoy
actualidad y frescura».
«Estas opciones, como la de entregar la vida a Cristo y
perdonar al agresor no se dan por casualidad: la santidad no se improvisa». «La
pureza de la niña, su capacidad de perdón y la conversión del asesino son temas
de reflexión no sólo para los creyentes, sino también para quien no cree porque
ayudan a cultivar una dimensión "elevada" de la vida.»
Para el biógrafo de la
santa, el padre Giovanni Alberti, de la Congregación de los Pasionistas, a los
que está confiado el Santuario de Nettuno dedicado a María Goretti, la santa es
un modelo que hay que «proponer a los adolescentes de hoy porque, enamorada de
Cristo, le supo seguir de modo radical». «Sus gestos, sus opciones, su tacto
hacia el agresor son los de una niña que ha sabido comportarse como una mujer,
pequeña mujer orgullosa de serlo».
El santuario de Nettuno, donde yacen los
restos de María Goretti se encuentra entre los más frecuentados por multitudes
que aumentan continuamente, y que provienen de todos los continentes. La imagen
de la niña rubia con los lirios de la pureza, cuelga de la pared de millones de
casas y se guarda en innumerables carteras. Todos los meses, en la revista de los
Padres Pasionistas, custodios de la basílica en las costas del Lazio, se dedican
páginas y páginas a reseñar las gracias y los prodigios obtenidos por intercesión
de esta niña.
En realidad -comenta Vittorio Messori-, aun quedándonos en un
plano completamente «laico», ¿hay algo más actual que la defensa desesperada de
una niña ante la agresión brutal de un violador? ¿Y acaso hay alguien -sea cual
sea su fe o su incredulidad- que hoy, sobre todo, no perciba la nobleza
vertiginosa de las últimas palabras de la agonizante: «Decidle a Alessandro que
no sólo le perdono, sino que ofrezco mi muerte para que el Señor lo lleve conmigo
al Paraíso»? Y entre tantos propósitos de recuperación, tan a menudo frustrados,
de quien se ha equivocado, ¿acaso no da qué pensar la vida voluntariamente
penitente en la cárcel, durante 27 años del asesino, y finalmente su retiro a un
convento capuchino, donde acabó sus días muriendo, por añadidura, en loor de
santidad? Aquella misma Iglesia que había elevado a la víctima a la gloria de los
altares, acogió con amor de madre también al homicida y lo guió por los senderos
humildes del rescate y de la redención. ¿Acaso no hay también aquí, un ejemplo
sobre el que reflexionar, para los hijos de culturas y de ideologías despiadadas
que no conocen el perdón y levantan muros entre «ellos» y los «otros»?
En los
grandes discursos, a menudo tan demagógicos, sobre los excluidos, marginados,
pobres, ¿puede considerarse irrelevante que se haya levantado a la veneración del
mundo entero a la última entre los últimos, a la hija huérfana de un temporero
venido de Corinaldo a morir de malaria en el infierno de los pantanos? Son
preguntas que nos parece legítimo plantear a aquellos que no escatiman ironías
sobre el culto tributado por la Iglesia a una niña que no había cumplido los doce
años y que prefirió morir antes de renunciar a la dignidad que un pobre
desgraciado, casi de su edad, en un arrebato sexual, quería arrancarle. Sin
olvidar, además, que si María Goretti está en los altares, no ha sido por
estrategias o cálculos clericales, sino por la irresistible presión del pueblo.
Hay algo de misterio en el instinto que, inmediatamente, impulsó a las multitudes
a invocar la ayuda de esta oscura pequeña que, por su parte, respondió a las
invocaciones con una auténtica lluvia de gracias.
Cuando el 24 de junio de 1950
Pío XII procedió a su canonización, la Plaza de San Pedro estaba abarrotada de
una multitud inmensa que nadie había organizado y que había acudido, festiva,
espontáneamente. Y nadie, a no ser el instinto de la fe, conduce hacia el
santuario de Nettuno a las grandes masas que concurren allí continuamente. La
santidad es «democrática», incluso y sobre todo, aquella que la Iglesia ha
reconocido a la pequeña que dio su testimonio bajo el cielo del inmenso
pantano.
Fuente:www.interrogantes.net
Francisco González
Puesto que en esta cuenta suelo recibir abundante
"correo basura" le ruego que, si me responde, lo haga a fgm@chavales21.net.
o bien incuya en el campo "Asunto" la palabra amigo. Gracias