| Asunto: | [chavales] Audrey: como los pájaros del cielo | | Fecha: | Jueves, 10 de Junio, 2004 12:45:00 (+0200) | | Autor: | Francisco Gonzalez <fgonzalez54 @.......com>
|
Audrey: como los pájaros del cielo
Fuente: Catholic.net Autor: P. Fernando Pascual
Varias familias se reúnen una vez a la semana, los martes, para
rezar por la curación de una niña que sufre una grave forma de leucemia. Rezan
los niños y rezan los padres. A veces le toca a algún papá dirigir un misterio
del Rosario, y tiene que acudir en su ayuda la hija pequeña para enseñarle cómo
se reza el Ave María.
La noticia de la leucemia de una niña de 7 años
produce una honda impresión. Esa niña, Audrey, había nacido en Francia en 1983.
Su niñez había sido normal: alegre, inquieta, pero con una profundidad
espiritual entre infantil y madura, en la que destacaba un coloquio íntimo y
natural con Dios.
En el verano de 1990 la familia nota que Audrey va
poco a poco desgastándose. Se hacen los primeros análisis y se descubre la
leucemia. Inician los tratamientos: quimioterapia, radioterapia, pastillas,
inyecciones. No es fácil convivir con tantas medicinas, con las reacciones del
cuerpo ante un continuo asalto de sustancias extrañas y de radiaciones más o
menos intensas. El cabello cae, los dolores son insoportables. Hay momentos en
los que Audrey pasa continuamente al baño para vomitar.
A lo largo del
recorrido por distintos hospitales y en una dramática lucha contra la muerte,
Audrey ha concordado con su madre una estrategia: vivir al día. “Mamá, lo que
vamos a hacer es lo que dice Jesús en el Evangelio. Seremos como los pajaritos
del cielo. Vamos a vivir al día”.
La enfermedad sirve a Audrey, en su
mundo infantil, para reforzar su sueño más acariciado: llegar a ser una santa
carmelita. Incrementa, además, sus oraciones por los demás. Cuando le dicen que
hay un grupo de familias que reza el Rosario por su curación, responde con
sencillez: “Rezaré el rosario con todos desde el hospital y lo ofreceré por cada
uno de ellos”.
Su oración se hace especialmente intensa cuando se trata
de pedir por las vocaciones. Sabe que hay monasterios que no han visto durante
años la llegada de ningún joven que quiera dar su sí a Dios. Sabe que los
sacerdotes hacen un bien inmenso al mundo. Por eso pide para que muchos sean
generosos, para que haya sacerdotes, religiosos y religiosas.
Los
médicos proponen realizar un último esfuerzo: un transplante de médula. El
donador será Henry, un hermanito de Audrey. Tiene cinco años, pero da su sí
(desde luego, con sus padres) con mucha alegría: “Jesús nos pide que demos la
vida por nuestros amigos. Audrey es mi hermana y, total, sólo me pide un poco de
médula”.
Son momentos decisivos, de esperanza y de angustia. Después del
transplante, tardan en verse señales positivas. Semanas después, unos glóbulos
blancos sanos llenan de júbilo a todos. Parece que la medicina ha logrado la
victoria...
Pero en mayo de 1991 se produce una fuerte recaída. La
ciencia había llegado hasta donde podía llegar. Sólo queda rezar y esperar un
milagro. Rezar... ¿Y si todo fracasa? ¿Qué pensarán quienes han empezado a rezar
por una niña si un día descubren que la oración “no ha servido” para nada?
La enfermedad avanza inexorablemente. Un día comienza un extraño temblor
de la mano. El pequeño cuerpo de Audrey, sometido a tantos tratamientos, va poco
a poco hacia la ruina. El corazón, en cambio, sigue en pie, consciente: hay que
vivir al día.
Muchos se dan cuenta de que pronto llegará la despedida.
Notan algo especial en esta niña de 8 años, en sus ojos, en sus palabras.
Personas conocidas y desconocidas van a ver a la niña. Le piden una oración: por
una vocación, por una persona con problemas, por esto, por lo otro... Audrey, un
día, pregunta a su madre: ¿puedo rezar por todos juntos? Su madre le dice que
sí. Audrey no queda contenta. Decide, al final, que pediré por cada uno, en
particular.
El 1 de junio de 1991 recibe la confirmación. Desde
entonces, pide confesarse con frecuencia. Su madre desearía que no lo hiciese
casi cada día. Pero Audrey responde: “Mamá, cuando uno ha hecho la confirmación,
sabe perfectamente lo que está bien y lo que está mal”.
Son las últimas
semanas. Cada mañana reza, dedica sus mejores momentos para Jesús. Quizá ya es
consciente de que el final de la vida en la tierra está cerca. Un día de agosto,
cuando rezaba en familia, dirige su petición: “Por las mamás que pierden un
hijo, para que comprendan que ese hijo suyo es un pequeño servidor de Cristo en
el Cielo”.
En agosto, Audrey se había despedido de sus amigos y
hermanos. Sus últimas palabras fueron para su madre, después de que le había
humedecido los labios con un poco de agua de Lourdes: “Gracias, mamá”. Luego
pasa por largos momentos de inconsciencia. Por fin, el 22 de agosto, día
dedicado a María Reina, deja este mundo, vuela hacia Dios.
Un grupo de
niños se reúne para celebrar una misa por el eterno descanso de Audrey. Los
acompañan sus padres. Muchos de ellos habían rezado, los martes, por esa niña
que tenía leucemia. Quizá ahora, más que nunca, necesitan comprender que sus
oraciones sí han sido escuchadas, aunque tal vez piensen lo contrario. El
sacerdote mira a los niños y les habla con ternura:
“En el largo camino
de una vida, hay algunos que mueren jóvenes porque Dios les concede la gracia de
ir más rápido que otros. Hay pequeñas criaturas que aceleran y corren hacia
Jesús mucho más rápido porque Dios las atrae hacia sí con mucha fuerza y estas
pequeñas criaturas dicen que sí a Jesús...”
Audrey creció muy rápido,
pero siguió siendo como un pajarillo del cielo. También sus padres y sus
hermanos tuvieron que hacer un camino profundo, intenso, para tocar un misterio
que para muchos es incomprensible.
Han pasado ya varios años desde que
murió Audrey, pero su recuerdo, como el recuerdo de tantos niños que vuelan
pronto hacia Dios Padre, nos ayuda a mirar al cielo. Ese recuerdo nos ayuda a
soñar: algún día también nosotros podremos volar, como los pajarillos, hacia la
Casa, hacia la Patria del cielo.
Ya existe una biografía con detalles de
la vida y personalidad de Audrey: Gloria Conde, “Audrey. Corrió detrás de Jesús”, Trillas, México 2000.
|


|