Encauza su rebeldía
Un desenfadado estudiante rellenaba en cierta ocasión, sin mucho entusiasmo,
el cuestionario de un test de personalidad que les hacían en su colegio. Una de
las preguntas le interrogaba sobre qué entendía que les estaba sucediendo a los
jóvenes que, como él, atravesaban esa tormentosa etapa de su vida que es la
adolescencia. No sé qué sucedería en su familia ni qué entendía exactamente él
sobre la pubertad, pero la respuesta fue de antología: "La pubertad es una
enfermedad que pasan los padres cuando sus hijos llegan a los catorce o quince
años".
Cuando me lo contaron me hizo gracia y pensé si esa afirmación no tendría
efectivamente una buena dosis de sentido común. Porque, con la llegada de la
adolescencia, se produce una profunda transformación.
Al llegar un momento, los hijos empiezan a ser más rebeldes, adoptan quizá un
cierto aire de suficiencia, a lo mejor no cuentan casi nada y dan respuestas
cortantes, muchas veces parcos monosílabos.
Pero todo esto es algo natural y lo extraño sería, en todo caso, que esta
etapa no se presentara. En nada sorprenderá a una madre prevenida o a un padre
sensato, que comprenderán que los años pasan y los hijos crecen, y que esto es lo
normal. Ya volverán las aguas a su cauce.
NO ENTRAR AL CHOQUE
Unos padres ingenuos y asustadizos ‑como quizá debieran ser los del alumno
protagonista de aquella anécdota‑ probablemente se empeñen entonces en imponer su
autoridad a ultranza, o enfadarse, o incluso dar gritos, y finalmente acaben por
desesperarse al ver que a su hijo apenas le conmueven, y que más bien, por el
contrario, se afinca aún más en su beligerancia y en su actitud
contestataria.
Cuando los padres apenas han hablado con ellos en los años anteriores a la
adolescencia, ante esta situación pretenderán introducirse en la vida de su hijo,
precisamente ahora que él trata de cerrarse. Pero tienen que comprender que a
estas alturas les llevará mucho más trabajo franquear la barrera de su intimidad,
porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los adolescentes está el de
no querer dejar entrar a nadie fácilmente en ella.
Si se han descuidado en los años anteriores y, por la razón que sea, tienen
poca confianza con sus hijos, el problema tiene remedio, pero será evidentemente
más difícil. No puede decirse que no pasa nada por haber perdido las buenas
oportunidades que brinda la infancia para preparar a los hijos a hacer frente a
la adolescencia.
EL TIEMPO PASA
Es probable que el chico dijera que la adolescencia es más bien cosa de los
padres porque muchos padres no se hacen cargo de que su hijo ha crecido, y tienen
por tanto que tratarle ya de distinta manera, y no pretender que siga obrando
como en la infancia.
No se dan cuenta, por ejemplo, de que no pueden estar encima de sus hijos
todo el día porque, si lo hacen, o los chicos se rebelan y rompen, o se
infantilizan y no aprenden a decidir. No comprenden ‑al menos, en la práctica‑
que es mejor darles responsabilidad y luego pedirles cuentas, porque, de lo
contrario, lo que consiguen es problematizar la adolescencia de los hijos.
ENCAUZAR ESA POTENCIALIDAD
La rebeldía propia de estas edades es una potencialidad natural de gran
importancia. El adolescente vive un periodo cronológico marcado por un
sorprendente interés por los grandes proyectos. No suele estar satisfecho del
mundo en el que vive. Siente el deseo de entregarse a ideales elevados, de
arreglar el mundo, de ser pionero de grandes iniciativas.
Son cosas que, a los ojos de los adultos, muchas veces parecen ensoñación
juvenil, pero que constituyen el empuje de las nuevas generaciones y que dan esa
altura de horizontes y esa magnanimidad a la gente joven que ha recibido una
buena formación.
El adolescente tiende a vivir apasionadamente todo. Por eso es fundamental
saber discernir las potencialidades positivas que eso tiene, con objeto de
encauzar toda esa fuente de energía.
INCONFORMISMO POSITIVO
Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre,
porque resulta incomparablemente mayor el número de chicos y chicas que se acaban
deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.
Deben comprender que han sido muchos los que llenaron su juventud de grandes
sueños, de planes, de metas que iban a conquistar y que en cuanto vieron que la
cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso
resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría
de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse
llevar ellos también.
La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles.
Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos, Suelen presumir de la
sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta
de que consumen tontamente su existencia.
Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar
a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido,
apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por
una vida arrastrada y vulgar.
Porque, además, como dice el clásico castellano: "No hay quien mal su tiempo
emplee, que el tiempo no le castigue". La vida está llena de retos y
alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al
primer contratiempo sería morir por adelantado.
PEDIRLES SOLUCIONES
Una idea ha de estar siempre presente en el diálogo con los hijos y en
especial si son adolescentes: pedirle que transformen sus quejas en crítica
constructiva, que aporten soluciones.
Que comprendan que es muy fácil decir que algo está mal y que hay que
cambiarlo. Lo difícil ‑y lo que hace falta‑ es aportar ideas positivas y
conseguir cambiarlo realmente.
Que no pueden ser rebeldes de pacotilla, que quieren cambiar el mundo pero
que ni estudian, ni dan golpe, ni pueden ponerse a nadie como ejemplo de nada: lo
suyo más que rebeldía serían ganas de incordiar.
Francisco González
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