| | La
primera visita de Evo Morales como Presidente electo de Bolivia fue a Venezuela.
El nuevo mandatario no esconde su intención de sumarse a un 'eje
antiimperialista'. | A medida que se acercaba la elección presidencial en
Bolivia, el pasado 18 de diciembre, y se afianzaban los pronósticos de una
victoria de Evo Morales, crecieron los temores sobre lo que podría ocurrir el día
después. Inestabilidad, fraude y hasta violencia figuraban en los cálculos del
número sin precedentes de observadores internacionales de todos los pelambres que
viajaron al corazón de los Andes.
Pero el día después fue diferente. Los
rivales de Morales rápidamente reconocieron la victoria más contundente de
cualquier presidente de Bolivia desde cuando se estableció la democracia, en
1980. Desde diversos puntos del espectro político, nacional y externo, hubo
manifestaciones de satisfacción por la elección y le dieron la bienvenida al
primer indígena que se convierte en jefe de Estado en América Latina. Ante la
mirada con lupa que generó su histórica elección, Morales hizo unas pocas
declaraciones políticamente correctas y puso todas sus energías en
una simbólica gira internacional que comenzó la semana pasada con visitas a
Fidel Castro, en Cuba; a Hugo Chávez, en Venezuela, y a José Luis Rodríguez
Zapatero, en España.
Con suéter de lana de alpaca y un discurso que no deja
dudas sobre sus intenciones de sumarse "al eje antiimperialista de América
Latina", la poco usual gira diplomática del Presidente electo boliviano capturó
la atención de los medios de comunicación internacionales. Un recorrido inédito,
porque la costumbre indicaba que la primera escala, después de un triunfo
electoral, quedaba en Washington. Y elocuente, también, por sus destinos:
Bruselas, sede de la Unión Europea; Francia; Brasil; Suráfrica, y China. Antes de
ponerse en el pecho la banda presidencial que, desde la oposición, obligó a sus
dos inmediatos antecesores a quitarse antes de tiempo, Morales está estrechando
relaciones con los principales centros de poder que le hacen contrapeso a Estados
Unidos en el ajedrez político mundial.
En sus
primeras movidas no le fue nada mal. En Cuba, un Fidel Castro exuberante que lo
recibió con la convicción de que "el mapa de América Latina está cambiando".
Firmaron un acuerdo de cooperación de 11 puntos, que contempla operaciones de
ojos a 50.000 bolivianos en la isla, 5.000 becas para estudiantes de medicina y
una campaña para erradicar el analfabetismo. En Venezuela, con un Hugo Chávez que
acaba de consolidar su poder absoluto en la asamblea nacional sin un solo
representante de la oposición, Evo firmó otra declaración que contempla el
intercambio de 150.000 barriles mensuales de combustible diesel por productos
agrícolas, y la donación de 30 millones de dólares para programas de educación y
salud. Y en España, Rodríguez Zapatero, interesado en fortalecer su condición de
puente con América Latina, le habló de la posibilidad de condonar "una parte
sustancial" de la deuda externa boliviana. Más allá del contenido de estos textos
y conversaciones preliminares, las múltiples
fotografías del Presidente-indígena con grandes líderes de la izquierda mundial
implican una valiosa señal de apoyo y una credencial de acceso al club. Se prevé
que a la posesión, el 22 de este mes, asistirá un número sin antecedentes de
presidentes del hemisferio. Álvaro Uribe ya confirmó su asistencia.
Falta ver
hasta dónde esta solidaridad internacional se traduce en hechos concretos o puede
reemplazar las deficiencias institucionales que les han impedido a sus
antecesores culminar sus períodos constitucionales. O si subsanará las propias
debilidades de la plataforma que presentó Morales durante la campaña: un catálogo
de lugares comunes de tinte populista o de promesas inaplicables, como la
nacionalización de los recursos naturales y la despenalización de los cultivos de
hoja de coca. La gran pregunta es si Morales se aferrará a su radical discurso
electoral o si consolidará el movimiento hacia el centro que ya inició con
tranquilizadoras declaraciones sobre su respeto a
la propiedad privada, el apoyo a la inversión extranjera y la cooperación en la
lucha contra el narcotráfico.
El otro gran interrogante tiene que ver con su
capacidad de consolidarse en el poder. ¿Qué garantiza que no correrá la misma
suerte de sus antecesores? A su favor, Morales cuenta con una histórica victoria
sólida y en primera vuelta. En el Congreso alcanzó 12 de 27 senadores. Los
analistas prevén que, en seguimiento del ejemplo de Chávez, el nuevo mandatario
buscará afianzar su posición mediante una constituyente que ya había sido
planteada por su antecesor y está prevista para mediados del año. Allí podría
incrementar sus mayorías y reorganizar el Estado a su medida. Un factor
determinante sobre las posibilidades de supervivencia política será la capacidad
de Morales de mantener un equilibrio entre sus bases más radicales, que le exigen
aprovechar la gran oportunidad para hacer grandes cambios, y la moderación que le
demandarán sus poderosos enemigos del sector
empresarial de Santa Cruz o de la Casa Blanca, donde recibieron la noticia de
su elección con más resignación que simpatía.
Se movió el péndulo
Los
primeros pasos de Evo Morales como Presidente electo corroboran que la tendencia
mayoritaria de América Latina va hacia la izquierda. Una década y media después
del célebre 'Consenso de Washington', que fijaba las esperanzas del continente en
la economía de mercado, la democracia y el alineamiento con Estados Unidos, una
evidente ola de desencanto empujó el péndulo hacia la izquierda. Venezuela,
Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, y ahora Bolivia, están gobernados por sus
respectivas izquierdas. Y en el atiborrado calendario electoral del 2006 -habrá
10 comicios presidenciales- son favoritos de la misma tendencia Michelle
Bachelet, quien irá a la segunda vuelta en Chile el próximo domingo (ver artículo
siguiente) y Manuel López Obrador, en México. En Perú, a la hasta ahora favorita
Lourdes Flores, de
centro derecha, ya le pisa los talones Ollanta Humala, un curioso ex coronel
que participó en un levantamiento de opereta contra Fujimori, que se declara
cercano a la nueva corriente y que el miércoles pasado sostuvo en Caracas un
amistoso encuentro con Chávez y con Evo Morales. Una indiscreta reunión, que
generó un roce diplomático entre Perú y Venezuela: el presidente Alejandro Toledo
retiró a su embajador en Caracas como protesta por la injerencia de Chávez en los
asuntos internos de su país.
¿Qué significa este innegable giro a la izquierda?
Hay explicaciones de tipo general, relacionadas con el fracaso del modelo hasta
ahora dominante para solucionar problemas sociales. Después de 15 años de
neoliberalismo, América Latina perdió la imagen de continente de la esperanza, y
ha sido desplazada en el panorama mundial por otros centros geográficos. En
especial, Asia. Ahora, los electorados desilusionados echan mano de una
alternativa que les parece novedosa como instrumento
de realimentar sus esperanzas. "En América Latina resultó más fácil acabar con
las dictaduras que consolidar la democracia", escribió en El País de Madrid
Marifelli Pérez-Stable, vicepresidenta del diálogo Interamericano.
En términos
generales, este club de gobiernos de izquierda es moderno en sus planteamientos
económicos. El decano, Luis Inacio Lula da Silva -cuyas posibilidades de
reelección en 2006 se debilitaron por los escándalos que sacudieron a su Partido
de los Trabajadores, el PT, en 2005-, goza de simpatías en los grandes centros
financieros del mundo, por sus políticas ortodoxas. Ricardo Lagos, saliente
mandatario de Chile, ha mantenido el manejo conservador de equilibrio macro. Hay
pocos vestigios, hasta el momento, de un renacimiento de los proyectos populistas
que en los años 60 impulsaban el gasto gubernamental sin contemplaciones sobre su
financiación (y condujeron al tristemente célebre período de hiperinflación con
desempleo) y que menospreciaban la
necesidad de fortalecer la competitividad internacional. Igual que en Europa,
la administración de la economía en la época de la globalización, por parte de la
izquierda, ha sido prudente y financiable.
 | | Evo
Morales visitó esta semana España, donde fue recibido por el Rey Juan Carlos y
por el presidente Rodríguez Zapatero. El balance de la gira fue positivo desde el
punto de vista político. |  | | El mexicano Manuel López
Obrador y el peruano Ollanta Humala podrían ser los próximos miembros del 'club'
de la izquierda latinoamericana. Este último se reunió con Chávez y Evo Morales
en Caracas | ¿Seguirán el mismo camino los nuevos miembros del club? Esta
pregunta no tiene una respuesta única para todos. Es más fácil ser optimista
frente a un gobierno de Michelle Bachelet, en Chile, que frente al de Evo Morales
en Bolivia o a un eventual ascenso de Ollanta Humala en Perú. Bachelet, al fin y
al cabo, forma parte de un partido que a su vez tiene una alianza con la
democracia cristiana, y que ya ha demostrado su capacidad para administrar la
economía. En cambio, el fortalecimiento de Chávez -quien ejerce una innegable
ascendencia sobre Evo y Humala- podría despertar la tentación populista del gasto
irresponsable. Venezuela puede gastar a manos llenas sin preocuparse sobre el
origen de los
recursos, por su inigualable condición de país petrolero en plena bonanza. Pero
ese no es el caso de Bolivia ni de Perú, ni de algún otro país latinoamericano.
Esfuerzos inviables de gastar como Chávez, sin su chequera, corroborarían la
tesis de Teodoro Petkoff, inminente candidato presidencial, sobre la existencia
de 'dos izquierdas': una fiscalmente responsable y otra que retoma el hilo
populista de los años 60.
FMI, a casa
Dos de los principales ases de la
nueva corriente continental, Brasil y Argentina, sorprendieron a los mercados
internacionales, a mediados de diciembre, con una jugada audaz: pagaron por
adelantado sus deudas con el Fondo Monetario Internacional. Lula Da Silva prepagó
15.500 millones previstos para los próximos dos años. Néstor Kirchner hizo lo
propio con 9.800. La medida se podría interpretar como parte de la ortodoxia y el
respeto a las leyes del mercado a los que ambos mandatarios se han aferrado y
gracias a los cuales han
logrado altas tasas crecimiento y elogiados índices macroeconómicos. Lula y
Kirchner explicaron sus acciones en el ahorro que significa no tener que pagar
intereses: 900 millones de dólares en el caso de Brazil y 842 millones de dólares
en el de Argentina. Para The Economist, sin embargo, "en ambos casos el motivo
más poderoso fue político": quitarse de las espaldas los incómodos compromisos y
metas del FMI. Kirchner, un presidente que goza de una popularidad del orden del
70 por ciento, al defender su polémica decisión, dijo que "con este pago estamos
enterrando parte significativa de un pasado ignominioso". El FMI, agregó en una
entrevista para The New York Times, "estaba haciendo más y más exigencias que se
contradicen con el crecimiento económico".
Lula y Kirchner, motores de la
'izquierdización' latinoamericana, buscan libertad de maniobra para el manejo
económico. Desde el ala neoliberal han recibido críticas, por el temor a que
utilicen alegremente esos márgenes de
libertad y por el efecto que tienen los pagos anticipados en la reducción de
las reservas de cada país. Los dos mandatarios han reiterado su compromiso con el
manejo prudente y fiscalmente viable. Pero para nadie es un secreto que la
posibilidad de gastar es muy valiosa para Lula, en un año de elecciones, y para
el propio Kirchner, en la mitad de su mandato. Según The New York Times, "este es
uno de los varios gestos recientes que muestran que el presidente Néstor Kirchner
parece estar concentrando más poder en sus manos y llevando su gobierno hacia la
izquierda".
Las estrategias de Brasil y Argentina implican moverse en el filo
de una navaja. En un lado, acatan las reglas de juego de la globalización y del
mercado. En el otro, cuidan los anhelos de las bases de generar márgenes de
autonomía y sacarle recursos al gasto social. Gajes de la era de la
globalización, que también afectan a sus críticos.
La ortodoxia económica de
Lula, Lagos y Kirchner, a la que se agrega
el presidente de Uruguay, Tabaré Vásquez, ha generado críticas en la izquierda
intelectual. ¿Para qué llegar al poder, si se trata de gobernar con los mismos
programas que la derecha? Más allá de los matices que les dan un mayor énfasis a
programas sociales -la educación es la gran bandera de la candidata chilena
Michelle Bachelet-, estos gobiernos progresistas mueven símbolos diferentes y
proponen cambios de avanzada en temas sociales como el aborto y los derechos de
las parejas homosexuales.
Pero, aparte de unos pocos puntos de convergencia,
existen aspectos propios de cada país que le dan connotaciones diferentes al
programa de gobierno y que explican el auge de las fuerzas de izquierda: el
petróleo venezolano; la superación de la dictadura de Pinochet, en Chile; el gas
boliviano y el alto porcentaje indígena de su población; la experiencia peruana
con candidatos que emergen a última hora, y el trauma económico de Argentina bajo
la ineficacia de los gobiernos del Partido
Radical. Son fenómenos tan diversos, que para algunos analistas no forman parte
de una misma realidad ni constituyen un solo proyecto político. Hay 'varias
izquierdas'.
El desafío norteamericano
A la hora de buscar un denominador
común, aparece la política exterior. Todos estos Presidentes abanderan el
disgusto que existe en el continente hacia las posiciones de George W. Bush en la
diplomacia. Un presidente que generó expectativas de que le daría prioridad al
continente, pero que luego se extravió en los avatares del 11 de septiembre y la
guerra de Irak. Y que ya tuvo dos reveladores campanazos sobre el ánimo que
sacude al continente de buscar autonomía frente a Washington y sobre el potencial
de Chávez y compañía para crearle dolores de cabeza a la Casa Blanca en la
política regional: la elección de José Miguel Insulza como Secretario de la OEA
-un socialista que derrotó al candidato de Bush- y el fracaso de la Cumbre de las
Américas de Mar del
Plata, donde se pospuso la meta, apoyada por Washington, de liberar el comercio
continental.
¿Qué hará ahora el Departamento de Estado? "Existen distintos
puntos de vista en Washington", dijo Michael Shifter, subdirector del Diálogo
Interamericano, en una entrevista para El Comercio de Quito. Y agregó: "Hay
quienes piensan que la izquierda es una amenaza, y otros que creen que los
gobiernos de izquierda están siendo pragmáticos, comprometidos con el mercado y
quieren mejorar las relaciones con Washington".
El desafío para el Departamento
de Estado, sin embargo, tiene todas las posibilidades de crecer. "Las relaciones
entre Estados Unidos y América Latina, que cayeron a su punto más bajo en décadas
en 2005, se deteriorarán en 2006", según el periodista Jackson Diehl, de The
Washington Post. Durante los próximos meses podrían caer otras piezas del dominó:
Bachelet, en Chile, es considerada más izquierdista que Lagos; el nacionalista
Humala, en Perú, tiene en jaque a la
pro estadounidense Lourdes Flores; Daniel Ortega, en Nicaragua, podría ser
reelegido; la fiebre indigenista podría contagiar a Ecuador. Y en México, ninguno
de los dos aspirantes con posibilidades de ganar las elecciones de julio -López
Obrador del izquierdista PRD y Roberto Madrazo del tradicional PRI- asumiría una
pelea como la que Vicente Fox le casó a Chávez en la última cumbre de las
Américas, cuando este último lo ofendió como "cachorro del imperio".
Es un
hecho, como dice Fidel Castro, que "el mapa está cambiando". Y que, por
consiguiente, Estados Unidos se verá abocado a repensar su política hacia la
región. Los gobiernos de izquierda son mayoritarios, no comparten la visión del
mundo de George W. Bush y han dado señales de que están dispuestos a forjar un
eje para debilitar la influencia norteamericana en su otrora patio trasero. Hay
más desafíos: la creciente presencia de China, considerada el contrapoder del
Siglo XXI, cuyo presidente, Hu Jintao, ha hecho dos
giras por el continente, ha fortalecido relaciones con Venezuela y Brasil y
será visitada por Evo Morales la próxima semana. Tampoco se pueden perder de
vista las dificultades que, en este año de elecciones para el Congreso, imponen
la competencia entre demócratas y republicanos para responder a las dos grandes
demandas de los latinoamericanos: libre comercio y un régimen migratorio más
flexible.
Es muy temprano para pronosticar un alejamiento de América Latina de
la órbita de Estados Unidos. Es cierto que Washington tiene un desafío, y que
países como Colombia, que han puesto todos sus huevos en la canasta de la Casa
Blanca, deberán repensar sus estrategias internacionales.Entre tanto, el giro a
la izquierda que están dando sus vecinos, preludia cambios trascendentales que
conviertan a Latinoamérica en un paradigma para el mundo al salirse del calzado
del Tío Sam. POR UN SOCIALISMO CRISTIANO LATINOAMERICANO. P O S C L A.
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