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Asunto:[ChamanismoGnostico] Una dignidad llamada Salvador Allende
Fecha:Miercoles, 11 de Septiembre, 2013  16:11:59 (+0100)
Autor:octavio moreno <practik_37 @.....es>

 

40 a帽os del golpe de estado en Chile

Una dignidad llamada Salvador Allende

Una reconstrucci贸n de los hechos ocurridos hace 40 a帽os, en la v铆spera del golpe de Estado contra el presidente de chileno por parte de las Fuerzas Armadas.

Por: Erick Camargo Duncan / Especial para El Espectador
La conmemoraci贸n de los 40 a帽os del golpe contra Salvador Allende ha motivado diversas marchas en Santiago de Chile. /EFE La conmemoraci贸n de los 40 a帽os del golpe contra Salvador Allende ha motivado diversas marchas en Santiago de Chile. /EFE
Es 10 de septiembre de 1973. Las maniobras golpistas han empezado en la noche, cuando los buques de guerra de la armada sitian y se toman Valpara铆so. Es la 茅poca propicia, pues es precisamente septiembre el mes en el que se adelantan maniobras conjuntas de unidades americanas y chilenas, en el marco de la Operaci贸n Unitas, en el pac铆fico. A esa hora el m茅dico y mas贸n, amante de la vida, de las flores y del arte, Salvador Allende, se halla en su casa ultimando detalles para la convocatoria a plebiscito que anunciar¡ al d铆a siguiente, once de septiembre.
Ha pasado la tarde del diez analizando los posibles escenarios para salir de la crisis que afronta el pa铆s, provocada por el sector m¡s reaccionario de la derecha chilena y el gobierno estadounidense de Richard Nixon. Su esposa, Hortensia Bussi, 鈥渓a Tencha鈥, lo recordar铆a ese d铆a como el m¡s tenso de su vida. Ella hab铆a llegado procedente de M茅xico en representaci贸n del gobierno chileno, que mandaba a trav茅s suya ayuda humanitaria y la solidaridad del buen coraz贸n del presidente para mitigar los da帽os del cataclismo que casi acaba con el pa铆s azteca. Lo recordar铆a para siempre, inflamado de tensi贸n mientras se probaba las chaquetas de primavera que le hab铆a encargado, y que le quedaron bien, cuando dijo: 鈥渁 ver si estos me dejan usarlas鈥; a lo que ella replic贸 鈥溌¿tan mal est¡n las cosas, Salvador?鈥. Aquella noche de septiembre, en la casa presidencial de Tom¡s Moro, Salvador Allende cena con la Tencha, su hija Isabel, y unos fieles amigos hist贸ricos entre los que se encuentran Orlando Letelier, su ministro de defensa, y Augusto Olivares, su amigo periodista y cercano consejero. Ambos morir¡n despu茅s bajo la omnipresencia fatal de la conspiraci贸n.
Tambi茅n est¡ Joan Garc茅s, el polit贸logo espa帽ol que lo acompa帽ar¡ esa noche hasta tarde junto a Augusto Olivares y que se convertir¡, quiz¡, en el mayor enemigo declarado de Pinochet en el panorama internacional, que muchos a帽os despu茅s lograr¡ que el juez espa帽ol Baltasar Garz贸n compulse copia de detenci贸n contra el dictador. El turbio y l煤gubre silencio de aquella cena se romper¡ cuando Salvador Allende d茅 un golpe en la mesa, y diga: 鈥渧oy a llamar a plebiscito. Va a ser el pueblo el que decida si debo irme o no鈥.
Era un hombre perseverante y de buen humor, tres veces hab铆a sido candidato presidencial y en todas termin贸 derrotado, hasta que logr贸 su objetivo en el cuarto intento. Su gobierno hab铆a empezado con buena salud, y las cifras al cabo del primer a帽o de gesti贸n eran contundentes. Mediante reforma agraria se hab铆an reincorporado a la propiedad social 2.400.000 hect¡reas de tierras activas. Se hab铆an nacionalizado cuarenta y siete empresas industriales y la mayor parte del sistema de cr茅ditos, la unidad popular tambi茅n hab铆a recuperado para la naci贸n todos los yacimientos de cobre explotados por las filiales de las compa帽铆as norteamericanas, de un tajo y con un solo acto legal que no contempl贸 indemnizaci贸n alguna, pues el gobierno calcul贸 la excesiva ganancia de ochenta mil millones de d贸lares que hab铆an hecho las empresas en quince a帽os. Tambi茅n se hab铆a logrado detener la inflaci贸n y aumentar los salarios en un cuarenta por ciento.
Pero la conspiraci贸n que el gobierno de Allende llevaba a cuestas no ten铆a parang贸n alguno, es quiz¡ el golpe de Estado m¡s sostenido en el tiempo que jam¡s se haya visto, pues no comenz贸 aquella noche del diez en que los buques de la marina se tomaron Valpara铆so sino tres a帽os antes cuando el pent¡gono solicit贸 a la carrera doscientas visas para que en el pa铆s austral aterrizara un orfe贸n naval que nunca existi贸, y que en realidad era un grupo de mercenarios sin coraz贸n que llegar铆a dispuesto a evitar la posesi贸n del primer candidato socialista elegido por votos en el mundo. El boicot se cay贸 por su peso cuando el gobierno descubri贸 el plan y neg贸 las visas. El cuatro de septiembre Salvador Allende se posesion贸 como presidente de la rep煤blica y d铆as antes ya hab铆an visto a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos, maldecir en privado y golpearse la palma de una mano con el pu帽o de la otra mientras dec铆a 鈥渆se hijo de perra鈥.
El boicot arreci贸 en fuerza y entonces la CIA, alentada por el secretario de Estado y mano derecha de Nixon, Henry Kissinger, contact贸 a un par de generales adeptos a una escalada armada y fraguaron el asesinato del comandante en jefe de las fuerzas militares, un hombre constitucionalista y fiel a los designios de la democracia llamado Ren茅 Shneider, que muri贸 en el hospital despu茅s de recibir tres balazos por parte de unos sujetos que lo interceptaron cuando se dirig铆a a su oficina.
La idea no era otra que culpar al reci茅n electo presidente y a su partido, la Unidad Popular (UP), de querer hacer una purga sangrienta en las m¡s altas esferas militares para imponer mandos de ideolog铆a castrista, y as铆 legitimar el golpe prematuro. El plan no funcion贸 y los altos militares inmiscuidos en el asesinato del general fueron retirados. Tumbar a un presidente electo por v铆a democr¡tica no iba a ser f¡cil y Nixon entendi贸 que de hacerlo, Estados Unidos ser铆a repudiado a escala global; fue entonces que decidieron redactar un documento oscuro que pas贸 a los anaqueles de la historia bajo el t铆tulo de 鈥淢emor¡ndum 93鈥, firmado con la r煤brica de Kissinger y distribuido a la CIA, al Departamento de Estado, al de Defensa y a Usaid, que conten铆a una serie de medidas econ贸micas destinadas a 鈥渉acer chillar la econom铆a chilena鈥, como Nixon hab铆a dicho en privado; entonces se recortaron los pr茅stamos de los bancos multilaterales a Chile, se termin贸 el financiamiento a las exportaciones americanas, se hizo lobby hasta garantizar un m铆nimo de actividad econ贸mica por parte de los inversionistas y se cortaron los programas bilaterales de ayuda econ贸mica.
No bastando con esto, el gobierno de Estados Unidos engatill贸 a la econom铆a chilena mediante una serie de acciones que depreciaron el valor del cobre en el mercado internacional, el principal recurso natural de Chile. La situaci贸n se agudiz贸 porque gran parte de las operaciones comerciales depend铆an de los cr茅ditos para financiar la adquisici贸n de maquinaria y repuestos de gran parte de la industria chilena, estructurada en un ochenta por ciento a base de productos importados, incluyendo el trasporte, de ah铆 que uno de los sucesos claves desencadenantes del golpe fuera la huelga de camioneros, que de manera literal paraliz贸 al pa铆s. Una semana antes del golpe no era posible siquiera conseguir pan o leche en las tiendas de barrio y almacenes.
Con los a帽os se sabr铆a que un flujo negro de d贸lares patrocin贸 el paro de trasportadores, que los due帽os de los camiones terminaron por darles a los huelguistas una suma de 2.800 d贸lares con tal de que se sumaran al levantamiento, y que esos d贸lares hab铆an sido consignados por agentes de la CIA. Esa fue la econom铆a enardecida y saboteada que tuvo que enfrentar Salvador Allende, con el agravamiento de una deuda externa creciente contra铆da en el gobierno anterior que 茅l se empe帽aba en renegociar y que nunca logr贸 hacerlo debido a que Nixon aisl贸 a los organismos de cr茅dito de Chile, ejerci贸 presi贸n sobre las naciones europeas dispuestas a otorgarle cr茅dito, y al final neg贸 de manera rotunda el escenario de la renegociaci贸n de la deuda chilena. La historia develar铆a tambi茅n que desde el primer mes del a帽o del golpe, un grupo de economistas fratricidas que se dar铆an a conocer como los Chicago Boys se encarg贸 de redactar un plan econ贸mico que se conocer铆a como el ladrillo, y que consist铆a en una serie de medidas econ贸micas que se implementar铆an tras, literalmente, asestarle el ladrillazo del golpe al gobierno de la UP.
La 煤ltima noche de su vida Salvador Allende durmi贸 mal y poco. A las 6:30 de su mal d铆a recibir¡ la noticia de los buques acuartelados y de las tropas que empiezan a movilizarse hacia la capital, y mandar¡ cerrar la v铆a que conduce de Valpara铆so a Santiago. Una hora despu茅s llegar¡ a La Moneda para ponerse al tanto de la magnitud de la conspiraci贸n. La plaza contigua al palacio presidencial estar¡ ocupada por tanques de la polic铆a militar, que a esa hora parecer¡n custodiar la seguridad del presidente, pero que una hora m¡s tarde dar¡n media vuelta para ensanchar la lista de fuerzas unidas al golpe. Como no es su costumbre, entrar¡ por la puerta principal a la Moneda y mientras suba las escaleras rumbo a su despacho se encontrar¡ a su secretaria, y sonriente le dir¡: 鈥溌¿qu茅 hace aqu铆 tan temprano?, hoy no va a ser como el 29 de junio, hoy ser¡ un d铆a especial鈥.
El optimismo matinal que llevaba ese once de septiembre se fundamentaba m¡s en el precedente del golpe sofocado con 茅xito hac铆a unos meses y en el buen horizonte que se dibujaba a ra铆z de la convocatoria a plebiscito que en el conocimiento real de la magnitud del movimiento que enfrentaba esa ma帽ana. Algunos de los que lo acompa帽aron esa d铆a recordar铆an despu茅s que mientras tanteaba el potencial de la fuerza insurrecta, se le oy贸 decir 鈥淧obre Pinochet, a esta hora deben haberlo secuestrado ya鈥. Augusto Pinochet hab铆a sido el 煤ltimo en unirse a la conspiraci贸n despu茅s de ser convencido por los argumentos del general del aire, Gustavo Leigh, que lo visit贸 en su casa mientras celebraba el cumplea帽os de su hija. Vestidos de ropa deportiva y hablando con la frialdad con que se discute cualquier tema de orden cotidiano en el patio de la casa, el comandante en jefe del ej茅rcito le dio el visto bueno a la encerrona planeada para el once.
El desequilibrio restante al interior de las fuerzas armadas se dar铆a cuarenta y ocho horas antes cuando los generales adeptos a Salvador Allende fueran expropiados de su jerarqu铆a, sin saberlo. Pinochet hab铆a sido ascendido a comandante en jefe del ej茅rcito despu茅s de que el general Carlos Prats renunci贸 ante las presiones de los dem¡s generales, que hab铆an llegado al l铆mite de haber enviado a sus esposas, sumadas a las de otros trescientos oficiales, a la puerta de la casa del general para mostrar su indignaci贸n y descontento con la gesti贸n que llevaba. El d铆a del golpe Salvador Allende tratar铆a de localizarlo sin 茅xito en el rinc贸n m¡s rec贸ndito del pa铆s, pues Prats hab铆a demostrado ser un hombre leal, un general constitucionalista que lo hab铆a respaldado meses atr¡s enviando tropa para enfrentar a un general acuartelado de las fuerzas a茅reas que se neg贸 hasta el 煤ltimo d铆a a dejar el cargo despu茅s de comprobarse que era parte de un circulo de conspiraci贸n.
Tres d铆as antes Prats hab铆a avisado a Salvador Allende sobre la inminencia de un golpe y lo habr铆a convidado a realizar una reuni贸n de emergencia con Pinochet para ponerlo al tanto de la situaci贸n, reuni贸n que se dio al d铆a siguiente en la casa presidencial de Tom¡s Moro, en la que el general turbio le ratific贸 a Allende los votos de lealtad. Lo que no sab铆a Allende la fat铆dica ma帽ana del once mientras trataba de localizar por todo Chile al hombre que d铆as atr¡s le hab铆a advertido la inminencia del golpe, su amigo y cercano colaborador Carlos Prats, es que era poca la ayuda que en ese momento pod铆a darle el leal general, pues ya figuraba en el radar de los conspiradores y morir铆a dentro de un a帽o como consecuencia de una bomba que viajaba escondida en su auto de exiliado, en Argentina.
Una hora despu茅s de haber llegado a la moneda, Allende se enterar¡ de que la totalidad de las fuerzas armadas est¡n en su contra y Pinochet hace parte de la conspiraci贸n. A su lado se hallar¡n el director y subdirector de la Polic铆a Militar, dos generales fieles y acorralados que para ese momento ya no tendr¡n poder alguno, y habr¡n sido removidos de sus fueros por los golpistas. Al almirante Montero, comandante en jefe de la Armada, lo aislar¡n desde temprano en su casa: su carro no servir¡ aquella ma帽ana, la casa ser¡ rodeada por soldados y los candados de la entrada ser¡n cambiados. Allende nunca se enterar¡.
En ese momento ya se habr¡ preparado para lo peor. Los golpistas le ofrecer¡n con reiteraci贸n un avi贸n para sacarlo del pa铆s junto a su familia, y el mismo Pinochet pasar¡ al tel茅fono: 鈥測o no trato con traidores, y usted, general Pinochet, es un traidor鈥, le dir¡ el presidente antes de colgar con determinaci贸n. La insistencia aumentar¡, y el hombre que se hab铆a tomado el poder en la Armada y hab铆a aislado al almirante Montero, el almirante Toribio Merino, pasar¡ al tel茅fono y la dignidad de Allende volver¡ a hacer presencia: 鈥渞endirse es para los cobardes y yo no soy cobarde. Los verdaderos cobardes son ustedes que conspiran como los maleantes en la sombra de la noche鈥, le dir¡.
Lo 煤nico que en ese instante turbar¡ su serenidad de metal ser¡ la presencia de las mujeres en La Moneda, ocho en total, incluyendo a sus dos hijas Isabel y Beatriz, que llegar¡n en un espacio de tregua del tiroteo incesante para apoyar a su padre, Isabel con su presencia y Beatriz con sus ocho meses de embarazo y un revolver que llevar¡ escondido en la mochila. Ambas dejar¡n La Moneda cuando Salvador Allende tome la decisi贸n inobjetable de sacar a todas las mujeres. Tomar¡ el tel茅fono y llamar¡ a uno de los generales sublevados: 鈥渁unque es usted un traidor, espero que no sea tambi茅n un asesino de mujeres鈥, le dir¡. As铆 lograr¡ sacar a las mujeres de La Moneda sin un rasgu帽o pero con el coraz贸n compungido al despedirse de sus hijas. Un extra帽o mecanismo de defensa le borrar¡ de la mente a Isabel las minucias de aquella ma帽ana, a excepci贸n del momento de la despedida y el nudo en la garganta que le producir¡ abrazar a su padre por 煤ltima vez, y Beatriz, atribulada con el paso del tiempo por no haberse quedado atrincherada a su lado, terminar¡ suicid¡ndose al cabo de cuatro a帽os, un once de octubre, en la Habana.

Despu茅s de esto empezar¡ el tiroteo sin tregua entre una fuerza descomunal y un presidente aferrado a su legitimidad, acompa帽ado por un exiguo grupo de amigos personales que combatir¡n a su lado hasta el final, armados de rev贸lveres, fusiles y algunas bazucas, algunos llamar¡n a sus casas a despedirse por 煤ltima vez. Despu茅s de esto, Salvador Allende intentar¡ una tregua en la que aceptar铆a dejar el cargo a cambio de que se armara un gobierno transicional, sin 茅l, que respetara las conquistas conseguidas hasta entonces, y se escuchar¡ la respuesta de Pinochet filtrada en la radio: 鈥渄e ning煤n modo amigo, muerto el perro se acaba la rabia鈥. Despu茅s de esto, los tanques de guerra bombardear¡n La Moneda y los Hawker-Hunter estallar¡n sus misiles contra las paredes del recinto presidencial, que comenzar¡ a sucumbir bajo el fragor de las llamas. Augusto Olivares se suicidar¡ tras horas de combate al darse cuenta de que la causa se ha perdido y el presidente pedir¡ un minuto de silencio en su honor en medio de la arremetida.
Allende se rendir¡, todos los que luchan a su lado conocer¡n su dimensi贸n hist贸rica cuando les estreche la mano uno a uno y les agradezca con la serenidad de sus mejores d铆as. Despu茅s de esto, el presidente leg铆timo de un pa铆s morir¡ en su oficina, solo y sembrando una eterna duda sobre su destino final. Morir¡ empu帽ando un fusil que ser¡ el primero y 煤ltimo que utilice jam¡s en sus sesenta y cuatro a帽os de vida. Algunos, como Fidel Castro y Garc铆a M¡rquez dir¡n que muri贸 de pie, combatiendo, solo, cuando evacuaron La Moneda y entraron a capturarlo. Su familia afirmar¡ que se habr¡ suicidado, propinando un golpe moral, intemporal, para quienes lo golpearon.
Despu茅s de esto la dignidad cambiar¡ de nombre para siempre: se llamar¡ Salvador Allende. Esto ocurrir¡ el once, ahora es diez y las maniobras golpistas han empezado en la noche. El m茅dico y mas贸n, amante de la vida, de las flores y del arte, Salvador Allende, se halla en su casa ultimando detalles para la convocatoria a plebiscito.




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