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El prÃncipe Siddharatha creció en el palacio.
Todo el tiempo el rey lo observaba.
Se aseguró de que su hijo tuviera lo mejor de todo.
QuerÃa que Siddhartha disfrutara la vida de un principe.
QuerÃa que se conviertiera en rey.
Cuando el PrÃncipe tuvo siete años su padre lo mandó a buscar.
"Siddhartha," le dijo, "Un dÃa serás
rey, ya es tiempo de que comiences
a prepararte. Hay muchas cosas
que tienes que aprender. Aquà están
los mejores profesores de la tierra.
Ellos te enseñarán todo lo que
necesitas saber."
"Daré lo mejor de mÃ, padre,"
contestó el prÃncipe.
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Siddhartha comenzó sus lecciones.
No aprendió a leer y escribir.
En cambio aprendió cómo montar caballo.
Aprendió a manejar el arco y la flecha, cómo
luchar y cómo usar la espada.
Estas eran las destrezas que un valiente rey
podrÃa necesitar.
Siddhartha aprendió bien sus lecciones. AsÃ
mismo, su primo, Devadatta.
Los dos muchachos tenÃan la misma edad.
Todo el tiempo el rey estaba pendiente de su
hijo.
"¡Qué fuerte es el prÃncipe," pensó, "!Qué
inteligente. Qué rápido aprende. Qué grande y
famoso será!"
Cuando el PrÃncipe Siddhartha terminaba sus
lecciones, le gustaba jugar en los jardines de
palacio.
Allà vivÃa toda suerte de animales: ardillas,
conejos, pájaros y venados.
A Siddhartha le gustaba obsevarlos.
PodÃa sentarse a mirarlos tan quieto que a ellos
no les daba miedo acercarse hasta él.
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A Siddhartha le gustaba jugar cerca del lago.
Cada año, una pareja de hermosÃsimos cisnes blancos
venÃa a anidar allÃ.
El los miraba detrás de los juncos.
QuerÃa saber cuántos huevos habÃa en el nido.
Le gustaba ver a los pichones aprender a nadar.
Una tarde Siddhartha estaba por el lago.
Repentinamente escuchó un sonido sobre él.
Miró hacia arriba.
Tres hermosos cisnes volaban sobre su cabeza.
"Más cisnes," pensó Siddhartha, "espero que se posen
en nuestro lago."
Pero justo en ese momento uno de los cisnes cayó del
cielo.
"¡Oh, no!" gritó Siddhartha, mientras corrÃa hacia donde
cayó el cisne.
"¿Qué ocurrió?"
"Hay una flecha en tu ala", dijo.
"Alguien te ha herido."
Siddhartha le hablaba muy suavemente, para
que no sintiera miedo.
Comenzó a acariciarlo con dulzura.
Muy delicadamente le sacó la flecha.
Se quitó la camisa y arropó cuidadosamente al
cisne.
"Estarás bien enseguida," le dijo.
"Te veré luego."
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Justo, en ese momento, llegó corriendo su primo
Devadatta.
"Ese es mi cisne," gritó.
"Yo le pegué, dámelo."
"No te pertenece," dijo Siddhartha, "es un cisne
silvestre"
"Yo le fleché, asà que es mÃo. Dámelo ya."
"No," dijo Siddhartha.
Está herida y hay que ayudarla.
Los dos muchachos comenzaron a discutir.
"Para," dijo Siddhartha. "En nuestro reino, si la gente no
puede llegar a un acuerdo, pide ayuda al rey. Vamos a
buscarlo ahora."
Los dos niños salieron en busca del rey.
Cuando llegaron todos estaban ocupados.
"¿Qué hacen ustedes dos aqu�" preguntó uno de los
ministros del rey.
"¿No ven lo ocupados que estamos? Vayan a jugar a
otro lugar."
"No hemos venido a jugar, hemos venido a pedirles
ayuda." Dijo Siddhartha.
"!Esperen!" llamó el rey al escuchar esto.
"No los corran. Están en su derecho de consultarnos."
Se sentÃa complacido de que Siddhartha supiera cómo actuar.
"Deja que los muchachos cuenten su historia," dijo.
"Escucharemos y daremos nuestro juicio."
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Primero Devadatta contó su versión.
"Yo herà al cisne, me pertenece." Dijo.
Los ministros asintieron con la cabeza.
Esa era la ley del reino.
Un animal o pájaro pertenecÃa a la persona que lo
herÃa.
Entonces Siddhartha contó su parte.
"El cisne no está muerto." Argumentó.
"Está herido pero todavÃa vive."
Los ministros estaban perplejos.
¿A quién pertenecÃa el cisne?
"Creo que los puedo ayudar," dijo una voz.
Un hombre viejo venÃa acercándose por el
portal.
"Si este cisne pudiera hablar," dijo el anciano,
nos dijera a nosotros que quisiera volar y
nadar con los otros cisnes silvestres. Nadie
quiere sentir el dolor o la muerte. Lo mismo
siente el cisne. El cisne no se irÃa con aquel
que lo quiso matar. El se irÃa con el que quiso
ayudarlo.
Todo este tiempo Devadatta permaneció en silencio.
Nunca se habÃa puesto a pensar que los animales también tenÃan sentimientos.
El lamentó haber herido al cisne.
"Devadatta, tu puedes ayudarme a cuidar el cisne, si quieres," le dijo Siddhartha.
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Siddhartha cuidó del cisne hasta que
estuvo bien otra vez.
Un dÃa, cuando su ala sanó, lo llevó al rÃo.
"Es hora de separarnos," dijo Siddhartha.
Siddhartha y Devadatta miraron como el
cisne nadó hacia las aguas profundas.
En ese momento escucharon un sonido de
alas sobre ellos.
"Mira," dijo Devadatta, "los otros han
regresado por ella."
El cisne voló alto en el aire y se unió a sus
amigos.
Entonces todos volaron sobre el lago por
una última vez.
"Están dando las gracias," dijo Siddhartha,
mientras los cisnes se perdÃan hacia las
montañas del norte.