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Estamos traumados en una nación que, para "triunfar" ante los tremendos
males que nos aquejan, sufre la disputa, la discordia y el encono. La guerra
que contemplamos lejana en el Medio Oriente, no somos algo aparte, se nos
introdujo hipócritamente a través de una competencia electoral supuestamente
equitativa. Todo mundo sabe que no ha sido así. Dudo que cuando se declare
un vencedor en las recientes elecciones se disipe la inconformidad y surja
milagrosamente el civismo ideal entre lo que se llama las fuerzas políticas.
Estas, independientemente de su mayor o menor congruencia, acierto y
simpatía, unas más que otras, fueron infladas con dineros fantásticos, el
escándalo publicitario en la televisión y el manoseo de encuestas y
apuestas. La partidocracia se apoderó del Estado y el artificio
virtual está
matando la vida real en aras del Mercado, un nuevo Hermano Mayor campeón de
la simulación y la manipulación.
Necesitamos retomar la cordura y organizarnos de manera que las fuerzas
políticas, las proclives a los cambios o las reaccionarias pero poderosas,
se sometan a la voluntad de la sociedad diversa y compleja, manifestada esta
no solo cada seis años sino en firme permanencia. Ya Einstein nos dijo que
ningún problema se resuelve a partir de las mismas premisas donde surgió.
Necesitamos reinventar a la sociedad civil no en términos ideológicos tan
frágiles que resultan a veces otras máscaras para encubrir a los poderes de
siempre. Aspiremos a una sociedad orgánica que recupera su raíz en el seno
de la gente común y corriente, empobrecida pero aún esperanzada en que
asumiendo con empeño la honradez, el trabajo y la buena voluntad podemos
salir adelante. Claro, habrá que retirar
obstáculos, engaños y trampas.
Continúará la lucha milenaria, no es nada nuevo. Ya Pitágoras en el siglo VI
A.C. enseñaba que ante los problemas añejos de la humanidad era preciso
destilar espíritu en comunión con el cosmos, constantemente, a través del
recogimiento y la trascendencia. Ante el ruido y el tumulto, apoyarse en los
números y la proporción, la geometría y la música, dimensiones educadoras de
la racionalidad y la intuición, la lógica y la armonía. Era preciso crear
órganos sociales no sujetos a la brutalidad y a las tiranías, órganos
inmersos en el pueblo, desmasificando y educando, depurando, constituyendo
vida mediante el sacrificio material y el alma transmigrante. Pitágoras,
creador de la filosofía, el amor a la sabiduría, fue sacrificado como lo han
sido tantos después
junto con Sócrates, Jesús, Gandhi.
Hoy nos domina la lógica de la representación y ello linda con la
simulación. Se nos induce a contar votos pero se ignoran los valores que
deben organizarlos, los votos quedan en manos de contadores, estadísticos y
masificadores. Se ignoran los valores primigenios de Bien, Verdad y Belleza
y se sustituyen mediante el culto a la cantidad y la fuerza. Urge, pues,
recurrir a nuevos códigos de comunicación para no extraviarnos en medio del
escándalo y la violencia, serán sin duda códigos de vida, de calidad más que
de cantidad, capaces de multiplicar más que de sumar, de equilibrar el
tiempo de las urgencias con el de las importancias.
Sin duda quien hoy padece la pobreza reclama se le entregue el bien negado
en medio de tanta opulencia y despilfarro, para ayudarse a
reconstruir
dignamente su vida, y esto genera miedo reaccionario entre tanto estafador.
Las diversas iniciativas que trabajan a favor de nuevas estructuras,
instituciones, redes, beneficios, necesitan conocerse, salir a la luz
natural y superar la ceguera actual producto de las pantallas. La verdad
testimonial, con transparencia, con articulación, con sinergias, nos hará
libres.
Para quienes valoramos un trabajo a largo plazo iniciado ya hace décadas nos
preocupa el divorcio existente con los jóvenes. Hoy los jóvenes están
cansados de rollos, muchos ahogados por la pobreza escapan al norte con
riesgo de su vida, otros militan en alternativas radicales de resistencia
y
presencia, a favor del ideal extraordinario, sea cívico, ecológico o
filantrópico, y otros asqueados por la corrupción, se afanan por renovar la
ética muchas veces gracias a la estética y a limpiar la mente mediante una
suerte de épica en su interior.
La política y la economía son hoy las dimensiones avasallantes. Pero no será
posible abordarlas con creatividad y firmeza, con sostén y convicción, si no
nos sacudimos antes una pseudo cultura que nos mantiene en mitos, inercias y
espejismos. Necesitamos ser sensibles a los valores éticos y estéticos,
cuestionar el pragmatismo individualista en que nos comportamos y
orientarnos en forma integral hacia la sociedad, el medio ambiente, el amor
y la solidaridad. Es una tarea renovadora de jóvenes de espíritu, abierta a
toda persona sensible que renueva su energía y su lucha por un mundo mejor
con el concurso del arte, la pintura y la escultura, la poesía y el teatro,
la música y la danza.
Cuando se inventaba la democracia, la tragedia griega -vivida entre vicios
y virtudes, con sangre, tiranías y guerras, entre protagonistas y
antagonistas,- se llevaba a la escena para, con ayuda del coro, crear
conciencia en el público y provocar una catársis que disipara pasiones con
la emoción estética. Había un desdoblamiento entre realidad y ficción, donde
teatro, música y danza transformaban el escenario en una ágora donde lo
oculto emergiera y el pueblo decidiera ante
el bien y el mal. En estos
tiempos que se auguran entre dramáticos y trágicos, necesitamos sumar la
emoción estética a nuestro quehacer político y económico para cosechar
conciencia, compromiso y liberación.