| Asunto: | [chamanes] IMPORTANCIA DEL CHAMANISMO PARA LA MEDICINA MODERNA | | Fecha: | Miercoles, 7 de Mayo, 2003 09:50:33 (+0200) | | Autor: | Foro de Chamanismo Esencial <forochaman @.........net>
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Saludos:
Este mensaje es para Teresa y tod@s l@s intersad@s:
Para introducirte en el tema de la sanación te recomiendo leer "Manos
que curan" de barbara Ann Brennan. También te recomiendo los apartados
de Nueva Medicina y Chamanismo Esencial en la web de
www.mind-surf.net/dfir
Ten confianza porque una vez que estás clara en lo que deseas el
universo encuentra infinitos canales para hacerte llegar la información
y todo lo que necesites. Para comenzar aquí te envío un ensayo sobre la
importancia de la vida interior de un sanador en el chamanismo. Espero
que lo disfrutes.
Recibe un abrazo y mucha paz.
Karina Malpica
Moderadora del Foro de Chamanismo Esencial
de la Red Latinoamericana de Luz
www.mind-surf.net/forochaman
forochaman@mind-surf.net
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LA VIDA INTERIOR DEL CURADOR
IMPORTANCIA DEL CHAMANISMO PARA LA MEDICINA MODERNA
http://www.mind-surf.net/dfir/vidainterior.htm
Larry Dossey
Convertirse en chamán jamás ha sido una mera cuestión de cultivar
pericia intelectual. Se trata más bien de ejercitar la totalidad del
ser: el cuerpo, la mente, la psique y el espíritu. Las siguientes
palabras de un chamán iglulik esquimal constituyen un reflejo vivaz
departe del proceso:
Deseaba convertirme en chamán con la ayuda de los demás, pero no lo
conseguí. Visité a muchos chamanes famosos y les hice grandes regalos...
Busqué la soledad y pronto me entró una profunda melancolía. A veces me
echaba a llorar y me sentía muy desgraciado, sin saber por qué. Entonces,
sin razón alguna, de repente todo cambiaba y me sentía inexplicablemente
alegre, con una alegría tan poderosa que era incapaz de contenerla, y
tenía que ponerme a cantar, una poderosa canción en la que sólo había
cabida para una palabra: ¡Alegría, alegría! Además, tenía que utilizar
toda la fuerza de mi voz. Entonces, en el seno de aquel misterioso y
abrumador ataque de alegría, me convertí en chamán, sin saber yo mismo
cómo había ocurrido. Pero era chamán. Podía ver y oír de un modo
totalmente distinto. Había adquirido mi qaumanEq, mi iluminación, la luz
chamánica del cerebro y del cuerpo, de modo tal que no sólo era capaz de
ver a través de la oscuridad de la vida, sino que la misma luz emanaba
de mí, imperceptible para los seres humanos, pero visible para todos los
espíritus de la tierra, del cielo y del mar, que se me acercaron para
convertirse en mis ayudantes espirituales. 1
Sin embargo, convertirse en médico moderno es algo muy distinto.
Consiste principalmente en aprender una cantidad descomunal de datos y
hechos objetivos, sin los cuales uno no puede funcionar como doctor con
una orientación científica. El proceso de educación médica hace hincapié
en una externalidad abrumadora con respecto al mundo de las dolencias y
enfermedades: todo está «ahí fuera». Por tanto, no es sorprendente que
el médico siempre parezca mirar hacia el exterior. A muy pocos se les
ocurre que pueda ser importante mirar hacia dentro, hacia su propio
interior, considerar su vida objetiva e íntima en el proceso de curación.
Esto no debe sorprendernos. Después de todo, el hecho de ver el mundo
como algo externo está en consonancia con los cánones de la ciencia
moderna, ya que la ciencia es supuestamente posible gracias a que el
mundo no es subjetivo, sino plenamente objetivo. El mundo, incluida la
salud y la enfermedad, no depende de nuestros pensamientos ni
sentimientos para ser como es. De no ser así, como lo subraya Jacques
Monod, la ciencia simplemente no podría existir. (El hecho de que esta
visión no sea consecuente con los descubrimientos de la física moderna
no ha llegado todavía a la medicina ni a las ciencias biológicas, en
general.)
Así pues, se ignora la vida subjetiva del médico como factor importante
en su profesión. Se le atribuye un valor frívolo y superfluo. Al
compararlos con el «saber» y con el «hacer», los aspectos del «ser» en
la vida del médico se consideran insignificantes. Esto supone un cambio
radical con respecto a las tradiciones chamánica y popular de la
curación, y es una dirección con enormes consecuencias negativas en
cuanto al poder de curación de los que están dominados por dicho punto
de vista.
Sin embargo, no siempre ha sido así. En otra época, en occidente, con
anterioridad a la objetivación extrema de la naturaleza que ha tenido
lugar con la aparición de la ciencia moderna, en general se consideraba
valioso el hecho de cultivar la vida interior. Mirar hacia dentro no
sólo era aconsejable para el hombre común, sino que se consideraba
indispensable para el especialista en cualquier área del saber.
El hecho de ignorar la importancia de cultivar la vida interior ha
tenido consecuencias desastrosas para los médicos modernos. Algo vital
se ha perdido debido a ello, algo que es fundamental en la misión del
curador. El enfoque preponderantemente externo de la enfermedad, la
visión de que se la puede tratar como un hecho totalmente externo y
objetivo, ha sido claramente un fracaso.
Esto no es ningún secreto. En la actualidad, entre los propios
responsables de la educación médica, se reconoce ampliamente que algo
grave ha ocurrido en el proceso de formación de los médicos. Las
actuales deficiencias en el programa de formación de los nuevos
terapeutas son el tema central de un destacado informe publicado
recientemente por la Association of American Medical Colleges, titulado
Physicians for the Twentyfirst Century.2 El informe reconoce que
actualmente se están formando médicos que dejan mucho que desear como
curadores. Y, a pesar de que no menciona específicamente la lamentable
negligencia del desarrollo interior del médico, hace referencia
implícita al tema, al igual que los siguientes comentarios, también
procedentes del seno de los pedagogos facultativos, que describen el
trance de la actual situación:
"... en general, el conjunto de los médicos de formación reciente son
insensibles, tienen una mala relación con el paciente, sus conocimientos
médicos generales y su pericia exploratoria son deficientes, y sienten
poca preocupación por el impacto de la medicina en la sociedad... Además,
son pocos los jóvenes en el ejercicio de la medicina que parezcan
sentirse emocional o intelectualmente satisfechos con su profesión... El
engorroso proceso actual de formación suele convertir a jóvenes
inteligentes y creativos, impulsados por el deseo de ayudar al prójimo,
en personas frías y aisladas, que han perdido la mayoría de sus ideales
originales sobre la práctica de la medicina... produciendo doctores con
cualidades diametralmente opuestas a aquéllas en las que ostensiblemente
cree".3
Por consiguiente, no es ningún secreto que algo anda mal. No es sólo el
paciente quien está enfermo, sino también los médicos. De tal modo que
hoy en día es difícil hallar a alguien que se sienta satisfecho con el
estado de la medicina moderna, tanto entre los pacientes como entre los
profesionales. Las quejas más comunes son sobradamente conocidas: su
elevado coste; la disponibilidad poco ecuánime de la atención médica; la
cualidad distante, fría y deshumanizada de gran parte de la medicina
actual; el fracaso, en muchas áreas de la medicina científica, de los
proyectos en curso; su preocupación por aspectos meramente tecnológicos
como los medicamentos y la cirugía, en lugar de un enfoque preventivo y
educativo, y, como hemos visto, la incapacidad del médico de satisfacer
las necesidades de atención y asistencia del enfermo.
Es esta última deficiencia la que a mi entender es más preocupante.
Aunque todos los demás temas se resolvieran, la percepción de la
medicina como misión fallida persistiría. Si no sana el sanador, nadie
podrá ser sanado.
El propósito de este ensayo no es el de discutir los méritos
particulares de ninguna de dichas quejas, ya que existen abundantes
estudios al respecto. Lo que me propongo es partir de la observación
indiscutible de que algo falla en la medicina actual; sugerir que la
causa más importante de dicho problema es la falta de comprensión, por
parte de los médicos, de la importancia vital de su propio desarrollo
interior; demostrar que esta observación es ineludible ante buena parte
de la información clínica existente en la actualidad, y probar que en el
chamanismo se puede llegar a apreciar la importancia de la vida interior
del curador como elemento decisivo en la misión curativa.
Una de las características más notables de la medicina moderna es la
forma en que el médico ha llegado a ver su relación personal con su
oficio. Esencialmente es una posición de distanciamiento. Esta forma de
pensar está incorporada en la creencia, por ejemplo, de que uno no elige
a un cirujano en base a su personalidad, sino exclusivamente por su
pericia quirúrgica. O que a la hora de nombrar un interno no se tiene en
cuenta su calor personal, sino su nivel intelectual, su habilidad para
compaginar diversas piezas del rompecabezas diagnóstico, o la intrepidez
con que es capaz de elaborar un tratamiento. Estas actitudes reflejan la
creencia general de que un auténtico distanciamiento del paciente no
sólo es permisible, sino en realidad aconsejable; una intimidad excesiva
podría ofuscar su juicio y ser en definitiva contraproducente para el
paciente.
Comprendo que muchos médicos, que a su entender mantienen una relación
sincera y emotiva con el paciente, no estarán de acuerdo con lo que
acabo de decir. Sin embargo, el tipo de participación al que me refiero
va mucho más allá de lo que normalmente se entiende por «relación
médicoenfermo». Supera la simpatía, comprensión, amabilidad, intimidad,
o incluso la atención que pueda dispensar el doctor. Creo que cuando el
médico se encuentra con su paciente, intervienen ciertos factores que no
describen estos términos de cariz psicológico, factores hoy olvidados,
pero a los que eran muy sensibles los curanderos y chamanes del pasado.
Es en realidad la vida interior del médico, su vivacidad espiritual, la
calidad de su existencia en el mundo, en lo que estoy pensando y sobre
lo que deseo llamar la atención.
Pero, ¿por qué? Introducir algo tan nebuloso como la vida interior del
médico entra en discordia con los supuestos categóricos de los doctores
modernos de que toda enfermedad es externa, física y concreta en su
origen; de que son las moléculas y los átomos del cuerpo físico los que
no funcionan debidamente y causan la enfermedad.
Sin embargo, desde el punto de vista del chamán, este enfoque moderno
del problema es una profanación, no sólo con relación al paciente, sino
al mundo en general. Ver al paciente como una colección de materia
muerta y no pensante, negando la importancia de sus complejas conexiones
con multitud de fuerzas omnipresentes, y creer que el mundo es
manipulable sólo por medios físicos, supone un insulto para los
espíritus y poderes vivientes que impregnan todos los cuerpos y la
totalidad del mundo.
Para el chamán, curar al paciente no es sólo cuestión de pericia
intelectual, sino un ejercicio de poder. Y la suerte del paciente
siempre depende de la percepción del chamán de los poderes que operen en
el caso, y de su pericia para intervenir, propiciar, manipular, dirigir,
eliminar y en general manejar los espíritus y las fuerzas que
intervengan en un caso determinado.
Para que el chamán pueda funcionar de este modo, no basta con su
capacidad técnica. Debe saber mucho más que, por ejemplo, cómo usar
diversas hierbas y pociones. Ésta no es más que la parte exotérica de su
arte. El lado interior o esotérico incluye el conocimiento que sólo ha
podido adquirir siguiendo la senda espiritual marcada por los chamanes y
guías que le han precedido, y escuchando las voces internas que siempre
hablan a quienes están dispuestos a escuchar. En la tradición chamánica,
sería tan inconcebible que un curandero intentara tratar a un paciente
sin antes adquirir un alto nivel de comprensión espiritual, como que un
estudiante de primer año de medicina se propusiera extirpar un tumor
cerebral. Para poder curar, en ambos casos se presupone la pericia
necesaria, sólo que a lo largo de los siglos hemos llegado a equiparar
la pericia, primordialmente, con la técnica y el conocimiento
intelectual.
La misma forma en que Mircea Eliade define el chamanismo, como una
«técnica de éxtasis», indica implícitamente que en la curación chamánica
no sólo interviene la pericia intelectual.' Históricamente, el chamán es
el personaje dominante en la vida mágicoreligiosa de su comunidad, el
«manipulador de lo sagrado» y el «gran maestro del éxtasis», en palabras
de Eliade. Estos términos transmiten claramente la importancia de la
vida interior de experiencia espiritual, sistemáticamente excluida del
proceso de formación de los médicos actuales.
Puede que el médico moderno acepte nominalmente la importancia de la
vida interior, pero casi en todos los casos es la vida interior del
paciente y no la del médico la que se considera importante. A este fin,
puede que se recurra a diversos «especialistas del interior» (cura,
pastor, psicólogo o psiquiatra) para contribuir a la recuperación del
paciente. Sin embargo, la mayoría de los médicos piensan y actúan como
si estas consideraciones pertenecieran a una segunda categoría,
independiente de las formas más substanciales de intervención.
Evidentemente, estos esfuerzos pueden estimular el deseo del paciente de
mejorar, pueden alentar su espíritu de lucha, pero a la larga no son más
que ornamentos, ya que no alcanzan las causas físicas, que es donde
radica el quid de la cuestión. El tumor es o no susceptible a los
medicamentos; la operación ha o no ha tenido éxito; la intervención se
ha practicado o no antes de que fuera demasiado tarde. He ahí donde
radica el verdadero poder y no en la mente del sacerdote, del pastor, de
los amigos interesados, o incluso del propio paciente.
Podemos resumir las diferencias entre la visión del mundo del chamán y
la del médico moderno como sigue: el médico moderno vive en un mundo
desapasionado y mecánico, el chamán, en un mundo encantado. Pero a fin
de cuentas, ¿qué importa que la actitud del chamán y la del médico
moderno en el mundo sean tan radicalmente dispares? Para cualquiera que
se dedique a la curación, la diferencia se expresa en la «última línea»:
el resultado clínico, la suerte del paciente. Pero aquí es donde debemos
proceder con cautela, ya que el criterio de éxito puede ser radicalmente
distinto para el chamán y para el médico moderno, sin que dependa
necesariamente de la eliminación de laenfermedad o incluso de la
supervivencia del cuerpo.
Si consideramos la supervivencia, el médico moderno puede presumir de su
supremacía, ya que cuenta con muchos másrecursos que el chamán. Sin
embargo, el chamán también tiene ciertas habilidades que superan a las
de muchos doctores actuales. Éstas giran en torno al concienciamiento
del significado esencial contenido en la totalidad del entorno cósmico y
en el significado de dichas pautas, tal como las percibe el paciente.
Para ello debe estar familiarizado con las actitudes, emociones y
cualidades espirituales del paciente. Necesita saber lo que la
enfermedad significa para el paciente, lo que la dolencia le «dice»;
cómo se desenvolvía la vida del paciente antes de que se declarara la
enfermedad; cómo afectan las pautas de numerosos elementos (el sol, la
luna, los planetas, las estrellas, el tiempo, las plantas, los animales
y los demás seres humanos) los acontecimientos en la vida del paciente.
Este tipo de cuestiones casi nunca forman parte del proceso de curación
de un médico moderno, pero son indispensables para que el chamán pueda
actuar.
La cuestión de los significados de la enfermedad está firmemente
vinculada a la vida interior del médico. Según su comprensión de su
propio interior será o no capaz de detectar el tipo de información
general, que tan valiosa es para el chamán. Si padece inercia interior o
ceguera espiritual, es probable que no logre discernir las pautas
contenidas en el acaecimiento de la enfermedad. Por mi parte, estoy
convencido de que muchos médicos lo intuyen; les asusta pensar en la
existencia de significados o pautas ocultas contenidas en la enfermedad,
que quizá no estén capacitados para ver.
Su actitud es comprensible, ya que si dichas pautas existen y no se es
capaz de detectarlas, deben admitir que se les escapa algo relacionado
con la enfermedad. Reconocerlo equivaldría a confesar su ignorancia con
respecto al funcionamiento del mundo y a su lugar en el mismo. La
abierta admisión de dicha carencia supondría no sólo admitir su propia
debilidad, sino también lo inadecuado del concepto moderno de enfermedad,
que niega la existencia de dichas pautas; equivaldría a poner en duda el
supuesto de que los procesos puramente físicos no albergan significado
alguno; y a cuestionar la creencia de que las únicas pautas valederas
son las que hacen referencia a los átomos, las moléculas y los procesos
celulares.
Si el médico reconoce la existencia de significado en los detalles más
sutiles de la enfermedad del paciente, tales como en sus relaciones con
su familia, e incluso con el cosmos en general, en realidad estará
admitiendo que ha cometido graves equivocaciones, que hay una carencia
en su teoría y en su formación, que como médico está pisando sobre hielo
quebradizo después de una omisión de tal magnitud, y que su filosofía,
tanto personal como profesional, es deficiente.
Estos descubrimientos revelan siempre algo respecto de uno mismo, ya que
la siguiente reflexión es inevitable: si las experiencias de mis
pacientes contienen significados ocultos, ¿qué significados habrá en mi
propia vida que ignoro por completo? Admitir una grave ineptitud en la
teoría médica acarrea el riesgo de reconocer una profunda insuficiencia
personal. Así es como la cuestión del significado de la enfermedad se
relaciona con la vida interior del médico y ésta es la razón por la que
él se resiste tan vigorosamente a su reconocimiento, a pesar de lo
evidente de su importancia.
¿Existe alguna prueba de que los chamanes puedan estar en lo cierto?
¿Hay algún significado en la enfermedad que los postulados modernos
ignoren? Con enfoques científicos no logramos hallarles significado a
muchos de los acontecimientos cósmicos que el chamán afirma ser capaz de
interpretar. Sin embargo, podemos ir lo bastante lejos con los criterios
científicos como para determinar la importancia de tales significados,
pues la ciencia es algo que debemos utilizar, ya que es un instrumento
de curación muy poderoso. Para los facultativos con formación científica,
la pregunta debería ser: ¿qué pruebas científicas existen, en la
actualidad, de que el significado de la enfermedad es importante en la
medicina clínica?
Las pruebas, a mi parecer, son abrumadoras. Afectan el corazón de la
teoría médica moderna y su insistencia en que las bases de la enfermedad
carecen de significado. En una categoría clínica tras otra, los
significados que la gente percibe del mundo se filtran de un modo
claramente detectable en el proceso físico de la enfermedad, produciendo
efectos importantes en el mismo, que a veces son cuestión de vida o
muerte.
En su conjunto, dichas pruebas sugieren que tenemos mucho que aprender
del chamanismo, en cuanto a detectar el significado de la salud y la
enfermedad, para lo cual es preciso que, como médicos, sintonicemos
nuestra vida interior con ese fin.
¿Qué prueba existe de que el significado es importante? En primer lugar,
consideremos la causa principal de la muerte en nuestra cultura, las
enfermedades cardiovasculares. En este caso, para comprender los
orígenes de la enfermedad, se han explorado los clásicos «factores de
riesgo». Es bien sabido que la probabilidad de desarrollar una
arteriosclerosis coronaria es superior si uno es fumador, si tiene un
nivel elevado de colesterol en la sangre, presión sanguínea elevada o
diabetes. No obstante, según fuentes fidedignas que registran la
epidemiología de este problema, la mayoría de la gente que comienza a
padecer síncopes cardíacos en este país no comparte ninguno de los
principales factores de riesgo.' La evidencia sugiere que algo falla en
nuestro enfoque físico a la comprensión de los orígenes de esta
enfermedad y que puede estar relacionado con significados implícitos.
Consideremos el estudio realizado en 1972 en el estado de Massachusetts,
que demuestra que la mejor forma de pronosticar el desarrollo de las
enfermedades cardiovasculares no es ninguno de los factores clásicos de
riesgo, sino la satisfacción laboral. Y, en segundo término, aparece lo
que los autores del estudio denominan «felicidad global». Aquí la clave
es la importancia del significado: el significado del trabajo del
individuo, el significado de los acontecimiento de la vida, la felicidad
que uno percibe. Evidentemente, es imposible encuadrar los orígenes de
la satisfacción laboral o de la «felicidad global» en átomos y
moléculas: las pautas de las relaciones, el ambiente social en el que la
persona se desenvuelve.'
Además, los estudios demuestran que un tercio de los pacientes que
ingresan en las unidades cardiovasculares con arritmias graves (latido
alterado del corazón) han experimentado graves trastornos emocionales
durante el período inmediatamente anterior a la arritmia.' También es
cierto que se han utilizado la meditación y el reposo, que permiten la
reinterpretación de viejos significados y la emergencia de otros nuevos,
en el tratamiento de arritmias graves8 con peligro para la vida del
paciente, así como en casos de nivel sanguíneo de colesterol muy
elevado.9
En los trastornos de inmunodeficiencia, los significados percibidos son
de suma importancia. Schleifer y sus colaboradores examinaron las
funciones de las células T y B en un grupo de hombres cuyas esposas
padecían de cáncer de pecho. Antes del fallecimiento de la esposa, las
células inmunes funcionaban con normalidad. Sin embargo, poco después de
su muerte y a lo largo de muchos meses, las células T y B dejaban de
funcionar, y permanecían inactivas incluso después de extraídas de la
sangre y expuestas, en el laboratorio, a substancias químicas que
habitualmente estimulan su inmunoactividad.lo
Thomas ha demostrado que los estudiantes de medicina a quienes les
resulta difícil exteriorizar sus emociones y que han tenido una relación
deficiente con sus padres durante su crecimiento, cuentan con mayores
posibilidades de morir de algún tipo de tumor maligno." Numerosos
estudios de publicación reciente12 demuestran la existencia de
variaciones en la represión de la función inmunológica en consonancia
con numerosos índices de la función psicológica.
La lista prosigue, pero su enumeración se hace monótona. Hoy en día, a
mi entender, el papel de la percepción del significado como factor de la
enfermedad ha quedado incuestionablemente establecido en una amplia gama
de dolencias. Los conocimientos en este área aumentan a un ritmo
vertiginoso y sólo apelando a una definición que convirtiera los efectos
de los significados percibidos en inexistentes (como, por ejemplo,
afirmando que todo pensamiento es en definitiva un hecho físico) podría
negarse su importancia.
A pesar de toda esta información, los médicos modernos no se sienten
cómodos en el campo de los significados. En el supuesto de que dichos
estudios sean válidos, ¿cómo puede reaccionar el médico ante
significados distorsionados en la vida del paciente? No podrá extender
ninguna receta destinada a mejorar la satisfacción laboral o las
relaciones interpersonales, para no mencionar la «felicidad global». Por
consiguiente, a muchos médicos les resulta más fácil negar el papel en
la salud de los significados percibidos que decidir lo que deberían
hacer en el caso de que fueran importantes. Además, mientras se siga
subestimando su importancia, el médico no se verá obligado a cuestionar
su propia felicidad global, su satisfacción laboral, o la riqueza
general y la pertinencia de los significados que percibe en su propia
vida.
El precio que se paga por ignorar estos temas es una medicina inadecuada,
así como una gran insatisfacción tanto por parte de los médicos como por
la de los pacientes, que podría remediarse, por lo menos parcialmente,
abriendo el campo terapéutico a la parte de la enfermedad reflejada en
los significados. Examinar la forma en que los curanderos de otras
épocas y otras culturas se han servido de los significados puede que
contribuya a que los médicos modernos reconozcan su importancia en la
salud y en la enfermedad. La herencia de métodos chamánicos se remonta
por lo menos a cincuenta milenios, y siempre ha tenido en cuenta la
importancia de los significados, los procesos y las pautas de las
enfermedades. ¿Es factible que los médicos, al sentirse vinculados a
estas grandes tradiciones curativas, sean más propensos a resucitar esta
faceta de su arte?
Pero el hecho de reconocer los vínculos con el pasado no es más que uno
de los tantos enfoques posibles; otro sería el de aceptar los
descubrimientos de la ciencia médica actual antes mencionados. Hoy es la
propia ciencia médica la que está empezando a documentar la importancia
del significado, de un modo claro y preciso. Así pues, para reconocer la
importancia del significado, los médicos pueden mirar al pasado o al
presente, a la tradición o a la ciencia actual. Si logramos reaprender
la lección del significado, que constituye una parte antiquísima de la
herencia chamánica, puede que hayamos colocado la primera piedra de un
prolegómeno de curación en el que se incluya la vida interior del médico
como elemento fundamental.
¿Cómo y en qué momento hemos perdido la concepción fundamental de que la
vida interior del médico está primordialmente vinculada a su capacidad
curativa? No creo que la respuesta sea demasiado críptica. Nos hemos
desentendido de la misma porque creímos que entorpecía la práctica de
una «buena medicina», la evaluación puramente clínica y el ejercicio
justo de la profesión. Nos creímos capaces de elaborar una medicina
totalmente objetiva para la humanidad. Efectivamente, creímos que
realizábamos una buena obra al exorcizar las directrices
interiorizadoras de la medicina, y nuestra última justificación no podía
ser más contradictoria: lo hicimos en nombre de la ciencia. Pero
cometimos un error.
Sin embargo, existe otra lección que podemos aprender, en cuanto a la
razón por la que la vida interior del curador ha tenido siempre tanta
importancia. Actualmente podemos afirmar que la razón por la que los
chamanes otorgaron importancia a la introspección espiritual y a las
visiones internas del curador, no fue su carencia de ciencia, ni su
incapacidad para razonar tan objetivamente como nosotros, sino porque la
curación, en su máxima expresión, es inalcanzable sin ellas. Sin dichas
cualidades, el curador no puede curar: he ahí la cuestión. La razón por
la que dicho conocimiento no fue jamás desechado a lo largo de la
tradición chamánica no se debe a falta de ilustración, sino,
precisamente, a la sabiduría de los antiguos curadores. En otras
palabras, como lo sostienen muchos estudiosos del chamanismo, el método
tuvo éxito mientras perduró.
Quizá el médico moderno, al igual que el chamán, pueda comenzar a
explorar nuevamente su vida interior como parte esencial de su formación,
y con el mismo rigor con que aprende anatomía, fisiología y bioquímica.
No pretendo sugerir que los médicos adopten las formas específicas de
las creencias y prácticas chamánicas, como los ayudantes espirituales,
los animales de poder, el uso del tambor y de la maraca, la utilización
de drogas para provocar el éxtasis o el trance. Estas cosas no son
propias de nuestra época y sería absurdo adoptar hábitos ajenos a
nuestras costumbres. Lo que necesitamos desesperadamente del chamanismo
es algo mucho más importante que los formulismos del chamán: debemos
recuperar el alma del curador, ya que eso es lo que hemos perdido.
Reintroducir el «alma» en el arte de la curación no significa insertar
una religiosidad a ultranza, sino más bien el «alma» como medio de
concienciamiento de lo que es posible, como introspección en la
dimensión «terrestre» de toda experiencia. Se trata de una forma de ver
que rescate la totalidad de la vida de ese vacío estéril que se ha
convertido en sinónimo de modernidad. La capacidad de discernir la
dimensión «terrestre» en la totalidad de la existencia nos permitiría
ser de nuevo conscientes de la «verticalidad» intrínseca del mundo, que
es la cualidad que Tillich describió como trágica y lamentablemente
ausente de la vida moderna. Sin la capacidad de conocer la base de toda
experiencia, la vida carece de dinamismo. Y una medicina con una
percepción remota de dicha base ya no puede ser satisfactoria.
Este es, por consiguiente, el gran legado del chamanismo para el curador
moderno: una forma de introducir dinamismo en la vida, una forma de
descubrir que el mundo está encantado y no muerto, y esencialmente, una
forma de resucitar el cadáver de la medicina moderna.
En la Edad Media, el místico cristiano Johannes Eckhart (12601328
aproximadamente) comentó que «no es lo que hacemos lo que nos santifica,
sino que debemos santificar lo que hacemos»." Ésta era la habilidad que
el chamán tenía y que el médico moderno ha perdido; pero no sólo ha
perdido la capacidad de santificar lo que hace, sino incluso la de
percibir la cualidad de santidad del mundo.
¿Somos capaces de escuchar aún el mensaje atemporal del chamán sobre la
importancia de las cualidades anímicas del curador, que posibilitan la
recuperación del sentido de la santidad? De no ser así, la impotencia y
la confusión seguirán caracterizando el futuro de la medicina moderna.
Si lo logramos, la medicina se convertirá una vez más en un camino, en
una senda espiritual para el médico, como siempre lo ha sido para el
chamán, recuperando de este modo algo ausente en la medicina
contemporánea: el poder de curación.
1. Knud Rasmussen, Intellectual Culture of the Iglulik Eskimos. Informe
de la quinta expedición Thule 192124, vol. 7, no 1 (Copenhague,
Gyldendalske Boghandel, Nordisk Forlag, 1929), pp. 118119; citado pür
Michael Harner en The Way of the Shaman (San Francisco, Harper Row, 1980),
pp. 2223.
2. Physicians for the Twentyfirst Century: Report of the Project Panel
on the General Professional Education of the Physician and College
Preparation for Medicine. Association of American Medical Colleges, 1985.
3. T. J. Iberti, «American Medical Education: Has It Created a
Frankenstein?» American Journal of Medicine 78 (1985), 179181.
4. Mircea Eliade, Shamanism: Archaic Techniques of Ecstasy (Princeton, N.
J., Princeton University Press, 1964), p. 4.
5. C. D. Jenkins, «Psychological and Social Precursors of Coronary
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6. Work in America: Report of a Special Task Force to the Secreta.y of
Health, Education, and Welfare (Cambridge, MIT Press, 1973).
7. P. Reich y otros, «Acute Psychological Disturbances Precedinig
LifeThreatening Ventricular Arrhythmias», Journal of the American
Medical Association, 17 de julio de 1981, pp. 233235.
8. B. Lown y otros, «Basis for Recurring Ventricular Fibrillation in the
Absence of Coronary Heart Disease and Its Management», New En' gland
Journal o f Medicine 294 (1976), 623629.
9. M. Cooper y M. Aygen, «A Relaxation Technique in the Management of
Hypercholesterolemia», Journal of Human Stress, diciembre 1979, pp. 2427.
10. S. J. Schleifer y otros, «Suppression of Lymphocyte Stimulation
Following Bereavement», Journal of the American Medical Association 250
(1983), pp. 374377.
11. C. B. Thomas, «Precursors of Premature Disease and Death: The
Predictive Potential of Habits and Family Attitudes», Annals of Internal
Medicine 85 (1976), 653658.
12. S. E. Locke y M. HornigRohan, Mind and Immunity: Behavioral
Immunology (Nueva York, Institute for the Advancement of Health, 1983).
13. Meister Eckhart, «Counsels on Discernment», en Meister Eckhart, die
deutschen und lateinischen Werke: Deutsche Werke (V. Stuttgart, 1971), p.
198.
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