| Asunto: | [ceiten] Artículo interesante | | Fecha: | Martes, 8 de Mayo, 2007 15:49:53 (-0500) | | Autor: | Camilo Estrada Luviano <camilo17estrada @.....com>
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Ojalá este artículo si le interese a alguien. Salevale.- cel
La izquierda latinoamericana hoy: entre la emancipación y el reformismo por Beatriz Stolowicz.(México)
La
académica mexicana, Beatriz Stolowicz, habla en este artículo de las
confusiones, renuncias e insuficiencias ideológicas de la izquierda
latinoamericana, pero también de su valor ético, racionalista, y de la
opción anticapitalista, antimperialista por la emancipación de los
pueblos que conforman su identidad. Cada vez que
reflexionamos sobre la izquierda en América Latina nunca falta el
reclamo sobre quién puede tener la verdad absoluta para decir lo que es
o debe ser la izquierda. En efecto, la izquierda y el socialismo no son
religiones laicas, contra lo que dicen los conservadores; no son
doctrinas inmanentes. La discusión está abierta. Pero tiene como
límites identitarios que la izquierda es una opción ética, con sólido
fundamento racional. Que más allá de la heterogeneidad que hay en ella,
es una opción por la emancipación humana, por la reapropiación por
parte de cada ser humano de todas sus capacidades, cualidades y
potencialidades, de su liberación de toda forma de subordinación o
dependencia. Y que ello implica necesariamente la igualdad social, sin
la cual no son posibles la plena libertad ni el derecho pleno a la
diferencia, individual y colectiva. Esto puede parecer obvio, pero es
necesario recordarlo hoy, cuando cualquiera que siente alguna
incomodidad con los horrores sociales del presente, como la pobreza, es
calificado como progresista. En Europa se redujo la pobreza, pero no la desigualdad La
lucha contra la pobreza es parte de la concepción igualitaria de la
izquierda porque es la expresión más brutal de la desigualdad. Pero no
toda crítica a la pobreza es pensada así. Desde finales del siglo
XVIII, los ideólogos del capitalismo han justificado sus teorías y
proyectos en nombre de la solución más idónea a la pobreza. Las
políticas contra la pobreza no tienen marca registrada de izquierda;
hasta el neoliberalismo, que multiplica cada día el número de pobres,
tiene las suyas. Conocemos sus intenciones y resultados, pero son
discurso, y confunde. Desde finales del siglo XIX,
particularmente en Europa, se habló de izquierdas, en plural,
admitiendo laxamente que también podían alcanzarse los objetivos
emancipatorios dentro del capitalismo. Hoy no quedan dudas de que eso
era falaz. En el capitalismo central, beneficiario de los excedentes de
la periferia dependiente, se redujo la pobreza pero no la desigualdad
producida por la acumulación capitalista y su creciente concentración y
centralización, lo que dio suficiente poder al capital para decidir
sobre vidas y naturaleza, tanto como para revertir incluso la
eliminación de la pobreza. La "izquierda moderna", "civilizada" y "decente" No
es una declaración dogmática, ajena al análisis de la realidad, decir
que la izquierda es anticapitalista o no lo es, y que, en América
Latina, sólo puede serlo si es antiimperialista. Existen
múltiples expresiones de izquierda, tantas como es de heterogénea la
realidad social e histórica de nuestra región, no obstante sus enormes
similitudes. Pero ninguna diferencia puede eludir, en cuanto identidad
de izquierda, estas claridades en torno a los objetivos emancipatorios.
Hay diferencias en el modo de pensar su realización, y son producto de
la riqueza intelectual y de las realidades en que se actúa. Pero esta
diversidad, que hay que aprender a ver y respetar, reconoce
definiciones principales comunes, no tiene por qué hacer difusas las
fronteras identitarias. En rigor, estar hablando hoy, en
América Latina, de "izquierdas" no es signo de riqueza intelectual sino
de haberse rendido ante las insuficiencias analíticas, pues las
múltiples denominaciones clasificatorias se basan sobre todo en rasgos
exteriores de las distintas expresiones de izquierda y sus prácticas,
lo que aporta bastante poco. Se habla, por ejemplo, de "la
nueva izquierda". Es una calificación usada por la derecha, interesada
en gestar una "izquierda moderna", que es "decente" y "civilizada",
porque ha superado su "utopismo" y su "primitivismo", es decir, que ha
renunciado a luchar contra el capitalismo y contra el imperialismo (su
"utopismo") y que ha repudiado al marxismo (su "primitivismo"). Esa es
la connotación que tiene hoy en América Latina la frase "nueva
izquierda", frente a la que no hay que ser ingenuos. Hay
quienes, con otra intención, se refieren a "la nueva izquierda" como
aquella que no reconoce pertenencias clasistas, sino identidades
étnicas o de género, o por su actividad principal, como lucha
ambientalista o de derechos humanos, entre otras. Este deslinde denota
un empobrecimiento analítico, que viene de considerar a la clase sólo
por su lugar en la producción industrial (forma histórica pero no
núcleo teórico de la categoría), desconociendo dos aspectos
fundamentales de la contradicción clasista. De una parte, que la
reestructuración neoliberal del capitalismo ha transformado todas las
relaciones sociales y de poder en su provecho, y ha multiplicado las
formas de explotación y de expropiación de riqueza, tanto en la
sobreexplotación del trabajo formal e informal, en la utilización del
desempleo para abatir salarios y liquidar derechos de los trabajadores,
como en la expropiación de ingresos de los no propietarios transferidos
al capital por el Estado: no sólo privatizando la riqueza social, sino
también vía impuestos directos e indirectos, tarifas públicas y precios
de mercancías, y a través del pago de la deuda. El universo de los
no-propietarios expropiados por el capital se ha ampliado y
diversificado. Reduccionismos liberales v/s lucha de clases Es
verdad que ha habido una vulgarización del marxismo por aquellos que
pensaron el problema de las clases de manera estrecha, ajena al
marxismo mismo. Pero una cosa es cuestionar los errores conceptuales y
otra es negar la contradicción clasista en el capitalismo. Pero,
además, la contradicción clasista no se da sólo por la explotación,
expropiación directa o indirecta, sino también por la dominación. El
capitalismo, en su modalidad histórica actual, ha multiplicado las
formas de opresión y de exclusión; y, por ellos, es lógico que los
rechazos, resistencias y rebeldías se multipliquen en una diversidad de
expresiones sociales notable. El capitalismo en su fase
actual, primordialmente especulativo y rentista, se reproduce cada vez
más utilizando los métodos de la acumulación originaria, es decir, por
robo y saqueo, con formas neocoloniales de control directo sobre
territorios, energéticos, materias primas, agua, biodiversidad. La
defensa del territorio y de sus recursos naturales es hoy una de las
luchas anticapitalistas más radicales por su impacto para la
reproducción del gran capital. La lucha por la autonomía
indígena es tan lucha anticapitalista como la de los obreros, como bien
señala la Sexta Declaración de la Selva Lacandona del EZLN. Así que
las diferencias clasistas hay que pensarlas de otro modo, pero siguen
vigentes en la caracterización de lo popular. Por otro lado,
se hace una distinción entre "izquierda política" e "izquierda social",
por su vinculación al Estado o no, respectivamente. Plantear que sólo
lo que está directamente referido al Estado es político, es adoptar los
reduccionismos liberales. Y parten de ésto tanto quienes afirman que la
política es sólo la que se da en el marco institucional, como quienes
niegan la política en general, pensando en ella de esa misma manera.
Así, aunque no se diga, y se proclame lo contrario, lo social queda
residualmente convertido en la no-política. Así, es imposible ver la
naturaleza política de algunos fenómenos sociales que inciden sobre el
poder de los dominantes, aunque no se procesen directamente en el
Estado. Por ejemplo, los conflictos directos entre capital
y trabajo, los conflictos con los medios de comunicación o con la
cúpula de la Iglesia, e incluso la disputa teórica. El Estado expresa
la relación de fuerzas, de poder, entre las clases y grupos sociales,
fuerzas que no se gestan en el Estado, pero que éste cristaliza y
refuerza institucionalmente. Si se quiere cambiar al Estado hay que
modificar las relaciones de fuerzas sociales; y si se desea que este
cambio perdure, debe expresarse institucionalmente. Estado y sociedad
no son ámbitos aislados, disociables. Los liberales proclaman su
autonomía precisamente para preservar el dominio del capital. Otra
forma que adopta la distinción entre una izquierda política y otra
social es entre "izquierda partidaria" y "no partidaria". Pero las
fronteras entre ambas tampoco son absolutas. Tomaré como ejemplo al
EZLN. No es un partido, si por éste se entiende solamente un actor en
las instituciones del Estado, lo que, como ya he dicho, es
reduccionista; pero el EZLN tiene todos los atributos de un partido:
tiene una dirección central, es disciplinado a partir de su destacada
democracia interna, tiene programa, y está cumpliendo la función de un
partido de izquierda, que es representar políticamente los intereses
populares, convocarlos, promover su organización independiente y
favorecer su articulación; aunque no participe en elecciones. Como
se ve, no puede identificarse a la izquierda a partir de sus rasgos
exteriores o por sus prácticas solamente. Son sus objetivos los que la
definen como tal; y los objetivos deben ser considerados de cara a la
realidad a transformar, a las responsabilidades que se tienen en ese
sentido, no por las preferencias de cada quien. La izquierda
latinoamericana se ahorraría muchas discusiones estériles y dañinos
sectarismos si dejara de hacer análisis autorreferidos, o, dicho
coloquialmente, si dejara de mirarse el ombligo, y pusiera su mira, con
mucho más rigor, en la realidad a transformar para avanzar tras los
objetivos emancipatorios. Necesita para ello superar el vacío teórico
que padece y ampliar su conocimiento histórico sobre el capitalismo.
Podría así distinguir entre lo que son cambios morfológicos de
procesos, de más larga duración, y lo que son fenómenos realmente
nuevos. Podría conocer mejor a la clase dominante, conocer su
pensamiento, las formas de encubrimiento doctrinario con que oculta sus
objetivos, y así saber distinguir entre su discurso y su proyecto. Y de
esta manera, la izquierda podría actuar efectivamente frente a las
estrategias de los dominantes para conservar al capitalismo, para
preservarlo de las contradicciones cada vez más intensas que el
capitalismo mismo genera. Porque cada éxito en la conservación del
capitalismo es un mayor peligro para vidas y países. Es por eso que el
anticapitalismo, como definición identitaria de la izquierda, no es una
profesión de fe, sino una decisión racional para salvar a la humanidad
y al planeta mismo. La clave, para llevarlo a cabo, está en construir
fuerza política popular, dispuesta a empujar por los cambios y a
defender las conquistas. Y con esa fuerza transformar al Estado,
poderosa palanca de cambio. El ejemplo de Venezuela es insoslayable. La izquierda en el poder ¿Qué
papel pueden jugar los gobiernos que conquista la izquierda para estos
objetivos? Es más fácil pensarlo en los gobiernos nacionales pero no
tanto en los locales. Y en verdad, las discusiones que sobre los
gobiernos municipales de izquierda se dan desde hace ya 15 años pocas
veces se abordan en relación a estos grandes desafíos políticos, sino
de manera muy acotada a los problemas de gestión y a las posibilidades
de participación social en esos ámbitos, pero sin vincular estos
asuntos al proyecto político de la izquierda como un todo. En
buena medida esto ha sido inducido desde la academia y las
instituciones financieras internacionales, que promueven y financian
las discusiones sobre los gobiernos locales situándolas en el terreno
de las políticas públicas y como un asunto técnico-administrativo, no
como un asunto político. Y, por lo mismo, se habla de gobiernos locales
en general, como si fuera indistinto que sean de izquierda o no. E
incluso se hace caso omiso de las diferencias que hay entre gobiernos
locales en cuanto a facultades, lo que está determinado por las
legislaciones, lo cual, sin dejar de tener un aspecto técnico, es
eminentemente político. De la misma manera se habla de
participación, como si no hubiera diferencias entre las concepciones de
izquierda y otras. Se dice que el ámbito municipal, por ser más
pequeño, es el que favorece más la participación, porque facilita el
"cara a cara" entre gobernante y gobernado. Y que por lo mismo el
municipio es el espacio más idóneo para la democracia. Desde luego, la
participación de los gobernados puede democratizar esa parcela del
Estado. Pero el asunto es menos obvio de lo que parece. Por ejemplo, no
es lo mismo convocar a los gobernados para avalar o rechazar una
propuesta del gobierno, que ya es algo frente al poder absoluto de la
burocracia, que si la participación modifica sustancialmente la
relación gobernantes-gobernados, gestando una ciudadanía gobernante,
como protagonista y no sólo contraparte del gobierno, que decide qué se
hace, cómo y con qué recursos, que vigila y controla. En este sentido,
no es lo mismo desconcentrar que descentralizar, porque en el primer
caso sólo se transfiere la ejecución de las obras, mientras que en el
segundo se entregan también los recursos. La reforma neoliberal del
Estado ha desconcentrado, no descentralizado. Negocio redondo:
deshacerse de las responsabilidades pero mantener el control sobre los
medios. La participación no se decreta, se construye muy trabajosamente A
la izquierda le tomó tiempo ver la complejidad del tema de la
participación ciudadana, y comprobar que no bastan buenas intenciones
para hacerla realidad. Por un lado hay que crear las instancias de
participación, lo que implica cambios institucionales que requieren
mayorías políticas, asunto que refiere al sistema político y que
trasciende lo local. Y no basta con que haya instancias y mecanismos
para que la gente participe: la participación no se decreta, se
construye muy trabajosamente. Tienen que haber fuertes estímulos en
cuanto a que es posible producir cambios para que los que están todo el
día corriendo tras la subsistencia puedan dedicarle tiempo. En
un comienzo, la posibilidad de acceder a servicios básicos es un fuerte
estímulo a la participación y a la implementación de métodos
democráticos. Pero conforme se avanza en la resolución de las carencias
más urgentes aparecen con mayor nitidez otras necesidades
insatisfechas, ineludibles para hacer humana la vida de las mayorías.
Los neoconservadores han socializado con bastante éxito ideológico la
noción de "sobredemandas", atribuyéndolas, como un rasgo patológico, al
consumismo. Con mucha preocupación debo decir que he vuelto a escuchar
ese argumento de boca de gobernantes de izquierda. Como si el pobrerío
estuviera en el consumismo. La participación como un fin en sí mismo, sino como un medio de cambio social El
problema de fondo, para la izquierda, es qué hace frente a la
limitación de recursos: si se conforma a gestionar lo existente, con
todo el mérito de hacerlo con participación democrática, o se la juega
para romper las trabas. Y éste es un problema político, no
administrativo. Para empezar, hacer reformas fiscales progresivas
requiere de enorme fuerza política. Por otra parte, los logros que en
materia social puedan tener los gobiernos locales no compensan, en
términos de necesidades populares, los efectos negativos del orden
económico-social imperante; esto no se enfrenta sólo en el ámbito
local, sino que compromete la acción de la izquierda en la organización
y lucha del movimiento popular. El ámbito local puede
contribuir, en esa dirección, como espacio de organización para las
franjas populares que han perdido su vinculación sectorial y cuya vida
está fundamentalmente en el barrio, y también puede ayudar a generar
conciencia, si logra mostrar la relación que hay entre los problemas
locales y un orden económico-social y político que hay que cambiar. Lamentablemente
esto no siempre ocurre. En cambio, gobiernos de izquierda muy
apreciados por su decencia, por su vocación de destinar los recursos
disponibles para los más necesitados, y que cosechan adhesión
electoral, pueden convertirse involuntariamente en mecanismos de
control social y político. Porque condicionan a la población a limitar
sus demandas a lo que hay, aunque se distribuya de manera justa y
transparente. Los métodos participativos, valiosos por sí
mismos, pueden ser una forma de canalizar las demandas dentro de
ciertos límites, proporcionando orden y estabilidad. Y esto puede ser
útil para las clases dominantes. No debe sorprender que con esa
intención el Banco Mundial, en el año 2000, elogió al Presupuesto
Participativo de Porto Alegre como un ejemplo a seguir. Es que,
finalmente, esta experiencia tan valiosa y creativa tocó techo en su
capacidad transformadora. Lo democrático puede rutinizarse, perder
energía, no por sus métodos, sino por sus objetivos. Y éstos, si son
limitados, hacen languidecer el entusiasmo por la participación. Y,
como sabemos, el PT perdió las elecciones tanto en Porto Alegre como en
el Estado de Rio Grande do Sul. Asunto que va más allá de la gestión
local y que tiene que ver con la acción del partido, con su proyecto,
con sus orientaciones estratégicas y decisiones políticas. De
modo que la izquierda no puede discutir sus acciones de gobierno local
al margen de su proyecto político, en toda su complejidad. No puede
pensar la participación como un fin en sí mismo, sino como un medio de
cambio social. Y el cambio no en cualquier dirección. No es ocioso,
pues, partir de los análisis más complejos y engorrosos sobre qué es
ser de izquierda hoy, en América Latina, y por qué, para así llegar a
enfrentar adecuadamente los problemas del gobierno local y la
participación de la comunidad. Todo un reto. De:

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Beatriz
Stolowicz es Académica del Departamento de Política y Cultura, Área
Problemas de América Latina Universidad Autónoma Metropolitana Unidad
Xochimilco, México).*El presente texto ha sido trascrito de la
grabación hecha por PiensaChile durante la intervención de la académica
en el Coloquio "Gobiernos locales y participación de la comunidad".
Organizado por la Fundación Chile. Comuna de Pudahuel, Santiago de
Chile, 22 de abril de 2006. fuente: http://piensachile.com/content/view/1631/0/1/1/
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