Inicio > Mis eListas > ceinpla > Mensajes

 Índice de Mensajes 
 Mensajes 21 al 39 
AsuntoAutor
Conferencia en #añ noterres
Dragon Carlos A
Contacto Carlos A
Dragón Carlos A
Contacto Carlos A
Dragon Carlos A
Contacto Carlos A
Dragon Carlos A
Contacto Carlos A
Novedades en Años noterres
Felicidades Rodolfo
Fw: Al Filo de la Gustavo
Al Filo de la Rea Gustavo
Al Filo de la Rea Gustavo
Boletín Informati Gustavo
novedades en Año s José Ant
Al Filo de la Rea Gustavo
pronto Berni
puede interesar... Gustavo
 << 20 ant. | -- ---- >>
 
CEINPLA
Página principal    Mensajes | Enviar Mensaje | Ficheros | Datos | Encuestas | Eventos | Mis Preferencias

Mostrando mensaje 32     < Anterior | Siguiente >
Responder a este mensaje
Asunto:[ceinpla] Contacto
Fecha:Martes, 16 de Octubre, 2001  01:16:22 (-0300)
Autor:Carlos Alberto Iurchuk <iurchuk @...........ar>

Estimados Amigos:

Luego de 3 meses reanudo la distribución de los boletines
En esta oportunidad envío los del mes de agosto, esperando
ponerme al día en algunas semanas más con los números de
septiembre y octubre.

Aprovecho para comentarles que mañana miércoles 17 de
octubre actualizaré la página "El Dragón Invisible", la cual
estuvo inactiva durante todo este tiempo.

Carlos Alberto Iurchuk
iurchuk@...

Números anteriores:

Boletín "El Fuego del Dragón"
http://www.geocities.com/dragoninvisible
(Sección "Boletín")

Boletín "Contacto"
http://contacto.cjb.net




_______________________________________________________________________
http://www.eListas.net/
Crea y administra tus propias listas de correo gratuitas, en español.



Contacto (Nº 36 - Agosto de 2001)

CONTACTO

BOLETIN MENSUAL DE FENOMENOS EXTRAÑOS

Nº 36 – Agosto de 2001

 

Editado por Jessica Vanesa Parmigiano y Carlos Alberto Iurchuk

jesso@datamarkets.com.ar

iurchuk@netverk.com.ar

"Más Allá del Contacto"

http://contacto.cjb.net


Se permite la reproducción parcial o total, por cualquier medio, de los artículos presentados en este boletín. Si así se hiciere, se agradecerá la notificación al autor del artículo y a los editores del boletín.


Glorioso descenso de Nuestra Señora de la Capilla

Jaén: 10 de junio de 1430

 

Ignacio Darnaude Rojas-Marcos

Sevilla – España

ignaciodarnaude@galeon.com

 

La aparición mariana más espectacular de la historia

 

A partir de la Edad Media incontables exhibiciones preternaturales de la Santísima Virgen y de otros personajes de la religión cristiana (Jesús, los Santos, el Crucifijo, ángeles, el llameante Corazón del Salvador, etc.) se han sucedido en el viejo continente así como en la América hispana, de las que el gran público apenas si ha oído hablar de Lourdes y Fátima. Las actuaciones de María han dado lugar a un sinnúmero de advocaciones, cultos, rituales, devociones específicas y templos conmemorativos.

El padre Hernández Parrales, archivero que fue de la Archidiócesis de Sevilla, certifica que tan sólo en España y entre los siglos XI y XV se conservan datos históricos de más de quinientos eventos marianos, escenificados por lo común ante humildes pastores u hombres de campo.

Se aprecian determinadas constantes que se repiten una y otra vez en la táctica operativa de María. En regiones pobres y alejadas de la mano de Dios, una parva cuadrilla de zagales semianalfabetos entra en contacto con una figura de aspecto humano dotada de luz propia y a veces suspendida sobre un árbol. La hermosa mujer les ordena conminar a las gentes de la comarca a practicar la oración, reformar sus costumbres y edificar una ermita que recuerde los extraordinarios sucesos. Más tarde sobrevienen prodigios y curaciones que atraen ingentes multitudes, el sitio adquiere renombre y se establece una devoción particular que pervive durante siglos.

Si analizamos su distribución estadística, geográfica y cronológica, se extrae la sólida conclusión de que los hitos marianos están programados y obedecen a un propósito inteligente, que bien podría ser la difusión de vastos movimientos de piedad popular, meta que desde luego han alcanzado plenamente.

Se conocen asimismo otras modalidades de intervenciones de la Madre de Dios, como su manifestación ante eficientes mujeres a las que estimula para la fundación de órdenes monjiles e instituciones de caridad, el hallazgo milagroso de antiguas imágenes escondidas mucho tiempo atrás, y la activa toma de partido de María en multitud de confrontaciones bélicas.

Por su parte el mariólogo Domingo Manfredi Cano calcula que en la Península Ibérica se han registrado veintiuna mil intromisiones sobrenaturales de parafernalia sacra. Tan abrumadora avalancha de visualizaciones de la Virgen muestra características similares y pautas repetitivas a lo largo de 800 años y en los más dispares rincones geográficos, ámbitos culturales, etnias e idiosincrasias individuales.

Tan sospechosa escenografía pone de relieve que las mencionadas visiones religiosas no obedecen en términos generales a alucinaciones ni al psiquismo subjetivo de los protagonistas, sino que se trata de espectáculos muy reales, cuidadosamente planeados por alguna causa intencional externa a los videntes. Su parafísico modus operandi delata por otra parte el claro origen extradimensional de tan extraña fenomenología.

Desconocemos casi por completo, por la inexistencia de una investigación seria al respecto, la verdadera identidad y los designios ocultos de los agentes responsables del vasto montaje aparicionista. Estamos al parecer ante un fenómeno histriónico, diseñado con ánimo de producir un fuerte impacto emocional en determinadas subculturas dogmáticas, caracterizadas por su primitivo nivel sociocultural y el vivir inmersos en la fe católica.

Los clásicos descensos de Nuestra Señora parecieran dramas paranormales, pantomimas representadas en orden a elevar sobre un crudo materialismo la conducta y espiritualizar las actitudes de la primitiva grey cristiana. Tales desfiles de féminas luminosas han intensificado más de lo que se cree las vivencias metafísicas de grandes muchedumbres a lo largo de la historia.

Es bien sabido que el genuino mensaje evangélico quedó empañado sin remisión por el compromiso mundanal del Vaticano y la corrupción clerical que dio paso a la Reforma. ¿Hubieran permanecido los templos abarrotados de feligreses durante la Edad Media y el Renacimiento, a no ser por la adrenalina celeste insuflada por María?

No cabe duda de que los personajes resplandecientes y sus admoniciones al alcance del común de los hombres ("Orad", "Os tengo en mi corazón", "No pequéis o sobrevendrá un terrible castigo") han alimentado siglo tras siglo la antorcha del sentimiento eclesial, al igual que las fuentes milagrosas, sanaciones espontáneas, peregrinaciones a basílicas sagradas, y novedosos cultos especializados (el santo rosario, triduos, novenas, adoración nocturna del Santísimo, jubileos, "misiones", escapulario del Carmen, las tres avemarías, primeros viernes de mes, el Sagrado Corazón de Jesús, etcétera).

A lo que hay que añadir la insospechada influencia del aparato mariano en el devenir político y militar de Occidente, a la vista del sorprendente catálogo de batallas cruciales que han dado un vuelco a la historia, ganadas (y perdidas como correspondía por el otro bando) gracias al súbito avivamiento de la moral combativa, inyectada en un momento asaz oportuno de la estrategia militar, por la refulgente presencia de María enardeciendo a la soldadesca vaticana. Sin ir más lejos España sería hoy día un país árabe, a no ser por este constante apoyo logístico desde los cielos a los caudillos de la Cruz, auxilio suprafísico que invirtió el rumbo de la Reconquista.

De entre las decenas de miles de veces que se ha teatralizado el despliegue mariano, sobresale el episodio de "La Capilla", portentosa operación escénica y paradigma de los más prodigiosos efectos visuales y auditivos entre las efemérides mariológicas.

El sábado 10 de junio de 1430, de once a doce de la noche y en la villa andaluza de Jaén, fue orquestada por técnicos en efectos especiales oriundos de otros reinos, una de las representaciones preternaturales más impresionantes organizadas con fines aleccionadores en el acontecer de la humanidad.

Una variopinta milicia angélica de entre 400 y 1.000 figuras antropomórfícas, resultó materializada avanzando con majestuosa parsimonia por el arrabal de San Ildefonso, fuera de la primera cerca o línea de murallas de la ciudad, desde las Cantarerías, calle Maestra arriba y hasta alcanzar el cementerio, para concluir el itinerario en un descampado sito en la trasera de la parroquia de San Ildefonso.

El insólito desfile se desplazaba encabezado por un puñado de mozalbetes envueltos en indumentarias lechosas, quienes acarreaban cruces idénticas a las que solían pasear por las calles las iglesias de Jaén en los fastos litúrgicos. A continuación una veintena de clérigos caminaba en doble fila dedicados a rezar en alta voz, en una jerigonza ininteligible para los rudos jiennenses.

Detrás de los "sacerdotes", no se sabe bien si por su pie o levitada mediante alguna suerte de trono o plataforma ambulante, se movía una impresionante matrona que superaba en un codo la estatura de sus acompañantes, a la que curiosamente los lugareños en ningún momento identificaron como la Virgen, denominándola simplemente "la dueña", en la creencia de que tenían delante a una noble de alta alcurnia, tal vez por la desmesurada pléyade de "servidores" que la rodeaban y su ostensible preeminencia y liderazgo con respecto al citado cortejo.

La augusta dama, cuyo rostro era un facsímil de la sagrada imagen de Nuestra Señora que se veneraba en una hornacina del templo local de San Ildefonso, iba escoltada a un lado por una monja, y al otro por cierto fraile que mantenía un libro abierto ante sus ojos como para que lo leyera, personaje éste de extraordinario parecido con la estatua de San Ildefonso exhibida en un pedestal de la misma iglesia.

La majestuosa "ama" aparecía ataviada con ropajes de nívea blancura, rematados por un esplendente manto de iridiscentes tonalidades, y su larga falda arrastraba tras ella. La mujer portaba en los brazos un infante de pocos meses, y la faz de ambos emitía vivísima refulgencia, a tal punto que enceguecía y dañaba la vista, iluminando a su paso, como en pleno día, las calzadas, casas y tejados del largo y desierto recorrido.

Más al fondo se distinguía un tropel de supuestos varones y hembras entremezclados, que en número de trescientos o más copaban la calle enjaezados con vestiduras blanquecinas. La cola de tamaña comitiva consistía en una troupe con más de cien individuos ataviados asimismo de blanco. Estos "soldados" se dedicaban a entrechocar sus lanzas unas con otras, originando con tan extemporáneo pasatiempo de mosqueteros una ensordecedora algarabía. El surrealista despliegue culminaba con una baraúnda de perros, cuyos ladridos podían escucharse en todo Jaén.

Cuando tan abigarrada horda de corporeizaciones arribó a un altozano enclavado en los aledaños de la capilla de San Ildefonso, con cabida para ochocientas almas y que se colmó a tope con los visitantes, la sobrecogedora "dueña" tomó asiento en un relumbrante trono plateado que se habilitó al efecto para ella, frente a un ostentoso altar – "alto como una lanza" – autoiluminado y revestido de ornamentos nacarados y carmesíes, al tiempo que la plétora de acólitos se arrellanaba a su alrededor entonando cánticos "que no eran de este mundo".

Hacia el filo de la medianoche o algo más tarde parece ser que todo este complejo y polifacético "santo regimiento", proyectado desde otra dimensión en meras imágenes sensibles, se desvaneció en el aire, desapareciendo tan inexplicablemente como había surgido. Al día siguiente se rebuscó en el mariano teatro de operaciones, sin encontrar huella alguna ni restos sobre el terreno.

Poco antes del inolvidable advenimiento, en los días 7 y 8 de junio, uno de los testigos percibió cierta misteriosa voz que le vaticinaba: "No duermas, y verás mucho bien".

La masiva exhibición virgínea fue meticulosamente investigada y se sometió a rigurosa comprobación. De entre los muchos paisanos que gozaron del privilegio de contemplar la fabulosa procesión, cuatro de ellos se avinieron a los pocos días a prestar solemne declaración bajo juramento, ante la autoridad eclesiástica y en presencia de testigos oculares, y su deposición fue autentificada en protocolo notarial, el documento fehaciente por excelencia.

Con una conmovedora sinceridad, que se transparenta por el verismo y naturalidad que rezumban sus relatos a los escribanos, los cuatro informantes, iletrados y de humilde condición, dieron fe de cómo los había desvelado una fenomenal escandalera, de consuno con la fortísima claridad que se filtraba por puertas y ventanas venciendo las tinieblas de la noche.

Al asomarse extrañados por tan temprano amanecer, divisaron estupefactos a la fémina luminiscente con el pequeño en su regazo, y a su numerosísimo séquito ultraterreno.

La proyección sensorial de las huestes sagradas en el estiaje de 1430 dio lugar al célebre culto de "Nuestra Señora de la Capilla", patrona de Jaén, liturgia que se conmemora el 11 de junio, siendo la imagen coronada en 1930. La capillística veneración ha perdurado en la capital andaluza a lo largo de casi seis centurias, generando en ese medio milenio intensas oleadas de fervor popular. Un santuario fue edificado en el escenario del descenso, y las crónicas dan cuenta de los milagros realizados posteriormente por "La Descendida", así como de la ayuda castrense que la Santa Madre prestó a las falanges cristianas en sus escaramuzas contra los moros del reino de Granada.

Con el fin de que los lectores aprecien por sí mismos los detalles sabrosos y la convincente sensación de veracidad que se desprende de la exposición de los atestantes presenciales del descendimiento, merece la pena que transcribamos literalmente a continuación el texto íntegro de su deposición protocolizado por el notario público de la villa de Jaén, redactado en el hermoso castellano del siglo XV.

 

Información testifical del descenso de Nuestra Señora de la Capilla

 

"En la muy noble ciudad do Jaén, martes trece días del mes de Junio, año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil cuatrocientos treinta. Este día el honrado y discreto varón Juan Rodríguez de Villalpando, bachiller en Decretos, Provisor oficial y Vicario general en lo espiritual y temporal en todo el Obispado por el muy reverendo en Cristo padre y señor don Gonzalo de Astuñiga, por la gracia de Dios y de la santa Iglesia de Roma Obispo de Jaén, y en presencia de nos, los notarios públicos y testigos yuso escriptos, el dicho Provisor dijo que por cuanto en esta ciudad se decía y era fama pública que el sábado que a postre había pasado, que se contaron diez días del dicho mes y año, que algunas personas habían visto cerca de la iglesia de San Ildefonso, que es en el arrabal cerca de esta dicha ciudad, ciertas visiones maravillosas de ciertas personas que habían aparecido en cierta forma y con mucho resplandor de claridad, y por cuanto él quería sabor qué personas eran aquéllas que habían visto la dicha visión, y recibir información de aquello que había aparecido y habían visto, porque la verdad de ello manifiestamente pudiera parecer, y no hubiese mezclamiento de falsedad con ella, y por ende que nos requería y rogaba que diésemos fe de lo que ante nosotros pasase.

Y para la dicha información tomó ciertos testigos que delante de él fueron traídos y presentados de su oficio, los cuales fueron: Pedro, hijo de Juan Sánchez, casero de la mujer de Rui Díaz de Torres que Dios perdone, morador en Jaén en la dicha collación de San Ildefonso; y Juan, hijo de Usanda Gómez, morador en Jaén en la collación de San Bartolomé; y Juana Fernández, mujer de Aparicio Martínez, pastor, vecina de la dicha collación de San Ildefonso; los cuales pusieron la mano en la cruz y juraron en la mano del dicho Provisor, por Dios y por Santa María y por la señal de la cruz que con sus manos tañeron corporalmente, y a los santos evangelios do quiera que estén, que bien y fiel y verdaderamente dirán la verdad de todo lo que supiesen en aquel caso sobre que allí eran traídos y presentados, y que ni la dejarían de decir por amor ni desamor, ni temor ni por otra causa, ni por aprovechar a uno ni dañar a otro, mas que como fieles cristianos dirán la verdad do todo lo que habían visto sin mezclamiento de falsedad, y juraron según y por la forma que el dicho Señor Provisor les mandó y tomó el dicho juramento, respondiendo ellos y cada uno de elles: sí juro, y después: amén, según la costumbre. Y luego dicho señor Provisor apartada y secretamente preguntó al dicho Pedro si él había visto aquel día sábado suso contenido alguna visión que fuese maravillosa cerca de la dicha iglesia, y dijo que le mandaba y mandó y requirió so cargo del dicho juramento de lo que había visto y a qué hora y por qué manera.

Y luego el dicho Pedro dijo: que el dicho día sábado que él estando echado en una cama en casa de Alfonso García, que es en la dicha collación y cerca de la dicha iglesia de San Ildefonso, de noche a hora de media noche y como cuando el reloj da doce horas, que despertó y vio la puerta de las dichas casas que sale a la calle abierta, y que luego vio entrar a Juan, hijo de Usenda Gómez, vecina eso mismo de la dicha ciudad, que parece que la había abierto para salir, por cuanto dormía eso mismo aquella noche en la dicha cama y en la dicha casa con el dicho Pedro y con Juan hijo del molinero, y que vio cómo el dicho Juan entró recio y que cerró la puerta y echó recio un palo que estaba por tranca de la dicha puerta y que se echó luego en un poyo frontero de la dicha puerta que salía a la calle, y echóse como a manera que venía espantado, y que así echado dijo a este testigo: Pedro, levántate y verás cuánta gente va por la calle; y que este testigo dijo: por dónde va; y que el dicho Juan dijo: ahí arriba va de cara a San Ildefonso, y que luego se levantó este testigo en camisón y se entró a un corral que es dentro de las dichas casas hacia la dicha iglesia, y que subió por una pared baja a otra más alta, que son ambas de las dichas casas, y que de aquella pared parecía bien la dicha iglesia y toda esa plaza que está en las espaldas de ella con el muladar y la calle por donde decía el dicho Juan que iba la gente, y estando este firma echado de pechos sobre la dicha pared vio ir la calle arriba de cara a la dicha iglesia siete personas que parecían hombres, que llevaban siete cruces, uno en pos de otro como suelen ir en procesión en esta dicha ciudad, y que las dichas cruces parecían a las cruces de la dicha ciudad, y los hombres que las llevaban iban vestidos de blanco y las vestiduras cumplidas hasta los pies; y que vio hasta otras veinte personas vestidas eso mismo de blanco hasta los pies, que iban de una parte y de otra a manera de procesión reglada y que iban juntas con las cruces y eso mismo vestidos de blanco, y parecía que iban rezando; y que en fin de la dicha procesión que iba una dueña más alta que las otras personas, vestida de ropas blancas, y llevaba una falda tan grande como dos brazadas y media o tres, y ella iba por sí en la procesión atrás y que no iba cerca de ella otra persona, y que este firma no le vio la cara, pero que le pareció que salía de su cara tanto resplandor que alumbraba tanto o más que el sol, que con el resplandor parecían todas las casas de alrededor y aun las tejas de los tejados se determinaban así como si fuera mediodía y el sol bien resplandeciente; tanto era el resplandor que le quitaba la vista de los ojos, así como si mirara de hito en el sol; y que esta dueña llevaba en los brazos una criatura pequeña vestida eso mismo de blanco, y que llevaba la dicha criatura en el brazo derecho; y que vio que atrás de la dicha dueña que venían hasta trescientas personas, hombres y mujeres, las mujeres cerca de la falda de la dicha dueña y los hombres más atrás, y que estas mujeres y hombres no hacían procesión, mas iban todos juntos, las mujeres delante y los hombres detrás como dicho es, y todos vestidos de blanco; y que a la postre de estos hombres y mujeres venían hasta cien hombres armados, todos en blanco, y que sonaban las armas.

Pedro, hijo de Juan Sánchez, casero de la de Rui Díaz de Torres, morador en Jaén en la collación de San Ildefonso, del arrabal de la muy noble ciudad de Jaén, testigo recibido por el señor Provisor en el negocio suyo escrito, so cargo del juramento que hizo y siéndole hechas las preguntas al caso pertenecientes, dijo:

Que el sábado que ahora al postre pasó, que se contaron diez días de este mes de Junio y año presente en que estamos, así como a hora de queriendo dar las doce horas el reloj a la media noche, estando este firma en una cama durmiendo en casa de Alonso García, que es en la dicha collación que es cerca la iglesia de San Ildefonso, y otrosí estando con él en la cama Juan, hijo de Usanda Gómez, vecino en la dicha ciudad, que dormía con él, que este testigo despertó a la dicha hora y que vio la puerta de la calle de las dichas casas abierta, y que vio entrar al dicho Juan y que como entró recio que cerró la puerta y que echó la tranca recio y que se echó en un poyo a manera que venía espantado, y que así echado que dijo a este testigo: Pedro, levántate y verás cuanta gente; y que este testigo dijo: por dónde van; y que el dicho Juan le dijo: ahí arriba van de cara de San Ildefonso; y que luego que este testigo que se levantó en camisón y se entró a un corral que está en las dichas casas, y que por una pared baja que saltó a otra pared más alta que está en las dichas casas, de la cual dicha pared podía muy bien mirar toda la calle y las espaldas de la capilla de la dicha iglesia de San Ildefonso, y que en asomándose por encima de la dicha pared que vio ir por la calle de arriba de cara a la dicha iglesia siete cruces que llevaban siete hombres, una en pos de otra, que se parecían a las cruces de la dicha ciudad, y los hombres vestidos todos de cosa blanca hasta los pies; y que vio que luego junto con las cruces que iban hasta veinte personas vestidas de blanco eso mismo hasta en pies, de ambas partes a manera de procesión y rezando; y en fin de esta procesión que iba una dueña que era más alta que las otras personas y vestida de ropas blancas, y llevaba una falda tan grande como dos brazadas y media o tres, y ella iba sola en procesión atrás, y que no le vio la cara este firma, pero que le pareció que salía tanto resplandor de su cara de ella que alumbraba más que el sol y que todos estaban en tanta claridad que se parecían las casas de la comarca y tejas de los tejados y la dicha iglesia y todas las cosas así como si fuera medio día, y tanto resplandor era que le quitó la vista de los ojos a este firma a tanto y más que si mirara al sol de hito; y que llevaba esta dueña en los brazos una criatura pequeña vestida eso mismo de blanco, y que no le vio otra cosa que llevaba la dicha criatura, y que lo llevaba en la mano con el brazo derecho solo; y que luego detrás de la falda de la dicha dueña que venían hasta trescientas personas, hombres y mujeres, las mujeres cerca de ella y los hombres atrás, y todos vestidos de blanco, y que iban todos juntos y no en procesión; y que después de esta gente atrás que venían hasta cien hombres armados todos en blanco y que sonaban las armas unas con otras, y que en esto conoció que eran armados y que le pareció que traían de figuras de lanzas en los hombros; y que toda esta gente que iba detrás de la dueña iban callando y de su espacio mucho paso a paso, y por manera que cuando este testigo fue subido encima de la pared que la procesión no era aún llegada a la dicha iglesia, y que habría desde la dicha casa hasta la capilla de la dicha iglesia echadura de piedra puñal; y que en las espaldas de parte de fuera de la dicha capilla que viera aparejado un grande altar tan alto como una lanza y que relumbraba mucho, y mucho honrado y compuesto el dicho altar, y con paramentos toda la pared encima de los blancos y de los colorados; y que vio que cantaban a alta hasta veinte personas vestidas eso mismo de blanco, y que las voces parecían flacas como suelen tener los enfermos desde que se levantan de la dolencia, y que este testigo no vio la cara de ninguna de aquellas personas, pero que en el altar no vio persona alguna de manera de clérigo vestido ni aun otro que llegase al altar ni fuese tan alto; y que llegando la dicha gente al altozano cerca de la dicha capilla que se sentó la dicha dueña y toda la otra dicha gente, y que le pareció que era tanta que todo el dicho altozano estaba lleno, el cual podía caber más de ochocientas personas; y que cuando fueron llegados que su vista de esta firma no podía sufrir la claridad tan grande, que se echó de pechos sobre la pared y no miraba la gente, aunque estaba bien clara la pared y alrededor de la luz que resurtía de aquella dueña; y que después estando así un poco como que le descansaron los ojos y le recobraron la vista, que tornó a mirar a la dueña y a la otra gente, y que vio a la dueña sentada como en ropa que resplandecía como figura de plata y que estaba sentada toda la otra gente, y que los que cantaban estaban en pie y que estaban de ambas partes del altar, y la dueña estaba sentada cerca de la procesión y toda la otra gente junta alrededor detrás de ella; y que este firma, desde vio la gente así sentada y sus ojos hubieron cobrado su vista, que se empezó a descender de la pared al uso y se descendió bien como subió, y que se descendiera antes sino porque tenía turbada la vista y hubo miedo de descender; y que estuvo así encima de la pared cuenta de espacio de media hora poco más o menos, y que cuando subió que daba el reloj las doce como dicho ha, y en acabándolas de dar que tañeron a maitines en la iglesia de Santa María y en algunas de las otras iglesias; y que cuando venía esta gente que oyó que venían muchos perros ladrando en pos de ellos. Preguntado si cuando vio esta gente si hubo espanto o si hubo placer o qué sintió, dijo: que cuando vio la gente primera que sintió como placer en su corazón como si viera otra gente, y que después vio la gente armada hubo espanto; y que aquel placer que hubo que le pareció que era por cuanto en el dicho arrabal hay miedo de moros cada noche, y que desde que vio la procesión y la gente y las cruces que hubo placer, como que aquella gente segura estaba de moros y que así que todos los que estaban en el dicho arrabal estarían seguros; y que cuando vio la gente armada hubo espanto y dudó; y que cuando se descendió que se echó a dormir y no dijo nada a otra persona y durmió hasta cerca del día; y que cuando fue de día claro que vino a ver si aquella gente si había hecho fuelliga o rastro alguno y que no halló fuelliga ninguna. Preguntado que cómo lo dijo, y en qué lugar lo dijo primero, dijo: que tornando él del cementerio a ver si había fuelliga a las dichas casas y antes que entrase en casa, que el dicho Juan que hablaba con Miguel Fernández de Pegalaxara tornándole lo que había diciéndole cómo había visto pasar cinco cruces y otra gente que iban en procesión, y que entonces que este testigo que dijo: yo lo vi todo; y que el dicho Juan que tenía la cara mucho amarilla cuando se levantó, y que este testigo que le dijo: cómo estás así a tan amarillo; y que el dicho Juan le dijo: de el miedo de anoche; y que después este domingo siguiente que le preguntaron lo que había visto y que él le dijo según lo había visto; y otrosí dijo que el miércoles de antes, así como a media noche, desde que despertó de dormir que oyó una voz que le dijo: no duermas y verás mucho bien; y que el jueves como al primer sueño, que despertó y oyó la semejante voz; y que el viernes no oyó cosa ninguna, y que el dicho día sábado vio lo que dicho ha.

Juan, hijo de Usenda Gómez, morador en la collación de San Bartolomé, testigo recibido por el dicho señor Provisor en el dicho negocio y so cargo del juramento que hizo, dijo:

Que el sábado en la noche que a postre pasó, que se contaron diez días de este mes de Junio año presente, que le pareció que sería a hora de media noche, estando durmiendo en el arrabal cerca de San Ildefonso en unas casas de Alonso García con otros tres en una cama, que estaba este firma enmedio cerca de Juan hijo del molinero que estaba cerca de la puerta de la calle de la dicha casa que daba claridad como de candela, y que pensó que era de día, y que oyó luego como ladridos de perros, que eran siete perros cazadores que estaban fuera de la dicha casa y otros muchos perros chicos y grandes que sonaban como lejos de aquella casa, y que este firma que pensaba que era ya de día, a tanta vio la claridad, y que se levantó desnudo y abrió la puerta un poco que estuvo mirando de dentro de casa y la cabeza fuera para mirar por entre la puerta y la pared, y que vio cinco cruces venir una tras otra como suelen venir en procesión, y que las traían cinco hombres mancebos como barbirrapados, y que las cruces eran así como estas de Jaén todas blancas; y que en fin de la procesión de las cruces que iba una dueña vestida y cobijada con ropas blancas y a manera de mantillo, y que le pareció según el bulto que llevaba como que estaba en cama o en estrado o como en una silla grande que parecía de plata, y que ella iba más alta que los otros cuanto medio codo, pero que no llevaba nadie a la dueña, que ella se iba por sus pies y que iba muy paso; y que salía de esta dueña tanta claridad que resplandecía así como el día resplandece cuando hace el sol claro y está en su virtud, y así que se veía toda la calle; y que llevaba esta dueña una falda arrastrando que habría en ella hasta tres brazadas, y que llevaba en el brazo derecho una criatura pequeña de hasta un año y que le pareció bien hermoso y vestido todo de blanco, y que llevaba en la cabeza una cosa como blanco; y que a la dueña no llegaba persona en cuanto estaba su falda; y que en pos de ella que le pareció que venían clérigos como en procesión de una parte y de otra, en medio de la calle no iba nadie salvo les clérigos que iban de una parte y de otra como a manera de procesión, y que serían hasta diez clérigos, porque conoció que eran clérigos que traían las coronas abiertas e iban rezando, que no entendió palabra de lo que decían; y después de esta procesión de estos clérigos que venían cuenta de cien personas, armadas y vestidas todas en blanco, y que sonaban las armas y que llevaban como lanzas; y que este firma no esperó que pasasen todos, que luego se entró y metió la cabeza y cerró la puerta tras sí, pero que vio el cabo de la gente por la calle que no venía más gente, y que cerró bien su puerta y quiso llamar al dicho Juan que estaba en la cama y que no pudo y que se deliberó y llamó a Pedro, hijo de Juan Sánchez, y que le dijo: verás, Pedro, qué cosa es ésta, qué gente va por la calle en blanco y una señora; y que el dicho Pedro que se levantó y se vistió su camisón y se fue al corral; y que este firma se vistió su ropa y se acostó encima de un poyo dentro en las dichas casas, y que primero estuvo posado en el dicho poyo imaginando de lo que había visto, y que después se acostó y estuvo un rato que no durmió y que luego se durmió, por manera que cuando el dicho Pedro se volvió a acostar que no lo vio. Preguntado si cuando vio aquella gente si tomé placer o si hubo pavor, dijo: que cuando luego vio las cruces que pensó que andaban en procesión, y después que vio aquella gente en blanco que vio que la claridad no era tal claridad como de día, salvo claridad de otra figura, que estuvo así dudoso, que no hubo pavor ni placer, salvo que cuando luego salió al comienzo que aquella claridad como que lo calentó, aunque no tanto como el sol. Preguntado que cómo lo dijo después, dijo: que de mañana cuando se levantó que lo dijo a la mujer de allí de casa y a los otros que estaban en casa, y que el dicho Pedro que estaba allí y que dijo eso mismo que él lo había visto.

María Sánchez, mujer de Pedro Hernández, pastor, vecino en Jaén en la collación de San Ildefonso, testigo recibido por el dicho señor Provisor en el dicho negocio y so cargo del juramento que hizo, dijo:

Que el sábado en la noche que a la postre pasó, que se contaron diez días de este mes de Junio año presente, estando esta firma en las casas de su morada que son en la calle maestra que va a San Ildefonso que son en el arrabal de esta ciudad, así como a hora de entre las once y las doce, que se levantaba esta firma a dar agua a un niño su hijo que tenía doliente, que vio gran claridad dentro en las dichas sus casas, que parecía así como resplandor de oro reluciente cuando le da el sol, y esta firma que pensó que era relámpago y que hubo temor y se puso de rodillas en el suelo, y que miró hacia la calle por un resquebrajo grande que está entre las puertas de las dichas sus casas, y que vio que pasaba por la dicha calle una dueña con paños blancos y con flores blancas más claras que los dichos paños y que se conocía en el paño, y que le parecía que el manto que llevaba la dicha dueña que iba forrado en cendales como de colores de tornasol; y que llevaba un niño en los brazos y en el brazo derecho y abrazado con el izquierdo, y que el dicho niño iba envuelto en un paño de seda blanco; y que ella era alta más que otras personas cuanto un codo, y que el niño parecía como de cuatro meses y bien criadillo; y que iba a la su mano derecha un hombre que le parecía semejante a la figura de San Ildefonso, según está figurado en el altar de la iglesia de San Ildefonso, y que llevaba una estola al cuello y un libro en la mano, y que llevaba la dicha estola según la ponen los clérigos para decir misa y un manípulo en la mano, y el dicho libro abierto en las manos como que lo llevaba delante de ella para que lo ella viese, con una cobertura blanca; y que a la otra parte de la dicha dueña que iba una mujer a manera de beata, un poco atrás, que no tuvo conocimiento quién era; y que del rostro de la dicha dueña salía todo el resplandor; y que en viendo la dicha dueña y el dicho resplandor que tuvo pavor súbitamente; y que luego hubo en ella reconocimiento que era la Virgen santa María, y que le vio a la dicha dueña una diadema puesta en la cabeza según está figurada en el altar de la dicha iglesia, y que este conocimiento hubo por lo que dicho ha y que porque era mucho semejable a la imagen de Nuestra Señora que está figurada en el dicho altar; y que el dicho santo Ildefonso que tenía otra diadema en la cabeza y su corona grande abierta como de fraile, según está figurado en la dicha iglesia; y que después de la dicha dueña iba gente vestida toda de blancas vestiduras, y que no vio cruces ni candelas, salvo el dicho resplandor, y que después de ella pasada que tanta claridad daba en las dichas sus casas como de antes cuando ella pasaba y por semejante parecía en la calle; y porque ella estaba sola no osó más llegar a la puerta para ver más, salvo que se entró a su palacio; y que no estaba con ella otra persona, salvo dos criaturas una de hasta ocho años y la otra de hasta cuatro años; y que la dicha dueña y la otra gente que iban a manera de procesión de hacia la iglesia de San Ildefonso hacia la ciudad; y que entrada en su palacio que hubo gran consolación, y que oyó luego el reloj que dio las doce horas y acabando que tañeron luego a maitines; y dijo esta firma que a la sazón que oyó como canto, pero que no le parecía el canto según de este mundo, y que en lo oír hubo mucho gasajado y consolación.

Juana Hernández, mujer de Aparicio Martínez, vecina en la collación de San Ildefonso, testigo recibido en información por el dicho señor Provisor en el negocio de uso escrito y so cargo del juramento que hizo, dijo:

Que estando esta firma en sus casas que son en la dicha collación de San Ildefonso, que son de cara del cementerio, el sábado en la noche que pasó que se contaron diez días del mes de Junio del año presente, así como después del primer sueño antes que cantase el gallo, que se levantó esta firma al corral de sus casas por cuanto tenía pasión en las tripas y se había levantado antes otras tres veces, y que estando así que vio súbito un resplandor grande cerca de las espaldas de la capilla de la dicha iglesia de San Ildefonso, y que imaginó en sí luego que era relámpago, y que deliberó que no sería relámpago por cuanto era grande y muy resplandeciente la claridad y que era continua aquella claridad; y que estando así parando mientes entre las puertas de las dichas sus casas, que vio venir una dueña que venía con otra mucha gente de hacia las cantarerías la calle arriba hacia la dicha capilla, y que parecía que traía la dicha dueña en los brazos ante sus pechos un bulto que no pudo determinar qué cosa sería, y que le pareció que de su faz de ella y de aquel bulto salía aquel resplandor; y que venía por encima de un muladar que estaba cerca de la dicha capilla como a manera de procesión, y que detrás de ella venían otras gentes vestidas de ropas blancas, y que le parecía que algunos de ellos traían palos en las manos enhiestos, y que por cuanto el umbral de las puertas de las dichas sus casas es bajo no pudo ver si eran cruces o cetros ni qué cosa era; y que esta claridad no le parecía de sol ni de luna ni de candelas, antes le parecía como de un resplandor que ella nunca vio, y cuando vio esta firma esto que se cayó amortecida con temor y que comenzó a estremecer toda, y porque se le quitaba la vista que se echó turbada hacia la pared y las espaldas hacia la claridad que había visto, y que estuvo así un poco y se levantó y las manos por la pared se fue a su palacio; y que la claridad se quedó allí; y que antes cuando ella miraba que le pareció que esta dueña se paró tras la dicha capilla y así que la perdió de vista, porque de su casa no la podía ver, pero que quedaba la claridad; y esta firma con temor fuese a la cama con su marido y que estaba una criatura con su marido que la quitó y se acostó tremiendo cabo su marido.

Preguntada si la gente venía en procesión o junta, dijo: que con el temor no paró mientes, salvo que venía mucha gente vestida en blanco, y que más cercanos de la dicha dueña venían dos personas, no sabe si eran hombres o mujeres, una de una parte y otra de la otra, y que esta dueña que le pareció que era más alta que los otros, y que luego desde a poquito que oyó tañer a maitines, y que le pareció que la dicha dueña y la otra gente que venían mucho paso a paso en procesión.

A lo cual todo fueron presentes por testigos que vieron hacer el dicho juramento a los testigos susodichos y a cada uno de ellos, Pedro de Plasencia y Alonso hijo de Lope Pérez, escribanos, y Alvaro de Soberado, vecinos y moradores en esta dicha ciudad de Jaén, y así mismo Gabriel Díaz, clérigo compañero en la iglesia de Jaén, que lo tomó el dicho señor Provisor para ver hacer la dicha información. Va escrito sobre raido o díz encima y entre lineado o diz según está figurado en el altar de la iglesia de San Ildefonso. Y yo, Juan Rodríguez de Vaena, escribano de Ntro. Señor el Rey y su notario público en la su corte y en todos los sus Reinos, en uno con el dicho señor Provisor y por ante Alvaro de Villalpando y Fernando Díaz de Jaén, notarios públicos, y por ante los dichos testigos, a todo lo susodicho presente fui y soy ende testigo y lo hice escribir, y por ende hice aquí este mío signo, en testimonio de verdad. Juan Rodriguez".

 

Bibliografía

 

- Academia Bibliográfico-Mariana de Lérida: "CERTAMEN DEDICADO A LA MEDALLA MILAGROSA Y A NUESTRA SEÑORA DE LA CAPILLA" (Tipografía Mariana, Lérida, 1931).

- Autor Anónimo: "HISTORIA DE JAÉN" (Hacia 1615. Manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid).

- Argote de Molina, Gonzalo: "NOBLEZA DE ANDALUCÍA" (Sevilla, 1588).

- Arquellada, Juan de: "SUMARIO DE PROEZAS Y CASOS DE GUERRA ACONTECIDOS EN JAÉN Y REINOS DE ESPAÑA, DESDE 1353 a 1590" (Manuscrito en la Biblioteca Nacional).

- Becerra, Antonio: "MEMORIAL DE LA DESCENSIÓN DE LA VIRGEN EN LA IGLESIA DE SAN ILDEFONSO DE LA CIUDAD DE JAÉN EL AÑO 1430" (Jaén, 1639, 80 folios).

- Cazabán, Alfredo: "RECUERDO DEL V CENTENARIO DEL DESCENSO DE NUESTRA SEÑORA DE LA CAPILLA A JAÉN Y DE SU CORONACIÓN EL 11 DE JUNIO DE 1930" (Jaén, 1930, 13 hojas).

- Cuesta, Pedro de la: "RELACIÓN DE ALGUNAS COSAS INSIGNES QUE TIENE ESTE REINO Y OBISPADO DE JAEN" (Jaén, 1614).

- Cuesta, Pedro de la: "HISTORIA DE LA ANTIGUA Y CONTINUADA NOBLEZA DE LA CIUDAD DE JAÉN" (Jaén, 1628).

- González Dávila, Gil: "TEATRO ECLESIÁSTICO DE LAS IGLESIAS METROPOLITANAS Y CATEDRALES DE LOS REINOS DE LAS DOS CASTILLAS" (Madrid, Imprenta Francisco Martínez, Tomo lº, 1645).

- Jimena Jurado, Martín de: "CATÁLOGO DE LOS OBISPOS DE LAS IGLESIAS CATEDRALES DE LA DIÓCESIS DE JAÉN" (Toledo, 1654).

- Jiménez Patón, Bartolomé: "HISTORIA DE ALGUNOS VARONES FAMOSOS DE LA NOBLEZA DE JAÉN" (Jaén, 1628).

- Martínez de Mazas, José: "RETRATO AL NATURAL DE LA CIUDAD Y TÉRMINO DE JAÉN" (Jaén, 1794).

- Montuno Morente, Vicente: "NUESTRA SEÑORA DE LA CAPILLA, MADRE, PATRONA Y REINA DE JAÉN" (Madrid, 1950, 424 páginas).

- Montuno Morente, Vicente: "DEL DESCENSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN A JAÉN Y DE LA SOLEMNE CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LA CAPILLA" (Diario "El Pueblo Católico", Jaén, 25 Mayo 1930, 40 páginas).

- Mozas Mesa, Manuel: "JAEN, LEGENDARIO Y TRADICIONAL" (Madrid, 1935).

- Muñoz y Garnica, Manuel: "SERMÓN DEL DESCENSO DE LA VIRGEN MARÍA" (Imprenta López, Jaén, 1856).

- Muñoz y Romero, Tomás: "DICCIONARIO BIBLIOGRÁFICO – HISTÓRICO DE LOS ANTIGUOS REINOS, PROVINCIAS, CIUDADES, VILLAS, IGLESIAS Y SANTUARIOS DE ESPAÑA" (Madrid, 1858).

- Pallés, José: "AÑO DE MARÍA, O COLECCIÓN DE NOTICIAS HISTÓRICAS Y LEYENDAS PARA HONRAR A LA VIRGEN SANTÍSIMA EN TODOS LOS DIAS DEL AÑO" (6 tomos, Imprenta Riera, Barcelona, 1875).

- Pérez, Nazario: "HISTORIA MARIANA DE ESPAÑA" (Unos 7 tomos, Gráficas J. Concejo, Valladolid, 1945).

- Rodríguez de Gálvez, Ramón: "LA VERDAD DE LA TRADICIÓN DEL DESCENSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA A LA CIUDAD DE JAÉN EN EL AÑO 1430" (Jaén, 1883).

- Rodríguez de Villalpando, Juan: "MEMORIAL DE LA INFORMACIÓN TESTIFICAL PRACTICADA EL 13 DE JUNIO DE 1430 SOBRE EL DESCENSO DE LA VIRGEN DE LA CAPILLA" (Jaén, Junio de 1430, manuscrito en el archivo de la iglesia de San Ildefonso en Jaén).

- Rus Puerta, Francisco de: "OBISPOS DE JAÉN Y SEGUNDA PARTE DE LA HISTORIA ECLESIÁSTICA DE ESTE REINO Y OBISPADO" (1646, manuscrito en la Biblioteca Nacional).

- Salcedo de Aguirre, Gaspar: "RELACIÓN DE ALGUNAS COSAS INSIGNES QUE TIENE ESTE REINO Y OBISPADO DE JAÉN" (Baeza, 1614).

- Sánchez Pérez, José Augusto: "EL CULTO MARIANO EN ESPAÑA" (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1943).

- Varios Autores: "V CENTENARIO Y SOLEMNE CORONACIÓN CANÓNICA DEL DESCENSO DE LA VIRGEN DE LA CAPILLA" (40 trabajos sobre el Descenso) (Diario "El Pueblo Católico", Jaén, 11 Junio 1930, 20 páginas).

 

© Texto inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual