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Asunto:[capablancanews] Las siete enseñanzas del ajedrez (espero que lo di sfrutéis)
Fecha:Lunes, 23 de Septiembre, 2002  00:59:53 (+0200)
Autor:Emilio Castillo <emicast @.......es>

=======================================================
 CAPABLANCA NEWS
 Club de Ajedrez Fomento Gandía
 e-mail: emicast@wanadoo.es    Tlf: 659.18.52.57
=======================================================


LAS SIETE ENSEÑANZAS Kenneth Frey.


Se sabe desde hace mucho tiempo que el ajedrez desarrolla la voluntad, la
imaginación, la lógica, la memoria, la previsión, la astucia, la cautela, la
retrospección en ese esfuerzo supremo para vencer al no-menos-que-odiado
rival. ¿Qué más se puede pedir de un solo juego? Sin embargo, en la vida
real la historia cambia.

** En primer lugar, se supone que el ajedrez enseña a controlar el
temperamento.

Hace tiempo, gané una partida (de 100 pesos de apuesta) contra el
coordinador de ajedrez de una escuela, ante sus alumnos. El hombre soltó un
grito, pateó la mesa y se rompió una pierna. Y lo peor fue que no me pagó
los cien pesos.

Guillermo el Conquistador, antes de su entrada a Inglaterra, perdió un juego
contra el Príncipe de Francia (el futuro Felipe I); y lo que recuerda una
antigua referencia es lo siguiente: "...por lo que golpeó al Príncipe sobre
la cabeza con su tablero".

** En segundo lugar, el ajedrez contribuye a la felicidad conyugal y
doméstica.

Ya es clásica la vieja historia, que todavía se cuenta en los círculos de
ajedrez: Una noche llegó al club de ajedrez uno de los miembros, un poco
serio, y comenta: "Mi esposa me ha puesto un ultimátum: o ella o el
ajedrez". - "¡Caray, qué triste debes estar por esa advertencia!", le
contestaron algunos amigos; a lo que él repuso: - "¡Claro que estoy triste;
ciertamente la voy a echar de menos!".

El conde Ferrand de Flandes perdió la batalla de Bouvines en al año 1214
contra el Rey Felipe Augusto. Éste le encerró en los calabozos del Louvre.
Su esposa, la condesa Juana, dejó que se pudriera allí durante once largos
años, todo por una disputa sobre una partida de ajedrez.

En el Club Capablanca todavía se comenta una trágica noche de ajedrez. Uno
de los socios solía presentarse a jugar sin falta todas las noches; los
fines de semana se inscribía en los torneos. Un sábado la esposa irrumpió en
el club durante el torneo, se plantó de frente a la mesa de su marido y de
un solo gesto la vació. Luego arrojó la mesa al suelo y se marchó rabiosa.
En el silencio sobrecogedor que siguió, el pobre hombre observó los
escombros, miró al oponente, se levantó y salió en silencio. Nunca se le
volvió a ver en el club.

Hace poco salió una caricatura que ilustra la feliz armonía de la vida
conyugal para el ajedrecista: El marido se va al club a jugar su partida de
torneo y mientras tanto la esposa aprovecha para invitar a su amante,
sabiendo que dispondrá por lo menos de unas cuatro horas para pasar un buen
rato con él. Pero apenas había transcurrido una hora cuando regresa el
marido intempestivamente. Entonces la esposa le dice al amante "¡Caray, es
mi marido! ¡Corre a esconderte en ese closet!". El esposo venía furioso y le
dijo a ella: "¿Qué crees vieja? ¡Perdí en 15 jugadas, me coyotearon!"
Entonces se dirige al closet a sacar las piezas y el tablero para analizar
su partida. Su esposa horrorizada cierra los ojos y espera el inevitable
escándalo, pero transcurren los segundos, luego los minutos y no escucha
ningún escándalo. Entonces ella se acerca al closet a averiguar qué ha
pasado, y encuentra al amante y al esposo analizando animadamente la partida
y tratando de descubrir el error decisivo: "¡Entonces yo jugué caballo e7, y
él capturó en e6, y luego..."

** En tercer lugar, el ajedrez contribuye al auténtico deportivismo.

En el siglo XVI, Ruy López recomendaba sentar al rival frente a la ventana
para que gozara mejor del paisaje y para que, de paso, la luz del sol le
diera en la cara.

Cuando un ajedrecista pierde una partida suele sonreír dulcemente y
exclamar: "¡Bien jugado, amigo mío!" Esto lo convierte en uno de los más
descarados hipócritas y mentirosos del mundo, porque no existe un
ajedrecista derrotado cuyos ojos no refulgen de rabia.

Nimzowitsch gritaba "¡Por qué he de perder con este imbécil!", al tiempo que
estrellaba una pieza contra la pared, al otro extremo de la sala.

Es sabido que Alekhine era aficionado al tenis de mesa, mas no era muy
diestro en ese deporte que digamos; pero al fin y al cabo era ajedrecista, y
por lo tanto tenía la suficiente prudencia de suspender sus partidas de
tenis de mesa cuando el oponente se acercaba peligrosamente a los 20 puntos.

** En cuarto lugar, dícese que el ajedrez enseña estrategia militar.

Napoleón Bonaparte movía las piezas del ajedrez. No es seguro que jugara muy
bien, pero movía las piezas.

Carlos XII de Suecia era un genio militar, pero como era rey le gustaba
mover dicha pieza en sus partidas, con pésimos resultados; y es dudoso que
alguna vez haya ganado una partida.

Clausewitz, el autor del más grande libro escrito sobre estrategia militar y
el arte de la guerra, perdió una vez siete partidas consecutivas contra un
niño de once años.

** En quinto lugar, el ajedrez pule el arte de inventar excusas.

Nunca jamás en la historia del ajedrez ha existido un perdedor que no haya
presentado una excusa, antes o después de la partida: "la cabeza duele"; "la
mujer está enferma"; "la bolsa de valores está baja"; "no durmió bien la
noche anterior"; "hay demasiado ruido"; "el cuarto es demasiado caliente";
"es demasiado frío"; "la iluminación no es adecuada"; "se le olvidaron los
lentes"; "está desencanchado", etc., etc.

El Gran Maestro inglés Joseph Henry Blackburne lo resumió una vez diciendo
que "nunca había vencido a un hombre sano".

En 1971 Bobby Fischer arrolló a Tigrán Petrosián en Buenos Aires ganando
incluso cuatro partidas seguidas. Muchos partidarios del armenio quisieron
aducir que la derrota se debió a que él se hallaba "fuera de forma". Fischer
comentó: "llevo casi 20 años consecutivos enfrentándome únicamente con
ajedrecistas que están fuera de forma".

Allá por los años veinte, cuéntase que una vez el irritable Nimzowitsch se
quejó del puro que su contrario tenía en la boca. "Vamos, Sr. Nimzowitsch -
dijo el director del torneo- ni siquiera lo ha prendido". "No, ¡pero amenaza
con hacerlo!" - respondió Nimzowitsch. Desde entonces se dice que en ajedrez
la amenaza es más fuerte que la ejecución.

David Janowsky se quejaba siempre. Cuando fue invitado al gran torneo de
Nueva York 1924, los organizadores, que conocían esta particularidad de
Janowsky, trabajaron con ahínco en busca de lograr condiciones perfectas.
Después de observarlo todo, Janowsky gimió: "¡Ustedes me han privado
intencionalmente de todas mis excusas! ¿Cómo voy a poder ahora concentrarme
en el juego?".

** En sexto lugar, el ajedrez enseña a eliminar la soberbia y la arrogancia.

Antes de su partida contra Ricardo Réti en Nueva York 1924, el cubano
Capablanca comentó: "realmente soy invencible" (perdió la partida).

El malogrado Miguel Najdorf dijo en 1947 "pronto seré el campeón del mundo".
(Aún viviría cincuenta y un años más, pero jamás fue campeón del mundo).

Janowsky, jugando contra Reshevsky de 13 años tenía posición superior y se
acercó a sus amigos para comentarles: "Este niño es un empujamaderas;
entiende lo mismo de ajedrez que yo de bailes orientales". (Janowsky perdió
la partida).

Kárpov, antes de su match con el inglés Niegel Short, enfatizó: "Él no me
podría ganar un match a mí ni siquiera en mil oportunidades". (Short ganó el
match).

Una vez Alekhine declinó una invitación a participar en un torneo que se
celebraría en cierto balneario alemán: "Nunca he podido jugar bien en los
balnearios alemanes" - señaló Alekhine- . Los organizadores repusieron:
"Pero si usted ganó el primer lugar en Baden Baden, que es un balneario
alemán". - "Ah si", replicó Alekhine: "¡pero fue sólo por dos puntos de
ventaja!".

** Finalmente, el ajedrez nos enseña a tener compasión.

Había un jugador de ajedrez que se llamaba Loschensky, y que no podía
admitir que su rival se rindiera antes del jaque mate. Loschensky estaba
dispuesto a todo con tal de que su contrario prosiguiera el juego hasta el
inevitable fin. Adularía, suplicaría, amenazaría, rehusaría dejarlo
abandonar para lo cual incluso haría algunas malas jugadas. Su víctima
predilecta era un hombre melancólico, triste, llamado Palitzsch. Era el
perdedor ideal: no sólo perdía como regla general, sino que emitía una serie
de gemidos y lamentos desconsoladores a medida que se acercaba el final.

Una tarde en particular sus gemidos eran notablemente agudos, porque sufría
de muy fuertes dolores de apendicitis.

- ¿Enfermo? ¡No estás enfermo!, gruñó Loschensky: Es tu posición la que está
mala ¡Mueve!.

- ¿Mi posición? ¡Está completamente perdida, quiero rendirme ya!, gimió
Palitzsch.

- "No; no está perdida", dijo Loschensky dulcemente "¡mueve, chapo!

- "Estoy enfermo", murmuró Palitzsch, apretando su estómago: "me rindo ya".

- "¡Enfermo!", gritó Loschensky al tiempo que efectuó una jugada débil:
"¡Puedes ganar; Mira!".

Palitzsch se reanimó, luego de pronto se puso verde y se agarró del costado:

- "Estoy enfermo", dijo: "realmente enfermo".

- "¡No lo estás. Mueve, tonto!".

Sudando, apretando los dientes, Palitzsch hizo un movimiento y dijo:

- "Casi estoy muerto".

- "No, graznó Loschensky, "¡puedes ganar; mueve ya!".

Palitzsch movió y se quejó de nuevo de un dolor insoportable:

- "Estoy perdido. Me rindo".

- "Mueve. Una jugada más. ¡Mueve!".

Palitzsch ejecutó la jugada final y se bamboleó en la silla.

- "¡Jaque mate!, aulló Loschensky. "¡Estás muerto!". "Dios mío: hombre,
estás enfermo. Ven, te llevaré al hospital".

Estas siete enseñanzas están inspiradas en una divertida conferencia de
Rosser Reeves, siendo Presidente del Instituto Norteamericano de Ajedrez, en
1970. Kenneth Frey.



Ajedrez en México
http://members.tripod.com/~aacevedo/









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