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Asunto:[cabra] «Salvador Rueda, poeta de la Naturaleza»
Fecha:Viernes, 12 de Julio, 2002  01:18:33 (+0200)
Autor:José Antonio Molero <jamoleroben @.....es>

 

                           

AÑO II - N.º 163 - Málaga - España - jueves 10 de julio de 2002

 
Aula de Literatura
«FRAY LUIS DE LEÓN»
(7)

 

 

 

 

  Esther García Caparrós

 

SALVADOR RUEDA,
EL POETA DE LA NATURALEZA
 
Para mí es un placer y un honor, además de un reto, escribir un artículo acerca de Salvador Rueda, el poeta de la Raza, el poeta de la Naturaleza, el poeta de Málaga. Quiso tanto a su tierra que le dedicó un sinfín de poemas que son auténticas pinceladas de color, en las que podemos reconocer, e incluso oler, los rincones de nuestra ciudad. Quisiera rendirle un sentido homenaje a una de las personas que me enseñaron a conocer y amar la tierra en la que vivo: Málaga.
ESTHER GARCÍA CAPARRÓS

 

 
 Salvador Rueda Santos, 1857-1933

SU INFANCIA

E

l 3 de diciembre de 1857 nace Salvador Rueda Santos en Benaque, aldea del término municipal perteneciente al Ayuntamiento de Macharaviaya, que forma parte del conjunto de los pueblos blancos de la zona malagueña de la Axarquía. De familia muy humilde, pues era hijo de un  jornalero del campo, tiene otros 6 hermanos: Ubalda, José Salvador y otros cuatro que fallecieron jóvenes. Vive en una casa pobre y sencilla.

En aquella época y dada la orografía del terreno en la que estaba ubicada la aldea en la que vivía, la enseñanza no estaba atendida y los niños se criaban en el más absoluto analfabetismo. Pero nuestro protagonista destaca ya en su infancia y aprende a leer cuando aún era un niño, cosa que, para nosotros, puede que no sea hoy de especial relevancia, pero tiene que ser tenida en cuenta según la época en la que vive el poeta. Se tiene noticia, además, de que el sacerdote Señor Robles se desplazaba desde Benajarafe a Benaque para darle clases de latín.

Rueda describe de manera exquisita su época de aprendizaje en su niñez, según lo recoge Manolo Prados en su libro Salvador Rueda, renovador de la métrica, cuando dice «Todavía no contaba yo los catorce cumplidos y ni por casualidad habían visto mis ojos un alfabeto, cuando ya sabia leer de corrido en varias cosas, por ejemplo, en las hojas de un árbol, en la página inolvidable de una fuente, en el brillante fondo de un crepúsculo. ¡Qué educación tan extraña la que me tocó en suerte! Aprendí “administración” de las hormigas; “anatomía”, desollando con evidente crueldad, a las lagartijas; “historia natural”, admirando  el vestido de los insectos; “astronomía”, mirando las musarañas; “náutica”, cruzando a nado grandes distancias del mar; “antropología”, visitando las grutas en persecución de las águilas; “música”, oyendo los aguaceros; “escultura”, buscando parecido a los seres en las  líneas de las rocas; “color”, en la luz; “poesía”, en la naturaleza.

A la edad de 15 años, escribe estos versos que recogen uno de los temas que más poemas dedicaría durante toda su trayectoria: su amor a la Naturaleza.

 

    EL AGUA Y EL HOMBRE
 
   Plácido arroyo que armonioso,
por entre flores huyes fugaz:
¿Dónde está el término de tu camino?
¿De dónde vienes? ¿Adónde vas?
 
   Siendo tu senda la más florida,
siendo tu cuerpo sabio cristal,
siendo tú el espejo del mismo cielo,
dime: ¿No sabes adónde vas?
 
   Siendo mi senda la más florida,
siendo mi linfa claro cristal,
siendo yo espejo del mismo cielo,
sé que mis pasos van hacia el mar.
 
   Pero tú, siendo la misma ciencia,
tú que el misterio sabes borrar,
tú que los astros medir consigues,
tú que caminas con ciego afán,
 
   tú, en fin, la obra más acabada
que el Ser Supremo quiso formar,
tú, ¡el Hombre!, ¿acaso podrás decirme
de dónde vienes y adónde vas?

 

SUS COMIENZOS

Q

ueda huérfano de padre a los diecisiete años. Es éste un momento crítico para el poeta, ya que se encuentra entre la espada y la pared: atender a sus obligaciones como hijo y sacar adelante a la familia, y su vocación de poeta. En 1875, contando 18 años, se traslada a la capital, Málaga, donde lleva a cabo innumerables oficios, como guantero, carpintero, droguero, corredor de guías del puerto, pirotécnico y oficial primero del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.

Llega a mandar sus sonetos al periódico malagueño MEDIODÍA, cuyo director por aquel entonces, Narciso Díaz de Escovar, reconoce el buen hacer del aquel joven poeta y le ofrece un puesto de redactor. A partir de ahí, le surgen más propuestas de colaboración, publicando en el semanario MÁLAGA, la revista LA ANDALUCÍA, EL IMPARCIAL, el CORREO DE ANDALUCÍA, LA GACETA DE MADRID, EL GLOBO, e incluso llega a ser director del periódico madrileño LA GRAN VÍA.

Salvador Rueda acaba trasladándose a la capital de España, donde trabaja como redactor de LA GACETA DE MADRID, puesto que le proporciona el insigne Núñez de Arce y del que Rueda pasa a ser su protegido, aunque fue Díaz de Escobar el primero en reconocer las cualidades literarias del, hasta entonces, desconocido poeta.

 

SU TRAYECTORIA

E

n 1892 llega Rubén Darío a España y es precisamente Salvador Rueda el que intuye la importancia de la obra del nicaragüense, a pesar de que la prensa española no le había publicado ni publica ni un solo poema, ni recibe el reconocimiento de los literatos de la época. Aquí comienza una amistad entre ambos poetas, que se verá truncada años más tarde.

Entre 1910 y 1917, viaja Salvador Rueda a Filipinas y a varios países de Hispanoamérica. En América fue recibido con entusiasmo. En el Gran Teatro de La Habana se le corona, el día 4 de agosto de 1910, como “Poeta de la Raza”, por el canto que hace Rueda de América. Salvador Rueda se convierte así en una persona muy conocida en todo el Nuevo Continente, tanto es así que en Buenos Aires se paraliza el tráfico portuario varias horas a causa de la expectación popular que suscita su presencia. El presidente de la República de Méjico le llega a ofrecer un soberbio palacio para que lo habite durante toda su vida, pero nuestro poeta prefiere regresar a su humilde casita del malagueño barrio de la Coracha, en la calle que da subida a La Alcazaba.

En opinión de los entendidos, la poesía de Rueda es palpitante e intensa, un verdadero derroche de pasiones y sentimientos. Es quizás el poeta más fecundo de la lírica española. Rueda renueva y revoluciona la métrica. Usa el verso dactílico de 17 y 18 sílabas, imitando los hexámetros clásicos, resucita el verso de 16 sílabas y el dodecasílabo trocaico y cultiva el soneto con ritmos variados. Su manera de entender la poesía deja atrás al realismo prosaico de su generación.

Salvador Rueda tuvo dos grandes amores en su vida: su madre y la tierra que le vio nacer: Málaga. Con el título genérico de El libro de mi madre, publicó 12 poemas en los que pone de manifiestos sus sentimientos. He aquí dos ejemplos de su arte y de sus amores:

 

       EL ROSARIO DE MI MADRE

   De la pobreza de tu herencia triste,
sólo he querido, ¡oh madre!, tu rosario,
sus cuentas me parecen el calvario
que en tu vida de penas recorriste.
 
   Donde los dedos, al rezar, pusiste,
como quien reza a Dios ante el sagrario,
en mis horas de errante solitario
voy  poniendo los besos que me diste.
 
   Los cristales prismáticos y oscuros,
collar de cuentas y de besos puros,
me ponen, al dormir, círculo bello.
 
   Y de mi humilde lecho entre el abrigo,
me parece que tú rezas conmigo
con tus brazos prendidos a mi cuello.
 
 
                          MÁLAGA
 
   ...Dicen que me olvidaste; yo no te olvido;
dicen que no me quieres; yo sí te quiero;
en tu sol me he bañado y en ti he vivido,
y adorar nuestras madres es lo primero.
 
   Aunque hicieras mi carne fúnebres trizas,
aunque me destrozaras con ira fiera,
aunque hicieses mis huesos polvo y cenizas,
mil vidas que yo tuviese, mil te las diera.
 
   Y yo, que fui tus glorias siempre cantando,
e hice admirar al mundo lo hermosa que eres,
te interrogo, con  ojos que están llorando:
¿Es verdad, madre mía, que no me quieres?

 

Su gran capacidad creadora le hizo publicar una obra tras otra. De entre su variada producción destacan: Aires españoles (1890), Cantos de la vendimia (1891), el innovador En tropel (1892), Piedras preciosas (1900), Cantando por ambos mundos (1914) y la comedia La musa (1901).

En 1919 abandona definitivamente Madrid para establecerse en Málaga. En 1933 es erigido un monumento en su honor en el parque, por suscripción popular, merced a la iniciativa de Díaz de Escovar, González Anaya, Muñoz Degrain, Laza Palacios, Pérez Bryan y Salvador Blasco, entre otros insignes malagueños de la época.

En marzo de 1933, Salvador Rueda es presa de una grave e irremediable dolencia, que lo pondrá en brazos de la muerte en poco menos de un mes,  el 1 de abril. El poeta había llegado a documentar notarialmente la forma en que deseaba ser enterrado, entre lo que podemos destacar, por la fina sensibilidad de que hace gala, lo siguiente: «Deseo, del digno sacerdote que vigilará el recinto, y al que dejo una manda más arriba, que me acompañe un pájaro en una jaula, para seguir oyendo la divina armonía del mundo».

El Ayuntamiento fue el encargado de hacerse cargo del cadáver del poeta y de organizar el entierro. Y el domingo 3 de abril de 1933, a las once de la mañana, un numeroso grupo de personalidades se congregaban para acompañar al poeta a su última morada, entre ellos: el gobernador civil, el alcalde de la ciudad, el presidente de la Diputación, el presidente de la Asociación de la Prensa, el presidente de la Real Academia de Bellas Artes, su médico, el arcipreste de la Santa Iglesia Catedral, poetas, escritores, periodistas, pintores, escultores... una auténtica multitud. Hasta la Naturaleza, a la que él tanto había cantado, quiso estar presente en forma de lluvia torrencial.

Días antes de morir, escribe su último soneto; éste:

               CLAVELLINERO
 
   Quiero cuando yo muera, Patria mía,
que formes con mi cráneo una maceta,
y de sus ojos por la doble grieta
eches la tierra que tus flores cría.
 
   En su interior de luz y de armonía
deja una mata de clavel sujeta,
y ese clavellinero de poeta
te brindará corolas como el día.
 
   Por mi boca, mis ojos, mis oídos,
entreabriré capullos encendidos
con que de galas quedaré cubierto.
 
   Y cuando en mayo florecer me veas,
aún lanzaré claveles como ideas
para besarte hasta después de muerto.

 

A JUICIO DE SUS CONTEMPORÁNEOS

C

omo testimonio de lo que significa su importancia en la poesía española, transcribimos, en estas líneas que siguen, la opinión que suscitó Salvador Rueda entre sus contemporáneos, para concluir con un poema dedicado a él.

Miguel de Unamuno: «Rueda me es una de las personas más simpáticas. Nada habla más a favor de él que el verle tan sencillo, tan abierto. De poder justificarse la soberbia, se justificaría en él más que en todos los soberbios que conozco. Su arte es espontáneo; en él nace como flor de trigales, lo que es en otros flor de tiesto. Son sus libros ventanas abiertas al campo libre, donde se vive sencillamente, sin segunda intención, bajo la luminosa gracia de Dios. Para Rueda, como para quien vive en contacto con la Naturaleza, cada sol, es un sol nuevo, y cada momento, un nuevo nacimiento: vive naciendo siempre. ¡Feliz de él!»

Jacinto Benavente: «Los poetas modernos de España, y el mejor de todos, Salvador Rueda, a la cabeza de ellos, que de él aprendieron mucho y a él le den mucho todos...»

Juan Valera: «Se ve, se toca y hasta se huele lo que describe.»

Eduardo de Ory: «Puedo afirmar que no conozco a ningún otro poeta que pueda ostentar con más derecho que el poeta malagueño la corona de oro de la lírica hispana. Salvador Rueda es un gran, un inmenso poeta. Su verso nuevo es vibrante como el golpe del martillo sobre una campana: es vibrante y luminoso como un sol todo fuego.»

 

        A SALVADOR RUEDA

   Tiene tu verso que radiante brilla
no sé qué impulso de grandeza extraña;
su regio timbre que de luz se baña,
es florón de la lengua de Castilla.
 
   Triunfan entre sus ritmos, la cuadrilla,
el mantón, los claveles y la caña,
—joyas de luces que conserva España
en el clásico estuche de Sevilla—.
 
   Tu verbo es una espada en que flamea
el relámpago de oro de la idea;
y el genio que en tu espíritu tremola,
 
   ha eternizado con su afán inquieto
el tipo de una raza, la española,
en el cuño imperial de tu soneto.
 
                                        ALBERTO HERRERA

 

 

 

 
 

 

 

Esther García Caparrós nació en Barcelona en 1971. Su educación primaria transcurre en un colegio nacional en Cornellà, barrio de la capital catalana. Con 9 años, y cuando cursa 4.º de E. G. B., realiza un cursillo de alemán en el Colegio Alemán de Barcelona "San Alberto Magno", que se tiene como objetivo medir el éxito de impartir un idioma extranjero a niños en una edad temprana durante un año. Finalizado ese periodo, es becada por la entonces República Federal de Alemania para realizar, en ese mismo colegio, toda su formación académica hasta el Bachillerato, que lleva a cabo en alemán y español. Durante este tiempo, colabora en la redacción del periódico escolar del colegio, forma parte del coro y participa en un taller de teatro. Cursa el primer año en la Facultad Central de Derecho de Barcelona, trasladándose a Málaga, ciudad natal de mis padres, en donde decide proseguir sus estudios de Derecho. Reiniciados sus estudios universitarios, se le oferta cubrir provisionalmente el puesto de profesora de idiomas e informática en la academia en que se encontraba realizando un cursillo de informática, por el tiempo de una semana. Su eficiencia en el desempeño de su función, motiva que su contrato fuese prorrogado, permaneciendo en ese puesto hasta la actualidad. Ese primer contacto suyo con la enseñanza le hace descubrir su vocación docente, y decide cambiar de carrera y comenzar Magisterio en el año 1999. En la actualidad está finalizando sus estudios de Magisterio en la especialidad de Idioma Extranjero (Inglés) en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga. Es miembro del «Aula de Creación Literaria “Arturo Reyes”», en la que, desde su fundación, colabora con encomiable ilusión y muy activamente. Dirección electrónica: pgneisenau@hotmail.com

 

 

 

 © Esther García Caparrós, Málaga, España, 2002.                      © GIBRALFARO, Málaga, España, 2002.         

 

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