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Asunto:[BoletinAndaluciaLibre] nº 245 - Cuba: Reflexiones sobre la URSS, el estalinis mo y el socialismo
Fecha:Jueves, 14 de Octubre, 2004  18:16:12 (+0200)
Autor:Andalucia Libre <andalucialibre @.......es>

Contra la Dependencia y la Precariedad: VOTA NO A LA CONSTITUCIÓN EUROPEA

nº 245
 
En este Correo:
 
*Aportaciones interesantes para un debate necesario, Andalucía Libre
*Unión Soviética: la transición frustrada, Ariel Dacal Díaz
*Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa, Hiram Hernández Castro
*¿Qué es la URSS?, León Trotski
*La pequeña historia del Himno Soviético, Andalucía Libre
 
--oOo--
 
A modo de presentación
Aportaciones interesantes para un debate necesario,
Andalucía Libre
No puede entenderse el siglo XX sin la Revolución Rusa. No puede entenderse el mundo de hoy sin tener en cuenta no sólo el hecho de la desaparición de la URSS y sus consecuencias sino también -y especialmente- tanto lo que la URSS [o la China maoísta] fue, como lo que no fue. Ambas cuestiones -íntimamente entrelazadas- afectan al conjunto de la izquierda mundial (y por tanto, también a la izquierda independentista andaluza) sin que nadie pueda honestamente declararse inmune o indiferente ante ese problema. Confrontados ante enormes desafíos en el presente, forzoso es reconocer que estos no pueden abordarse sin afrontar la reflexión sobre el pasado que les precede y les ha dado origen.
 
Para contribuir a esa tarea, reproducimos dos textos recientes que aportan perspectivas diversas y reflexiones sugerentes y que suman a su interés intrínseco un evidente plus especial -que reconocemos sin reparo- por haber sido elaborados en Cuba por cubanos y publicados en un sitio cubano en la Red.
 
Los acompañamos de un texto de Trotsky -que forma parte de su obra La Revolución Traicionada (publicada en 1936, tengámoslo en cuenta)- que pensamos que sigue ofreciendo hoy instrumentos analíticos y posiciones políticas construidas con rigor; útiles para desarrollar el debate.
 
Unión Soviética: la transición frustrada
Ariel Dacal Díaz*
 
El intento de transición al socialismo en la URSS ha suscitado los más diversos debates durante décadas, haciéndose más definitorio el antagonismo ideológico que el tema entraña, tras el colapso soviético. Aún cuando el corolario final fue el desdeño de una preciosa oportunidad para socavar las bases del dominio burgués; repensar, comprender y asumir (sobre todo asumir) las características del proceso soviético en su conjunto brindan elementos sustanciales para las alternativas anticapitalistas que demanda el siglo XXI.
 
En esta dirección desarrollamos nuestro trabajo, partiendo, dado su peso esencial en la comprensión de la historia de la URSS tanto dentro como fuera de sus fronteras, de las problemáticas siguientes: ¿quiénes detentaron el poder en la Unión Soviética?, ¿qué mentalidad portaban?, ¿en qué momento se puede hablar de ruptura con el proyecto bolchevique?. En estas páginas intentamos algunos apuntes sobre estas interrogantes. 
 
“La clase imprevista” [1] 
 
Stalin fue el rostro visible y representante de la burocracia que gradualmente rompió vínculos con la esencia bolchevique y que deshizo los endebles mecanismos de participación política de las masas.
 
Sería entonces oportuno preguntar ¿de qué fuentes se nutrió la burocracia soviética?. A los principales cargos administrativos ascendieron figuras de relieve secundario dentro de la revolución debido, entre otros factores, a que muchos viejos combatientes de la vanguardia perecieron durante la contienda civil, o se separaron de las masas al ocupar cargos de menor relevancia, acomodándose a las nuevas condiciones de poder. Al mismo tiempo, el poder soviético estuvo forzado a utilizar individuos del anterior aparato gubernamental, incorporando personal técnico y especializado, así como a las masas campesinas que fueron proletarizadas. De este modo se desclasó al partido de Lenin, cuyo requisito de ingreso de nuevos militantes debía ser el resultado de un largo y riguroso proceso de comprobación, excepto para los trabajadores que hubieran laborado en la industria por más de diez años[2].
 
La burocracia soviética se formó a partir de un proceso complejo, fuera de los modos históricamente conocidos. Luego se hizo del poder, dominó el conocimiento y su divulgación, controló los medios de producción de ideas, garantizando por décadas su reproducción. El proceso de burocratización tuvo sus orígenes desde el inicio mismo de la Revolución, pero su consagración como sector dominante en la sociedad tuvo lugar en la década del 30. 
 
Lenin explicó el surgimiento de la burocracia como una excrescencia parasitaria y capitalista en el organismo del Estado obrero, nacida del aislamiento de la Revolución en un país campesino, atrasado y analfabeto[3]. Sobre este nuevo grupo de dirigentes, tenía sus propias ideas, sus sentimientos y sus intereses, Trotski destacó que “estos hombres no hubieran sido capaces de hacer la revolución, pero han sido los mejores adaptados para explotarla”[4].
 
La materia prima para la actividad “ideológica” de quienes detentaron el poder en la URSS fueron las grandes masas de analfabetos que, ciertamente, se liberaron de la oscuridad, y del mismo modo resultaron fácilmente manejados en nombre de algo mejor, sumiéndose en la ignorancia secundaria de que era ese precisamente el fin último a alcanzar como sociedad. Salvo en los sectores más avanzados políticamente, dicho sea de paso la minoría, las ideas del socialismo no habían calado en la población que habría de ser educada y preparada en el debate revolucionario.
 
Esta clase imprevista que se privilegió del poder estatal era, en teoría, la representante de los intereses de las masas, mientras que en la práctica, administró la propiedad pública beneficiándose de ella. Es cierto que los miembros de la burocracia no poseían capital privado; pero sin ningún control por el resto de los sectores sociales, dirigieron la economía -extendiendo o restringiendo tal o cual rama de la producción- fijaron los precios, articularon el reparto, controlaron el excedente. De este modo mantuvieron el partido, el ejército, la policía y la propaganda que los sustentaba.
 
Con el transcurso de los años, sobre todo a fines de los setenta, se acuñó en el campo socialista el término “ellos y nosotros” que reflejaba las diferencias que se fueron revelando y que tenía raíces bien profundas, tempranamente señaladas por muchos revolucionarios,  que manifestaban la estratificación de la sociedad, o más concretamente, su preservación. 
 
El análisis respecto al tema de la burocracia tiene una de sus aristas más polémicas en sus vínculos o autonomía respecto a otras clases. Para algunos autores, esta no podía convertirse en elemento central de un sistema estable, pues solo es capaz de traducir los intereses de otra clase. En el caso soviético se balanceaba, según este criterio, entre los intereses del proletariado y de los propietarios. 
 
Por otro lado, algunos autores afirman que la burocracia no expresaba intereses ajenos, ni oscilaba entre dos polos, sino que se manifestaba como grupo social consciente según sus propios intereses.
 
Los hechos revelaron que la clase burocrática monopolizó completamente el poder y la propiedad. Ella se impuso en la lucha por el poder después de haber abatido a todos sus opositores. Pero manifestó sus difusos intereses en el solapado discurso de ser representante del proletariado.
 
Durante décadas, la clase dominante no se atrevió a restaurar la propiedad privada de los medios de producción, hasta que en 1991, de manera develada, comenzó a tejer lazos con la burguesía rusa. Según el Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias de Rusia, más del 75% de la "elite política" y más del 61% de la "elite de los negocios" tienen origen en la Nomenklatura del período "soviético". En consecuencia, las mismas manos retienen las posiciones sociales, económicas y políticas dirigentes en la sociedad. La burocracia misma es la que ha transformado las formas económicas y políticas de su dominación, manteniéndose como dueña del sistema; pero nuevamente en nombre de una clase.
 
La mentalidad soterrada
 
¿Mediante qué códigos de cultura política dominó la burocracia soviética?. Partamos de que las masas que ejecutaron la Revolución en 1917 portaban la mentalidad de la servidumbre, sin ninguna experiencia democrática, y el desarrollo de la conciencia del proletariado, clase llamada a encabezar la Revolución, era patrimonio de un pequeño número de hombres. Las masas rurales, mayoría en ese momento, eran portadoras de los elementos más conservadores, elevados por el alto nivel de analfabetismo existente.
 
Por su parte, la burocracia usurpadora, detentadora del poder, fue otro ejemplo histórico de como los vencedores incorporan la mentalidad de los vencidos. En este caso heredaron como códigos de la dominación el control absoluto, el elitismo político, la idea de que la “muchedumbre” no sabía ni era capaz de dirigirse, por lo que necesitaba una figura que sintetizara los destinos del país. Téngase en cuenta que uno de los rasgos más apreciados por el ciudadano promedio de Rusia respecto a sus dirigentes es la imagen de hombre fuerte, capaz de enfrentar con determinación las dificultades cruciales del país.
 
Vinculado a lo anterior, como norma de los dominadores se desvinculó la responsabilidad de la figura máxima respecto a los problemas, creando un ambiente místico a su alrededor. Aparejado a ello en el imaginario social se impuso el criterio de que eran las capas intermedias de los dominadores las responsables del estado de cosas existentes.
 
Este hecho se concretó en que, si bien el estallido bolchevique concebía nuevos códigos respecto a la política y la participación de las masas, no sólo como fuerza motriz en la explosión subversiva, sino como elaborador y ejecutor de las decisiones políticas, reflejado en que los soviets, de órgano espontáneo de lucha de las masas adquirieron funciones de Estado; con el advenimiento del estalinismo dichos principios fueron destronados y la oportunidad de lograr la participación política de las masas, incluyendo los mecanismos de movilización, real y autónoma, fue cercenada. En ese proceso, las organizaciones políticas y de masas sufrieron una considerable atrofia.
 
Esta misma mentalidad se manifestó en el “orgullo gran ruso” sobre el cual Lenin hizo llamadas de alerta. La burocracia practicó sus políticas imperiales durante el período soviético; acuñado en el término “el hermano mayor”  por el que fue conocido en Europa del Este y por la doctrina de la soberanía limitada puesta en blanco y negro por Brezhnev.
 
Por otro lado, esos componentes de la mentalidad rusa son la base para entender por qué las condiciones de vida de la clase dirigente soviética eran análogas a las de la burguesía. En fecha tan temprana como 1936, Trotski destacó un ejemplo ilustrativo que develaba el mantenimiento de la estratificación. El mariscal, el director de una empresa, el hijo de un ministro, disfrutaban del apartamento, de villas de descanso, de automóviles, escuelas para sus hijos, clínicas reservadas y otras muchas prebendas, a las que no tenían acceso la criada del primero, el peón del segundo y el vagabundo. Para el primer grupo esa diferencia no era un problema. Para el segundo era lo más importante.
 
Un individuo que añoraba en la sociedad soviética rasgos, bienes y modos de vida que formaban parte de la cultura capitalista, era la prueba más evidente de que, al menos en él, no había florecido la nueva mentalidad socialista, el nuevo individuo, y la nueva percepción. El socialismo soviético posterior a Lenin, matriz del socialismo real, no fue nunca una alternativa válida, articulada y viable frente al predecesor sistema. La sustitución cultural no llegó, entendiendo que el socialismo es, sobre todo, un proyecto que se sustenta sobre una nueva cultura. Por tanto, la resultante no fue “una sociedad socialista (tampoco capitalista, es cierto), sino una nueva forma –estatista, burocratizada- de dominación y explotación, opuesta a la naturaleza emancipatoria, justa y libertaria del socialismo”[5].  
 
La ruptura 
 
La práctica política de la clase burocrática soviética fue una ruptura con las ideas leninistas en los más diversos espacios de la sociedad soviética. Brindamos a continuación algunos apuntes que corroboran esta hipótesis.      
 
El líder de Octubre destacó que “es necesario tener presente que la lucha exige de los comunistas que sepan reflexionar. Es posible que conozcan perfectamente la lucha revolucionaria y el estado del movimiento revolucionario en todo el mundo. Sin embargo para salir de la terrible escasez y miseria lo que necesitamos es cultura, honestidad y capacidad de razonar”[6]. 
 
La burocracia impidió la polémica revolucionaria, obstaculizando la participación política efectiva de las masas. Los dirigentes soviéticos desentendieron que el socialismo no puede triunfar contra la libertad de pensamiento, contra el hombre, sino al contrario, mediante la libertad de pensamiento, mejorando la condición de existencia de ese hombre.
 
La dogmatización que sufrió el marxismo, la persecución y descrédito de quienes intentaron defenderlo, la síntesis errada marxismo-URSS (incluyendo sus desastrosas consecuencias internacionales), y la imposibilidad de desarrollar otras líneas de pensamiento, provocaron la formación de generaciones de soviéticos desprovistos del necesario bagaje teórico conceptual para enfrentar los desafíos históricos contemporáneos.  
 
Es sobre todo en la naturaleza autoritaria de la burocracia soviética donde debe buscarse el freno a la transición cultural propuesta por el proyecto bolchevique. La falta de participación real, de espacios cívicos de contestación y control del poder, afectaron todos los niveles de la vida social, desde el funcionamiento económico hasta la lucha étnica.
 
En consonancia con lo anterior, y analizando el proceso de aprobación de la Constitución Soviética, Trotski señaló que “es cierto que el proyecto se sometió en junio a la aprobación de los pueblos de la URSS. Pero en vano se buscaría, en toda la superficie de la sexta parte del globo, al comunista que se permitiera criticar la obra del comité central o, al sin partido, que se aventurara a rechazar la proposición del partido dirigente”.[7]
 
Una muestra de ese catastrófico desatino fue intentar diluir la individualidad en un colectivo cada vez más abstracto, con enmarcado irrespeto a lo distinto, esquematizando un modelo de ciudadano recio, inflexible, como si el hombre soñado pudiera realizarse por decreto. Lo que hubo de fondo fue una concepción demasiado simplista del hombre, ignorando completamente la psicología y sus modificaciones en atmósferas diversas. La dirigencia soviética no solo reveló su incapacidad de mantener con vida el espíritu revolucionario en el proceso de enfrentamiento a las circunstancias históricas en que interactuaron, sino que imposibilitaron cualquier vestigio de pensamiento divergente, crítico, desafiante de la autoridad.
 
Bajo el pretexto de ser el guía de la sociedad, el PCUS se convirtió en una maquinaria que frenó, desvirtuó y violentó los procesos naturales de la sociedad. La diferencia entre Lenin y Stalin, entre muchas otras cuestiones, es que, este último, aprovechando algunas condiciones creadas en vida del gran líder revolucionario, desvirtuó el sentido de la dirección partidista hacia el totalitarismo[8]. Lenin había preparado el Partido Bolchevique para dirigir a los obreros, no para domarlos o subyugarlos[9]. 
 
Con la hipercentralización económica que conllevó este proceso, la burocracia soviética, como parte de su distanciamiento del control de las masas, manejó hasta el mínimo detalle, los hilos de la producción frente a un mediocre andamiaje de niveles intermedios compuesto por técnicos, gerentes y especialistas, siendo una verdadera plaga que fue imposible desmontar a lo largo de la existencia de la URSS. El historiador Eric Hobsbanw recuerda que “poco antes de la (Segunda) Guerra (Mundial) había ya más de un administrador por cada dos trabajadores manuales”[10].
 
El modelo soviético presentó a partir de ese momento dos problemas esenciales que evidencian, desde la propia teoría marxista, el distanciamiento entre el socialismo como estadio superior del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción y la realidad soviética. Por una parte, se eliminaron arbitrariamente (1928) el resto de los tipos socioeconómicos que podían converger en la edificación de las bases para la nueva sociedad. Por otro lado, se crearon “islotes económicos” (complejos industriales, mineros, agrarios) violándose la división social del trabajo, al tiempo que se obviaba la cooperación necesaria entre sectores y ramas de la economía.
 
Con esta práctica se frenó la especialización y la introducción de nuevas técnicas, lo que impidió un uso racional de los recursos. Debido a la estructura vertical y voluntarista que se impuso al proceso productivo, el desarrollo de un sector iba en detrimento del otro, sin la debida integración entre ellos. En este esquema, las unidades productivas, lejos de ser autónomas, eran presas de la desmedida primacía de los criterios políticos sobre las necesidades económicas.
 
Los obreros continuaron disociados de los medios de generación de riquezas. No se convirtieron en dueños reales de estos debido a que los elementos burocráticos-administrativos los mantuvieron distanciados de la propiedad efectiva. La adulteración estuvo en identificar la estatalización de la propiedad con la socialización, limitándose a esto la complejidad y profundidad de lo que Marx había entendido como superación del modo de producción capitalista[11].  
 
También en la cuestión de género se apreció la ruptura con los ideales de la Revolución de Octubre. El nuevo Estado obrero concedió amplios derechos jurídicos y políticos como el derecho al divorcio, al aborto, la eliminación de la potestad marital, la igualdad entre el matrimonio legal y el concubinato, etc. Alexandra Kollontai, fue la primera mujer elegida por el Comité Central del Partido Bolchevique en 1917 y la primera en ocupar un puesto de gobierno en el nuevo estado: Comisaria del Pueblo para la Salud, y más tarde fue la primera mujer embajadora de la historia.
 
A partir de 1926, bajo el régimen de Stalin, se instituyó nuevamente el matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se abolió el derecho al aborto, junto con la supresión de la sección femenina del Comité Central y sus equivalentes en los diversos niveles de organización partidaria. En 1934 se prohibió la homosexualidad, y la prostitución se convirtió en delito. No respetar a la familia se convirtió en una conducta "burguesa" o "izquierdista" a los ojos de la burocracia. Los hijos ilegítimos volvieron a esta condición, que había sido abolida en 1917, y el divorcio se convirtió en un trámite costoso y pleno de dificultades[12].
 
Las instituciones detentadoras de violencia también se hicieron funcionales a los nuevos intereses. En sus orígenes, el Comité de Seguridad del Estado (KGB)[13] tuvo como objetivo combatir la contrarrevolución, los sabotajes y la especulación, objetivos de legítima defensa frente a la oposición reaccionaria que generó la Revolución. Pero esas lógicas motivaciones iniciales se modificaron progresivamente con el ascenso de la burocracia al poder hasta convertirse en el órgano preservador de los intereses del Estado burocrático, cuyo objetivo fue eliminar la oposición de las propias fuerzas revolucionarias[14].
 
A esto se añade que los oficiales del KGB gozaban de sueldos elevados, amen de buenos destinos en el extranjero, viviendas confortables y disfrutaban de otros privilegios dentro URSS que también fueron mellando su crédito moral. Sin duda fue un sector privilegiado dentro de la sociedad, lo cual resulta comprensible atendiendo a su función real de guardián de los intereses de la burocracia. 
 
El Ejército Rojo fue creado desde la base en enero del año 1918. El Estado obrero necesitaba su propia institución armada para defender sus interese, máxime las agresiones que no se hicieron esperar por más de 14 países al unísono. Como nuevo concepto, la política de los dirigentes bolcheviques estaba abierta a constante debate, en lo cual los uniformados tuvieron un rol importante, y naturalmente, el ejército profesaba las mismas ideas del partido y el Estado.
 
Pero el Ejército Rojo no escapó a las reaccionarias arremetidas de la burocracia, la que de inmediato lo comenzó a transformar en defensor de sus intereses, arrancándole progresivamente su esencia popular. La medida que refleja con mayor claridad este proceso fue el decreto que restableció el cuerpo de oficiales, dando un golpe demoledor a los principios revolucionarios que originaron esta institución armada, uno de cuyos pilares fue precisamente la liquidación de los cuerpos de oficiales, dándole importancia al puesto de mando, pues este se gana con la capacidad, el talento, el carácter, la experiencia, etc.
 
Esa medida tuvo un objetivo político al darles a los oficiales un peso social. De ese modo se ligaban más estrechamente con los grupos dirigentes, debilitando su unión con la tropa, deviniendo en ruptura del canal por donde se comunicarían las tropas y la dirigencia política. El cuerpo de oficiales veló celosamente por la “pureza” y fidelidad de los uniformados al “Partido” y al “Estado Socialista”. Igualmente se fue apagando el espíritu de libertad y debate que había en las filas del Ejército, en estrecha correlación con el criterio de que “ningún ejército puede ser más democrático que el régimen que lo nutre” [15].
 
Uno de los elementos más sensible fue la ruptura de los principios básicos del programa bolchevique por el cual los sueldos de los más altos funcionarios no debían sobrepasar la media del salario obrero. A la altura de 1940, cuando un obrero ganaba 250 rublos mensuales, un diputado recibía 1000 rublos, un presidente de república 12.500 rublos y el presidente de la Unión 25.000 rublos en igual período[16]. Para los años de la Perestroika existía el conocido “abastecimiento especial” lo que elevó el nivel adquisitivo de los miembros de la nomenclatura muy por encima de lo que percibía un obrero o un ingeniero.     
 
El líder bolchevique previó, basado en hechos que tuvo que enfrentar en sus últimos meses de vida política, el peligro de que “el gran ruso” heredado de los años de dominación y explotación zarista permaneciera en la política del nuevo Estado. “En tales condiciones –señalaba Lenin– es natural que la libertad de separarse de la unión (…) sea un simple pedacito de papel incapaz de defender a los no rusos de la embestida de ese hombre realmente ruso (…) ese opresor que es el típico opresor ruso. No hay duda de que los obreros soviéticos y sovietizados, que constituyen un porcentaje ínfimo, se ahogarán en ese océano de la canalla gran rusa chovinista como una mosca en la leche”[17]. 
 
El hecho real, a pesar de lo que aparecía en la Ley de leyes y otras regulaciones, implicaba la imposibilidad de afirmar que las repúblicas que conformaban el Estado soviético coordinaran sus actividades con el Centro sino que se subordinaban directamente a Moscú. Stalin no hizo otra cosa que nombrar desde arriba a los responsables políticos. Las élites de las repúblicas, aunque arribaran a posiciones de determinada importancia a nivel de las repúblicas, escasamente podían obtener puestos relevantes a nivel de la Unión, donde el predominio ruso llevaba el peso fundamental[18]. 
 
El jefe de la Revolución rusa prestaba especial interés a los conceptos emanados de la práctica política frente al tema de la Unión. “Una cosa es la necesidad de unirse contra los imperialistas de Occidente, defensores del mundo capitalista. En eso no cabe duda alguna (…) Otra cosa es cuando nosotros mismo caemos, aunque solo sea en cuestiones de detalles, en actitudes imperialistas hacia las nacionalidades oprimidas, socavando así nuestra sinceridad de principios, toda nuestra defensa de principios de la lucha contra el imperialismo” [19].  
 
Apuntes finales
 
El socialismo soviético posterior a Lenin no fue una alternativa válida, articulada y viable al capitalismo, porque la burocracia usurpadora no fue, ni podía serlo, portadora de una ideología superior, de un proyecto cultural, entendido como instrumental quirúrgico para realizar la nueva sociedad, o crear las condiciones para lograrlo.
 
Los hombres que se hicieron del poder no eran los comunistas reflexivos y cultos que Lenin previó como materia prima imprescindible para afrontar y vencer el gran reto histórico que Rusia asumió en 1917. En realidad su práctica política fue una ruptura con ese principio. Estos hombres, paulatinamente extendidos en la sociedad y convertidos en sector dominante, fueron un subproducto de la Revolución y revelaron su incapacidad para timonear la historia rumbo al objetivo cimero: la creación del socialismo. 
 
Los actuales políticos rusos son el rostro burgués oculto durante décadas por la burocracia soviética. El régimen de Yeltsin convirtió a los hombres del partido, a los miembros del gobierno, y de la seguridad, en negociantes y propietarios.
 
No obstante la posposición de la transición al socialismo que los acontecimientos de la URSS suponen para Rusia, queda en pie la irreversible importancia del triunfo revolucionario de Octubre, señalado por Lenin en 1922, donde reza que “puede ser que nuestro aparato estatal sea defectuoso, pero dicen que la primera máquina de vapor también era defectuosa. Incluso no se sabe si llegó a funcionar, pero no es eso lo que importa; lo importante es que se inventó. No importa que la primera máquina de vapor haya sido inservible, el hecho es que hoy contamos con la locomotora. Aunque nuestro aparato estatal sea pésimo queda en pie el hecho de que se ha creado; se ha realizado la invención más grande de la historia; se ha creado un Estado de tipo proletario”[20].
 
Es este un punto referencial imprescindible para la elaboración y ejecución de las alternativas anticapitalistas del siglo XXI.
 
*Ariel Dacal Díaz es jefe de la Redacción Política de la Editorial Ciencias Sociales de Cuba
Notas
 
[1] El título de este epígrafe fue sugerido por el artículo de Alexei Goussev, La clase imprevista: La burocracia soviética vista por León Trotsky. En: Herramienta
[2]  Robert Weil. “Burocratization: The problem with out the class name". En este artículo, el autor hace un pormenorizado análisis de este grupo social, de sus orígenes, de sus características y del modo en que se imbrica con el poder, lo cual sería un útil complemento a quines se interesen por esta problemática tan esencial para entender el proceso soviético.  En: Revista Socialism and Democracy. Spring/Sommer, 1988.
[3] Tomado de Ted Grant y Alan Wood, Lenin y Trotski, qué defendieron realmente. En Fundación Federico Engels
[4] León  Trotski.  ¿Qué es y a dónde se dirige al Unión Soviéticas? La revolución traicionada. Pathfinder. Nueva York. 1992
[5] Adolfo Sánchez. “¿Vale la pena el socialismo?”  En: Revista El viejo topo, noviembre 2002, número 172.
[6]  Vladimir I. Lenin. “Informe Político al undécimo congreso del Partido”. En: La última lucha de Lenin. Discursos y escritos., 1922-1923. Pathfinder, Nueva York, Estados Unidos,1997, p- 65
[7]  León Trotski. ¿Qué es y a dónde se dirige al Unión Soviéticas? La revolución traicionada. Pathfinder. Nueva York. 1992,  p-211
[8] Régimen en el que los dirigentes imponen a la fuerza un único sistema indispensable para el conjunto de la sociedad y penaliza incluso la idea de una alternativa. Robin Blackburn. “Después de la caída”,  p-177. En una graficación más amplia, dominación de un partido de masas dirigido por un líder carismático, una ideología oficial, el monopolio de los medios de comunicación de masas, el monopolio de las fuerzas armadas, un control policial terrorista, un control centralizado de la economía Philippe Bourrinet. “Víctor Serge: totalitarismo y capitalismo de Estado (Deconstrucción socialista y humanismo colectivista)”
[9] Los bolcheviques, en contra de sus intenciones, se vieron obligados a establecer el monopolio del poder político. Esta situación, considerada extraordinaria y temporal, originó enormes peligros en un momento en que la vanguardia del proletariado se veía sometida a la creciente presión de clases ajenas.  T. Grant-A. Wood Lenin y Trotski, qué defendieron realmente.
[10]  Eric Hobsbawn. Historia del siglo XX. 1914-1991. Serie Mayor, España, Barcelona, 1998, p-383
[11] Jorge Luis Acanda. Sociedad Civil y hegemonía. Ob. Cit., p-264
[12] Adriana D´Atri. Un análisis del rol destacado de las mujeres socialistas en la lucha contra la opresión y de las mujeres obreras en el inicio de la Revolución Rusa. 20 de octubre de 2003. En Diario electrónico alternativo Rebelión.
[13] Hasta la muerte de Stalin, los servicios secretos de la URSS funcionaron con distintos nombres: Cheka, GPU, OGPU, NKVD, KGB, MGB. En 1953 se fusionó el MGB (Ministerio de Seguridad del Estado) y el MVD (Ministerio de Asuntos Interiores) y tomó el mando del emergente Komitei Gosudarstvennoi Bezopasnosti (KGB).
[14] Aunque este órgano nunca desatendió su función de policía política del régimen,  su etapa más aberrante en cuanto a crímenes y desprecio humano fue la encabezada por Stalin, quien se apoyó en uno de los seres más despreciables que recuerda la trágica etapa del stalinismo: Beria, quien estuvo frente al KGB durante 15 años, acumulando un expediente criminal que abarcó 50 páginas en el folio de cargos por el que fue juzgado tras la muerte de su jefe, y que lo condujo al pelotón de fusilamiento.  Fue el hombre que garantizó la seguridad de Stalin y quizá su colaborador más eficiente, dotado de una pudrición moral única, lo que le permitió permanecer tanto tiempo junto al Secretario General del PCUS. Para más detalles ver: Maximovich, Ala. “Lavrenti Beria”. En: Revista Sputnik. No 12, Moscú, diciembre, 1988.    
[15] León Trotski. La revolución traicionada… Ob. Cit, p-184
[16] Suzzane Labin. Stalin el Terrible. Ob. Ct., p-136
[17] Vladimir I. Lenin. La última lucha de Lenin. Ob. Ct., p-204
[18] En muchas ocasiones dentro de las demarcaciones territoriales que no eran parte de la Federación de Rusia, los representantes rusos eran favorecidos con los mejores puestos en sectores claves de la economía y la política, lo que, a decir de Bárbara Sarabia, inclinaba sutilmente la balanza hacia el Centro, pues de las repúblicas periféricas se extraían las materias primas importantes, concentrándose el desarrollo industrial en las regiones eslavos y del Báltico, convirtiéndose en beneficiarias del atraso económico y tecnológico en que paulatinamente se sumían las repúblicas del Asia soviética. Bárbara Sarabia. “Reflexiones en torno al desmonte de la URSS” En: La Perestroika en tres dimensiones: expediente de un fracaso. Investigaciones, Centro de Estudios Europeos, La Habana, 1992, p- 108
[19] Ibd., p- 210
[20]  Vladimir I. Lenin. Ob.Ct., p-70
Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa[1]
Hiram Hernández Castro
 
Queda atrás la última década de un Siglo que fue testigo de uno de los acontecimientos más reveladores de la Historia: el agotamiento y derrumbe de una estructura sociopolítica que devenida en modelo cerró su posibilidad de reproducción. Los intelectuales de todo el mundo, unos quizá más sorprendidos que otros, se lanzaron a un heterogéneo debate que intentaba indagar en las disímiles causas de aquellos hechos. Sin embargo, no todos los discursos se alejaron de la mera suma de calamidades sobre la experiencia “socialista”. En la medida en que el pensamiento emancipador logre agudizar sus instrumentos de análisis político deberá asumir aquel proceso histórico como un referente obligado para la teoría y la práctica revolucionaria. Será preciso volver siempre a repensar sobre los hechos, las figuras, los documentos y las prácticas de poder comprometidas con las experiencias de la Revolución y el socialismo real. 
 
Es cierto que la trascendencia de la Revolución de Octubre como parte de ese proceso, no puede ser oscurecida por la posterior deformación y bochornoso final de la URSS. Sin embargo, y aunque las prácticas académicas se resientan, es preciso que la pasión no detenga la reflexión crítica y polémica sino, todo lo contrario, sea su elemento inmanente. Y es que en su momento la Revolución de Octubre fue el punto de encuentro de algunos de los debates más enconados de los que ha sido testigo el pensamiento humano. No fue teoría de gabinete, ni de torre de marfil, sino pensamiento gatillado por los problemas de la toma del poder en una experiencia inédita y concreta las condiciones sobre las cuales se ejerció la praxis política bolchevique.
 
Lenin, Trotsky, Bujarin, A. Kolontái entre otros, eran al tiempo que protagonistas, el centro de un copioso debate internacional, observado por furiosos detractores y emocionados amigos. La toma del poder institucional por un partido revolucionario fue un hecho pero su viabilidad en el tiempo dependía, en un contexto harto difícil, de las decisiones políticas de un pequeño grupo revolucionario. Lenin y Trotsky eran, entre otros, los líderes de aquel triunfo, pero discusión no era lo que faltaba entre ellos y otros no menos importantes teóricos revolucionarios, que desde dentro y fuera del Partido Bolchevique, acompañaban cada decisión con sus críticas. Esas enconadas discrepancias fueron la raíz de no pocos  textos que hoy constituyen el más valioso legado político de aquella Revolución.
 
Sin embargo, el termidor estalinista cerró el debate. Como afirmará Trotsky, existía entre los “amigos de la U.R.S.S.” cierto trasnochado consenso en considerar cualquier crítica peligrosa para la edificación del socialismo[2]. Mientras que al interior Stalin se aseguraba de fusilar la más mínima sospecha de disidencia. Las prácticas de  censura y la vulgar apología “izquierdista” sobrevivieron a Stalin, hasta el punto de amoldarse sintomáticamente a la reproducción del modelo hasta sus últimos días. Si bien el XX Congreso condenó los crímenes de Stalin, las prácticas inquisitivas contra el pensamiento crítico y la rebeldía, aún la de probado carácter revolucionario, no desapareció del todo, sino que se hizo más sutil, llegando a formar parte constitutiva de la cultura política institucional, social e individual del supuesto ciudadano socialista. Los comportamientos sociales inmediatos a la caída del muro constataron que aquel individuo presuntamente consciente volitivo se mostraba igual o más obnubilado que sus contemporáneos occidentales. La clase política que, por décadas, había asumido el papel de vanguardia del proyecto “socialista” prácticamente no se resistió y en muchos casos se convirtió en  protagonista de la estructuración del “nuevo sistema económico y político”.
 
Incluso podríamos decir que, lamentablemente, la acriticidad del Kremlin no dañó sólo al modelo eurosoviético, sino que se extendió a través de su influencia a los partidos comunistas y grupos de izquierda de todo el mundo. En este sentido, uno de los espacios más afectados fue el teórico-académico e intelectual. El llamado “marxismo-leninismo” o DIAMAT socializado por la escolástica estaliniana y que fuera colocado en el pedestal de ciencia de las ciencias, para nada fue una alternativa válida del diverso pensamiento marxista, sino que constituyó un retroceso lamentable.
 
Esmerados en justificar las prácticas concretas del poder burocrático, los “marxistas-leninistas” se alejaron por completo del referente real sobre el cual discurrían. Esto, unido a la lógica e histórica animadversión que los aparatos de dominación burguesa aseguran  como escenario para cualquier pensamiento emancipador, creó las condiciones idílicas de posibilidad para la extensión real y proclamada de la crisis del marxismo. Sin embargo, si por crisis entendemos ese momento en que un modelo o sistema está agotado pero aún vive, podríamos decir que aquel marxismo dogmático y doctrinario ha caído junto al muro -aunque alguna vez asome su cadáver- bajo otras neolenguas.
 
No obstante, siempre podremos mencionar significativos nombres de la intelligentsia marxista que en el campo teórico y/o axiológico, nos han dejado su memoria histórica de combate para insistir, repensar, no adaptarnos. Por otra parte, tengo la certeza de que en ciencias sociales, como en la sociedad, la salud es siempre consustancial a la polémica y a las alternativas que guían la búsqueda y creación de la verdad. Verdad siempre revolucionaria, y que parafraseando a Foucault, nunca se posee, sino se ejerce configurando un reticulado en el cual todos participamos. De eso trata precisamente el texto de Rosa Luxemburgo sobre La Revolución Rusa[3]: polémica, participación, creación y búsqueda de la verdad, no sólo en el sentido académico de la palabra, sino como imprescindible praxis revolucionaria.
 
Rosa Luxemburgo nació en 1871, pocos días antes de ser proclamada la Comuna de París, y murió un año después de la toma del poder por los bolcheviques. Así, entre “asaltos al cielo”, esta mujer, dedicó todas sus energías a la causa de la revolución obrera. Desde su temprano despertar político en Varsovia, hasta su cruel asesinato en Berlín en 1919, Luxemburgo no descansó ni como teórica del marxismo, ni como militante de la izquierda socialdemócrata.
 
Cuando triunfa la Revolución de Octubre, Rosa se encuentra encerrada en una celda de Breslau, Alemania. En estas condiciones escribe sus famosas notas sobre el triunfo revolucionario, y reflexiona sobre las primeras medidas tomadas por la dirección bolchevique. Hay quienes atribuyen a esta situación de enclaustramiento, cierta falta de información y perspectiva para lograr un verdadero análisis objetivo de lo que sucedía en Rusia. En realidad, la falta de información –digamos oficial- es una constante en la historia del pensamiento subversivo, de ahí que el carácter revolucionario necesite reforzar siempre su capacidad de leer entre líneas. De cualquier manera, más allá de la cantidad de información con que Rosa contara, sus palabras se defienden por sí mismas y más que una limitación, la situación en la que escribe puede verse como parte de su agudeza política y su inquebrantable fe revolucionaria.
 
Al parecer Rosa había escrito un artículo crítico sobre la política bolchevique, expresamente para la revista de la Liga Espartaco. El artículo fue rechazado por los editores pues consideraron que no debía haber ambigüedad en el estricto apoyo de la Liga a los revolucionarios rusos. Paul Levi, editor y amigo de Rosa, la convenció de la necesidad de ser extremadamente cautelosos en este sentido, pues la información con que contaban los obreros alemanes ya era bastante distorsionada. Quizá por eso aquellos apuntes sobre la Revolución no fueron en principio escritos para la publicación, sino para el propio Levi. Después de la expulsión de Levi del Partido Comunista en 1922, éste los publicó por su propia cuenta. Lenin responde desde Pravda: “Paul Levi quiere hacer buenas migas con la burguesía publicando los artículos en que Luxemburgo se equivocó[4].” Podía decirse que la obra en cuestión tuvo un nacimiento polémico y así ha continuado hasta hoy, pues aún es difícil encontrar el texto íntegro. Esto, lógicamente, se ha prestado para que intelectuales de las más disímiles tendencias rebanen de aquí y de allá para lograr el efecto esperado. Vale recalcar que ni las críticas más iluminadas pueden sustituir la lectura de la obra en tinta de su autora.
 
A la luz de los últimos acontecimientos, la obra de Luxemburgo muchas veces malsanamente criticada y sepultada, necesita y merece hoy, nuevos debates. Rosa ejerce su autorizado criterio en interrogantes vigentes en el pensamiento marxista. ¿Es la revolución sólo posible para los países a la vanguardia del desarrollo?. ¿Cuáles son y deben ser las prácticas de un poder no burgués? ¿Cuál es el papel de un partido de la clase obrera? ¿Dictadura o democracia?. ¿Espontaneidad o vanguardia? En ese sentido, el triunfo de Octubre es para Rosa un objeto obligado de su reflexión. Imposible sofocar el pensamiento de aquella mujer, cuando para ella la locomotora de la historia apenas echaba a andar.
 
Rosa coincide con Lenin en apostar por la Revolución en un eslabón débil de la cadena imperialista. Rechaza que Rusia, como afirmaba Kautsky y los mencheviques, no podía asumir tal reto, por ser un país atrasado y predominantemente agrario. Para ella, la revolución es legítima y madura a pesar de sus lógicas limitaciones: 
“Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o se dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales, representa el pináculo mismo de la perfección (...) ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro”[5]
Mas esto no es para Rosa un demérito de los bolcheviques, sino la confirmación de la necesidad vital de que para que la Revolución y sus profundas transformaciones se consoliden, es imprescindible que acuda en su auxilio el movimiento obrero internacional, no sólo en apoyo a Rusia sino haciendo su propia revolución.
“... acción sin la cual hasta los mayores esfuerzos y sacrificios del proletariado de un solo país, inevitablemente se confunden en un fárrago de contradicciones y errores garrafales”[6]
Rosa veía en el bolchevismo la expresión más acabada y radical de la acción revolucionaria. En sus palabras se siente el temor a que los bolcheviques no puedan sostenerse en el poder, entre la manifestación de actitudes ineficaces de la extinta Internacional obrera y una revolución alemana que no comparece. Rosa, al igual que Lenin, denuncia la bancarrota y anhela la refundación de la Internacional, que debía caracterizarse por asumir la dirección de la lucha revolucionaria de clase contra el imperialismo en todos los países.
 
Para Rosa la esencia del triunfo de Lenin-Trotsky –la mención del segundo agrega un motivo más para la desaparición del texto-, está en la radicalidad de la política asumida por el Partido. Los bolcheviques no evadieron las principales exigencias del pueblo ruso: paz y tierra. La consigna “Todo el poder a los Soviets” entregó a los bolcheviques la espada de la Revolución. Ellos eran el único partido capaz de comprender los objetivos y tácticas reales, para nuclear y colocarse al frente de las clases, grupos y sectores genuinamente revolucionarios.
“Queda claro que en toda revolución sólo podrá tomar la dirección y el poder, el partido que tenga el coraje de plantear las consignas adecuadas para impulsar el proceso hacia delante.”[7]
Estas consideraciones,  que no aparecen por primera vez en su obra, no sólo obedecen a la justa valoración de la política bolchevique, sino que es otro de sus puñetazos a la socialdemocracia alemana, a Kautsky, al oportunismo, al reformismo y a todas las manifestaciones “centristas” consideradas por ella traidoras a la causa de la revolución.  La revolución avanza o pronto retrocede, es una frase recurrente en su pensamiento; no hay punto medio, no hay concesiones, la política revolucionaria no permite la indecisión.
“Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional.” [8]
Si bien la Revolución Rusa constituía un paradigma, este no era ni podía ser perfecto e infalible. A Rosa le preocupan las generalizaciones normativas que Rusia podía fundar dentro del proletariado internacional. Las siempre cuestionables prácticas de poder, y las primeras medidas tomadas por el gobierno revolucionario, pulsan en Rosa un examen político desechando la vulgar y, por principio, reactiva apología.
“Lo que podrá sacar a la luz los tesoros de las experiencias y las enseñanzas, no será la apología acrítica sino la crítica penetrante y reflexiva.” [9]
Rosa pone su atención en el problema agrario como tarea política y económica de primer orden. Su tesis en este sentido, es sencilla y lúcida. La consigna leninista “vayan y aprópiense de la tierra” no facilita una transición coherente hacia la futura reforma socialista en la agricultura, sino que la perjudica. Para Rosa, los bolcheviques, tan enfrascados en ganar el apoyo de hoy, han comprometido el futuro del proyecto socialista. Tornar de forma súbita y caótica la propiedad terrateniente en pequeñas propiedades campesinas, constituye un error pues no se puede convertir propiedades de relativa eficiencia, en primitivas unidades con técnicas atrasadas. ¿Cómo resolverán ahora el necesario abasto de productos sin poner a la ciudad a merced de la especulación campesina? ¿Cómo convencer mañana a esa masa rural convertida en propietaria, que socialice la propiedad en pro del desarrollo y el socialismo?. 
“La reforma agraria leninista creó una nueva y poderosa capa de enemigos populares del socialismo en el campo, enemigos cuya resistencia será más peligrosa y firme que la de todos los grandes terratenientes nobles.” [10]
¿Qué debía hacerse?. Ella afirma que cualquiera que sea la política  particular adoptada por  una economía socialista en el agro, debe primero nacionalizar la gran empresa y acercar la agricultura a la industria. Rosa comprende la imposibilidad de resolver en esos momentos la tarea más difícil, pero sostiene que un gobierno socialista no debe tomar medidas en su etapa de transición, que nieguen o traben las futuras transformaciones de las relaciones agrarias. No nos explica más, quizás estaba fuera de sus manos precisar o lo consideró inapropiado. De cualquier manera, la tesis de Rosa en su sentido normativo me parece certera. De hecho, Lenin había manifestado en junio de 1917 : “... a menos que la tierra sea cultivada en común por los trabajadores agrícolas usando la maquinaria más moderna y el asesoramiento científico-técnico de especialistas agrónomos, no habrá escape posible del yugo del capitalismo” [11]
 
Una reflexión similar le merece a Rosa su análisis sobre la “cuestión de las nacionalidades”. Este capítulo constituye una de las críticas más claras del apoyo bolchevique al derecho de las naciones a su autodeterminación. Tampoco era la primera vez que atacaba enconadamente este problema dentro de los programas socialistas. En el texto conocido como “El folleto de Junius” publicado en abril de 1916 afirmaba:
“La misión inmediata del socialismo es la liberación espiritual del proletariado de la tutela de la burguesía, que se expresa a través de la influencia de la ideología nacionalista. Las secciones nacionales deben denunciar en la prensa y el parlamento, que el palabrerío hueco del nacionalismo es un instrumento de la dominación burguesa” [12]
Lenin defendía la libertad de aquellos pueblos oprimidos por el Imperio Zarista, a ejercer su voluntad de separarse de Rusia. La autora, con cierta ironía, apunta que esa inconsecuente “vocación democrática” de los bolcheviques no es más que un mal cálculo político. ¿Es acaso la voluntad del pueblo la que se impondrá?. Rosa comprende que las burguesías se apoderan de este derecho como instrumento de la contrarrevolución  contra Rusia. Afirma que Lenin debió defender con “uñas y dientes la integridad del Imperio Ruso como área revolucionaria”.[13]
 
Rosa apunta que los bolcheviques socializan tácticas políticas impuestas en fatales circunstancias, como si fueran virtudes de la Revolución. Es cierto que la agresión permanente del imperialismo –apunta la autora- no permite a los bolcheviques contar con un amplio margen de alternativas políticas con relación a las naciones alógenas. Sin embargo, se acude a la fraseología vacía del nacionalismo burgués para demostrar una vocación democrática que al interior de la sociedad –cree la autora- se ha comprometido negativamente. Para Rosa, no es el discurso democrático que apela a la soberanía el que garantiza la revolución, pues éste puede fácilmente ser manipulado por las elites burguesas nacionales, sino una democracia cotidiana que involucre a los actores sociales comprometidos con el cambio. No obstante, los desacuerdos entre Lenin y Rosa,  en cuanto a la cuestión de las nacionalidades, respondieron más a una táctica que a la teoría de Lenin sobre el nacionalismo y el derecho de autodeterminación.
 
A partir de aquí el texto se adentra en lo que pudiera considerarse el núcleo duro de las disensiones entre Rosa y el bolchevismo. Rosa analiza la disolución de la Asamblea Constituyente, el derecho al sufragio, la corrupción y el papel de los mecanismos democráticos de poder, la dictadura y la democracia. Montañas de artículos se han escrito argumentando las limitaciones de Luxemburgo o su posterior acercamiento a las concepciones leninistas, quizás en respuesta a tesis que convertían a Luxemburgo en el paradigma del llamado socialismo democrático o de tercera vía. En cuanto a la obra en cuestión, los “marxistas-leninistas” tendían a ocultarla o negarle madurez, mientras los socialdemócratas la proclamaban “el testamento político de Luxemburgo”. Unos y otros intentaron clausurar el sentido de la obra en función de intenciones políticas muy apartadas de la praxis revolucionaria que incentivó el pensamiento de la revolucionaria. 
 
Leer el texto rechazando interpretaciones dicotómicas es, sin dudas, encontrar preguntas medulares que continúan provocando insomnio al carácter emancipador. Hoy  importa menos si Rosa posteriormente se acercó a Lenin o viceversa, en la discusión teórica sobre el  poder, mucho más trascendente es la polémica en sí, que enriquece y aporta puntos de partida a un debate que no cuenta con definiciones infalibles. Cargar la balanza hacia uno u otro lado es anquilosar peligrosamente el pensamiento, persistir en el debate es, ante todo, negar que hayamos llegado al fin de la historia. El tema de las necesarias rupturas entre las prácticas políticas de una revolución burguesa y una revolución emancipadora, en cuanto a la socialización del poder, debe constituir uno de los núcleos duros del debate entre los actores sociales comprometidos con el cambio y la subversión política de la hegemonía dominadora.
 
Lenin había propuesto que el Congreso de los Soviets se convirtiera en Asamblea Constituyente, pero este criterio no tuvo consenso pues el Partido Bolchevique había utilizado la convocatoria sin demora a la Asamblea, como política contra el Gobierno Provisional. Sin embargo, era evidente que la Asamblea sería configurada con una mayoría del ala derecha del partido social-revolucionario, decidido a entorpecer el camino bolchevique, creando una situación de doble poder intolerable para el nuevo gobierno. En la mañana del 20 de enero, el gobierno declara disuelta la Asamblea con el argumento de que ésta estaba incapacitada para asumir el giro político radical que significaba la Revolución. Se deshacía así un grave peligro, y esto era posible pues no existía en el pueblo ruso una tradición afín al parlamento como institución representativa.
 
Rosa aprueba la disolución de aquella Asamblea, pero insta a salvar los fundamentos de la institución como instrumento democrático para el nuevo contexto de relaciones sociales que una Revolución socialista debía establecer. Para ella el parlamento, el sufragio, la libertad de prensa, asociación, reunión, etc. son meros mecanismos formales en manos de la burguesía, pero reales y efectivos como control y consulta popular en un nuevo orden socialista. Luxemburgo aprueba el puño de hierro expresado en política concreta contra enemigos de la Revolución, pero la rechaza  en tanto “ley general de largo alcance” lo cual afecta la democracia no sólo como valor, sino como instrumento de la política socialista. No es un problema de mera justicia –nos dice- sino una necesidad vital para la libertad política donde intervienen amplias masas. 
“Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar, pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares.” [14]
En su análisis sobre la dictadura del proletariado, la autora insiste que será cualitativamente superior en correspondencia al entrenamiento y cultura política del pueblo. Cultura política que se gana sólo en el ejercicio del poder, y para esto las masas no pueden vivir en estado de asepsia, alejadas de las decisiones públicas, donde siempre será inevitable disentir. Las tareas y fines propuestas por los bolcheviques, necesitan de la experiencia y la politización de la masa. Podríamos interpretar de Rosa importa menos el número de militantes del partido, que las influencias recíprocas establecidas entre éste y la sociedad sobre la base de la libertad política.
 
El marxismo dogmático sostiene que la clase obrera tiende a una conciencia corporativa o tradeunionista como expresión de sus intereses inmediatos. La ideología viene desde el exterior y sería la acción del Partido quien, conformado por intelectuales identificados con la clase obrera y sectores esclarecidos, conformaría una vanguardia. Vanguardia que dirige a la vez que educa. Se trata de hacer comprender –por métodos persuasivos- los fines históricos del proyecto e inculcar en la clase comportamientos de unidad revolucionaria coherentes con él.
 
Sin embargo -apunta Rosa- ese momento político en el cual un partido se pone a la vanguardia, no es un don dado de una vez y para siempre, sino que debe constituirse en la lucha cotidiana, el riesgo político y el aprovechamiento de la experiencia de la masa; principios esenciales  para evitar la burocratización y anquilosamiento de las prácticas de poder. El propio Lenin dedicó sus últimas energías a luchar contra el fenómeno burocrático. No obstante, fue dominante la idea de que el burocratismo era un fenómeno hereditario y no un efecto sistémico. En el texto de Rosa podemos enfrentar el vigente peligro de sostener una visión instrumental del aparato estatal, donde la unidad de los actores sociales junto a su vanguardia se asuma como un principio a priori y no como la consecuencia política de la acción de una masa críticamente politizada. Es preciso no olvidar que la revolución bolchevique, (como cualquier revolución emancipadora) “no se trataba de una alternancia en el gobierno, sino de una alternativa (...) de dimensión mundial.”[15] Y esto hace imprescindible no cejar en esta discusión.
 
Es esencial analizar con seriedad las condiciones de posibilidad que permitieron a Stalin llegar y consolidar su megapoder mediante una estructura piramidal de orden y mando. A contrapelo del discurso, es conocido que el Buró Político concentró un poder incontestable y monopolizó las decisiones a todos los niveles. Es al pensamiento revolucionario a quien corresponde hacer la crítica más filosa contra un régimen que muy lejos de cometer errores,  cometió el genocidio contra su propio pueblo. ¿Quién puede negar hoy que los peligros que Rosa mencionaba fueran ciertos?
“... en realidad dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una elite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas –en el fondo, entonces, una camarilla- una dictadura, por cierto, no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir, una dictadura en el sentido burgués.” [16]
Encierran esas palabras no sólo la crítica a un orden burocratizado o teoría del sustitutismo, sino un análisis mucho más profundo. La crítica al sentido burgués es el cuestionamiento a una racionalidad ilustrada en el molde de las relaciones de poder, o sea, el discurso que establece que los atributos de saber generan una asimetría de los roles sociales, donde los que saben “iluminados” tienen el deber de conducir al otro a una tierra prometida, sin que medien resistencias ni actitudes subversivas.[17] Rosa comparte el criterio del Partido como educador, pero esta “educación”, cuando se instrumentaliza en dominación, objetualiza a los actores sociales hasta el extremo de imposibilitar toda autonomía.
 
La crítica al sentido burgués es la crítica a la doctrina liberal limitada a plantearse y reproducir mecanismos de control para que, gobierne quien gobierne, el sistema responda a los intereses de toda la clase burguesa (y no sólo a un sector de dicha clase). Por supuesto, esta idea normativa debe ser superada por el pensamiento emancipador. De hecho, sería muy difícil sustentar la tesis “el fin justifica los medios” para una revolución política cuyo objetivo sea la emancipación. Es de suponer, que toca a la política revolucionaria crear prácticas de poder, no instrumentalizadas, superando esa lógica burguesa de dominación. 
 “... siempre hemos denunciado el duro contenido de desigualdad social y falta de libertad que se esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad y la libertad formales” –y agrega- “Pero la democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida, después de creados los fundamentos de la economía socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos quienes, mientras tanto, apoyaron lealmente a un puñado de dictadores socialistas. La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo que la dictadura del proletariado.” [18]
Hoy se impone una visión amplia del concepto “dictadura del proletariado”. Asumir que el cambio social deviene de un conjunto de fuerzas que coexisten enajenadas de las decisiones políticas y atrapadas por el entramado burocrático y burgués. Plurales son las formas de dominación y plurales serán las formas de expresión subversivas y las acciones liberadoras. Es imprescindible la superación de esquemas instrumentales de la política, del Estado y de la democracia, que reducen nuestra crítica política a la utilización deseable de alguna que otra plomería de administración y control del desastre. 
 
Superar esa clausura del sentido burgués (liberal, positivista) es asumir la democracia como acción que se ejerce para expresar los proyectos crítico-reflexivos nacidos de los imaginarios sociales. De manera, que nos compromete a todos la lucha por una verdadera socialización del poder. Poder que nunca es atributo exclusivo y excluyente de un Estado o institución, sino un componente inmanente a toda relación social y de la cual podemos y debemos apropiarnos para subvertir su lógica y funcionamiento. Hablar, por tanto, de política, asumiendo las experiencias y múltiples ensayos históricos de lucha contra la hegemonía del capital, implica hacer de la democracia no una obra ingeniera para garantizar la gobernabilidad de un hombre estigmatizado por naturaleza, sino un acto de creación emancipadora.
 
Quizá es cierto que ni Marx ni Lenin ni Rosa, pueden ofrecernos todas las respuestas y preguntas que hoy necesitamos. Pero, sin dudas, ellos abrieron brechas y hoy es imprescindible apropiarnos de su memoria histórica de combate. Así vio Lenin a Rosa “como un águila de la cual había que publicar sus obras completas, pues serían útiles a muchas generaciones”[19]. Desde esa perspectiva la polémica Lenin-Rosa me anima a creer que la sociedad deseable implica la subversión de todo modelo autoritario que reproduzca la objetualización de los actores sociales. De modo que, la emancipación, es decir, la socialización del poder que nos constituye, sea la acción que comprometa a la democracia en cada una de nuestras relaciones personales y sociales.  
 
Referencias
[1] El texto pertenece a una fecha anterior al Encuentro Internacional Rosa Luxemburgo y los problemas contemporáneos que fuera publicado bajo el título Rosa Luxemburgo. Una rosa roja para el Siglo XXI. Ed: Centro de investigación y desarrollo de la cultura cubana Juan Marinello, La Habana, 2001. Al parecer la preocupación por el silencio en torno a la obra de Luxemburgo fue un interés compartido. 
[2] Trotsky, León: La Revolución Traicionada. Ed: Pathfinder, Nueva York, 2000, pp. 27-30.
[3] Luxemburgo, Rosa: II obras escogidas “La Revolución Rusa” Bogotá, 1976. Ed: Pluma, 1976, pp. 179-219.
[4] Ibídem. “Notas de un periodista” por V.I. Lenin, pp. 273-274.
[5] Ibídem, p. 184.
[6] Idem.
[7] Ibídem. p. 208
[8] Ibídem. p. 191.
[9] Idem.
[10] Ibídem, p. 195.
[11] Hill, Christopher: “La Revolución Rusa” Ed: Revolucionaria, La Habana, 1978
[12] Luxemburgo, Rosa: “El folleto Junius: la crisis de la socialdemocracia” Bogotá, Ed. Pluma, 1976, p.147.
[13] Ibídem: Op. Cit. 1976, pp. 195-202.
[14] Ibídem, p. 206.
[15] Fung, Thalía: ¿Ciencia política en Lenin? Conjeturas y bosquejos, En revista, Marx Ahora No 4-5, La Habana, 1997, p. 63.
[16] Luxemburgo: Op. Cit., 1976, p. 212.
[17] Acanda, Jorge Luis: ¿Bolcheviques en el psicoanálisis?. En revista: Temas No 14, abril-junio 1998, La Habana, pp. 133-114.   
[18] Luxemburgo: Op. Cit., p. 215.
[19]V.I. Lenin: Op. Cit., p. 273.
 
¿Qué es la URSS?

Relaciones sociales
 
La propiedad estatizada de los medios de producción domina casi exclusivamente en la industria. En la agricultura sólo está representada por los sovjoses, que no abarcan más que el 10% de las superficies sembradas. En los koljoses, la propiedad cooperativa o la de las asociaciones se combina en proporciones variables con las del Estado y las del individuo. El suelo perteneciente jurídicamente al Estado, pero concedido “a goce perpetuo” a los koljoses, difiere poco de la propiedad de las asociaciones. Los tractores y las máquinas pertenecen al Estado; el equipo de menor importancia, a la explotación colectiva. Todo campesino de koljos tiene, además, su empresa privada. El 10% de los cultivadores permanece aislado.
 
Según el censo de 1934, el 28,1% de la población estaba compuesto por obreros y empleados del Estado. Los obreros célibes de industria y de la construcción eran 7,5 millones en 1935. Los koljoses y los oficios organizados por la cooperación constituían, en la época del censo, el 45,9% de la población. Los estudiantes, los militares, los pensionados y otras categorías que dependen inmediatamente del Estado, el 3,4%. En total, el 74% de la población pertenecía al “sector socialista” y disponía del 95,8% del capital del país. Los campesinos aislados y los artesanos representaban todavía (en 1934) el 22,5% de la población, pero apenas poseían un poco más del 4 % del capital nacional.
 
No ha habido censo desde 1934, y el próximo se efectuara en 1937. Sin embargo, es indudable que el sector privado de la economía ha sufrido nuevas limitaciones en favor del “sector socialista”. Los cultivadores individuales y los artesanos constituyen en la actualidad, según los órganos oficiales, cerca del 10 % de la población, o sea 17 millones de almas; su importancia económica ha caído mucho más bajo que su importancia numérica. Andreev, secretario del Comité Central, declaraba en abril de 1936: “En 1936, el peso específico de la producción socialista en nuestro país debe constituir el 98,5 %, de manera que no le quedará al sector no socialista más que un insignificante 1,5%...” Estas cifras optimistas parecen, a primera vista, probar irrefutablemente la victoria “definitiva e irrevocable” del socialismo. Pero, desdichado del que detrás de la aritmética no vea la realidad social.
 
Estas mismas cifras son un poco forzadas. Basta indicar que la propiedad privada de los miembros de los koljoses está comprendida en el “sector socialista”. Sin embargo, el eje del problema no está allí. La indiscutible y enorme superioridad estadística de las formas estatales y colectivas de la economía, por importante que sea para el porvenir, no aleja otro problema igualmente importante: el del poder de las tendencias burguesas en el seno mismo del “sector socialista”, y no solamente en la agricultura, sino también en la industria. La mejoría del estándar de vida obtenida en el país, basta para provocar un crecimiento de las necesidades, pero de ninguna manera basta para satisfacerlas. El propio dinamismo del desarrollo económico implica cierto despertar de los apetitos pequeñoburgueses, y no únicamente entre los campesinos y los representantes del trabajo “intelectual”, sino también entre los obreros privilegiados. La simple oposición de los cultivadores individuales a los koljoses y de los artesanos a la industria estatizada, no dan la menor idea de la potencia explosiva de estos apetitos que penetran en toda la economía del país y se expresan, para hablar sumariamente, en la tendencia de todos y de cada uno, de dar a la sociedad lo menos que pueden y sacar de ella lo más.
 
La solución de los problemas de consumo y de competencia para la existencia, exige la misma energía e ingeniosidad, cuando menos, que la edificación socialista en el sentido propio de la palabra; de allí proviene, en parte, el débil rendimiento del trabajo social. Mientras que el Estado lucha incesantemente contra la acción molecular de las fuerzas centrífugas, los propios medios dirigentes constituyen el lazo principal de la acumulación privada lícita o ilícita. Enmascaradas por las nuevas normas jurídicas, las tendencias pequeñoburguesas no se dejan asir fácilmente por la estadística. Pero la burocracia “socialista”, esta asombrosa contradictio in adjecto, monstruosa excrecencia social, siempre creciente, y que se transforma, a su vez, en causa de fiebres malignas de la sociedad, comprueba su claro predominio en la vida económica.
 
La nueva Constitución, construida enter