Contra la Dependencia y la
Precariedad: VOTA NO A LA CONSTITUCIÓN
EUROPEA
nº 245
En este Correo:
*Aportaciones
interesantes para un debate necesario, Andalucía
Libre
*Unión Soviética: la
transición frustrada, Ariel Dacal
Díaz
*Rosa Luxemburgo y la
Revolución Rusa, Hiram Hernández
Castro
*¿Qué es la URSS?,
León
Trotski
*La pequeña historia
del Himno Soviético, Andalucía
Libre
--oOo--
A modo de
presentación
Aportaciones interesantes para un debate
necesario,
Andalucía
Libre
No puede
entenderse el siglo XX sin la Revolución Rusa. No puede entenderse el mundo de
hoy sin tener en cuenta no sólo el hecho de la desaparición de la URSS y sus
consecuencias sino también -y especialmente- tanto lo que la URSS [o la
China maoísta] fue, como lo que no fue. Ambas
cuestiones -íntimamente entrelazadas- afectan al conjunto de la izquierda
mundial (y por tanto, también a la izquierda independentista
andaluza) sin que nadie pueda honestamente declararse inmune o
indiferente ante ese problema. Confrontados ante enormes desafíos en el
presente, forzoso es reconocer que estos no pueden abordarse sin
afrontar la reflexión sobre el pasado que les precede y les ha dado
origen.
Para contribuir a
esa tarea, reproducimos dos textos recientes que aportan perspectivas
diversas y reflexiones sugerentes y que suman a su interés intrínseco un
evidente plus especial -que reconocemos sin reparo- por haber sido
elaborados en Cuba por cubanos y publicados en un sitio cubano en la
Red.
Los
acompañamos de un texto de Trotsky -que forma parte de su obra La Revolución
Traicionada (publicada en 1936, tengámoslo en
cuenta)- que pensamos que sigue ofreciendo hoy instrumentos analíticos y
posiciones políticas construidas con rigor; útiles para desarrollar el
debate.
Unión Soviética: la transición
frustrada
Ariel
Dacal Díaz*
El intento de transición al socialismo en la URSS
ha suscitado los más diversos debates durante décadas, haciéndose más
definitorio el antagonismo ideológico que el tema entraña, tras el colapso
soviético. Aún cuando el corolario final fue el desdeño de una preciosa
oportunidad para socavar las bases del dominio burgués; repensar, comprender y
asumir (sobre todo asumir) las características del proceso soviético en su
conjunto brindan elementos sustanciales para las alternativas anticapitalistas
que demanda el siglo XXI.
En esta
dirección desarrollamos nuestro trabajo, partiendo, dado su peso esencial en la
comprensión de la historia de la URSS tanto dentro como fuera de sus fronteras,
de las problemáticas siguientes: ¿quiénes detentaron el poder en la Unión
Soviética?, ¿qué mentalidad portaban?, ¿en qué momento se puede hablar de
ruptura con el proyecto bolchevique?. En estas páginas intentamos algunos
apuntes sobre estas interrogantes.
“La clase
imprevista” [1]
Stalin fue el
rostro visible y representante de la burocracia que gradualmente rompió vínculos
con la esencia bolchevique y que deshizo los endebles mecanismos de
participación política de las masas.
Sería entonces
oportuno preguntar ¿de qué fuentes se nutrió la burocracia soviética?. A los
principales cargos administrativos ascendieron figuras de relieve secundario
dentro de la revolución debido, entre otros factores, a que muchos viejos
combatientes de la vanguardia perecieron durante la contienda civil, o se
separaron de las masas al ocupar cargos de menor relevancia, acomodándose a las
nuevas condiciones de poder. Al mismo tiempo, el poder soviético estuvo forzado
a utilizar individuos del anterior aparato gubernamental, incorporando personal
técnico y especializado, así como a las masas campesinas que fueron
proletarizadas. De este modo se desclasó al partido de Lenin, cuyo requisito de
ingreso de nuevos militantes debía ser el resultado de un largo y riguroso
proceso de comprobación, excepto para los trabajadores que hubieran laborado en
la industria por más de diez años[2].
La burocracia
soviética se formó a partir de un proceso complejo, fuera de los modos
históricamente conocidos. Luego se hizo del poder, dominó el conocimiento y su
divulgación, controló los medios de producción de ideas, garantizando por
décadas su reproducción. El proceso de burocratización tuvo sus orígenes desde
el inicio mismo de la Revolución, pero su consagración como sector dominante en
la sociedad tuvo lugar en la década del 30.
Lenin explicó
el surgimiento de la burocracia como una excrescencia parasitaria y capitalista
en el organismo del Estado obrero, nacida del aislamiento de la Revolución en un
país campesino, atrasado y analfabeto[3]. Sobre este nuevo grupo de dirigentes,
tenía sus propias ideas, sus sentimientos y sus intereses, Trotski destacó que
“estos hombres no hubieran sido capaces de hacer la revolución, pero han
sido los mejores adaptados para explotarla”[4].
La materia
prima para la actividad “ideológica” de quienes detentaron el poder en
la URSS fueron las grandes masas de analfabetos que, ciertamente, se liberaron
de la oscuridad, y del mismo modo resultaron fácilmente manejados en nombre de
algo mejor, sumiéndose en la ignorancia secundaria de que era ese precisamente
el fin último a alcanzar como sociedad. Salvo en los sectores más avanzados
políticamente, dicho sea de paso la minoría, las ideas del socialismo no habían
calado en la población que habría de ser educada y preparada en el debate
revolucionario.
Esta clase
imprevista que se privilegió del poder estatal era, en teoría, la representante
de los intereses de las masas, mientras que en la práctica, administró la
propiedad pública beneficiándose de ella. Es cierto que los miembros de la
burocracia no poseían capital privado; pero sin ningún control por el resto de
los sectores sociales, dirigieron la economía -extendiendo o restringiendo tal o
cual rama de la producción- fijaron los precios, articularon el reparto,
controlaron el excedente. De este modo mantuvieron el partido, el ejército, la
policía y la propaganda que los sustentaba.
Con el
transcurso de los años, sobre todo a fines de los setenta, se acuñó en el campo
socialista el término “ellos y nosotros” que reflejaba las diferencias
que se fueron revelando y que tenía raíces bien profundas, tempranamente
señaladas por muchos revolucionarios,
que manifestaban la estratificación de la sociedad, o más concretamente,
su preservación.
El análisis
respecto al tema de la burocracia tiene una de sus aristas más polémicas en sus
vínculos o autonomía respecto a otras clases. Para algunos autores, esta no
podía convertirse en elemento central de un sistema estable, pues solo es capaz
de traducir los intereses de otra clase. En el caso soviético se balanceaba,
según este criterio, entre los intereses del proletariado y de los
propietarios.
Por otro lado,
algunos autores afirman que la burocracia no expresaba intereses ajenos, ni
oscilaba entre dos polos, sino que se manifestaba como grupo social consciente
según sus propios intereses.
Los hechos
revelaron que la clase burocrática monopolizó completamente el poder y la
propiedad. Ella se impuso en la lucha por el poder después de haber abatido a
todos sus opositores. Pero manifestó sus difusos intereses en el solapado
discurso de ser representante del proletariado.
Durante
décadas, la clase dominante no se atrevió a restaurar la propiedad privada de
los medios de producción, hasta que en 1991, de manera develada, comenzó a tejer
lazos con la burguesía rusa. Según el Instituto de Sociología de la Academia de
Ciencias de Rusia, más del 75% de la "elite política" y más del 61% de
la "elite de los negocios" tienen origen en la Nomenklatura del período
"soviético". En consecuencia, las mismas manos retienen las posiciones
sociales, económicas y políticas dirigentes en la sociedad. La burocracia misma
es la que ha transformado las formas económicas y políticas de su dominación,
manteniéndose como dueña del sistema; pero nuevamente en nombre de una clase.
La
mentalidad soterrada
¿Mediante qué
códigos de cultura política dominó la burocracia soviética?. Partamos de que las
masas que ejecutaron la Revolución en 1917 portaban la mentalidad de la
servidumbre, sin ninguna experiencia democrática, y el desarrollo de la
conciencia del proletariado, clase llamada a encabezar la Revolución, era
patrimonio de un pequeño número de hombres. Las masas rurales, mayoría en ese
momento, eran portadoras de los elementos más conservadores, elevados por el
alto nivel de analfabetismo existente.
Por su parte,
la burocracia usurpadora, detentadora del poder, fue otro ejemplo histórico de
como los vencedores incorporan la mentalidad de los vencidos. En este caso
heredaron como códigos de la dominación el control absoluto, el elitismo
político, la idea de que la “muchedumbre” no sabía ni era capaz de
dirigirse, por lo que necesitaba una figura que sintetizara los destinos del
país. Téngase en cuenta que uno de los rasgos más apreciados por el ciudadano
promedio de Rusia respecto a sus dirigentes es la imagen de hombre fuerte, capaz
de enfrentar con determinación las dificultades cruciales del país.
Vinculado a lo
anterior, como norma de los dominadores se desvinculó la responsabilidad de la
figura máxima respecto a los problemas, creando un ambiente místico a su
alrededor. Aparejado a ello en el imaginario social se impuso el criterio de que
eran las capas intermedias de los dominadores las responsables del estado de
cosas existentes.
Este hecho se
concretó en que, si bien el estallido bolchevique concebía nuevos códigos
respecto a la política y la participación de las masas, no sólo como fuerza
motriz en la explosión subversiva, sino como elaborador y ejecutor de las
decisiones políticas, reflejado en que los soviets, de órgano espontáneo de
lucha de las masas adquirieron funciones de Estado; con el advenimiento del
estalinismo dichos principios fueron destronados y la oportunidad de lograr la
participación política de las masas, incluyendo los mecanismos de movilización,
real y autónoma, fue cercenada. En ese proceso, las organizaciones políticas y
de masas sufrieron una considerable atrofia.
Esta misma
mentalidad se manifestó en el “orgullo gran ruso” sobre el cual Lenin
hizo llamadas de alerta. La burocracia practicó sus políticas imperiales durante
el período soviético; acuñado en el término “el hermano mayor” por el que fue conocido en Europa del
Este y por la doctrina de la soberanía limitada puesta en blanco y negro por
Brezhnev.
Por otro lado,
esos componentes de la mentalidad rusa son la base para entender por qué las
condiciones de vida de la clase dirigente soviética eran análogas a las de la
burguesía. En fecha tan temprana como 1936, Trotski destacó un ejemplo
ilustrativo que develaba el mantenimiento de la estratificación. El mariscal, el
director de una empresa, el hijo de un ministro, disfrutaban del apartamento, de
villas de descanso, de automóviles, escuelas para sus hijos, clínicas reservadas
y otras muchas prebendas, a las que no tenían acceso la criada del primero, el
peón del segundo y el vagabundo. Para el primer grupo esa diferencia no era un
problema. Para el segundo era lo más importante.
Un individuo
que añoraba en la sociedad soviética rasgos, bienes y modos de vida que formaban
parte de la cultura capitalista, era la prueba más evidente de que, al menos en
él, no había florecido la nueva mentalidad socialista, el nuevo individuo, y la
nueva percepción. El socialismo soviético posterior a Lenin, matriz del
socialismo real, no fue nunca una alternativa válida, articulada y viable frente
al predecesor sistema. La sustitución cultural no llegó, entendiendo que el
socialismo es, sobre todo, un proyecto que se sustenta sobre una nueva cultura.
Por tanto, la resultante no fue “una sociedad socialista (tampoco
capitalista, es cierto), sino una nueva forma –estatista, burocratizada- de
dominación y explotación, opuesta a la naturaleza emancipatoria, justa y
libertaria del socialismo”[5].
La
ruptura
La práctica
política de la clase burocrática soviética fue una ruptura con las ideas
leninistas en los más diversos espacios de la sociedad soviética. Brindamos a
continuación algunos apuntes que corroboran esta hipótesis.
El líder de
Octubre destacó que “es necesario tener presente que la lucha exige de los
comunistas que sepan reflexionar. Es posible que conozcan perfectamente la lucha
revolucionaria y el estado del movimiento revolucionario en todo el mundo. Sin
embargo para salir de la terrible escasez y miseria lo que necesitamos es
cultura, honestidad y capacidad de razonar”[6].
La burocracia
impidió la polémica revolucionaria, obstaculizando la participación política
efectiva de las masas. Los dirigentes soviéticos desentendieron que el
socialismo no puede triunfar contra la libertad de pensamiento, contra el
hombre, sino al contrario, mediante la libertad de pensamiento, mejorando la
condición de existencia de ese hombre.
La
dogmatización que sufrió el marxismo, la persecución y descrédito de quienes
intentaron defenderlo, la síntesis errada marxismo-URSS (incluyendo sus
desastrosas consecuencias internacionales), y la imposibilidad de desarrollar
otras líneas de pensamiento, provocaron la formación de generaciones de
soviéticos desprovistos del necesario bagaje teórico conceptual para enfrentar
los desafíos históricos contemporáneos.
Es sobre todo
en la naturaleza autoritaria de la burocracia soviética donde debe buscarse el
freno a la transición cultural propuesta por el proyecto bolchevique. La falta
de participación real, de espacios cívicos de contestación y control del poder,
afectaron todos los niveles de la vida social, desde el funcionamiento económico
hasta la lucha étnica.
En consonancia
con lo anterior, y analizando el proceso de aprobación de la Constitución
Soviética, Trotski señaló que “es cierto que el proyecto se sometió en junio
a la aprobación de los pueblos de la URSS. Pero en vano se buscaría, en toda la
superficie de la sexta parte del globo, al comunista que se permitiera criticar
la obra del comité central o, al sin partido, que se aventurara a rechazar la
proposición del partido dirigente”.[7]
Una muestra de
ese catastrófico desatino fue intentar diluir la individualidad en un colectivo
cada vez más abstracto, con enmarcado irrespeto a lo distinto, esquematizando un
modelo de ciudadano recio, inflexible, como si el hombre soñado pudiera
realizarse por decreto. Lo que hubo de fondo fue una concepción demasiado
simplista del hombre, ignorando completamente la psicología y sus modificaciones
en atmósferas diversas. La dirigencia soviética no solo reveló su incapacidad de
mantener con vida el espíritu revolucionario en el proceso de enfrentamiento a
las circunstancias históricas en que interactuaron, sino que imposibilitaron
cualquier vestigio de pensamiento divergente, crítico, desafiante de la
autoridad.
Bajo el
pretexto de ser el guía de la sociedad, el PCUS se convirtió en una maquinaria
que frenó, desvirtuó y violentó los procesos naturales de la sociedad. La
diferencia entre Lenin y Stalin, entre muchas otras cuestiones, es que, este
último, aprovechando algunas condiciones creadas en vida del gran líder
revolucionario, desvirtuó el sentido de la dirección partidista hacia el
totalitarismo[8]. Lenin había preparado el Partido Bolchevique para dirigir a
los obreros, no para domarlos o subyugarlos[9].
Con la
hipercentralización económica que conllevó este proceso, la burocracia
soviética, como parte de su distanciamiento del control de las masas, manejó
hasta el mínimo detalle, los hilos de la producción frente a un mediocre
andamiaje de niveles intermedios compuesto por técnicos, gerentes y
especialistas, siendo una verdadera plaga que fue imposible desmontar a lo largo
de la existencia de la URSS. El historiador Eric Hobsbanw recuerda que “poco
antes de la (Segunda) Guerra (Mundial) había ya más de un administrador por cada
dos trabajadores manuales”[10].
El modelo
soviético presentó a partir de ese momento dos problemas esenciales que
evidencian, desde la propia teoría marxista, el distanciamiento entre el
socialismo como estadio superior del desarrollo de las fuerzas productivas y de
las relaciones de producción y la realidad soviética. Por una parte, se
eliminaron arbitrariamente (1928) el resto de los tipos socioeconómicos que
podían converger en la edificación de las bases para la nueva sociedad. Por otro
lado, se crearon “islotes económicos” (complejos industriales, mineros,
agrarios) violándose la división social del trabajo, al tiempo que se obviaba la
cooperación necesaria entre sectores y ramas de la economía.
Con esta
práctica se frenó la especialización y la introducción de nuevas técnicas, lo
que impidió un uso racional de los recursos. Debido a la estructura vertical y
voluntarista que se impuso al proceso productivo, el desarrollo de un sector iba
en detrimento del otro, sin la debida integración entre ellos. En este esquema,
las unidades productivas, lejos de ser autónomas, eran presas de la desmedida
primacía de los criterios políticos sobre las necesidades económicas.
Los obreros
continuaron disociados de los medios de generación de riquezas. No se
convirtieron en dueños reales de estos debido a que los elementos
burocráticos-administrativos los mantuvieron distanciados de la propiedad
efectiva. La adulteración estuvo en identificar la estatalización de la
propiedad con la socialización, limitándose a esto la complejidad y profundidad
de lo que Marx había entendido como superación del modo de producción
capitalista[11].
También en la
cuestión de género se apreció la ruptura con los ideales de la Revolución de
Octubre. El nuevo Estado obrero concedió amplios derechos jurídicos y políticos
como el derecho al divorcio, al aborto, la eliminación de la potestad marital,
la igualdad entre el matrimonio legal y el concubinato, etc. Alexandra
Kollontai, fue la primera mujer elegida por el Comité Central del Partido
Bolchevique en 1917 y la primera en ocupar un puesto de gobierno en el nuevo
estado: Comisaria del Pueblo para la Salud, y más tarde fue la primera mujer
embajadora de la historia.
A
partir de 1926, bajo el régimen de Stalin, se instituyó nuevamente el
matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se abolió el derecho al
aborto, junto con la supresión de la sección femenina del Comité Central y sus
equivalentes en los diversos niveles de organización partidaria. En 1934 se
prohibió la homosexualidad, y la prostitución se convirtió en delito. No
respetar a la familia se convirtió en una conducta "burguesa" o
"izquierdista" a los ojos de la burocracia. Los hijos ilegítimos
volvieron a esta condición, que había sido abolida en 1917, y el divorcio se
convirtió en un trámite costoso y pleno de dificultades[12].
Las
instituciones detentadoras de violencia también se hicieron funcionales a los
nuevos intereses. En sus orígenes, el Comité de Seguridad del Estado (KGB)[13]
tuvo como objetivo combatir la contrarrevolución, los sabotajes y la
especulación, objetivos de legítima defensa frente a la oposición reaccionaria
que generó la Revolución. Pero esas lógicas motivaciones iniciales se
modificaron progresivamente con el ascenso de la burocracia al poder hasta
convertirse en el órgano preservador de los intereses del Estado burocrático,
cuyo objetivo fue eliminar la oposición de las propias fuerzas
revolucionarias[14].
A esto se
añade que los oficiales del KGB gozaban de sueldos elevados, amen de buenos
destinos en el extranjero, viviendas confortables y disfrutaban de otros
privilegios dentro URSS que también fueron mellando su crédito moral. Sin duda
fue un sector privilegiado dentro de la sociedad, lo cual resulta comprensible
atendiendo a su función real de guardián de los intereses de la burocracia.
El Ejército
Rojo fue creado desde la base en enero del año 1918. El Estado obrero necesitaba
su propia institución armada para defender sus interese, máxime las agresiones
que no se hicieron esperar por más de 14 países al unísono. Como nuevo concepto,
la política de los dirigentes bolcheviques estaba abierta a constante debate, en
lo cual los uniformados tuvieron un rol importante, y naturalmente, el ejército
profesaba las mismas ideas del partido y el Estado.
Pero el
Ejército Rojo no escapó a las reaccionarias arremetidas de la burocracia, la que
de inmediato lo comenzó a transformar en defensor de sus intereses, arrancándole
progresivamente su esencia popular. La medida que refleja con mayor claridad
este proceso fue el decreto que restableció el cuerpo de oficiales, dando un
golpe demoledor a los principios revolucionarios que originaron esta institución
armada, uno de cuyos pilares fue precisamente la liquidación de los cuerpos de
oficiales, dándole importancia al puesto de mando, pues este se gana con la
capacidad, el talento, el carácter, la experiencia, etc.
Esa medida
tuvo un objetivo político al darles a los oficiales un peso social. De ese modo
se ligaban más estrechamente con los grupos dirigentes, debilitando su unión con
la tropa, deviniendo en ruptura del canal por donde se comunicarían las tropas y
la dirigencia política. El cuerpo de oficiales veló celosamente por la
“pureza” y fidelidad de los uniformados al “Partido” y al
“Estado Socialista”. Igualmente se fue apagando el espíritu de libertad
y debate que había en las filas del Ejército, en estrecha correlación con el
criterio de que “ningún ejército puede ser más democrático que el régimen
que lo nutre” [15].
Uno de los
elementos más sensible fue la ruptura de los principios básicos del programa
bolchevique por el cual los sueldos de los más altos funcionarios no debían
sobrepasar la media del salario obrero. A la altura de 1940, cuando un obrero
ganaba 250 rublos mensuales, un diputado recibía 1000 rublos, un presidente de
república 12.500 rublos y el presidente de la Unión 25.000 rublos en igual
período[16]. Para los años de la Perestroika existía el conocido
“abastecimiento especial” lo que elevó el nivel adquisitivo de los
miembros de la nomenclatura muy por encima de lo que percibía un obrero o un
ingeniero.
El líder
bolchevique previó, basado en hechos que tuvo que enfrentar en sus últimos meses
de vida política, el peligro de que “el gran ruso” heredado de los años
de dominación y explotación zarista permaneciera en la política del nuevo
Estado. “En tales condiciones –señalaba Lenin– es natural que la
libertad de separarse de la unión (…) sea un simple pedacito de papel incapaz de
defender a los no rusos de la embestida de ese hombre realmente ruso (…) ese
opresor que es el típico opresor ruso. No hay duda de que los obreros soviéticos
y sovietizados, que constituyen un porcentaje ínfimo, se ahogarán en ese océano
de la canalla gran rusa chovinista como una mosca en la leche”[17].
El hecho real,
a pesar de lo que aparecía en la Ley de leyes y otras regulaciones, implicaba la
imposibilidad de afirmar que las repúblicas que conformaban el Estado soviético
coordinaran sus actividades con el Centro sino que se subordinaban directamente
a Moscú. Stalin no hizo otra cosa que nombrar desde arriba a los responsables
políticos. Las élites de las repúblicas, aunque arribaran a posiciones de
determinada importancia a nivel de las repúblicas, escasamente podían obtener
puestos relevantes a nivel de la Unión, donde el predominio ruso llevaba el peso
fundamental[18].
El jefe de la
Revolución rusa prestaba especial interés a los conceptos emanados de la
práctica política frente al tema de la Unión. “Una cosa es la necesidad de
unirse contra los imperialistas de Occidente, defensores del mundo capitalista.
En eso no cabe duda alguna (…) Otra cosa es cuando nosotros mismo caemos, aunque
solo sea en cuestiones de detalles, en actitudes imperialistas hacia las
nacionalidades oprimidas, socavando así nuestra sinceridad de principios, toda
nuestra defensa de principios de la lucha contra el imperialismo”
[19].
Apuntes
finales
El socialismo
soviético posterior a Lenin no fue una alternativa válida, articulada y viable
al capitalismo, porque la burocracia usurpadora no fue, ni podía serlo,
portadora de una ideología superior, de un proyecto cultural, entendido como
instrumental quirúrgico para realizar la nueva sociedad, o crear las condiciones
para lograrlo.
Los hombres
que se hicieron del poder no eran los comunistas reflexivos y cultos que Lenin
previó como materia prima imprescindible para afrontar y vencer el gran reto
histórico que Rusia asumió en 1917. En realidad su práctica política fue una
ruptura con ese principio. Estos hombres, paulatinamente extendidos en la
sociedad y convertidos en sector dominante, fueron un subproducto de la
Revolución y revelaron su incapacidad para timonear la historia rumbo al
objetivo cimero: la creación del socialismo.
Los actuales
políticos rusos son el rostro burgués oculto durante décadas por la burocracia
soviética. El régimen de Yeltsin convirtió a los hombres del partido, a los
miembros del gobierno, y de la seguridad, en negociantes y propietarios.
No obstante la
posposición de la transición al socialismo que los acontecimientos de la URSS
suponen para Rusia, queda en pie la irreversible importancia del triunfo
revolucionario de Octubre, señalado por Lenin en 1922, donde reza que “puede
ser que nuestro aparato estatal sea defectuoso, pero dicen que la primera
máquina de vapor también era defectuosa. Incluso no se sabe si llegó a
funcionar, pero no es eso lo que importa; lo importante es que se inventó. No
importa que la primera máquina de vapor haya sido inservible, el hecho es que
hoy contamos con la locomotora. Aunque nuestro aparato estatal sea pésimo queda
en pie el hecho de que se ha creado; se ha realizado la invención más grande de
la historia; se ha creado un Estado de tipo proletario”[20].
Es este un
punto referencial imprescindible para la elaboración y ejecución de las
alternativas anticapitalistas del siglo XXI.
*Ariel
Dacal Díaz es jefe de la
Redacción Política de la Editorial Ciencias Sociales de
Cuba
Notas
[1] El título de este epígrafe fue sugerido por el artículo de Alexei
Goussev, La clase imprevista: La burocracia soviética vista por León
Trotsky. En: Herramienta.
[2] Robert Weil. “Burocratization: The
problem with out the class name". En este artículo, el autor hace
un pormenorizado análisis de este grupo social, de sus orígenes, de sus
características y del modo en que se imbrica con el poder, lo cual sería un
útil complemento a quines se interesen por esta problemática tan esencial para
entender el proceso soviético.
En: Revista
Socialism and Democracy. Spring/Sommer,
1988.
[4] León Trotski. ¿Qué es y a dónde se
dirige al Unión Soviéticas? La revolución traicionada.
Pathfinder. Nueva York. 1992
[5] Adolfo Sánchez. “¿Vale la pena el socialismo?” En: Revista El viejo
topo, noviembre 2002, número 172.
[6] Vladimir I. Lenin.
“Informe Político al undécimo congreso del Partido”. En: La
última lucha de Lenin. Discursos y escritos., 1922-1923. Pathfinder,
Nueva York, Estados Unidos,1997, p- 65
[7] León Trotski.
¿Qué es y a dónde se dirige al Unión Soviéticas? La revolución
traicionada. Pathfinder. Nueva York. 1992, p-211
[8] Régimen en el que los dirigentes imponen a la fuerza un único
sistema indispensable para el conjunto de la sociedad y penaliza incluso la
idea de una alternativa. Robin Blackburn. “Después de la caída”, p-177. En una graficación más amplia,
dominación de un partido de masas dirigido por un líder carismático, una
ideología oficial, el monopolio de los medios de comunicación de masas, el
monopolio de las fuerzas armadas, un control policial terrorista, un control
centralizado de la economía Philippe Bourrinet. “Víctor Serge:
totalitarismo y capitalismo de Estado (Deconstrucción socialista y humanismo
colectivista)”
[9] Los bolcheviques, en contra de sus intenciones, se vieron obligados
a establecer el monopolio del poder político. Esta situación, considerada
extraordinaria y temporal, originó enormes peligros en un momento en que la
vanguardia del proletariado se veía sometida a la creciente presión de clases
ajenas. T. Grant-A. Wood
Lenin y Trotski, qué defendieron realmente.
[10] Eric Hobsbawn.
Historia del siglo XX. 1914-1991. Serie Mayor,
España, Barcelona, 1998, p-383
[11] Jorge Luis Acanda. Sociedad Civil y
hegemonía. Ob. Cit., p-264
[12] Adriana D´Atri. Un análisis del rol destacado de las
mujeres socialistas en la lucha contra la opresión y de las mujeres obreras en
el inicio de la Revolución Rusa. 20 de octubre de 2003. En
Diario electrónico alternativo Rebelión.
[13] Hasta la muerte de Stalin, los servicios secretos de la URSS
funcionaron con distintos nombres: Cheka, GPU, OGPU, NKVD, KGB, MGB. En 1953
se fusionó el MGB (Ministerio de Seguridad del Estado) y el MVD (Ministerio de
Asuntos Interiores) y tomó el mando del emergente Komitei Gosudarstvennoi
Bezopasnosti (KGB).
[14] Aunque este órgano nunca desatendió su función de policía política
del régimen, su etapa más
aberrante en cuanto a crímenes y desprecio humano fue la encabezada por
Stalin, quien se apoyó en uno de los seres más despreciables que recuerda la
trágica etapa del stalinismo: Beria, quien estuvo frente al KGB durante 15
años, acumulando un expediente criminal que abarcó 50 páginas en el folio de
cargos por el que fue juzgado tras la muerte de su jefe, y que lo condujo al
pelotón de fusilamiento. Fue el
hombre que garantizó la seguridad de Stalin y quizá su colaborador más
eficiente, dotado de una pudrición moral única, lo que le permitió permanecer
tanto tiempo junto al Secretario General del PCUS. Para más detalles ver:
Maximovich, Ala. “Lavrenti Beria”. En: Revista Sputnik. No 12, Moscú,
diciembre, 1988.
[15] León Trotski. La revolución traicionada…
Ob. Cit, p-184
[16] Suzzane Labin.
Stalin el Terrible. Ob. Ct., p-136
[17] Vladimir I. Lenin. La última lucha de
Lenin. Ob.
Ct., p-204
[18] En muchas ocasiones dentro de las demarcaciones territoriales que
no eran parte de la Federación de Rusia, los representantes rusos eran
favorecidos con los mejores puestos en sectores claves de la economía y la
política, lo que, a decir de Bárbara Sarabia, inclinaba sutilmente la balanza
hacia el Centro, pues de las repúblicas periféricas se extraían las materias
primas importantes, concentrándose el desarrollo industrial en las regiones
eslavos y del Báltico, convirtiéndose en beneficiarias del atraso económico y
tecnológico en que paulatinamente se sumían las repúblicas del Asia soviética.
Bárbara Sarabia. “Reflexiones en torno al desmonte de la URSS” En:
La Perestroika en tres dimensiones: expediente de un
fracaso. Investigaciones, Centro de Estudios Europeos, La
Habana, 1992, p- 108
[19] Ibd., p- 210
[20] Vladimir I. Lenin.
Ob.Ct., p-70
Rosa Luxemburgo y la
Revolución Rusa[1]
Hiram Hernández
Castro
Queda atrás la última década de un Siglo que fue testigo
de uno de los acontecimientos más reveladores de la Historia: el agotamiento y
derrumbe de una estructura sociopolítica que devenida en modelo cerró su
posibilidad de reproducción. Los intelectuales de todo el mundo, unos quizá más
sorprendidos que otros, se lanzaron a un heterogéneo debate que intentaba
indagar en las disímiles causas de aquellos hechos. Sin embargo, no todos los
discursos se alejaron de la mera suma de calamidades sobre la experiencia
“socialista”. En la medida en que el pensamiento emancipador logre
agudizar sus instrumentos de análisis político deberá asumir aquel proceso
histórico como un referente obligado para la teoría y la práctica
revolucionaria. Será preciso volver siempre a repensar sobre los hechos, las
figuras, los documentos y las prácticas de poder comprometidas con las
experiencias de la Revolución y el socialismo real.
Es cierto que la trascendencia de la Revolución de
Octubre como parte de ese proceso, no puede ser oscurecida por la posterior
deformación y bochornoso final de la URSS. Sin embargo, y aunque las prácticas
académicas se resientan, es preciso que la pasión no detenga la reflexión
crítica y polémica sino, todo lo contrario, sea su elemento inmanente. Y es que
en su momento la Revolución de Octubre fue el punto de encuentro de algunos de
los debates más enconados de los que ha sido testigo el pensamiento humano. No
fue teoría de gabinete, ni de torre de marfil, sino pensamiento gatillado por
los problemas de la toma del poder en una experiencia inédita y concreta las
condiciones sobre las cuales se ejerció la praxis política bolchevique.
Lenin, Trotsky, Bujarin, A. Kolontái entre otros, eran
al tiempo que protagonistas, el centro de un copioso debate internacional,
observado por furiosos detractores y emocionados amigos. La toma del poder
institucional por un partido revolucionario fue un hecho pero su viabilidad en
el tiempo dependía, en un contexto harto difícil, de las decisiones políticas de
un pequeño grupo revolucionario. Lenin y Trotsky eran, entre otros, los líderes
de aquel triunfo, pero discusión no era lo que faltaba entre ellos y otros no
menos importantes teóricos revolucionarios, que desde dentro y fuera del Partido
Bolchevique, acompañaban cada decisión con sus críticas. Esas enconadas
discrepancias fueron la raíz de no pocos
textos que hoy constituyen el más valioso legado político de aquella
Revolución.
Sin embargo, el termidor estalinista cerró el debate.
Como afirmará Trotsky, existía entre los “amigos de la U.R.S.S.” cierto
trasnochado consenso en considerar cualquier crítica peligrosa para la
edificación del socialismo[2]. Mientras que al interior Stalin se aseguraba de
fusilar la más mínima sospecha de disidencia. Las prácticas de censura y la vulgar apología
“izquierdista” sobrevivieron a Stalin, hasta el punto de amoldarse
sintomáticamente a la reproducción del modelo hasta sus últimos días. Si bien el
XX Congreso condenó los crímenes de Stalin, las prácticas inquisitivas contra el
pensamiento crítico y la rebeldía, aún la de probado carácter revolucionario, no
desapareció del todo, sino que se hizo más sutil, llegando a formar parte
constitutiva de la cultura política institucional, social e individual del
supuesto ciudadano socialista. Los comportamientos sociales inmediatos a la
caída del muro constataron que aquel individuo presuntamente consciente volitivo
se mostraba igual o más obnubilado que sus contemporáneos occidentales. La clase
política que, por décadas, había asumido el papel de vanguardia del proyecto
“socialista” prácticamente no se resistió y en muchos casos se
convirtió en protagonista de la
estructuración del “nuevo sistema económico y político”.
Incluso podríamos decir que, lamentablemente, la
acriticidad del Kremlin no dañó sólo al modelo eurosoviético, sino que se
extendió a través de su influencia a los partidos comunistas y grupos de
izquierda de todo el mundo. En este sentido, uno de los espacios más afectados
fue el teórico-académico e intelectual. El llamado “marxismo-leninismo”
o DIAMAT socializado por la escolástica estaliniana y que fuera colocado en el
pedestal de ciencia de las ciencias, para nada fue una alternativa válida del
diverso pensamiento marxista, sino que constituyó un retroceso lamentable.
Esmerados en justificar las prácticas concretas del
poder burocrático, los “marxistas-leninistas” se alejaron por completo
del referente real sobre el cual discurrían. Esto, unido a la lógica e histórica
animadversión que los aparatos de dominación burguesa aseguran como escenario para cualquier
pensamiento emancipador, creó las condiciones idílicas de posibilidad para la
extensión real y proclamada de la crisis del marxismo. Sin embargo, si por
crisis entendemos ese momento en que un modelo o sistema está agotado pero aún
vive, podríamos decir que aquel marxismo dogmático y doctrinario ha caído junto
al muro -aunque alguna vez asome su cadáver- bajo otras neolenguas.
No obstante, siempre podremos mencionar significativos
nombres de la intelligentsia marxista que en el campo teórico y/o axiológico,
nos han dejado su memoria histórica de combate para insistir, repensar, no
adaptarnos. Por otra parte, tengo la certeza de que en ciencias sociales, como
en la sociedad, la salud es siempre consustancial a la polémica y a las
alternativas que guían la búsqueda y creación de la verdad. Verdad siempre
revolucionaria, y que parafraseando a Foucault, nunca se posee, sino se ejerce
configurando un reticulado en el cual todos participamos. De eso trata
precisamente el texto de Rosa Luxemburgo sobre La Revolución
Rusa[3]: polémica, participación, creación y búsqueda de la
verdad, no sólo en el sentido académico de la palabra, sino como imprescindible
praxis revolucionaria.
Rosa Luxemburgo nació en 1871, pocos días antes de ser
proclamada la Comuna de París, y murió un año después de la toma del poder por
los bolcheviques. Así, entre “asaltos al cielo”, esta mujer, dedicó
todas sus energías a la causa de la revolución obrera. Desde su temprano
despertar político en Varsovia, hasta su cruel asesinato en Berlín en 1919,
Luxemburgo no descansó ni como teórica del marxismo, ni como militante de la
izquierda socialdemócrata.
Cuando triunfa la Revolución de Octubre, Rosa se
encuentra encerrada en una celda de Breslau, Alemania. En estas condiciones
escribe sus famosas notas sobre el triunfo revolucionario, y reflexiona sobre
las primeras medidas tomadas por la dirección bolchevique. Hay quienes atribuyen
a esta situación de enclaustramiento, cierta falta de información y perspectiva
para lograr un verdadero análisis objetivo de lo que sucedía en Rusia. En
realidad, la falta de información –digamos oficial- es una constante en la
historia del pensamiento subversivo, de ahí que el carácter revolucionario
necesite reforzar siempre su capacidad de leer entre líneas. De cualquier
manera, más allá de la cantidad de información con que Rosa contara, sus
palabras se defienden por sí mismas y más que una limitación, la situación en la
que escribe puede verse como parte de su agudeza política y su inquebrantable fe
revolucionaria.
Al parecer Rosa había escrito un artículo crítico sobre
la política bolchevique, expresamente para la revista de la Liga Espartaco. El
artículo fue rechazado por los editores pues consideraron que no debía haber
ambigüedad en el estricto apoyo de la Liga a los revolucionarios rusos. Paul
Levi, editor y amigo de Rosa, la convenció de la necesidad de ser extremadamente
cautelosos en este sentido, pues la información con que contaban los obreros
alemanes ya era bastante distorsionada. Quizá por eso aquellos apuntes sobre la
Revolución no fueron en principio escritos para la publicación, sino para el
propio Levi. Después de la expulsión de Levi del Partido Comunista en 1922, éste
los publicó por su propia cuenta. Lenin responde desde Pravda: “Paul Levi
quiere hacer buenas migas con la burguesía publicando los artículos en que
Luxemburgo se equivocó[4].” Podía decirse que la obra en cuestión tuvo un
nacimiento polémico y así ha continuado hasta hoy, pues aún es difícil encontrar
el texto íntegro. Esto, lógicamente, se ha prestado para que intelectuales de
las más disímiles tendencias rebanen de aquí y de allá para lograr el efecto
esperado. Vale recalcar que ni las críticas más iluminadas pueden sustituir la
lectura de la obra en tinta de su autora.
A la luz de los últimos acontecimientos, la obra de
Luxemburgo muchas veces malsanamente criticada y sepultada, necesita y merece
hoy, nuevos debates. Rosa ejerce su autorizado criterio en interrogantes
vigentes en el pensamiento marxista. ¿Es la revolución sólo posible para los
países a la vanguardia del desarrollo?. ¿Cuáles son y deben ser las prácticas de
un poder no burgués? ¿Cuál es el papel de un partido de la clase obrera?
¿Dictadura o democracia?. ¿Espontaneidad o vanguardia? En ese sentido, el
triunfo de Octubre es para Rosa un objeto obligado de su reflexión. Imposible
sofocar el pensamiento de aquella mujer, cuando para ella la locomotora de la
historia apenas echaba a andar.
Rosa coincide con Lenin en apostar por la Revolución en
un eslabón débil de la cadena imperialista. Rechaza que Rusia, como afirmaba
Kautsky y los mencheviques, no podía asumir tal reto, por ser un país atrasado y
predominantemente agrario. Para ella, la revolución es legítima y madura a pesar
de sus lógicas limitaciones:
“Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o se dejó de
hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en
condiciones tan anormales, representa el pináculo mismo de la perfección (...)
ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden
realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos
de una y otro”[5]
Mas esto no es para Rosa un demérito de los
bolcheviques, sino la confirmación de la necesidad vital de que para que la
Revolución y sus profundas transformaciones se consoliden, es imprescindible que
acuda en su auxilio el movimiento obrero internacional, no sólo en apoyo a Rusia
sino haciendo su propia revolución.
“... acción sin la cual hasta los mayores esfuerzos y sacrificios
del proletariado de un solo país, inevitablemente se confunden en un fárrago
de contradicciones y errores
garrafales”[6]
Rosa veía en el bolchevismo la expresión más acabada y
radical de la acción revolucionaria. En sus palabras se siente el temor a que
los bolcheviques no puedan sostenerse en el poder, entre la manifestación de
actitudes ineficaces de la extinta Internacional obrera y una revolución alemana
que no comparece. Rosa, al igual que Lenin, denuncia la bancarrota y anhela la
refundación de la Internacional, que debía caracterizarse por asumir la
dirección de la lucha revolucionaria de clase contra el imperialismo en todos
los países.
Para Rosa la esencia del triunfo de Lenin-Trotsky –la
mención del segundo agrega un motivo más para la desaparición del texto-, está
en la radicalidad de la política asumida por el Partido. Los bolcheviques no
evadieron las principales exigencias del pueblo ruso: paz y tierra. La consigna
“Todo el poder a los Soviets” entregó a los bolcheviques la espada de
la Revolución. Ellos eran el único partido capaz de comprender los objetivos y
tácticas reales, para nuclear y colocarse al frente de las clases, grupos y
sectores genuinamente revolucionarios.
“Queda claro que en toda revolución sólo podrá tomar la dirección y
el poder, el partido que tenga el coraje de plantear las consignas adecuadas
para impulsar el proceso hacia
delante.”[7]
Estas consideraciones, que no aparecen por primera vez en su
obra, no sólo obedecen a la justa valoración de la política bolchevique, sino
que es otro de sus puñetazos a la socialdemocracia alemana, a Kautsky, al
oportunismo, al reformismo y a todas las manifestaciones “centristas”
consideradas por ella traidoras a la causa de la revolución. La revolución avanza o pronto retrocede,
es una frase recurrente en su pensamiento; no hay punto medio, no hay
concesiones, la política revolucionaria no permite la
indecisión.
“Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad
revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su insurrección
de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor
del socialismo internacional.” [8]
Si bien la Revolución Rusa constituía un paradigma, este
no era ni podía ser perfecto e infalible. A Rosa le preocupan las
generalizaciones normativas que Rusia podía fundar dentro del proletariado
internacional. Las siempre cuestionables prácticas de poder, y las primeras
medidas tomadas por el gobierno revolucionario, pulsan en Rosa un examen
político desechando la vulgar y, por principio, reactiva apología.
“Lo que podrá sacar a la luz los tesoros de las experiencias y las
enseñanzas, no será la apología acrítica sino la crítica penetrante y
reflexiva.” [9]
Rosa pone su atención en el problema agrario como tarea
política y económica de primer orden. Su tesis en este sentido, es sencilla y
lúcida. La consigna leninista “vayan y aprópiense de la tierra” no
facilita una transición coherente hacia la futura reforma socialista en la
agricultura, sino que la perjudica. Para Rosa, los bolcheviques, tan enfrascados
en ganar el apoyo de hoy, han comprometido el futuro del proyecto socialista.
Tornar de forma súbita y caótica la propiedad terrateniente en pequeñas
propiedades campesinas, constituye un error pues no se puede convertir
propiedades de relativa eficiencia, en primitivas unidades con técnicas
atrasadas. ¿Cómo resolverán ahora el necesario abasto de productos sin poner a
la ciudad a merced de la especulación campesina? ¿Cómo convencer mañana a esa
masa rural convertida en propietaria, que socialice la propiedad en pro del
desarrollo y el socialismo?.
“La reforma agraria leninista creó una nueva y poderosa capa de
enemigos populares del socialismo en el campo, enemigos cuya resistencia será
más peligrosa y firme que la de todos los grandes terratenientes nobles.”
[10]
¿Qué debía hacerse?. Ella afirma que cualquiera que sea
la política particular adoptada
por una economía socialista en el
agro, debe primero nacionalizar la gran empresa y acercar la agricultura a la
industria. Rosa comprende la imposibilidad de resolver en esos momentos la tarea
más difícil, pero sostiene que un gobierno socialista no debe tomar medidas en
su etapa de transición, que nieguen o traben las futuras transformaciones de las
relaciones agrarias. No nos explica más, quizás estaba fuera de sus manos
precisar o lo consideró inapropiado. De cualquier manera, la tesis de Rosa en su
sentido normativo me parece certera. De hecho, Lenin había manifestado en junio
de 1917 : “... a menos que la tierra sea cultivada en común por los
trabajadores agrícolas usando la maquinaria más moderna y el asesoramiento
científico-técnico de especialistas agrónomos, no habrá escape posible del yugo
del capitalismo” [11]
Una reflexión similar le merece a Rosa su análisis sobre
la “cuestión de las nacionalidades”. Este capítulo constituye una de
las críticas más claras del apoyo bolchevique al derecho de las naciones a su
autodeterminación. Tampoco era la primera vez que atacaba enconadamente este
problema dentro de los programas socialistas. En el texto conocido como “El
folleto de Junius” publicado en abril de 1916 afirmaba:
“La misión inmediata del socialismo es la liberación espiritual del
proletariado de la tutela de la burguesía, que se expresa a través de la
influencia de la ideología nacionalista. Las secciones nacionales deben
denunciar en la prensa y el parlamento, que el palabrerío hueco del
nacionalismo es un instrumento de la dominación burguesa”
[12]
Lenin defendía la libertad de aquellos pueblos oprimidos
por el Imperio Zarista, a ejercer su voluntad de separarse de Rusia. La autora,
con cierta ironía, apunta que esa inconsecuente “vocación democrática”
de los bolcheviques no es más que un mal cálculo político. ¿Es acaso la
voluntad del pueblo la que se impondrá?. Rosa comprende que las burguesías se
apoderan de este derecho como instrumento de la contrarrevolución contra Rusia. Afirma que Lenin debió
defender con “uñas y dientes la integridad del Imperio Ruso como área
revolucionaria”.[13]
Rosa apunta que los bolcheviques socializan tácticas
políticas impuestas en fatales circunstancias, como si fueran virtudes de la
Revolución. Es cierto que la agresión permanente del imperialismo –apunta la
autora- no permite a los bolcheviques contar con un amplio margen de
alternativas políticas con relación a las naciones alógenas. Sin embargo, se
acude a la fraseología vacía del nacionalismo burgués para demostrar una
vocación democrática que al interior de la sociedad –cree la autora- se ha
comprometido negativamente. Para Rosa, no es el discurso democrático que apela a
la soberanía el que garantiza la revolución, pues éste puede fácilmente ser
manipulado por las elites burguesas nacionales, sino una democracia cotidiana
que involucre a los actores sociales comprometidos con el cambio. No obstante,
los desacuerdos entre Lenin y Rosa,
en cuanto a la cuestión de las nacionalidades, respondieron más a una
táctica que a la teoría de Lenin sobre el nacionalismo y el derecho de
autodeterminación.
A partir de aquí el texto se adentra en lo que pudiera
considerarse el núcleo duro de las disensiones entre Rosa y el bolchevismo. Rosa
analiza la disolución de la Asamblea Constituyente, el derecho al sufragio, la
corrupción y el papel de los mecanismos democráticos de poder, la dictadura y la
democracia. Montañas de artículos se han escrito argumentando las limitaciones
de Luxemburgo o su posterior acercamiento a las concepciones leninistas, quizás
en respuesta a tesis que convertían a Luxemburgo en el paradigma del llamado
socialismo democrático o de tercera vía. En cuanto a la obra en cuestión, los
“marxistas-leninistas” tendían a ocultarla o negarle madurez, mientras
los socialdemócratas la proclamaban “el testamento político de
Luxemburgo”. Unos y otros intentaron clausurar el sentido de la obra en
función de intenciones políticas muy apartadas de la praxis revolucionaria que
incentivó el pensamiento de la revolucionaria.
Leer el texto rechazando interpretaciones dicotómicas
es, sin dudas, encontrar preguntas medulares que continúan provocando insomnio
al carácter emancipador. Hoy
importa menos si Rosa posteriormente se acercó a Lenin o viceversa, en la
discusión teórica sobre el poder,
mucho más trascendente es la polémica en sí, que enriquece y aporta puntos de
partida a un debate que no cuenta con definiciones infalibles. Cargar la balanza
hacia uno u otro lado es anquilosar peligrosamente el pensamiento, persistir en
el debate es, ante todo, negar que hayamos llegado al fin de la historia. El
tema de las necesarias rupturas entre las prácticas políticas de una revolución
burguesa y una revolución emancipadora, en cuanto a la socialización del poder,
debe constituir uno de los núcleos duros del debate entre los actores sociales
comprometidos con el cambio y la subversión política de la hegemonía dominadora.
Lenin había propuesto que el Congreso de los Soviets se
convirtiera en Asamblea Constituyente, pero este criterio no tuvo consenso pues
el Partido Bolchevique había utilizado la convocatoria sin demora a la Asamblea,
como política contra el Gobierno Provisional. Sin embargo, era evidente que la
Asamblea sería configurada con una mayoría del ala derecha del partido
social-revolucionario, decidido a entorpecer el camino bolchevique, creando una
situación de doble poder intolerable para el nuevo gobierno. En la mañana del 20
de enero, el gobierno declara disuelta la Asamblea con el argumento de que ésta
estaba incapacitada para asumir el giro político radical que significaba la
Revolución. Se deshacía así un grave peligro, y esto era posible pues no existía
en el pueblo ruso una tradición afín al parlamento como institución
representativa.
Rosa aprueba la disolución de aquella Asamblea, pero
insta a salvar los fundamentos de la institución como instrumento democrático
para el nuevo contexto de relaciones sociales que una Revolución socialista
debía establecer. Para ella el parlamento, el sufragio, la libertad de prensa,
asociación, reunión, etc. son meros mecanismos formales en manos de la
burguesía, pero reales y efectivos como control y consulta popular en un nuevo
orden socialista. Luxemburgo aprueba el puño de hierro expresado en política
concreta contra enemigos de la Revolución, pero la rechaza en tanto “ley general de largo
alcance” lo cual afecta la democracia no sólo como valor, sino como
instrumento de la política socialista. No es un problema de mera justicia –nos
dice- sino una necesidad vital para la libertad política donde intervienen
amplias masas.
“Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites
e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones
humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la
democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar, pues
detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los
males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política
activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares.”
[14]
En su análisis sobre la dictadura del proletariado, la
autora insiste que será cualitativamente superior en correspondencia al
entrenamiento y cultura política del pueblo. Cultura política que se gana sólo
en el ejercicio del poder, y para esto las masas no pueden vivir en estado de
asepsia, alejadas de las decisiones públicas, donde siempre será inevitable
disentir. Las tareas y fines propuestas por los bolcheviques, necesitan de la
experiencia y la politización de la masa. Podríamos interpretar de Rosa importa
menos el número de militantes del partido, que las influencias recíprocas
establecidas entre éste y la sociedad sobre la base de la libertad
política.
El marxismo dogmático sostiene que la clase obrera
tiende a una conciencia corporativa o tradeunionista como expresión de sus
intereses inmediatos. La ideología viene desde el exterior y sería la acción del
Partido quien, conformado por intelectuales identificados con la clase obrera y
sectores esclarecidos, conformaría una vanguardia. Vanguardia que dirige a la
vez que educa. Se trata de hacer comprender –por métodos persuasivos- los fines
históricos del proyecto e inculcar en la clase comportamientos de unidad
revolucionaria coherentes con él.
Sin embargo -apunta Rosa- ese momento político en el
cual un partido se pone a la vanguardia, no es un don dado de una vez y para
siempre, sino que debe constituirse en la lucha cotidiana, el riesgo político y
el aprovechamiento de la experiencia de la masa; principios esenciales para evitar la burocratización y
anquilosamiento de las prácticas de poder. El propio Lenin dedicó sus últimas
energías a luchar contra el fenómeno burocrático. No obstante, fue dominante la
idea de que el burocratismo era un fenómeno hereditario y no un efecto
sistémico. En el texto de Rosa podemos enfrentar el vigente peligro de sostener
una visión instrumental del aparato estatal, donde la unidad de los actores
sociales junto a su vanguardia se asuma como un principio a priori y no como la
consecuencia política de la acción de una masa críticamente politizada. Es
preciso no olvidar que la revolución bolchevique, (como cualquier revolución
emancipadora) “no se trataba de una alternancia en el gobierno, sino de una
alternativa (...) de dimensión mundial.”[15] Y esto hace imprescindible no
cejar en esta discusión.
Es esencial analizar con seriedad las condiciones de
posibilidad que permitieron a Stalin llegar y consolidar su megapoder mediante
una estructura piramidal de orden y mando. A contrapelo del discurso, es
conocido que el Buró Político concentró un poder incontestable y monopolizó las
decisiones a todos los niveles. Es al pensamiento revolucionario a quien
corresponde hacer la crítica más filosa contra un régimen que muy lejos de
cometer errores, cometió el
genocidio contra su propio pueblo. ¿Quién puede negar hoy que los peligros que
Rosa mencionaba fueran ciertos?
“... en realidad dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de
vez en cuando se invita a una elite de la clase obrera a reuniones donde deben
aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las
mociones propuestas –en el fondo, entonces, una camarilla- una dictadura, por
cierto, no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es
decir, una dictadura en el sentido burgués.”
[16]
Encierran esas palabras no sólo la crítica a un orden
burocratizado o teoría del sustitutismo, sino un análisis mucho más profundo. La
crítica al sentido burgués es el cuestionamiento a una racionalidad ilustrada en
el molde de las relaciones de poder, o sea, el discurso que establece que los
atributos de saber generan una asimetría de los roles sociales, donde los que
saben “iluminados” tienen el deber de conducir al otro a una tierra
prometida, sin que medien resistencias ni actitudes subversivas.[17] Rosa
comparte el criterio del Partido como educador, pero esta “educación”,
cuando se instrumentaliza en dominación, objetualiza a los actores sociales
hasta el extremo de imposibilitar toda autonomía.
La crítica al sentido burgués es la crítica a la
doctrina liberal limitada a plantearse y reproducir mecanismos de control para
que, gobierne quien gobierne, el sistema responda a los intereses de toda la
clase burguesa (y no sólo a un sector de dicha clase). Por supuesto, esta idea
normativa debe ser superada por el pensamiento emancipador. De hecho, sería muy
difícil sustentar la tesis “el fin justifica los medios” para una
revolución política cuyo objetivo sea la emancipación. Es de suponer, que toca a
la política revolucionaria crear prácticas de poder, no instrumentalizadas,
superando esa lógica burguesa de dominación.
“... siempre hemos
denunciado el duro contenido de desigualdad social y falta de libertad que se
esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad y la libertad formales” –y
agrega- “Pero la democracia socialista no es algo que recién comienza en la
tierra prometida, después de creados los fundamentos de la economía
socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos
quienes, mientras tanto, apoyaron lealmente a un puñado de dictadores
socialistas. La democracia socialista comienza simultáneamente con la
destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en
el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo
que la dictadura del proletariado.”
[18]
Hoy se impone una visión amplia del concepto
“dictadura del proletariado”. Asumir que el cambio social deviene de un
conjunto de fuerzas que coexisten enajenadas de las decisiones políticas y
atrapadas por el entramado burocrático y burgués. Plurales son las formas de
dominación y plurales serán las formas de expresión subversivas y las acciones
liberadoras. Es imprescindible la superación de esquemas instrumentales de la
política, del Estado y de la democracia, que reducen nuestra crítica política a
la utilización deseable de alguna que otra plomería de administración y control
del desastre.
Superar esa clausura del sentido burgués (liberal,
positivista) es asumir la democracia como acción que se ejerce para expresar los
proyectos crítico-reflexivos nacidos de los imaginarios sociales. De manera, que
nos compromete a todos la lucha por una verdadera socialización del poder. Poder
que nunca es atributo exclusivo y excluyente de un Estado o institución, sino un
componente inmanente a toda relación social y de la cual podemos y debemos
apropiarnos para subvertir su lógica y funcionamiento. Hablar, por tanto, de
política, asumiendo las experiencias y múltiples ensayos históricos de lucha
contra la hegemonía del capital, implica hacer de la democracia no una obra
ingeniera para garantizar la gobernabilidad de un hombre estigmatizado por
naturaleza, sino un acto de creación emancipadora.
Quizá es cierto que ni Marx ni Lenin ni Rosa, pueden
ofrecernos todas las respuestas y preguntas que hoy necesitamos. Pero, sin
dudas, ellos abrieron brechas y hoy es imprescindible apropiarnos de su memoria
histórica de combate. Así vio Lenin a Rosa “como un águila de la cual había
que publicar sus obras completas, pues serían útiles a muchas
generaciones”[19]. Desde esa perspectiva la polémica Lenin-Rosa me anima a
creer que la sociedad deseable implica la subversión de todo modelo autoritario
que reproduzca la objetualización de los actores sociales. De modo que, la
emancipación, es decir, la socialización del poder que nos constituye, sea la
acción que comprometa a la democracia en cada una de nuestras relaciones
personales y sociales.
Referencias
[1] El texto pertenece a una fecha anterior al Encuentro Internacional
Rosa Luxemburgo y los problemas contemporáneos que
fuera publicado bajo el título Rosa Luxemburgo. Una rosa roja para el
Siglo XXI. Ed: Centro de investigación y desarrollo de la cultura cubana
Juan Marinello, La Habana, 2001. Al parecer la preocupación por el silencio en
torno a la obra de Luxemburgo fue un interés compartido.
[2] Trotsky, León: La Revolución Traicionada. Ed: Pathfinder,
Nueva York, 2000, pp. 27-30.
[3] Luxemburgo, Rosa: II obras escogidas “La Revolución Rusa” Bogotá,
1976. Ed: Pluma, 1976, pp.
179-219.
[4] Ibídem. “Notas de un periodista” por V.I. Lenin, pp. 273-274.
[5] Ibídem, p. 184.
[6] Idem.
[7] Ibídem. p. 208
[8] Ibídem. p. 191.
[9] Idem.
[10] Ibídem, p. 195.
[11] Hill, Christopher: “La Revolución Rusa” Ed:
Revolucionaria, La Habana, 1978
[12] Luxemburgo, Rosa: “El folleto Junius: la crisis de la
socialdemocracia” Bogotá, Ed. Pluma, 1976, p.147.
[13] Ibídem: Op. Cit. 1976, pp. 195-202.
[14] Ibídem, p. 206.
[15] Fung, Thalía: ¿Ciencia política en Lenin? Conjeturas y
bosquejos, En revista, Marx Ahora No 4-5, La
Habana, 1997, p. 63.
[16] Luxemburgo: Op. Cit., 1976, p. 212.
[17] Acanda, Jorge Luis: ¿Bolcheviques en el psicoanálisis?.
En revista: Temas No 14, abril-junio 1998, La
Habana, pp. 133-114.
[18] Luxemburgo: Op. Cit., p. 215.
[19]V.I. Lenin: Op.
Cit., p. 273.
¿Qué es la URSS?
Relaciones sociales
La propiedad estatizada de los medios de
producción domina casi exclusivamente en la industria. En la agricultura sólo
está representada por los sovjoses, que no abarcan más que el 10% de las
superficies sembradas. En los koljoses, la propiedad cooperativa o la de las
asociaciones se combina en proporciones variables con las del Estado y las del
individuo. El suelo perteneciente jurídicamente al Estado, pero concedido “a
goce perpetuo” a los koljoses, difiere poco de la propiedad de las
asociaciones. Los tractores y las máquinas pertenecen al Estado; el equipo de
menor importancia, a la explotación colectiva. Todo campesino de koljos tiene,
además, su empresa privada. El 10% de los cultivadores permanece
aislado.
Según el censo de 1934, el 28,1% de la
población estaba compuesto por obreros y empleados del Estado. Los obreros
célibes de industria y de la construcción eran 7,5 millones en 1935. Los
koljoses y los oficios organizados por la cooperación constituían, en la época
del censo, el 45,9% de la población. Los estudiantes, los militares, los
pensionados y otras categorías que dependen inmediatamente del Estado, el 3,4%.
En total, el 74% de la población pertenecía al “sector socialista” y
disponía del 95,8% del capital del país. Los campesinos aislados y los artesanos
representaban todavía (en 1934) el 22,5% de la población, pero apenas poseían un
poco más del 4 % del capital nacional.
No ha
habido censo desde 1934, y el próximo se efectuara en 1937. Sin embargo, es
indudable que el sector privado de la economía ha sufrido nuevas limitaciones en
favor del “sector socialista”. Los cultivadores individuales y los
artesanos constituyen en la actualidad, según los órganos oficiales, cerca del
10 % de la población, o sea 17 millones de almas; su importancia económica ha
caído mucho más bajo que su importancia numérica. Andreev, secretario del Comité
Central, declaraba en abril de 1936: “En 1936, el peso específico de la
producción socialista en nuestro país debe constituir el 98,5 %, de manera que
no le quedará al sector no socialista más que un insignificante 1,5%...”
Estas cifras optimistas parecen, a primera vista, probar irrefutablemente la
victoria “definitiva e irrevocable” del socialismo. Pero, desdichado
del que detrás de la aritmética no vea la realidad
social.
Estas mismas cifras son un poco forzadas.
Basta indicar que la propiedad privada de los miembros de los koljoses está
comprendida en el “sector socialista”. Sin embargo, el eje del problema no está
allí. La indiscutible y enorme superioridad estadística de las formas estatales
y colectivas de la economía, por importante que sea para el porvenir, no aleja
otro problema igualmente importante: el del poder de las tendencias burguesas en
el seno mismo del “sector socialista”, y no solamente en la agricultura, sino
también en la industria. La mejoría del estándar de vida obtenida en el país,
basta para provocar un crecimiento de las necesidades, pero de ninguna manera
basta para satisfacerlas. El propio dinamismo del desarrollo económico implica
cierto despertar de los apetitos pequeñoburgueses, y no únicamente entre los
campesinos y los representantes del trabajo “intelectual”, sino también
entre los obreros privilegiados. La simple oposición de los cultivadores
individuales a los koljoses y de los artesanos a la industria estatizada, no dan
la menor idea de la potencia explosiva de estos apetitos que penetran en toda la
economía del país y se expresan, para hablar sumariamente, en la tendencia de
todos y de cada uno, de dar a la sociedad lo menos que pueden y sacar de ella lo
más.
La solución de los problemas de consumo y de
competencia para la existencia, exige la misma energía e ingeniosidad, cuando
menos, que la edificación socialista en el sentido propio de la palabra; de allí
proviene, en parte, el débil rendimiento del trabajo social. Mientras que el
Estado lucha incesantemente contra la acción molecular de las fuerzas
centrífugas, los propios medios dirigentes constituyen el lazo principal de la
acumulación privada lícita o ilícita. Enmascaradas por las nuevas normas
jurídicas, las tendencias pequeñoburguesas no se dejan asir fácilmente por la
estadística. Pero la burocracia “socialista”, esta asombrosa
contradictio in adjecto, monstruosa excrecencia social, siempre
creciente, y que se transforma, a su vez, en causa de fiebres malignas de la
sociedad, comprueba su claro predominio en la vida económica.
La nueva Constitución, construida enter