
Queridos amigos:
En los últimos días una intensa protesta agraria
ha bloqueado las rutas argentinas y desabastecido carnicerías y
supermercados.
El rico anecdotario de este episodio incluye
cortes de ruta con tractores costosísimos, cacerolazos en Plaza de Mayo,
algunos hechos menores de violencia y la destrucción de cantidades
significativas de alimentos. En estos días se unieron en el reclamo quienes se
odiaban, como los latifundistas más tradicionales, los representantes de los
pequeños productores agrarios y algunos grupos de ultraizquierda.
Esta conmoción, sin embargo, se produce
sólo por cuestiones de dinero. Lo único que se discute es cómo se distribuye la
renta que se obtiene de las ventas de soja al exterior. Y es que la sojización ha permitido el crecimiento de la economía
sin pasar por el mercado interno. Así, ha logrado el milagro de venderle a personas
diferentes de los trabajadores del país. De este modo, se puede mantener una
expansión económica y concentrar ganancias, pagando salarios muy bajos. En
otras palabras, permite pagar los salarios en pesos y cobrar la soja en
dólares.
Pero como el conflicto ha sido sólo por
cuestiones de dinero (los impuestos que deben pagar los productores rurales),
las cuestiones de fondo han quedado fuera del debate. No se habló del
tremendo impacto ambiental que está produciendo el monocultivo, especialmente
cuando se arrasan los bosques, sabiendo que en pocos años se perderán suelos
que tardaron siglos en formarse.
Y tampoco se habla del uso indebido de
agroquímicos y el modo en que afectan el aprovisionamiento de agua potable.
El debate también esconde las difíciles
condiciones sociales del campo. Si hablamos del agro, ¿no sería adecuado
incluir, por ejemplo, a los indígenas chaqueños, que vivían de la cosecha
del algodón, hoy reemplazado por la soja? ¿Alguien fue a ver qué pasa con ellos
y con tantos otros grupos pauperizados por el boom de la soja? ¿O no queremos
ver de qué modo la producción de alimentos puede generar desnutrición?
Esta negación de la realidad socioambiental es
lo que Raúl Montenegro denomina el monocultivo de cerebros.
En esta entrega ustedes reciben:
·
Un
texto del Dr. Raúl
Montenegro sobre
lo que este conflicto esconde y los actores sociales que deja afuera.
·
La
obra de arte que acompaña esta entrega es "¡Por 80 centésimos!" del italiano Angelo Morbelli (1853-1919), que muestra el trabajo de las cultivadoras de arroz
hace un siglo. Esta pintura nos recuerda que la vida de los trabajadores rurales no es
idílica y que las cuestiones sociales no pueden quedar fuera del debate.
Tampoco pueden quedar afuera los temas de género ni seguirse invisibilizando a
la mujer rural.
Un gran abrazo a todos.
Antonio Elio Brailovsky

Angelo Morbelli, italiano: "¡Por 80 centésimos!"
EL MONOCULTIVO DE CEREBROS
Por Raúl A. Montenegro
Qué duro es sentirse
minoría en un país de falsas mayorías. Qué duro es ver que el gobierno nacional
y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país
sojero.
Qué duro es ver cacerolas
relucientes y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires. Que
duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago
del Estero.
Que duro es ver a los
estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los
ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano.
Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes
movilizados y esas familias temerosas del desabastecimiento no salieron a la
calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y
pueblos enteros para plantar su soja maldita.
Qué duro es ver la furia
ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel. Qué duro es
ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña
Juana con sus muertos bajo la soja. Qué duro es ver que se cortan las rutas
para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no
deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.
Qué duro es comprobar,
con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie
habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas
medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean
los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.
Qué duro es ver con las
manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados
a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que
ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire
acondicionado.
Qué duro es saber que
nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de
plaguicidas. Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y
ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y
ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.
Qué duro es saber que
para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de
700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo. Qué duro es
recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que
funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener
un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes
de ambientes naturales y de cultivos diversificados.
Qué duro es observar cómo
se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una
gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese
monte.
Qué duro es ver que el
monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los
funcionarios públicos y el silencio de la gente buena. Qué duro es saber que
miles de Argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que
miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su
ganado con soja.
Qué duro es saber que las
bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar
el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos
cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el
estado no hace estudios epidemiológicos. Qué duro es saber que los bosques y
ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el
agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio
sojero a la Amazonia Boliviana.
Qué duro es comprobar que
las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el
monocultivo. Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan
todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que
todavía no nacieron.
Qué duro es ver las
imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin
tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni
cacerolas que los defiendan.
Qué duro es comprobar que
estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi
clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras
las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que
rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras
miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y
que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua.
Muy cerca de ellos las
cacerolas abolladas vuelven a la cocina.
Biólogo. Premio Nóbel
Alternativo (Estocolmo, Suecia) Presidente de FUNAM (Fundación para la Defensa
del Ambiente). Profesor Titular de Biología Evolutiva en la Universidad
Nacional de Córdoba (Argentina) montenegro@funam.
org.ar
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