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| Asunto: | Los ritmos de la naturaleza - El otoño | | Fecha: | Miercoles, 19 de Marzo, 2008 15:45:59 (-0300) | | Autor: | ANTONIO ELIO BRAILOVSKY <brailovsky @...............ar>
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Hemos dicho en muchas oportunidades que la destrucción
de nuestro medio ambiente está originada en intereses económicos y
que, para lograr su objetivo, esos intereses necesitan separarnos del medio
natural al que pertenecemos. No es casualidad, entonces, el olvido generalizado
de los ritmos de la naturaleza, entre los cuales se encuentra el pulso anual de las
estaciones.
Por eso nuestra
intención de mantener viva esa percepción.
En esta entrega ustedes
reciben:
- Un texto del novelista italiano Gabriel D´Anunnzio, tomado de una novela suya dedicada a describir los distintos
matices del otoño en Venecia. Hemos olvidado a D´Anunnzio a pesar de la
maestría de su estilo, porque creyó sólo en el arte puro y no supo o no
quiso ponerlo en función de los sentimientos humanos.
Las tremendas convulsiones sociales del siglo XX lo
encontraron admirando los cuadros de Sandro Botticelli. Pensó, que, al igual
que los grandes maestros del Renacimiento, podía ponerse al servicio de alguno
de los siniestros poderosos de su tiempo. Muertos hacía siglos los Borgia y los
Médicis, D´Anunnzio eligió como mecenas al dictador Benito Mussolini y el
huracán de la historia los terminó arrastrando juntos.
- La obra
de arte que acompaña esta entrega es una de las vistas de la iglesia de
San Giorgio Maggiore pintadas por Francesco Guardi en 1777, en la que el artista recrea la
particular luz otoñal en Venecia. Es probable que este cuadro haya
inspirado a D´Anunnzio el texto que hoy acompañamos.
Quiero
saludarlos en el comienzo del otoño.
Francesco Guardi, italiano: San Giorgio Maggiore, 1777.
“De la otra parte
de la selva rígida de los navíos quietos sobre sus áncoras, la iglesia de San Giorgio
Maggiore aparecía en forma de una vasta galera rosada. Se abría en medio del
canal, como una plácida boca donde los navíos cargados, descendidos por las
vías de los ríos, parecían traer, con el montón de troncos cortados y
desgarrados, el espíritu de los bosques que crecen sobre las lejanas aguas
corrientes”.
“La ribera extendía su arco suave hacia los
jardines sombreados, hacia las islas fértiles, como para conducir el reposo de
las formas naturales, el pensamiento excitado por los arduos símbolos del Arte.
Y casi como para favorecer la evocación del otoño, pasaba una fila de barcas
colmadas de frutas, semejantes a grandes canastas nadando, esparciendo el olor
de los huertos insulares sobre las aguas, donde se reflejaba el follaje
perpetuo de las cúspides y los capiteles”.
Gabriel D´Anunnzio: “El Fuego”, Buenos Aires, Ed.
Joyas Literarias, 1926.
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